Capítulo XII DIVISIONES DEL TIEMPO 1. Los antiguos calendarios orientales
Capítulo XII
DIVISIONES DEL TIEMPO
1. Los antiguos calendarios orientales
Según Gn 1:14, Dios creó el sol y la luna «para separar el día y la noche, y para que sirvieran de signos, tanto de las fiestas como de los días y los años». El cómputo del tiempo está, en efecto, regido por el curso de estos dos astros. El día se mide por la revolución aparente del sol alrededor de la tierra, el mes por la revolución de la luna alrededor de la tierra, el año por la revolución de la tierra alrededor del sol. El día, que es la unidad más fácilmente observable y que regula toda la vida pública y privada, se tomó necesariamente como unidad de base en todos los sistemas, pero el mes lunar no cuenta un número completo de días, y doce lunaciones no hacen sino 354 días, ocho horas y una fracción, mientras un año fundado en el sol tiene 365 días, 5 horas y una fracción. El año lunar tiene, pues, casi once días menos que el año solar. En una sociedad rudimentaria, estas desviaciones tienen poca importancia y basta con que de tiempo en tiempo se corrijan mediante un reajuste empírico. Pero en Oriente, muy pronto el desarrollo de las instituciones civiles y religiosas, las contribuciones periódicas debidas al Estado, las fiestas cultuales, los contratos concluidos entre particulares exigieron que se fijase la fecha de acontecimientos pasados o de plazos futuros, es decir, que se estableciese un calendario oficial. Los sistemas han variado con los tiempos y las regiones, y la historia antigua del calendario es muy compleja.
En Egipto se comenzó a utilizar un calendario lunar vinculado, como a término anual, al orto helíaco de Sirio (Sotis), cuya fiesta debía caer en el último mes del año; para mantener esta con cordancia entre año lunar y año solar, se añadía de tiempo en tiempo un mes lunar. Este calendario determinó la fecha de las fiestas religiosas estacionales a todo lo largo de la historia egipcia. Desde comienzos del tercer milenio a.C., con el fin de evitar estos reajustes arbitrarios y para las necesidades de la vida civil, se estableció un año solar de 12 meses de 30 días, más cinco días complementarios, es decir, 365 días a partir del orto helíaco de Sirio; era el número de días más próximo posible al año natural, el cual, sin embargo, cada cuatro años tenía un día de retraso respecto al año civil. Los egipcios no se dieron inmediatamente cuenta y así el año civil se fue desplazando lentamente con relación al año natural: el primer día del primer mes no coincidía con el orto helíaco de Girio sino al cabo de 1460 años (período sotíaco). Cuando la divergencia entre el año civil y el año natural se hizo muy palmaria, es decir, después de uno o dos siglos de uso del calendario civil, no se osó alterar éste, sino que se lo acompañó con un nuevo calendario lunar, en el que se intercalaba un mes suplementario, según una regla simple fundada en un ciclo de 25 años. La verdadera solución hubiera sido la de añadir un día a cada cuarto año civil, pero no fue propuesta hasta 237 a.C. por el decreto de Canope, que se quedó en letra muerta; y no se logró aplicarla hasta la reforma de Julio César y la institución del año bisiesto, por la que todavía nos regimos.
