Esperanza
Julia V. Iribarne (Argentina), Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires
Bioética › Conceptos éticos
Vida y esperanza. Esperanza proviene del latín spes, que se traduce tanto por espera como por esperanza. Es importante esa doble posibilidad porque la esperanza está esencialmente vinculada al paso del tiempo. Lleva implícita una referencia al futuro, sea este más o menos remoto. En el contexto religioso cristiano la esperanza es una de las tres virtudes teologales (junto a la fe y la caridad); alude a la esperanza puesta en un Dios que compense las falencias y las debilidades del ser humano, lo acompañe por la vida y lo reciba en su reino después de la muerte. En el contexto antropológico, se manifiesta en su concreción como actitud esperanzada. Se trata de un rasgo propio del existente humano. En los animales no se da la actitud esperanzada porque para “tener esperanzas” hace falta la capacidad de saber reflexivamente de sí mismo y ser capaz de imaginar la realidad futura diferente de la presente. En la configuración de una esperanza intervienen las tres modalidades que, entrelazadas, componen la razón una: la objetivante, la afectiva y la volitiva. Aquello que convoca la esperanza nos afecta en un sentido positivo y moviliza nuestra aspiración. Cuando se vive la esperanza
se confía en la realización de algún bien favorable. Otro rasgo característico es que su fuente es el propio sujeto de la actitud esperanzada. Tal como sucede con el amor y la fe, no es posible ordenar tener esperanza. Parece tener un vínculo profundo con lo radical de la vida; podría comprenderse como el polo complementario y evolucionado del instinto de conservación.
Esperanza y deseo. La esperanza se da en diversas modalidades; una de ellas es la escatológica, orientada a lo trascendente. Ella surge en relación con la certeza de la finitud humana; frente a esa ineludible constatación surge la esperanza de alguna forma de supervivencia más allá de la muerte. La misma posibilidad de esperarlo parece ubicarnos más allá de nuestra naturaleza corporal; es llamativo, en comparación con los animales que, hasta donde sabemos, aceptan la muerte con mansedumbre. Las demás modalidades conciernen a la esperanza mundana, a lo que se espera respecto de la propia vida; no es patrimonio exclusivo de la personalidad religiosa. La esperanza suele entenderse en relación con el cumplimiento posible de un deseo. Sin embargo, conviene distinguir uno de otro. El objeto de deseo es claramente identificable, se vincula al logro de metas concretas, como una casa o un empleo. La esperanza no suele tener límites tan precisos, puede tratarse de la actitud esperanzada como forma de asumir la vida, o bien de la expectativa de cambios favorables para la vida en general. La actitud de quien tiene esperanzas de que algo suceda se acompaña de reconocimiento de no tener mayor injerencia en el curso de los acontecimientos que tendrán lugar en lo sucesivo. También en eso se diferencia del deseo. La esperanza y el deseo comparten el signo positivo de aquello que nos llama, de ser posible, a su realización. Pero el objeto de deseo no excluye sino más bien compromete el ejercicio de nuestra voluntad y de nuestra acción para alcanzarlo. Justamente, si nuestro deseo no es tal, sino que es esperanza, es porque el término de nuestra intención impone el reconocimiento de nuestros límites, de nuestra incapacidad de dominar todos los factores que mediatizarían la realización. En ese sentido la actitud esperanzada implica tener radical humildad y una confianza básica. El deseo no suele avenirse a su calificación como “remoto”, “vago” o “loco”; es, en cambio, bien definido, preciso, en lugar de “loco” puede ser “desmedido”. Los calificativos de la esperanza aluden a la distancia que marca nuestro poder de realización: es “remota” porque demasiados factores ajenos a mi control se conjugan a su respecto (el antónimo de “remoto” no es, en este caso, “cercano, próximo”, sino “realizable”, “posible”); es “vaga” porque está rodeada de incertidumbre; de tantas mediaciones reconocibles como ignoradas; y puede ser “loca” porque es posible esperar contra toda esperanza.
