2. Historia del templo de Salomón
2. Historia del templo de Salomón
Puesto que el templo de Jerusalén era el santuario de Estado de la capital y el centro religioso de la nación, es natural que su destino hubiese de estar ligado con la historia política y religiosa del reino. Había de subsistir hasta la ruina política de éste, cerca de cuatro siglos después de su fundación. Durante todo este tiempo no se modificó su estructura, y sus construcciones experimentaron sólo retoques secundarios. Si, como lo hemos supuesto anteriormente,⁸ los dos pisos superiores del edificio lateral no son primitivos, esta adición pudo ser obra de Asá con el fin de albergar las ofrendas que él consagró al templo, 1Re15:15. Bajo Josafat aparece un nuevo atrio, según 2Cr 20:5, hacia abajo respecto al atrio primitivo, que se convertirá en el atrio superior de Jer36:10. Los dos patios comunicaban por medio de una puerta, cuya construcción se atribuye a Yotam en 2Re15:35 y que es la puerta superior de Jer20:2, la puerta nueva de Jer26:10; Jer36:10.
En el atrio del templo tuvieron lugar la sublevación contra Atalía, la proclamación y consagración de Joás, que se cuentan en detalle de 2Re11; allí fueron también evidentemente consagrados todos los reyes de Judá después de Salomón. Precisamente a propósito del reinado de Joás se refieren algunos detalles acerca del cuidado de los edificios, que debía de ser una preocupación permanente. Un primer ordenamiento real estableció que los sacerdotes tomarían de los censos sagrados lo que fuese necesario para las reparaciones, 2Re12:5-6. Como los sacerdotes no habían cumplido su deber, Joás, mediante un nuevo decreto, transfirió esta función al poder civil: un cepillo colocado a la entrada del templo recibiría las ofrendas de los fieles y de tiempo en tiempo sería vaciado por un secretario real, que entregaría el dinero a los maestros de obras adscritos al templo, 2Re 12:7-17. Esta reglamentación se observaba todavía bajo Josías y, precisamente cuando su secretario trataba de vaciar el cofre e informarse sobre las reparaciones, se enteró del descubrimiento del libro de la ley, 2Re 22:3-10.
Por lo demás, los reyes tuvieron siempre la superintendencia del templo y su actitud religiosa o sus consideraciones políticas guiaron su conducta a este propósito. Acaz retiró el altar de bronce que databa de Salomón y mandó construir un nuevo altar según el modelo del que había visto en Damasco, 2Re16:10-16. Desmontó las bases rodadizas y quitó los toros que sostenían el mar, probablemente sin la menor intención de alterar las reglas del culto, sino únicamente para tener con qué pagar el tributo que debía a Teglat-Falasar, 2Re16:17, así como para complacer a su soberano feudal suprimió del templo las señales de independencia: el estrado y la entrada real. El rey Manasés erigió en el templo altares a los falsos dioses y un ídolo de Aserá, 2Re 21:4-5.2Re 21:7.
Los reyes piadosos, por el contrario, purificaron el santuario de estas intrusiones paganas. Ezequías hizo desaparecer el nehustan, objeto idolátrico en el que los israelitas reconocían la serpiente de bronce del desierto, 2Re18:4. Sobre todo Josías, después del descubrimiento de la ley, limpió el templo «de todos los objetos de culto que se habían fabricado para Baal, para Aserá y para todo el ejército del cielo», y el detalle es impresionante: el poste sagrado, la morada de las prostitutas sagradas, donde las mujeres tejían velos para Aserá, los caballos y el carro del sol dedicados por los reyes de Judá, los altares que los reyes de Judá habían erigido sobre la terraza y los que Manasés había construido en los atrios, 2Re 23:4-12. La reforma fue efímera; Ez8 describe los ritos heterodoxos que se practicaban en el templo en vísperas de su ruina. El templo era el espejo de la vida religiosa de la nación y estas aberraciones cultuales que eran aceptadas o toleradas en el santuario oficial del yahvismo, ponen de relieve el peligro que constituyó siempre el sincretismo. Explican también en parte que entre auténticos creyentes existiese una corriente de ideas contraria al templo; de ello volveremos a tratar⁹
El rey tenía poder sobre el tesoro del templo,¹⁰ pero este tesoro excitaba también la codicia de los conquistadores: inmediatamente después de Salomón, fue vaciado ya por Sesonq, 1Re14:26, y hasta un rey de Israel, Joás, no temió despojar la casa de Yahveh después de su victoria sobre Amasias, 2Re14:14. El saqueo de los santuarios era un hecho de guerra en la antigüedad: el templo postexílico fue saqueado por Antíoco Epífanes, el templo de Herodes, por los soldados de Tito.
