Literatura de la negritud y el esclavismo
Dina V. Picotti C. (Argentina), Universidad Nacional de General Sarmiento
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
La existencia de una proporción importante de africanos, llegados sobre todo a través de la esclavitud, y de sus descendientes en la población americana, debió reflejarse no solo en los rasgos físicos sino también en los culturales. Uno de los aspectos básicos para encarar una cultura es siempre la lengua, no solo por la existencia de vocablos de determinado origen y composición, sino por el modo de articularse, que indica el espíritu y la articulación misma de aquella, un modo de pensar y de lenguaje. La configuración de estos en América fue coprotagonizada por los diversos pueblos que conviven en el continente, quienes a pesar de marginaciones y destrucciones se influyeron recíprocamente.
La influencia negra en la estructura y el sentido de las lenguas de América Latina. Si bien se ha dicho que el esclavo africano no logró “cimarronear” ciertos aspectos de la vida americana, como la lengua de sus amos, salvo el caso de los dialectos criollos, es innegable su influencia sobre el español y el portugués, y en el Caribe, sobre el francés, el inglés y el holandés, no solo por el aporte de un porcentaje no despreciable de vocablos y modismos, sino también de estructuras más básicas, como la forma de nominar, en general una forma propia de sintaxis, y el sentido mismo de la palabra. De allí que los especialistas se orienten con mayor preferencia hacia ellas que a verificar relaciones más superficiales como la conservación de vocablos. A pesar de que los esclavos, al ser arrancados de sus tierras y comunidades y ser traídos a América en muy joven edad, perdieran en gran parte las lenguas y culturas de sus antepasados, según toda clase de testimonios, entre ellos literarios, mantuvieron su esencia reorganizando creadoramente el material lingüístico al sustituir unos vocablos por otros o reformarlos produciendo imágenes como lo hacían en sus lenguas originarias. Lo que constituye una lengua no es tanto un acervo de vocablos, sino el modo –‘kuntu’– de utilizarlos, que es una categoría fundamental del pensamiento bantú y, en general, negroafricano. De esta suerte han podido surgir en el mundo afroamericano lenguas mixtas como el créole en Haití –dicciones de origen francés y aun castellano con términos de procedencia fon, lengua de los ewes de Dahomey; en Surinam el taki-taki, síncresis de voces portuguesas, holandesas y británicas, regidas por una sintaxis más propiamente africana, con palabras de esta última
procedencia– y el saramacca tongo o deepi-tahkicon expresiones casi exclusivamente africanas, sobre todo de origen fon-; el papiamento –elementos procedentes del holandés, danés, portugués, castellano y francés con otros procedentes de lenguas africanas–, que domina en la isla de Curaçao en el Caribe; en los Estados Unidos de Norteamérica además del créole afrofrancés, diferente del haitiano y que todavía se habla en Louisiana, surgió el gullah en las islas homónimas frente a los estados de Georgia y Carolina del Sur, además de la influencia general que aportaron los africanos sobre el inglés a través de vocablos, alteraciones sintácticas y expresiones. Estas lenguas son mal llamadas dialectos, es decir, variaciones o degeneraciones del castellano, francés, inglés, holandés, portugués, porque su vocabulario procede preferentemente de palabras europeas y en parte africanas. Pero la sintaxis sigue las reglas de la gramática, del pensamiento africanos; y si se considera, como expresa J. Jahn, que la esencia de una lengua no reside en el vocabulario sino en la estructura gramatical, entonces habrá que considerarlas lenguas “neoafricanas” y no indogermánicas recientes. En Brasil la influencia ha sido también notoria, no solo por el número de términos aportados al portugués, sino también por sus efectos sobre la sintaxis y la entonación, así como la nasalización que se observa en la voz brasileña. En Cuba, ya el africanista Fernando Ortiz había señalado la gran influencia de los negros sobre el castellano en el aspecto lexicográfico, sintáctico y fonético. De modo semejante en Perú, Fernando Romero, entre otros especialistas, ha hecho un detallado estudio de las marcas fonéticas, gramaticales y sintácticas en las lenguas africanas de la zona costera, sobre todo las pertenecientes a la zona congoangoleña, dejando abierta la posibilidad de que se hayan desarrollado además hablas locales, como el créole, constatado por Germán de Granda, en la zona colombiana de San Basilio de Palenque, refugio colonial de negros cimarrones. En el español hablado en el Río de la Plata se ha registrado un porcentaje apreciable de vocablos, expresiones y modos de hablar de origen negroafricano, como ya lo registrara en Uruguay Ildefonso Pereda Valdés, y Néstor Ortiz Oderigo pudo reunir más de quinientas dicciones procedentes de diversas lenguas africanas, sobre todo del poderoso tronco bantú y del congolés, que se incorporaron al castellano de nuestro país y aun de otros países americanos; una serie de expresiones fueron legadas por los africanos al lunfardo o caló porteño de la ciudad de Buenos Aires. Todo ello muestra cómo una considerable presencia del negro en nuestra vida desde su llegada en época colonial ha quedado marcada, y no podía ser menos, en el lenguaje, a través de términos o expresiones que conservan de su procedencia algunas veces todo el sentido originario,
otras, en la mayoría de los casos, un aspecto del mismo, o bien sobre una base originaria recrean su sentido para indicar una realidad en la que el africano convive pero en otro contexto y junto con otros factores, como el caso de las palabras ‘tango’, ‘mucama’, ‘candombe’, etc., y en otras, por fin, pasan a formar parte de la vida cotidiana como modelos referenciales, como la expresión “fulo de rabia”.
