2. El calendario israelita. El día
2. El calendario israelita. El día
Esta complejidad volvemos a hallarla en Israel, que se hallaba situado en la confluencia de varias civilizaciones y que, a lo largo de su historia sufrió diversas influencias. Pero hay que reconocer que esta complejidad se ha acrecentado todavía con las hipótesis contradictorias de los hombres de ciencia modernos, y parece ser que se puede llegar a una solución más coherente y más sencilla que las que se han propuesto recientemente.
La unidad básica es, como en todas partes, el día solar. Los egipcios lo contaban de una mañana a otra y lo dividían en doce horas del día y doce horas de la noche, que tenían diversa duración según las latitudes y las estaciones. En Mesopotamia se contaba el día de una tarde a otra; se dividía en doce bêru de dos horas, y cada bêru tenía treinta unidades de cuatro minutos. La noche y el día estaban distribuidos en seis vigilias que duraban cada una dos běru, o sea cuatro horas. Había, pues, como en Egipto, una diferencia entre la hora estacional y la hora real, pero sabían establecer tablas de concordancia para los diferentes meses.
En Israel, durante largo tiempo se contó el día de mañana a mañana. Cuando se quería indicar la duración total de un día de venticuatro horas, se decía «día y noche» o una fórmula equivalente, poniendo primero el día: podríamos presentar cosa de medio centenar de referencias: Dt28:66-67; 1Sam30:12; Is28:19; Jer33:20, etc. Esto sugiere que se contaba el día a partir de la mañana y fue, en efecto, una mañana cuando, con la creación de la luz, comenzaron el mundo, la distinción de día y de la noche, y el tiempo, Gén1:3-5, cf. v. Gn14:16-18. Se ha sacado la conclusión contraria de la expresión que hace de estribillo en el relato de la creación: «Hubo tarde y hubo mañana, primer día, segundo, etc.»; sin embargo, esta fórmula, que viene después de la descripción de cada obra creadora, que se hace evidentemente mientras hay luz, indica más bien el tiempo vacante hasta la mañana, fin de un día y principio de la obra siguiente.
Pero en los últimos libros del Antiguo Testamento se invierte la expresión «día y noche»: Judit honra a Dios «noche y día», Jdt 11:17; Ester pide que se ayune durante tres días «noche y día», Est 4:16; Daniel habla de 2300 «tardes y mañanas», Dn 8:14. Este mismo uso se halla en textos menos tardíos, pero ciertamente posteriores a la cautividad: Sal 55:18, «por la tarde, por la mañana y al mediodía»; Is 27:3, «noche y día»; Is 34:10 «ni noche ni día». Este orden no se encuentra sino en dos pasajes anteriores a la cautividad, 1Re 8:29 y Jer 14:17, pero el paralelo de 2Cr 6:20 en el primer caso y las lecturas de las versiones en los dos casos invitan a corregir el texto masorético. Por el contrario, si tenemos el orden «día y noche» en dos pasajes recientes, se justifica por la importancia que da el contexto al día en contraste con la noche, Zac14:7; Ecl8:16, y en otras partes por la persistencia de una fórmula fijada ya en la lengua.
Algunos relatos bíblicos llevan claramente a las mismas conclusiones. Así, la historia de las hijas de Lot: «La mañana siguiente, la mayor dijo a la menor: la noche pasada me he acostado con mi padre; hagámosle beber vino esta noche», Gén19:34. La historia del levita de Efraím: se queda tres días con su suegro y allí pasa la noche. El cuarto día se levanta y quiere marcharse. Se le retiene y pasa todavía la noche. El quinto día le dice el suegro: «Mira que el día se inclina ya hacia el atardecer. Pasa todavía la noche aquí... Mañana muy de mañana te marcharás...», Jue19:4-9. Los emisarios de Saúl llegan por la noche para sorprender a David, y Micol le dice: «Si no te escapas esta noche, mañana eres hombre muerto», 1Sam19:11. En casa de la hechicera de En-Dor, Samuel aparece a Saúl durante la noche y le dice: «Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo», 1Sam 28:19. Se podrían citar otros pasajes, pero son menos decisivos, Jue 21:2-4; 1Sam 5:2-4.
Por el contrario Nehemías, para impedir la violación del sábado por los comerciantes, ordena que se cierren las puertas de Jerusalén al caer la noche, antes del sábado, y que no se vuelvan a abrir hasta después del sábado; Neh13:19; aquí parece que el día comienza a la puesta del sol.
