Capítulo VI LA MUERTE Y LOS RITOS FÚNEBRES
Capítulo VI
LA MUERTE Y LOS RITOS FÚNEBRES
La distinción del alma y del cuerpo es ajena a la mentalidad hebraica y, por consiguiente, la muerte no se considera como separación de estos dos efementos. Un viviente es un «alma (nepeš) viviente», un muerto es un «alma (nepeš) muerta», Núm 6:6; Lev 21:11; cf. Núm19:13. La muerte no es un aniquilamiento: mientras subsiste el cuerpo, o por lo menos mientras dura la osamenta, subsiste el alma, en un estado de debilidad extrema, como una sombra en la morada subterránea del seol, Job 26:5-6; Is 14:9-10; Ez 32:17-32.
Estas ideas justifican los cuidados prodigados al cadáver y la importancia de una sepultura conveniente, pues el alma sigue sintiendo lo que se hace al cuerpo. Por eso, quedar uno abandonado sin sepultura, como presa de las aves y de las bestias de los campos, era la peor de las maldiciones, 1Re14:11;Jer16:4;Jer22:19;Ez29:5. Sin embargo, el cadáver que está entregado a la corrupción y la tumba que lo encierra son considerados como impuros y vuelven impuros a los que lo tocan, Lev 21:1-4; Lv22:4; Núm 19:11-16; Hag 2:13; cf. Ez 43:7.
1. Los cuidados tributados al cadáver
En Gén46:4 hay una alusión a la costumbre de cerrar los ojos al difunto. Esta costumbre, prácticamente universal, se explica quizá sencillamente por la comparación de la muerte con el sueño. Los parientes próximos besan al cadáver, Gén50:1. Es probable que entonces se procediese a amortajar el cadáver, pero carecemos de informes anteriores al Nuevo Testamento, Mt 27:59, y paralelos; Jn11:44;Jn19:39-40. Los alfileres y adornos que se descubren en las excavaciones de tumbas indican que se enterraba a los difuntos vestidos, y así Samuel regresa del seol envuelto en su manto, 1Sam 28:14. A los guerreros se los enterraba con sus armas, la espada bajo la cabeza y el escudo bajo el cuerpo, según Ez 32:27.
El embalsamamiento no se practicó nunca en Israel; los dos casos que se mencionan, el de Jacob y el de José, Gén 50:2-3, se ponen expresamente en relación con las costumbres de Egipto. El cadáver no se colocaba en el féretro, cf. 2Re13:21, excepto en el caso de José en que se siguió la moda egipcia, Gén 50, 26; era más bien llevado en unas angarillas. 2Sam 3:31 ; cf. Lc 7:14
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