Razón estratégica
Dorando Michelini (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Ciencia y tecnología
Conceptualización. En la antigüedad griega, el concepto estrategia ( í ) estaba relacionado
con la actividad militar. Se refería específicamente a un plan de acción capaz de tomar en cuenta los diferentes condicionamientos e interrelacionar las diversas variantes del escenario bélico, de modo que, siguiendo determinados pasos, pudiera lograrse el triunfo. Posteriormente, el concepto de acción estratégica comienza a utilizarse en los ámbitos de la economía y la política, y pasa a designar una acción mediante la cual la racionalidad estratégica se articula de un modo peculiar con la racionalidad instrumental y la maximización de beneficios. En este contexto se denomina acción estratégica a aquella forma de acción que se propone alcanzar un determinado fin, teniendo en cuenta las condiciones de acción, previo examen de las diferentes secuencias y alternativas posibles de acción, y siguiendo metódica y sistemáticamente una serie de pasos teleológicos de acción. La teoría de los juegos, en la medida en que analiza y sistematiza las múltiples y heterogéneas decisiones racionales en condiciones de interdependencia estratégica, puede ser un instrumento útil no solo en economía, sociología y política (Michelini, 2002), sino también en el ámbito de la cultura y de la ética y, más precisamente, de la bioética (por ejemplo, en aquellos casos en que se trata de minimizar los males mayores o en la implementación de estrategias de equilibrio).
Críticas de la razón estratégica. 1. En el marco de sus reflexiones sobre un orden social justo, John Rawls (1993) ha criticado la racionalidad utilitarista y ha buscado fundamentar la justicia en un contrato originario, sobre la base de un proceso de libre elección racional de individuos egoístas. Para ello recurre a las teorías de los juegos y de la elección racional, en las cuales se entiende la libertad de los sujetos como libertad de arbitrio. Al mismo tiempo, y a los fines de asegurar que la libre elección del contrato original acontezca en condiciones de justicia y equidad, Rawls apela a limitaciones normativas (como el velo de ignorancia), nada fáciles de justificar, puesto que el principio de equidad, introducido en la posición original con la finalidad de limitar ab initio la elección estratégico-racional de los sujetos libres y egoístas, presenta una circularidad que no da cuenta de una fundamentación última justificada del principio de justicia. 2. En el contexto de una diferenciación teórico-filosófica de la racionalidad, Jürgen Habermas ha criticado el concepto de racionalidad estratégica subyacente en la teoría de los juegos, puesto que ella tiene en cuenta al sujeto y a su libertad solo como posibilidad. En su Teoría de la acción comunicativa, Habermas (1988) denomina estratégica a una acción racional orientada a influir eficazmente en los demás, utilizando reglas de elección racional y persiguiendo intereses egoístas. Con ello, la distingue tanto de la racionalidad
instrumental (es decir, de la acción orientada al éxito y a la acción técnica de intervención en el mundo objetivo) como de la racionalidad comunicativa (esto es, de la acción social orientada al entendimiento). En tanto que acción social, la racionalidad estratégica posee una estructura bidimensional: comparte, por un lado, la relación de reciprocidad y la calidad social, propias de la racionalidad comunicativa y, por otro, la calidad instrumentalizadora de la racionalidad instrumental. Entre las características principales de la racionalidad estratégica pueden mencionarse el cálculo y la eficacia, pero también el poder y el dominio. La racionalidad estratégica tiene su lugar en el ámbito de la relación entre sujetos y, más precisamente, en la interacción de sujetos que se instrumentalizan mutuamente. En las relaciones estratégicas los sujetos no se tratan como “fines en sí mismos” (Kant), sino simplemente como “meros medios”; y es precisamente este tipo de interrelación instrumentalizadora la que, cuando predomina en el ámbito social, lleva al dominio del otro, a la exclusión y la cosificación del otro (a tratarlo como “mera cosa”). 3. Por su parte, Apel (1972/1973) define la racionalidad estratégica como aquella “motivada por el propio interés de los actores”, como contrapuesta a la interacción moral, por lo que se está sugiriendo que el interés “propio” no es sino el interés egoísta. Apel afirma que la única fundamentación posible de la ética consiste en la apelación a la racionalidad consensual-comunicativa o racionalidad discursiva (Michelini, 2000). A los fines de eludir tanto la falacia naturalista como el círculo lógico, Apel recurre a una estrategia argumentativa de tipo pragmático-trascendental que fundamenta la ética –y, con ella, la justicia y la equidad– en el principio del discurso. De acuerdo con ello, la justicia se entiende originariamente no en sentido sustantivo, como principio material y de contenido, sino como equidad discursiva, esto es, como la capacidad comunicativa de todo ser racional para participar en condiciones de igualdad y reciprocidad en la determinación crítico-argumentativa de todos los problemas de interés público y en la resolución discursiva de todos los conflictos. De este modo, Apel contrapone la racionalidad discursiva tanto a la racionalidad utilitarista, que se basa de manera exclusiva en el cálculo eficaz de una racionalidad egoísta-instrumental, como a la racionalidad estratégica de la decisión racional del decisionismo y del contractualismo. Apel ha precisado reiteradamente que la ética del discurso no es solo deontológica y que, por ello, necesita de una estrategia de institucionalización para no poner en peligro las conquistas éticas y políticas de la humanidad. Desde la perspectiva de la filosofía latinoamericana, Dussel (1993), en discusión con Apel, ha señalado
que la razón cínica es la razón estratégica por excelencia: es la que antepone el poder a las razones, la que se impone no por medio de los mejores argumentos y la discusión, sino por su fuerza y poder indiscutidos e indiscutibles. Dussel afirma que la razón cínica es la única instancia que puede mostrar con claridad la impotencia de la razón discursiva.