Fue también la suerte última del templo de Salomón. Desde la primera invasión de Nabucodonosor, en 597, el tesoro del templo fue saqueado al mismo tiempo que el tesoro real, 2Re 24:13. Cuando sobrevino el segundo ataque, en 587, el templo siguió en la ruina a la ciudad de David y de Salomón. Se lo llevaron todo: las dos grandes columnas y el mar de bronce fueron hechos pedazos, y el metal fue transportado a Babilonia, 2Re 25:13-17; Jer 52:17-23. Era el fin del templo, que había sido orgullo de Israel.
3. El templo posterior al destierro
En tierra de exilio tuvo Ezequiel la visión de un templo nuevo en una Jerusalén restaurada e idealizada. Esta larga descripción, Ez40:1-Ez44:9, nos interesa sólo indirectamente, pues tal edificio no se llegó nunca a construir. Sin embargo, Ezequiel había visto todavía en pie el templo de Salomón y dio a su santuario la misma disposición en lo esencial; por otra parte, estos capítulos parecen haber inspirado las reconstrucciones posteriores del templo, quizá la restauración de Zorobabel, pero más seguramente el templo de Herodes.
Pero más importante todavía es el espíritu de esta visión: es el plan de un reformador que actúa en concreto las ideas de santidad, de pureza y de espiritualidad que animan su predicación. Las taras que habían mancillado el antiguo santuario, debían desaparecer, cf. sobre todo Ez43:1-12; Ez44:4-9. El templo se levanta en un cuadrado sagrado, está aislado del sector profano, protegido por dos cercos de murallas donde las puertas controlan las entradas: ningún extranjero puede penetrar en él. Nada se dice de las instalaciones cultuales, sólo se menciona el altar de los holocaustos delante del templo: este altar semeja un ziggurat en miniatura, con sus tres pisos, cuyos nombres, explicados por el acádico, implican un simbolismo cósmico, Ez 43:13-17; como también, en el hékal, una «especie de altar» de madera, que es «la mesa que está delante de Yahveh», Ez 41:21-22, la antigua mesa de los panes de oblación. En el debir, llamado explícitamente santo de los santos, Ez 41:3-4, no hay ya arca de la alianza, pero la gloria de Yahveh llena el santuario, Ez 44:4, donde Yahveh habita en medio de los hijos de Israel, Ez 43:7, como en el desierto, Éx 25:8. El templo es el centro de la teocracia restaurada, Ez37:23-28. Estas ideas teológicas caracterizaron el pensamiento del judaismo mucho más de lo que influyó la descripción de Ezequiel en las reconstrucciones futuras.
En el año 538 a.C. Ciro autorizó a los judíos a regresar a Jerusalén y a reconstruir el templo de su Dios a expensas del tesoro regio e hizo que se les devolviese el ajuar de oro y plata que Nabucodonosor se había llevado como botín. Este decreto de Ciro se ha conservado en dos formas: en arameo, citado por el decreto de Darío de que vamos a hablar, Esd 6:3-5, en hebreo, en Esd1:2-4. La autenticidad del decreto arameo está bien establecida, mientras la del decreto hebreo es muy discutida y es probable que sea una compilación del cronista quien, sabiendo que había existido tal documento, reconstituiría el texto. Sin embargo, se ha querido justificarlo suponiendo que habría habido dos documentos oficiales: un memorándum arameo destinado al tesorero real y guardado en el archivo, y una proclamación en hebreo dirigida a los judíos.
Los primeros desterrados reintegrados a Palestina restablecieron un altar en el antiguo emplazamiento, Esd 3:2-6, y comenzaron las obras del templo bajo la dirección de Sesbassar, Esd 5:16. Parece ser que entonces no se hizo sino despejar el trazado de los antiguos muros y nivelar alrededor; luego se interrumpieron las obras por obstrucción de los samaritanos según Esd 4:1-5, por la negligencia de los judíos según Ag1:2. No se reanudaron hasta el segundo año de Darío, en 250 a.C., bajo la dirección de Zorobabel y de Josué y con los estímulos dados por los profetas Ageo y Zacarías, Esd 4:24-Esd5:2; Ag1:1-2.Ag1:9; Zac4:7-10. El sátrapa de Transeufratenes, Tattenay, preocupado por esta actividad, pidió instrucciones a Darío, quien, habiendo visto el memorándum de Ciro, ordenó que se respetasen sus términos y se dejase a los judíos continuar las obras. Éstas terminaron en 515 a.C.
