4. La teología del templo
4. La teología del templo
El templo de Salomón fue el centro religioso de Israel, y siguió siéndolo aún después de la separación de los dos reinos y a pesar de la erección, por Jeroboam, de un santuario rival en Betel. Un profeta de Siló en Israel, Ahiyyá, habla de Jerusalén como de la ciudad elegida por Yahveh, IRe 11:32, los fieles del reino del norte miraron siempre hacia Jerusalén, y aún después de la caída de la ciudad, peregrinos de Siquem, de Siló y de Samaría acudían para llevar ofrendas al templo en ruinas, Jer 41:5. Si Jerusalén llegó a ser la ciudad santa, fue porque poseía el templo. Vamos a tratar de definir la significación religiosa de éste.
a) El templo, sede de la presencia divina. El templo es la «casa» de Dios.¹² Cuando se introduce en él el arca, Dios toma posesión de su casa, la nubosidad llena el templo, 1Re 8:10, la nubosidad que en los relatos del desierto señala la presencia de Yahveh en la tienda de reunión, Éx 33:9; Ex40:34-35; Núm12:4-10". Salomón, en el breve poema que pronuncia en la dedicación, dice que ha construido para Yahveh «una morada, una residencia donde habite para siempre», 1Re 8:13, y la oscuridad del debir, donde Yahveh domina sobre el arca y los querubines, recuerda esta nubosidad, 1Re 8:12. Esta fe en la presencia de Yahveh en su templo es la razón del culto que allí se celebra y de las iniciativas de los fieles. Un ejemplo impresionante nos lo ofrece el gesto de Ezequías: cuando recibió la carta amenazadora de Senaquerib, «subió al templo de Yahveh y la desplegó delante de Yahveh», 2Re 19:14. La seguridad de que Dios residía en el templo, la devoción a la «casa de Yahveh» o a los «atrios de Yahveh» se expresa frecuentemente en los salmos, cuyos vínculos con el culto y con el templo son evidentes, Sal27:4; Sal42:5; Sal76:3; Sal84 entero; Sal122:1-4; Sal132:13-14; Sal134 entero, etc.
Los profetas, a pesar de sus reservas respecto al culto, comparten esta misma creencia. Según Amos, «Yahveh ruge desde Sión, desde Jerusalén hace oir su voz», Am1:2. En el templo, Isaías es llamado al ministerio profético; tiene la visión de Yahveh sentado en su trono y una nubosidad llena el santuario como el día de su dedicación, Is 6:1-4. El templo está construido sobre la «montaña de Yahveh», Is 2:2-3, y, sobre todo a partir de Isaías, el nombre mismo de Sión se carga de sentido religioso.¹⁴ Para Jeremías también se halla en Sión el trono de la gloria de Yahveh, Jer 14:21. Pero esta presencia de Dios en medio de su pueblo es una gracia, que será retirada si el pueblo se muestra infiel. En el templo mismo, Jeremías predica contra el templo, en el que se pone una confianza sin querer reformar la Dropia vida, Jer 7:1-15; 26:1-15. Asimismo Ezequiel ve como la gloria de Yahveh abandona el templo mancillado por las impiedades, Ez8-Ez10, pero Dios retornará al nuevo templo, que será el lugar de su trono, donde habitará para siempre en medio de los hijos de Israel, Ez 43:1-12. El nombre de Jerusalén será en adelante «Yahveh está ahí», Ez48:35. Si los profetas del retorno estimulan a la reconstrucción, es sin duda porque Dios ha de volver a habitar en Jerusalén, Ag1:9; Zac 2:14; Zac8:3. El templo, la santa morada, seguirá formando el centro de la piedad judía.
En el transcurso de esta historia fue evolucionando la presencia divina en el templo. Si Dios habitaba esta «casa», si hacía oír su voz desde Sión, Am 1:2; Is 2:3 = Miq 4:2, si obraba desde su santuario, Sal 20:3; Sal134:3, ¿no se corría peligro de restringir, o por lo menos de ligar su presencia al templo material? La reflexión teológica se hizo cargo de esta tensión entre la trascendencia de Yahveh, reconocido desde los principios como señor del universo, y su proximidad histórica y humana con Israel. El redactor deuteronomista de los libros de los Reyes plantea el problema en la oración que atribuye a Salomón para la dedicación del templo: «Pero Dios, ¿habitará verdaderamente con los hombres sobre la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerle, menos todavía esta casa que yo he construido», 1Re 8:27. A continuación, en el texto, se enuncia una solución: el fiel ora en el templo, Yahveh escucha desde el cielo donde reside, 1Re 8:30-40. Para descartar una concepción demasiado grosera de la presencia, se dirá que el que reside allí es el «nombre de Yahveh», 1Re 8:17-19, siguiendo el uso del Deuteronomio, Dt 12:5-11. En la mentalidad semítica, el nombre expresa y representa a la persona: donde está el «nombre de Yahveh», Dios está presente de una manera especial. El término de esta reflexión será, en el judaismo, la noción de la sekinah, «la habitación», que quiere expresar, sin disminuir nada de su trascendencia, la presencia graciosa de Dios en medio de Israel.