Desde una época muy antigua se mantuvo Mesopotamia fiel a un calendario lunar: el año comprendía doce meses de 29 ó 30 días sin orden fijo, comenzando cada mes la noche en que se empezaba a ver el nuevo y reciente de la luna. Los nombres de los meses, al principio, variaron con las regiones, pero a partir de Hamurabi se impuso poco a poco el calendario de Nipur. Sin embargo, el calendario de Nuzu, a mediados del segundo milenio, tiene una fuerte proporción de nombres hurritas, y Asiria conoció diversos calendarios concurrentes hasta Teglat-Falasar I, que hizo adoptar el calendario babilónico. En éste, el año comenzaba en primavera, el primer día de nisumt y terminaba el último día de addâru. La divergencia de 11 días entre este año lunar y el año solar, se corregía cada dos o tres años, con la añadidura de otro mes a los doce, llamado el segundo ulûlu (el mes sexto) o el segundo addâru (el mes duodécimo). Era la autoridad pública quien decidía los años en que se hacía esta intercalación. Así, Hamurabi escribe a uno de sus funcionarios: «Este año tiene un mes a intercalar. Así pues, el mes que viene debe inscribirse como segundo ulûlu», y lo mismo sucedía todavía en época persa. Los astrónomos babilonios habían reconocido que los dos años coincidían al cabo de diecinueve años, si se habían intercalado siete meses lunares, pero sólo a principios del siglo IV a.C. se fijaron las reglas de la intercalación en el interior de este ciclo.
El calendario musulmán, que sigue un año lunar no rectificado, en el que los meses se desplazan en relación con las estaciones, no es un año primitivo. Es una innovación poco práctica del islam. Los árabes preislámicos seguían un año lunar adaptado al año natural mediante intercalación de meses, y los nombres de sus meses se referían en parte a las faenas agrícolas.
Estamos todavía mal informados sobre el antiguo calendario de Siria y Palestina. Las invasiones y dominaciones extranjeras ejercieron diversos influjos. Cuando dominaron los egipcios, introdujeron su cómputo, por lo menos para los documentos oficiales: un epígrafe del siglo xm antes de nuestra era, hallado en tell ed-duweir (Lakís), menciona entregas de trigo en los meses II y IV de la inundación (del Nilo), una de las tres estaciones del año egipcio. En el norte de Siria, los nombres de los meses hurritas aparecen junto con los nombres semíticos y, salvo excepciones, la nomenclatura es diferente de la de Mesopotamia. Las inscripciones presentan cierto número de nombres de meses fenicios, pero no permiten determinar su orden. La impresión general que se saca es de gran confusión, pero es verosímil que en todas partes se siguiera un calendario lunar rectificado, único que, partiendo de la observación de los meses, conserva un año en conexión con el ritmo de las faenas agrícolas. No hay ninguna prueba de que se usase un calendario propiamente solar, fuera de la influencia superficial y efímera del sistema egipcio.
Recientemente se ha querido reconocer en la antigua Mesopotamia la existencia de un cómputo completamente diferente. Los mercaderes asirios que traficaban en Capadocia a principios del segundo milenio a.C. habrían dividido el año en siete períodos de cincuenta días, comprendiendo cada cincuentena siete semanas más un día de fiesta. Como siete cincuentenas hacen sólo 350 días y las necesidades de la agricultura como las del comercio exigían la concordancia con el año natural, habrían añadido al final de éste un período de dieciséis días, el šapattum. Este calendario habría sido utilizado en Capadocia juntamente con el del año lunar rectificado. El sistema podía extenderse a períodos más largos y se habría contado por períodos de siete y de cincuenta años, el dârum. Poco más o menos por la misma época en Babilonia estaría atestiguado un cómputo por septenarios de años. Esta hipótesis se funda en argumentos frágiles; el argumento clave es la palabra hamuštum, traducida por «cincuentena» de días, pero la palabra designa más hien un período de cinco días o bien un quinto de mes. Por lo demás, el uso de ese cómputo en Babilonia se restringiría a los primeros siglos del segundo milenio a.C. Sin embargo, hay vestigios de un sistema análogo en la institución del jubileo ¹ y en el calendario festivo de Israel.² El calendario de los sectarios de Qumrán enumera fiestas agrícolas que se celebraban poco más o menos cada cincuenta días. Se encuentra también la aplicación defectiva de este sistema quincuagesimal en el calendario cristiano nestoriano y, a través de esta adaptación cristiana, en el calendario de los campesinos de Palestina, que cuentan siete cincuentenas de días, que van de una fiesta a otra.
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