Muy poco es lo que sabemos de este templo. El decreto de Ciro preveía sus dimensiones, Esd6:3 (el texto está desgraciadamente alterado), y la modalidad de su construcción: tres hiladas de piedra y una hilada de madera, Esd6:4, cf. Esd5:8, como en las construcciones salomónicas.¹¹ Es cierto que el edificio tenía el mismo plano que el antiguo y es verosímil que conservase las mismas dimensiones. De los edificios anejos, los libros de Esdras y de Nehemías mencionan: piezas donde se depositarían las ofrendas llevadas por Esdras, Esd 8:29, lo que recuerda el edificio lateral del templo de Salomón, 1Re6:5-10, y también las celdillas laterales o las cámaras de Ez 41:5-11; Ez42:1-14. En una de estas dependencias fue donde se concedió alojamiento a Tobías, que fue luego expulsado por Nehemías, Neh 13:4-9.
Según Esd 3:12-13 y Ag 2:3, los ancianos que habían visto el antiguo templo lloraban delante del nuevo, que no «se le parecía absolutamente en nada». Se concluyó precipitadamente que el segundo templo era una cosa muy pobre, pero los dos textos mencionados se refieren a los comienzos de la construcción y no a su estado definitivo, y el texto de Esdras se inspira en el de Ageo. Es muy posible que los pagos del tesoro real que había previsto Ciro y Darío con los impuestos de Transeufratenes, Esd6:4-8, no fuesen satisfechos con exactitud y que hubiese que echar mano de los recursos locales, que eran modestos; pero el informe de Tattenay prueba que el trabajo era sólido y esmerado, Esd5:8, y el resultado, aun sin llegar al lujo legendario del templo de Salomón, debió de ser aceptable. Para animar a los constructores, Ageo había prometido que afluirían allí los tesoros de las naciones y que la gloria del nuevo santuario sobrepujaría a la del antiguo, Ag 2:7-9.
Por los límites entre los siglos IV y III antes de nuestra era, Hecateo de Abdera, citado por Josefo, C,A. 1,32, señala el templo como un gran edificio que se eleva dentro de una muralla al lado de un altar de piedras que tiene las dimensiones del altar de Salomón según 2Cr 4:1, y del de Ezequiel, Ez43:13-17. El edificio contiene un altar y un candelabro de oro, cuya llama no se extingue jamás. Un siglo más tarde, la carta de Aristeo, que es un escrito de propaganda judía, describe con énfasis el espléndido santuario, los tres períbolos que limitaban los atrios, la cortina suspendida ante su puerta, el altar y su rampa de acceso. Por la misma época, Josefo nos ha conservado, Ant. 12,3,4, un decreto de Antíoco III, cuya autenticidad se ha defendido recientemente con buenos argumentos. Este decreto prohibía a todo extranjero penetrar en el recinto del santuario, como lo harán más tarde las inscripciones de la barrera que limitaba el atrio de los gentiles en el templo de Herodes. La orden de Antíoco pudo ser fijada o grabada en un lugar análogo del templo de Zorobabel, quizá sobre el «muro del patio interior del santuario» que Alcimo, sumo sacerdote intruso, quiso demoler para complacer a los griegos, 1Mac 9:54.
Los libros de los Macabeos nos dan algunos detalles sobre el templo a propósito de su saqueo por Antíoco Epífanes, el año 169 a.C.: se llevó el altar de oro, el candelabro, la mesa de la oblación, el velo, las chapas de oro, los vasos preciosos y los tesoros,1Mac 1:21-24; 2Mac 5:15-16. Esto, como la historia de Heliodoro, 2 Mac 3, supone que el templo era rico. El año 167, el templo así despojado fue profanado con la supresión de los sacrificios legítimos y la adopción del culto de Zeus Olímpico, 1Mac 1:44-49; 2Mac 6:1-6, «la abominación de la desolación». Dn 9:27; Dn11:31. Tres años después, en 164, Judas Macabeo purificó el templo, lo reparó, ¿construyó un nuevo altar, restableció en el santuario el candelabro, el altar de los perfumes, la mesa y las cortinas; quedó restablecido el culto y en adelante esta fiesta de la nueva dedicación se siguió celebrando cada año, 1Mac 4:35-59.
Unos cien años después, cuando Pompeyo tomó a Jerusalén, penetró en el templo, pero respetó el santuario sin tocar el tesoro que se evaluaba en 2000 talentos. El 20-19 a.C., Herodes emprendió una restauración total que, en lo esencial, terminó diez años después. Pero el templo de Herodes no pertenece ya a las instituciones del Antiguo Testamento.
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