Esperanza y desesperanza. La caracterización de la actitud esperanzada se enriquece en la confrontación con su opuesto: la actitud desesperanzada. Esta se manifiesta en la forma de un enorme desencanto, una suerte de gran derrota existencial, aunque esta se encubra con derrotas concretas: pérdidas económicas, fracaso de un gran proyecto. La lengua española dispone de dos palabras: desesperación y desesperanza, las cuales, si bien no tienen un matiz diferencial que recojan los diccionarios, tal vez acepten cierta diferenciación que contribuya a esclarecer el fenómeno de la esperanza y la desesperanza. Las expresiones desesperado, actitud de desesperación, aluden al estado emocional de alguien que se siente acorralado por determinada circunstancia; se presenta como un estado circunstancial. Por el hecho de que el desesperado reacciona a algo, sobreviene un estado de cosas nuevo que probablemente no sea la mejor salida, sino que lleve a otras formas de desesperación y de reacción. Tal vez también ocurra que, demostrado el fracaso de la reacción, el individuo caiga en la actitud desesperanzada. A diferencia de la desesperación, que reacciona de manera extrema, la desesperanza no actúa. En la desesperanza desaparece toda referencia al futuro, la acción deja de tener sentido, el mundo no convoca y si lo hiciera no habría modo de responderle, la desesperanza segrega al ser humano del mundo, lo hace habitar desiertos aun en medio de la gente. El desesperanzado ha perdido la razón de ser, lo rodea un paisaje sin contornos definidos, personas y objetos que le son indiferentes. Por eso más que la desesperación, este, que denominamos estado de desesperanza o también de suprema indiferencia, parece ser el estado verdaderamente contrapuesto al de la esperanza. Aunque manifiestamente la vida no se ha retirado, puesto que el individuo sigue existiendo, es como si desaparecieran los signos vitales que llevan a comprometerse frente al prójimo, con el prójimo y con las cosas del mundo, a ser con ellos, a estimarlos amándolos u odiándolos. No hay intención de plenificación de cada día ni de cumplimiento de proyectos en el futuro, todo se ha degradado en la nada y lo que sigue es un sobrevivirse, no un estar vivo. El sí mismo como punto cero de orientación de un mundo se retira, el sujeto habita segregado del mundo, autosegregado, solo persiste como mirada descomprometida, capaz de diferenciar entidades que desfilan en su presencia, respecto de las que carece de afecto, preferencias o responsabilidades. Lo que fue una persona se ha reducido a un núcleo duro, empobrecido. Solo un proyecto habita su futuro deseado, el que le permita sumarse a la ausencia total de valor y sentido de las cosas: el proyecto de dejar de existir, pero no
es el proyecto acuciante de la desesperación, es la espera indiferente de la nada.
La actitud esperanzada. Nada de eso ocurre en la actitud esperanzada, precisamente porque entraña confianza y, por tanto, entrega, el cuerpo acompaña con serenidad, no se altera; sin embargo, esto no implica entrega a alguna forma de pasividad. La actitud esperanzada se organiza y opera desde el presente de la conciencia, pero tiene una fuerte referencia al futuro, espera e ilumina lo que espera con su tono peculiar, y porque ocurre de ese modo se produce cierta refluencia del futuro así intencionado sobre el presente. Con la esperanza se da una situación aparentemente paradojal: ella vincula con algo que trasciende al sujeto, y sobre ese algo es posible fundar la esperanza: a partir de esa experiencia el sujeto tiene más y mejores fuerzas para vivir y para luchar. La actitud esperanzada de hoy se proyecta sobre un futuro que todavía no es y el sujeto se encuentra “disponible” para vivir. La actitud de desesperanza o indiferencia es un vórtice que se lleva todo: proyectos, amor, vida y, en primer lugar, la esperanza. El hecho de que sea posible afirmar sin tautología ni contradicción: “Tengo esperanzas de que mi deseo se cumpla”, muestra, por una parte, la diferencia de sentido entre ambos términos y, por otra, la relación entre uno y otro. Educación, salud, trabajo y vivienda digna son, objetivamente consideradas, necesidades humanas, en nuestro contexto, necesidades de América Latina, como tales son deseos elementales a los que se aspira en actitud esperanzada. El esfuerzo personal de cada sujeto se aplica, con mayor o menor posibilidad de éxito, a la satisfacción de esas necesidades-deseos. Las instancias ajenas a él, las que el sujeto no puede manejar, son las que marcan la distancia entre el deseo y la esperanza, ellas son, entre otras, los gobiernos, los centros de poder, las ONG y las instituciones involucradas, que no deben ni pueden ordenar tener esperanza y, en cambio, tienen la responsabilidad prioritaria y concreta de hacer que jueguen a favor los factores que conducen a la realización de la esperanza en la satisfacción de los deseos-necesidades.
Referencias Pedro Laín Entralgo. La espera y la esperanza. Historia y teoría del esperar humano. Madrid, Revista de Occidente, 1957.
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