Se halla la misma dualidad en los textos litúrgicos, pero hay mayor dificultad en utilizarlos, pues su fecha es imprecisa. Según Lev7:15 y Lv22:30, la carne de los sacrificios se debe comer el día mismo, sin dejar nada para la mañana siguiente. Si el día hubiese comenzado al anochecer, se hubiese dicho que debía comerse la carne antes de la noche. La pascua se celebra el día catorce del primer mes después de la puesta del sol, la fiesta de los ácimos, que dura siete días, comienza el día quince, Lev 23:5-6; cf. Núm 28:16, y este día quince es el día siguiente a la pascua, Núm 33:3; cf. Jos 5:10; todo esto supone un cómputo partiendo de la mañana. Pero el otro cómputo aparece evidentemente en la fecha del día de las expiaciones, «la tarde del noveno día del mes, desde esa tarde hasta la tarde siguiente», Lev23:32, y en Éx12:18, donde los ácimos debían comerse desde la tarde del día decimocuarto hasta la tarde del día vigésimo primero. Estos dos textos pertenecen a la última redacción del Pentateuco. Esta manera de computar es la de la época del Nuevo Testamento y del judaismo posterior, con relación al sábado, a las fiestas religiosas y también a la vida civil.
El cambio de cómputo tuvo, pues, lugar entre el final de la monarquía y la época de Nehemías. Se podría puntualizar más si fuese cierto que en Ez 33:21-22 la tarde y la mañana del v.22 pertenecen juntamente al quinto día del versículo 21. Con esto nos hallaríamos al principio de la cautividad. Desgraciadamente, el texto no es explícito.
El día se dividía de manera imprecisa según los fenómenos naturales: la mañana y la tarde, Éx18:13, etc., el mediodía, Gén 43:16.Gn43:25; 1Re18:29, etc., la aurora, Gén19:15; Jos6:15; 1Sam30:17, la puesta del sol, Gén15:12.Gn 15:17, la brisa que sopla antes de la salida del sol, Cant2:17; Cant4:6, y la brisa de la tarde, Gén3:8, el mayor calor del día, Gén18:1; 1Sam 11:11; 2Sam4:5. Se hacía más bien referencia al ritual: el tiempo de la ofrenda de la tarde se da como indicación de hora en 1Re18:29; Esd9:4-5; Dn9:21. Ciertos actos religiosos deben hacerse «entre las dos tardes», Éx12:6; Ex16:12; Ex29:39.Ex29:41; Ex30:8; Núm9:3-5.Nm9:11; Nm28:4.Nm 24:8. Esta expresión designa el tiempo que pasa entre la desaparición del sol y la oscuridad de la noche, el crepúsculo, que es corto en Oriente. Ésta es la interpretación de los samaritanos; los fariseos entendían el tiempo que precede a la puesta del sol.
La noche se dividía en tres vigilias: la primera vigilia, quizá Lam2:19, la vigilia de medianoche, Jue7:19, la última vigilia o vigilia de la mañana, Éx14:24; 1Sam 11:11. Era sencillamente el uso de Mesopotamia, pero en la época del Nuevo Testamento se había adoptado el uso romano, antes egipcio, de las cuatro vigilias nocturnas, Mt14:25; Mc 13:35.
No se conoce término que indique las divisiones menores del tiempo. La palabra ša'ah, que designará más tarde la hora, se emplea sólo en el arameo de Daniel y en sentido vago de momento o de instante, Dn4:16; cf. Dn3:6.Dn3:15; Dn4:30; Dn5:5. Sin embargo, los israelitas tenían medios para conocer las horas del día. En Mesopotamia y en Egipto se utilizaban las clepsidras y los gnomon desde el segundo milenio antes de nuestra era; en Guézer se ha encontrado un cuadrante solar egipcio del siglo XIII a.C. Los «grados de Acaz», en que, debido a la oración de Isaías, se retrasa la hora diez grados, 2Re20:9-11 = Is 38:8, no son sin duda un gnomon, sino más bien una escalera construida por Acaz, tal vez en relación con la «cámara alta» mencionada en una glosa de 2Re 22:12. El milagro propuesto no es el de un «reloj» que «avance» o «se retrase», sino el desplazamiento brusco de la sombra sobre la escalera.
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