Estrategia contraestratégica. La racionalidad estratégica no se confunde con la racionalidad manipuladora ni es un término peyorativo: ella juega un papel relevante en la economía, la política y la ética, en particular a la hora de hacer frente a los desafíos éticos de las coerciones fácticas e institucionales del mundo de la vida, puesto que la aplicación e institucionalización de la racionalidad ética en contextos históricos y culturales concretos y conflictivos requiere no solo tanta racionalidad comunicativa, como sea posible, sino también tanta racionalidad estratégica, como sea necesario. Matthias Kettner (1992) ha precisado y complementado, a su vez, la concepción ético-discursiva de la racionalidad estratégica, introduciendo el principio de la racionalidad estratégica contraestratégica (principio ECE). Kettner denomina principio ECE a la mediación responsable reflexivo-moral entre la racionalidad discursivo-consensual y la racionalidad estratégica. Este principio tiene como idea regulativa la minimización de la injusticia y de los costos morales; esto es, busca minimizar las ventajas injustas que alguien pudiera llegar a obtener a causa del actuar y decidir moralmente correctos de otra persona. En este sentido, es una obligación moral impedir que surjan costos morales, so pena de hacernos corresponsables de ellos. De aquí proviene la obligación moral de actuar y decidir en las relaciones con los otros conforme a una estrategia contraestratégica. El cálculo estratégico no tendría que ser considerado, por tanto, ni en el ámbito teórico (por ejemplo, de la reflexión ético-filosófica) ni en el ámbito de la praxis cotidiana (por ejemplo, en las discusiones clínicas que efectúan los comités de bioética) como un obstáculo insalvable para la determinación de la acción buena o correcta.
Bioética y racionalidad instrumental-estratégica. Claro está que la bioética sería malentendida de raíz si ella fuese comprendida como una teoría que se apoya pura y exclusivamente en una razón instrumental orientada al éxito. Su tarea no puede consistir exclusivamente en buscar los medios idóneos de aplicación eficaz del paradigma científico-tecnológico al ámbito de la manipulación de la vida, de modo que se maximicen los beneficios y se reduzcan los riesgos. En esta línea de reflexión, la legitimidad de la intervención en la producción, reproducción y transformación de la vida humana
encontraría sus límites –solo y únicamente– en la misma capacidad técnico-científica de la humanidad. Una teoría bioética que entienda la racionalidad solo como racionalidad estratégica, y articulada exclusivamente con la racionalidad instrumental, quedaría reducida a una habilidad o destreza técnica para la manipulación de la vida: con ello, el paradigma de una bioética de orientación instrumental-estratégica no podría ir más allá de los intereses particulares y egoístas, y de las decisiones utilitaristas, sustentadas en el cálculo estratégico de maximizar los beneficios y minimizar los riesgos. A esta concepción de la bioética subyacería, por lo demás, una visión cientificista-tecnicista de la realidad, la cual tiende a cercenar ideológicamente el ámbito de la praxis humana al hacer y al saber hacer, y ordena instrumental y estratégicamente todos los medios de modo exclusivo a la consecución de los fines propuestos. En la medida en que la ética no pase de ser un aspecto de la técnica, la reflexión sobre la vida humana quedará atrapada en las sutiles redes de la juridización y medicalización de la bioética. Una teoría bioética que se sustente de manera exclusiva en la racionalidad instrumental-estratégica excluiría el ámbito de lo razonable, esto es, el ámbito de la indagación sobre la dignidad humana, la justicia y la vida buena.