b) El templo, signo de elección. En efecto, como ya hemos dicho, esta presencia es una gracia. Dios mismo escogió habitar entre los suyos, y escogió habitar esta ciudad y este templo. El emplazamiento futuro fue designado por una teofanía, 2Sam 24:16; 2Cr3:1. Yahveh hizo su elección de Sión como su sede, Sal132:13, la montaña elegida por Dios por morada, Sal 68:17, cf. Sal76:3; Sal78:68. Más todavía que la elección del pueblo, el Deuteronomio pone de relieve la elección del lugar que Yahveh escogió entre todas las tribus para establecer en él su nombre y hacerlo habitar en él, Dt 12:5, y la fórmula, completa o abreviada, recurre veinte veces en' el libro. Este «lugar» permaneció siempre anónimo, pero la posteridad reconoció en él a Jerusalén y a su templo, donde la reforma de Josias centralizará el culto.¹⁵ No obstante, la idea es anterior a Josias. Es un corolario de la elección de David y de la permanencia de su dinastía en Jerusalén, cf. 1Re 8:16 (griego) y 2Cr6:5-6; 1Re11:13.1Re11:32. La idea se impuso finalmente como lección de un acontecimiento histórico, cuando Jerusalén, bajo Ezequías, se vio salvada del ataque de Senaquerib. Yahveh había cumplido su promesa: «Protegeré a esta ciudad y la salvaré por causa de mí y de mi servidor David», 2Re19:34 = Is 37:35. Quizá fuese entonces cuando se forjó la fórmula del Deuteronomio, cuyo eco se halla en 1Re 8:44-48; 1Re11:13.1Re13:32-36; 1Re14:21; 2Re 21:7; 2Re23:27, y en los paralelos de los Paralipómenos.
El templo salvado en 701 era el signo visible de la elección divina, y el recuerdo de esta liberación milagrosa hacía confiar en que el templo sería siempre una protección inviolable. Se repetía: «¡Ahí está el santuario de Yahveh! ¡Santuario de Yahveh! ¡Santuario de Yahveh!», y las gentes se creían seguras, Jer 7:4. Su ruina en 587 fue una terrible prueba para la fe de Israel, pero todo no se había perdido, la elección se renovaría: al regreso del destierro, Zacarías anuncia que Yahveh volverá todavía a hacer elección de Jerusalén, Zac 1:17; Zac2:16; Zac3:2, y Nehemías, volviendo a la fórmula del Deuteronomio, recuerda a Dios su promesa de recoger a los dispersos en el lugar que ha escogido para hacer que habite en él su nombre, Neh 1:9.
c) ¿Simbolismo del templo? El pensamiento judío, sobre todo en ciertos apócrifos, y paralelamente el pensamiento helenístico, en Josefo y en Filón, trataron de descubrir en el templo un simbolismo cósmico: la montaña del templo es el centro del mundo, el templo y su ajuar son una imagen del mundo. Especulaciones análogas se hallan en los padres de la Iglesia y en los teólogos de la edad media. Algunos autores modernos han querido justificar una interpretación simbólica por analogías con las concepciones religiosas del Oriente antiguo.
Los apoyos de estas teorías que se pueden hallar en el texto bíblico son en extremo débiles. La idea de la montaña del templo como centro del mundo no aparece explícitamente en ninguna parte: únicamente está preparada por la exaltación del monte Sión como «montaña santa» y su asimilación poética al Safón, morada de los dioses.¹⁶ En cuanto al templo, no hay ningún texto que sugiera que se le haya dado jamás un significado cósmico. Cuando un salmo tardío dicc: «Construye su santuario como los altos del cielo, como la tierra que fundó para siempre», Sal 78:69, esto quiere decir que la elección que hizo Dios de Sión como su morada y de David como su servidor, cf. v. Sal78:68 y Sal68:70, es definitiva, que es tan duradera como el cielo y la tierra. Esto no va más allá de lo que hemos dicho del templo como signo de elección. Sólo un punto parece asegurado: el simbolismo cósmico del altar de Ezequiel se deduce de los nombres que se dan a sus elementos. Pero Ezequiel es un vidente, que toma sus imágenes del ambiente extranjero en que vive y que describe el altar ideal de un templo que no se llegó jamás a construir.
Si nos atenemos al templo real, al templo de Salomón, habrá que recordar que su plano y su decoración se inspiraron en el extranjero y fueron ejecutados por artífices extranjeros. Nosotros no sabemos qué simbolismo daban estos extranjeros a tal plan y a tal decoración y tampoco sabemos si los israelitas aceptaron ese simbolismo. Es completamente arbitrario suponer que las tres partes del templo representasen las tres partes del mundo; el debir oscuro tiene su simbolismo, pero está indicado por el texto mismo y no se trata de un simbolismo cósmico: es la nubosidad donde se oculta Dios presente, 1Re 8:12. Es inverosímil, para no citar más que algunas aplicaciones corrientes, que las dos columnas de bronce representasen al sol y a la luna, o el invierno y el verano, que los diez candelabros representasen los cinco planetas repetidos dos veces, que las pilas rodadizas representasen las nubes cargadas de lluvia. No es tan evidente como se afirma que el «mar de bronce representase las aguas primordiales. Se dice que es el equivalente del apsú de los templos de Mesopotamia, el mismo nombre que designa el océano de las aguas inferiores. Pero no sabemos bien lo que era materialmente este apsü de los templos y no sabemos nada de su valor simbólico. En cuanto al «mar» del templo salomónico, se llama ciertamente yam, palabra que significa el mar, o un lago, o un gran río (el Eufrates, el Nilo), pero en hebreo tardío tiene también el sentido de «pila».