La influencia negra en la literatura latinoamericana oral. Al afirmar que los africanos conservaron en América la esencia de sus lenguas, y con ellas su modo de pensar, nos referimos sobre todo a la presencia de su sentido de la palabra, que se acercaba más al que las culturas indígenas le otorgaban. Creemos que tal sentido es una de las razones profundas de la incidencia afro en nuestra identidad, así como de su repercusión en el mundo, según lo manifiestan testimonios literarios y artísticos en general. Ella reviste para el africano una importancia y un rol fundamentales, es semen, fuerza vital que activa el curso de las cosas, las transforma y se transforma el hombre al pronunciarla; por ello, toda palabra es de acción, comprometida, ninguna es inofensiva. Un fluir especial es la risa, que en la poesía neoafricana aparece frecuentemente en la figura de un río que rompe cadenas, libera...; fuerza especial, que a menudo permitió al esclavo dominar sus vicisitudes. Así, en este contexto, la literatura oral y escrita resulta en América muy significativa. Donde se entrecruzan las culturas africanas con otras, sobre todo europeas, tanto en África como fuera de ella, se ha distinguido con razón entre una literatura más conservadora, consciente o inconscientemente y de modo más o menos puro de las tradiciones africanas, aunque inclinándose a liberarse de ellas, y una literatura neoafricana que se caracteriza por intentar recuperar explícitamente su herencia, si bien hasta en una misma obra puedan hallarse elementos de una u otra orientación, mezclándose o primando unos sobre otros. La influencia literaria en América es ya profunda en la literatura oral. Si esta es siempre importante por cuanto precede y acompaña a la escrita, guardando la plenitud del fenómeno literario, de su vitalidad, de la concreción de la creación y recreación comunitarias, en el continente ha operado además como salvaguarda y continuidad de la creación popular, en la complejidad y mestizaje de sus varios elementos, ante la pretensión unilateral de estilos o concepciones que se imponen y discriminan según los avatares de nuestra historia. La literatura africana, que trae consigo una vasta y significativa oralidad, inspirándose en sus propias tradiciones se recrea en América ante las nuevas circunstancias que le toca vivir y la historia que debe compartir. Se manifiesta más intensamente en los países en los que la población de
origen afro es mayor, aunque esta apreciación sea relativa por cuanto procede a menudo del desconocimiento o la discriminación. En países como Argentina, donde a menudo se cree que la menor cantidad que llegó de negros además desapareció, también se observan densas resonancias, como en el folclor rioplatense, que se traducen en una rica imaginación, fulgurantes imágenes y metáforas y otros caracteres típicos africanos. Éstos pueden observarse en los relatos; en el arte payadoresco, nutrido en el canto de contrapunto, de larga tradición africana, que tuvo como protagonista fundamental al africano o sus descendientes y se manifiesta no solo vocalmente, sino también en diálogos musicales como los duelos de instrumentos, las llamadas afrouruguayas, las contiendas danzantes; y en los pregones, que de modo pintoresco y expresivo acompañaron casi todos los aspectos de la vida, constituyendo un testimonio tan inadvertido como elocuente.
