David
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Biografía GER
1. El hombre. David, en hebreo Dawid, sucedía a Saúl (v.) en el trono de Israel hacia el año 1010 a. C. Era hijo de Isaí, de Belén de Judá (v.), a quien, por orden de Dios, ungió en secreto Samuel (v.) a la vista de sus hermanos (1 Sam 16,1-13). "Desde aquel momento, en lo sucesivo, vino sobre él el Espíritu de Yahwéh" (1 Sam 16,13). Joven todavía, entró, según una tradición, al servicio de Saúl como diestro tañedor de arpa (1 Sam 16,16-23) y, según otra, en calidad de escudero del rey, después de vencer al gigante Goliat (1 Sam 18,2-5). A pesar de su juventud, era "hombre fuerte y valiente, hombre de guerra, discreto en el hablar, y Yahwéh estaba con él" (1 Sam 16,18). Su conducta le grangeó la amistad de Jonatán, hijo de Saúl, el afecto de Mico] (Mikal), la hija mayor del rey con la cual casó, y la simpatía de todos, incluso de los servidores de Saúl (1 Sam 18,1-5). Pero el entusiasmo delirante que desper. taron entre el pueblo sus hazañas bélicas dieron lugar a que los celos devoraran el corazón de Saúl, que fueron en aumento a medida que D. seguía triunfando. Obsesionado Saúl por las palabras de repudio que le había dirigido Samuel y por la creciente popularidad de D., buscó por todos los medios la manera de eliminarle. Jonatán intervino en favor de éste, pero fracasaron sus buenos servicios (1 Sam 19,1-7), y Micol le salvó de una muerte segura (1 Sam 19,8-18). Temiendo por su vida, D. huyó a Ramah, en busca de Samuel (1 Sam 19,19-24); entró en contacto con los sacerdotes de Nob (1 Sam 21,110) y, de allí, marchó a Gat, una de las cinco pentápolis de los filisteos (v.), donde salvó la vida recurriendo a la estratagema de fingirse epiléptico, la enfermedad sagrada provocada, según creencia de entonces, por la irrupción del espíritu de Dios en el paciente (1 Sam 21,11-16). Temiendo por la suerte de sus padres, D. los condujo a Mispah, en tierra de Moab (1 Sam 22,3-4), de donde regresó a la caverna de `Adullam, que abandonó por indicación del profeta Gad.A partir de este momento se refugia en el desierto de Judá, junto al mar Muerto (v.), y en los parajes del mediodía de Palestina (1 Sam 21- 2 Sam 1), acosado por Saúl, traicionado por unos y protegido por otros, granjeándose con su comportamiento noble y leal la estimación de las gentes de Judá y de los habitantes del desierto (v. JUOÁ, REINO DE). Pero el cerco de Saúl se estrechaba cada vez más, por lo cual optó por refugiarse en tierra de los filisteos (v.) y ponerse al servicio del rey Aquis, quien le envió al territorio situado entre Gaza (v.) y Bersebá. D. y los suyos operaban por aquellos contornos contra los amalecitas (v.), los guesurianos y los gizritas, pero siempre dentro del área filistea. D. y sus partidarios vivían de lo que les proporcionaban sus algaras en países enemigos. En contra de lo que creía Aquis, D. no empleó sus armas contra sus hermanos de raza, los israelitas, sino contra las tribus seminómadas que habitaban entre Palestina y Egipto (1 Sam 27,1-12). Al declarar los filisteos la guerra contra Israel, D. quedó en la retaguardia luchando en contra de los amalecitas que amenazaban con invadir el Negeb (1 Sam 30,1-5).La hidalguía y nobleza de corazón de D. se hizo patente al tener noticia de la muerte de Saúl y de Jonatán sobre los montes de Gelboe en lucha contra los filisteos (1 Sam 31,1-12), componiendo en su recuerdo una elegía y condenando a muerte al amalecita que osó poner su mano sobre el ungido de Yahwéh, Saúl, el primer rey de Israel (2 Sam 1,1-27).2. David, rey de Judá y de Israel. A los 30 años de edad abandonó D. la tierra de los filisteos y se marchó con sus familiares y legionarios a tierras de Judá y llegó a Hebrón (v.), donde fue acogido con entusiasmo por sus hermanos de tribu, agradecidos por los servicios prestados en los días que andaba errante y fugitivo por el desierto y mediodía de Judá. Se reunieron en Hebrón los hombres de Judá y ungieron a D. por rey de la casa de Judá (2 Sam 2,4), mientras ’Abner, general en jefe del ejército de Saúl, entronizaba a Isbaal (11 Ba`al o ’ti Boset) hijo de Saúl, en Mahánayim, por rey sobre las restantes tribus (2 Sam 2,8-11). Sólo la casa de Judá seguía a D. (2 Sam 2,10). En un principio fueron tensas las relaciones entre ambos reinos, pero se suavizaron a partir de las diferencias surgidas entre Isbaal y ’Abner, por haber tenido éste relaciones sexuales con Rispah, concubina que fue