Si el templo y su ajuar hubiesen tenido un simbolismo cósmico, el problema teológico de la habitación divina que hemos examinado anteriormente, debería plantearse en otra forma. Además, hubiese hallado fácilmente su solución: Dios, señor del universo, residía en el templo, que era imagen del universo. Pero los pensadores israelitas no buscaron la solución en esta dirección: hasta el final de la monarquía se vieron enfrentados con la paradoja de una casa hecha por la mano del hombre, donde habitaba el Dios al que los cielos no son capaces de contener, 1Re8:27; distinguieron entre el templo donde se ora y el cielo donde Dios reside, 1Re 8:30, etc. No tenían conciencia de que el templo representase el universo, y las ideas sobre el simbolismo cósmico no germinaron sino mucho más tarde.
Conforme con el carácter específico de la religión de Israel, si el templo tiene algún simbolismo, no hay que buscar su clave en el mito o en la cosmología, sino en la historia. Así como las grandes fiestas del culto recordaban los acontecimientos de la salida de Egipto y el arca de la alianza recordaba el pacto de Dios con su pueblo elegido, así también el templo recordaba y significaba la elección hecha por Dios, de Jerusalén y la 'dinastía davídica, y luego la protección ya entonces garantizada a esta ciudad y a esta dinastía.
d) Oposición contra el templo. Ya hemos hablado de la importancia que tenía el templo en la vida religiosa de Israel y de la actitud positiva que los mismos profetas tuvieron a este respecto, si bien condenaban los abusos que allí se habían introducido. No faltaron, sin embargo, oposiciones. Cuando David quiso construir el templo, Natán le transmitió un mensaje de Yahveh: No será David quien construya una «casa» a Yahveh, sino que Yahveh será quien haga una «casa» (una dinastía) a David. Yahveh no tuvo nunca casa desde que hizo salir a los israelitas de Egipto, ni pidió nunca que se le construyese casa alguna, 2Sam 7:5-7. Esto no significa —como lo entendieron el glosador de 2Sm7:13, el redactor de 1Re5:5, y el cronista, 1Cr 17:12; 1Cr 22:10; 1Cr 28:6; 2Cr 6:8-9 — que Dios deseche el templo de David, pero espera el templo de Salomón. Esto significa que Dios no quiere templo construido sino que se mantengan las costumbres del desierto. La profecía de Natán omite voluntariamente que había habido ya un templo construido en Siló. Parece, pues, que la construcción de una «casa» para Yahveh parecía a ciertos israelitas una infidelidad, una concesión al baalismo, a la religión «establecida» de Canaán, y es cierto que la institución del templo llevaba consigo un peligro de sincretismo, que no se logró evitar, como ya hemos visto.
Esta corriente desfavorable al templo siguió fluyendo, aun cuando raras veces es perceptible. Los rekabitas, ese grupo de reaccionarios yahvistas que vivían en tiendas y no construían casas para ellos mismos, Jer 35, no tenían idea de que hiciese falta una para Dios y, refugiados en Jerusalén, no frecuentaban el templo, adonde sólo Jeremías logra atraerlos después de haber «hablado con ellos», Jer 35:2. Cuando se reconstruye el templo después del destierro, un profeta protesta: «Así habla Yahveh: el cielo es mi trono y la tierra es mi escabel. ¿Qué casa podríais vosotros construirme y en qué parte el lugar de mi reposo?», Is 66:1. La cuestión planteada en 1Re8:27 recibe una respuesta distinta de la del deuteronomista: Yahveh no tiene necesidad del templo.
El diácono Esteban, refiriéndose a la profecía de Natán y citando explícitamente a Is 66:1, afirmará frente a los judíos que «el Altísimo no habita en moradas hechas por la mano del hombre», Hch7:48. A Jesús se le acusará de haber dicho: «Yo destruiré este templo hecho por la mano del hombre y en tres días reedificaré otro no hecho por la mano del hombre», Mc 14:58, y efectivamente diría, según Jn2:19: «Destruid este santuario; en tres días lo reedificaré.» Pero el evangelista explica: «Hablaba del santuario de su cuerpo.» La antigua economía abolida por una superación: los privilegios del templo material, sede de la presencia divina y signo de elección, quedan transferidos al cuerpo del Verbo encarnado, que en adelante será el «lugar» donde se encuentre la presencia y la salud de Dios.
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