Valores y bioética. Otro punto de vista, unilateral y equivocado, estaría representado por una bioética que pretendiera orientarse exclusivamente en valores y desestimara o desconociese la centralidad de la intervención tecnocientífica del ser humano en el mundo de la vida. Una ética que apele en su reflexión moral exclusivamente a la intuición o a los valores, y a métodos que no sean capaces de articular de manera interdisciplinaria los aportes de las ciencias y de la técnica, difícilmente podrá enfrentar de forma adecuada los desafíos y conflictos que presenta el mundo contemporáneo a la reflexión ético-filosófica, y que se caracterizan por su amplitud, complejidad y radicalidad. Una bioética que ignore el ámbito del poder y la especificidad de la intervención científico-tecnológica en el mundo, o que desconozca la racionalidad instrumental-estratégica y su peculiar e insustituible ámbito de acción, se sustentaría en una visión poco realista de la vida en sociedad, por cuanto ignoraría o desconocería los condicionamientos históricos y las coerciones fácticas e institucionales a que está sometida toda acción humana.
Bioéticas de la complementariedad. Una visión diferente sobre la racionalidad estratégica puede presentarse desde aquellas teorías bioéticas que toman en serio tanto la reflexión ética en su peculiar complejidad y radicalidad, como el desarrollo científico-tecnológico y sus resultados en
toda su amplitud y novedad. La racionalidad estratégica es un elemento tan necesario como insuficiente para una reflexión ético-filosófica articulada con la praxis. La racionalidad técnico-científica tiene una doble articulación con la racionalidad comunicativa, orientada al entendimiento, puesto que sin racionalidad comunicativa no hay racionalidad estratégica posible; a su vez, sin racionalidad estratégica se torna difícil, si no imposible, asegurar, de forma no solo razonable sino también estratégico-racional y estratégica contra-estratégicamente, las bases y el desarrollo de la racionalidad comunicativa en los condicionamientos históricos contingentes (materiales, sociales, culturales) y conflictivos del mundo humano. Una bioética de la complementariedad de lo racional con lo razonable, de la racionalidad estratégico-instrumental con la racionalidad comunicativo-discursiva, tiene que hacer justicia a fenómenos –aparentes o reales– tan disímiles como la utilidad de la acción, el interés particular, la eficiencia instrumental, la eficacia estratégica, la autorrealización personal integral y la autorrealización colectiva emancipatoria de la humanidad. Una bioética con semejantes características tiene que articular la tensión que existe entre la radicalidad de la situacionalidad humana (la corporeidad, la pertenencia a una determinada especie biológica, la realidad de una configuración genética peculiar, etc.) y la radicalidad de la alocación (de la praxis comunicativa y del distanciamiento reflexivo, que hacen del ser humano no solo un ser situado, sino también el único ser a-locado que conocemos). En síntesis, la racionalidad estratégica es, en y por sí misma, insuficiente en el ámbito de la fundamentación teórica y práctica de la bioética, puesto que tiende a acentuar uno de los dos extremos: o bien la situacionalidad histórica, contingente y cultural, o bien la situacionalidad de un logos ideológicamente reducido. Sin embargo, la racionalidad estratégica puede contribuir también, como un factor clave, en la elaboración de una teoría bioética discursiva de la corresponsabilidad solidaria, en cuyo ámbito los intereses, los condicionamientos fácticos e institucionales y el poder estén orientados por la racionalidad comunicativa.
Referencias Karl-Otto Apel, La transformación de la filosofía, Madrid, Taurus, 2t., 1972/1973. - Enrique Dussel, Apel, Ricœur, Rorty y la filosofía de la liberación, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1993. - Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, 2t., Madrid, Taurus, 1988. - John Rawls, Teoría de la justicia, México, FCE, 1993. - Matthias Kettner, “Bereichsspezifische Relevanz. Zur konkreten Allgemeinheit der Diskursethik”, en K. O. Apel, M. Kettner, Zur Anwendung der Diskursethik in Politik, Recht und Wissenschaft, Frankfurt, Suhrkamp, 1992, pp. 317-348. - Dorando J. Michelini, La razón en juego, Río
Cuarto, Universidad Nacional de Río Cuarto-Icala, 2000. - Dorando J. Michelini, Globalización, interculturalidad y exclusión. Ensayos ético-políticos, Río Cuarto, Ediciones del Icala, 2002.
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