Capítulo IV LA CENTRALIZACIÓN DEL CULTO
Capítulo IV
LA CENTRALIZACIÓN DEL CULTO
El templo de Jerusalén vino finalmente a ser el único lugar donde podía celebrarse legítimamente el culto sacrificial y, después de su destrucción el año 70 de nuestra era, el judaismo no tuvo ya altar ni sacrificio. Este privilegio exclusivo se conquistó al final de una larga historia y al precio de una lucha severa contra los santuarios rivales y contra la tendencia a la descentralización.
1. Santuario central y santuario único
La multiplicidad de santuarios en la época de los jueces y a comienzos de la monarquía¹ y la legitimidad reconocida a los «lugares altos»² no significaban que todos estos lugares de culto tuviesen idéntica importancia. Lo que unía la confederación de las tribus era un vínculo religioso y este vínculo se expresaba y se reforzaba mediante la participación de todos los miembros en un culto común en un santuario central. Apenas si se puede dudar de que, al principio, Siquem desempeñase este papel, por ser el lugar donde un pacto había unido a las tribus.³ Pero este culto siguió al arca en sus desplazamientos, al arca que significaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. De hecho, el arca es mencionada en Siquem por la redacción deuteronomista de Jos 8:33; pero al final de la época de los jueces está ciertamente en Siló en un templo construido, y allí debía de estar hacía bastante tiempo, puesto que Siló vino a ser muy pronto lugar de reunión de las tribus y meta de peregrinación.⁴ El santuario central de las tribus era aquel en que se hallaba depositada el arca, y así la captura de la misma por los filisteos y la ruina del templo de Siló debieron de plantear un grave problema religioso, ¿dónde se iría en adelante a orar «en la presencia de Yahveh»? Parece que en este período turbulento, Gabaón vino a ser el sustituto de Siló. Según 2Sa21:6, corregido conforme al griego, el santuario de Gabaón se halla en la «montaña de Yahveh»; es significativo que Salomón, a comienzos de su reinado, fuera primero a Gabaón para sacrificar y recibir allí una comunicación divina y que a este propósito se llamase a Gabaón «el lugar alto más grande», 1Re 3:4-15. Si se acepta la identificación del lugar alto de Gabaón con el santuario de Mispá de Benjamín, como se ha propuesto,⁵ notaremos la importancia de esta Mispá, bajo Samuel y bajo Saúl, 1Sam7:5s y 1Sa10:17, por tanto después de la ruina de Siló. Finalmente, la afirmación repetida por 1Cr16:39; 1Cr21:29; 2Cr1:3 de que la tienda de reunión estaba conservada en Gabaón, es quizá el recuerdo deformado, de un papel temporal desempeñado por Gabaón como santuario central de Israel.
Pero el santuario central de las tribus no era el único santuario. Los libros históricos dan testimonio de que en una misma época se daba culto a Yahveh en varios lugares. Anteriormente sólo hemos estudiado los más importantes o los mejor documentados de estos santuarios, pero se podría, basándose en los textos, compilar una lista más larga, que todavía sería incompleta. La existencia de numerosos santuarios cananeos, donde los nuevos poseedores del suelo instalaban a su Dios nacional, pudo contribuir a esta multiplicación de los lugares de culto, pero no basta para dar su razón profiínda. Ésta se deduce de la evolución social. La sedentarización, al relajar los vínculos de la tribu en favor del clan, y al fijar en la tierra los pequeños grupos autónomos, fraccionó también el culto, que se convirtió en un asunto de aldea o de ciudad. El particularismo político tuvo como consecuencia un particularismo religioso, contrapesando el movimiento que arrastraba a las tribus hacia un centro común de culto.
Esta multiplicidad de santuarios fue reconocida como legítima por el código de la alianza, que es la ley de la confederación de las tribus. Esta compilación comienza con una ley del altar, Éx 20:24-26, que prevé que se puede sacrificar y obtener así la bendición divina «en todo lugar, dice Yahveh, donde haga yo mencionar mi nombre». Esto no autoriza la anarquía cultual: los altares, y por tanto los santuarios, no se erigirán en lugares escogidos arbitrariamente, sino allí donde Dios se haya en alguna manera manifestado, y de esta manera volveremos a dar con los relatos de fundaciones que antes hemos estudiado. Resulta, por tanto, que los santuarios pueden ser tan numerosos como los lugares donde se manifiesta en algún modo la presencia divina.
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