La influencia negra en la literatura latinoamericana escrita. Con respecto a la literatura escrita, la distinción de cuatro especies que el poeta y crítico E. K. Brathwaite hizo en el Caribe podría extenderse a toda América Latina: una literatura retórica, que invoca la presencia africana sin activarla realmente, si bien su preocupación conduciría a una africanización posterior del estilo; una literatura de supervivencia africana, que la considera explícitamente pero sin intentar una interpretación o reconexión con su tradición; una literatura de expresión africana, que asume el material popular en la misma forma, adoptando la fuerza y la progresión de las imágenes, la importancia de la palabra-conjuro, la presencia de tonos y ritmos a veces esenciales en la expresión, la improvisación rítmica y temática tan cara a la tradición africana, como en algunos poemas de N. Guillén, A. Césaire, L. Damas, J. Ali o el propio Brathwaite, en los cánticos y coros y en las tonadas de trabajo, transformando a veces la formasentido de la palabra; por último, una literatura de reconexión, que intentaría relacionarse con la cultura madre africana, reconociendo su presencia viva, creativa, en la sociedad, como parte de ella. En torno a los años treinta se produjo en Cuba el fenómeno de la poesía negra, asumiendo voces, ritmos, temas y recursos en general negros y mulatos de lenguaje; se extendió pronto a las Antillas y a toda América, difundiendo el modo y la valoración del componente afro que ya formaba parte de nuestro acervo común, reconocido o no, cual síntesis de un largo proceso, de modo que trascendió aun en regiones donde la presencia africana parece menor. Las matrices de este movimiento fueron los cantos religiosos y de cabildo, ligados a la percusión de instrumentos, a los cuales se agregaron los cantos de comparsa y para
matar culebras, con dominio de ritmos y voces como pretexto para el ritmo del baile. Los poetas afrocubanos los elevaron a una dimensión poética original y única, destacándose entre ellos el mulato N. Guillén, quien cifró al negro, al mulato y aun al blanco a través de una amplia temática, apoyada en los ritmos del son, una de las formas más fuertes y decisivas de la música afrocubana, en un español de estilo popular, arrasando con la moda literaria: “traemos nuestro rasgo al perfil definitivo de América...”, dice del negro, y nombra su risa, habla, ritmos, los dos abuelos de su sangre mestiza a los que obliga a abrazarse; a la vez que satiriza al blanco inconsciente y político corrupto y al falso negro que se avergüenza de sí, asume conciencia social y caracteres de rebeldía relatando la verdadera historia. Este movimiento poético fue el más fuerte conocido en lengua castellana: se extendió rápidamente abarcando representantes como P. Matos en Puerto Rico, cuyo ritmo nacional, la plena, es de la familia del son; a S. Trinidade en Brasil; a los uruguayos V. Brindis de Salas e I. Pereda Valdés; al ecuatoriano A. Ortiz; a los guayanos L. Damas, Carew y Carter; y a jamaiquinos y antillanos de lengua inglesa. El peruano N. Santa Cruz en sus “Décimas” se vale también del mismo procedimiento de utilizar palabras y ritmos africanos; y A. Césaire desarrolló el concepto de negritud rebelde, a la vez que se dio a sí mismo una utópica línea de regreso al África. Ese movimiento sigue existiendo, a causa de sus valores intrínsecos, como corriente viva en la poética latinoamericana. A estas cuatro especies sin duda alguna cabe agregar las muy frecuentes menciones del negro, su vida e influencia, que hace la literatura latinoamericana en general como coprotagonista inevitable de nuestra historia común, en autores como J. M. Arguedas, M. A. Asturias, A. Bryce Echeñique, G. García Márquez, C. Fuentes, R. Güiraldes, R. Palma, M. Vargas Llosa, R. Gallegos, M. Benedetti, entre otros.
El canto africano en América. Por fin, cabe hacer una mención especial, aunque ya se hablara de ello, a la gran presencia del canto africano en América. Íntimamente unido a la música y a la danza, se ha impuesto en el mundo por el timbre singular y la gran expresividad de su voz, y por su calidad poética. A menudo surgido del dolor de la esclavitud y la marginación, supo ser, por las mencionadas cualidades, superador de las miserias de una racionalidad instrumental, acompañando la inserción del negro en todos los aspectos de la vida: el arrullo de las nodrizas que amantan al niño blanco y lo acercan paulatinamente a ver al negro como un familiar, a veces como una segunda madre; los pregones de los vendedores ambulantes y prestadores de servicios infundiendo un tono sabroso y humano a la vida diaria; el canto del payador,
testimonio innegable de nuestra historia profunda; los cantos de trabajo dando un sentido desde su propia identidad y permitiéndole resistir; los cantos religiosos transmitiendo los esencial de su imaginario; su participación en el folclor, en la medida en que ingresa en la vida popular, imprimiendo un sello propio como cantor, músico, danzarín; la influencia, en fin, de su ritmo y canto que se sigue manifestando contemporáneamente de muy diversas formas, como en el jazz, el tango, el rock y el rap actuales, de tal modo que no es posible comprender sin ella el fenómeno musical.
Referencias J. Jahn, Muntu, las culturas de la negritud, Guadarrama, Madrid, 1970. - F. Ortiz, Glosario de afronegrismos, La Habana, 1924. - F. Romero, El negro en el Perú y su trasculturación lingüística, M. Batres, Lima, 1987. - G. de Granda, El español en tres mundos-retenciones y contactos lingüísticos en América Latina y África, Universidad de Valladolid, 1991. - N. Ortiz Oderigo, Diccionario de africanismos en el castellano, Buenos Aires, 1992, inédito. - E. Kamau Brathwaite, “Presencia africana en la literatura en el Caribe”, en M. Moreno Fraginals (comp.), África en América Latina, Siglo XXI/ Unesco, México 1977. – J. P. Tardieu, Del diablo mandinga al muntu mesiánico, Pliegos, Madrid, 2001. - I. Aretz, “Música y danza en América Latina”, en M. Moreno Fraginals (comp.), óp. cit. - N. Ortiz Oderigo, Aspectos de la cultura africana en el Río de la Plata, Plus Ultra, Buenos Aires, 1974. - I. Pereda Valdés, El negro en el Uruguay, pasado y presente, Montevideo, 1965.
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