de Saúl (2 Sam 3,6-16), con el taimado plan de arrebatar con ello a Isbaal el trono de Israel. ’Abner reaccionó violentamente ante el reproche que le dirigió el rey, y le aseguró con juramento que, en adelante, secundaría la causa de D. y trabajaría para llevarle al trono de Judá y de Israel (2 Sam 3,10). A la muerte de ’Abner y de Isbaal, toda la casa de Israel quedó consternada (2 Sam 3,22-4,12) por no disponer de un jefe del ejército ni con un rey que les representara dignamente, fuera de Méfiba’al o Méfiboset, hijo de Jonatán, inválido a causa de una caída en su niñez (2 Sam 4,4). En este trance, los ancianos de Israel se dirigieron a Hebrón y se entrevistaron con D., quien hizo con ellos alianza ante Yahwéh, y le ungieron rey sobre todo Israel. A partir de esta unción real (2 Sam 5,1-5), hacia el año 1000 a. C., dos coronas reales ceñía la cabeza de D.; la de Judá y la de Israel.Un acontecimiento muy importante que tiene lugar durante el reinado de D. es la fijación de la capital en Jerusalén (v.). Los filisteos, que en un tiempo apoyaron a D. en contra de Saúl, vieron con malos ojos que aquél ciñera la corona de todo Israel, de Judá y de las tribus del norte, temiendo que esta unidad nacional redundara en contra de sus intereses nacionales. De ahí, que antes de que esta unión se estabilizara, lanzaron sus ejércitos sobre la región de Jerusalén (v.), con el propósito de crear una cuña entre el territorio del norte y de Judá e impedir con ello que la proyectada unión se hiciera efectiva. D. los venció en el valle de Réfa’im, situado entre Jerusalén y Belén (2 Sam 5,17-25). Después dirigió su ejército contra Jerusalén, que estaba en poder de los jebuseos, apoderándose de ella y convirtiéndola en capital del nuevo reino (2 Sam 5,6-16).Pero Jerusalén estaba destinada a ser no sólo el centro político de todo Israel, sino también y especialmente el centro religioso. D. era un ferviente adorador de Yahwéh, y sabía que Dios ejercía su providencia sobre el pueblo escogido por medio del Arca de la Alianza (1 Sam 4,34; v. ALIANZA [Religión] II; TEMPLO ti). Yahwéh estaba presente en e1.Arca de manera particular y permanente (Ex 25,18-22), sentado entre los querubines, cuyas alas le servían de trono. Dentro del Arca se conservaban las palabras del Decálogo (v.), de la Ley de Moisés (v. LEY vii, 3). D., que había escogido Jerusalén para fijar su trono, quiso que Yahwéh tuviera allí también el suyo, simbolizado por el Arca de la Alianza. Y proyectó trasladar a Jerusalén el Arca que desde años se encontraba en casa de Aminadab (1 Sam 7,1 ss.), casi olvidada y bajo control de los filisteos. Durante su traslado dio pruebas de su arraigada religiosidad y de su profunda fe en Yahwéh, danzando delante del Arca, vestido con el ’efód de lino, peculiar de los sacerdotes.En adelante desarrolló gran actividad bélica contra los ammonitas (v.), los arameos (v.), y los edomitas, asegurando con ello la integridad del territorio y ensanchando sus fronteras septentrionales y su influencia hasta límites insospechados (2 Sam 8,3-13). Los prolongados combates sostenidos contra los endomitas abrieron a Israel el camino hacia el golfo elanítico y el puerto de Asiongaber, desde donde, en tiempos de Salomón (v.), zarpaban las naves de Tarsis. A esta política exterior acompañó la organización interna del Estado. Reinó D. sobre todo Israel, administrando justicia y derecho a todo su pueblo (2 Sam 8,15). Si en política exterior e interior demostró valor y tacto extraordinarios, no estuvo tan afortunado en la ordenación de su vida privada y familiar. A partir de su adulterio con Betsabé, esposa de hitita Urías (2 Sam 11,1-27), una serie de crímenes y desventuras amargaron su vida. El incesto de ’Amnón con Tamar abre la serie. Absalón y Tamar eran hermanos uterinos, hijos de D. y de Maaca, mientras que ’Amnón era hijo de D. y de su esposa ’Ahino’am (2 Sam 3,2). De suyo, la ley entonces vigente permitía el matrimonio con una media hermana (2 Sam 13,13), pero la pasión cegó a ’Amnón. Absalón vengó la afrenta hecha a su hermana con la muerte de aquél. Cometido su crimen, Absalón huyó de la corte y se refugió en la tierra de Ma’ákah, junto a Talmay, hijo de Ammihúd rey de Gésúr, donde moró por espacio de tres años (2 Sam 13,37-38). Al cabo de este tiempo regresó a Jerusalén, donde, poco después, empezó a tramar una conspiración para derrocar a su padre D. y hacerse con el trono de Israel (2 Sam 15,1-15). D. viose obligado a huir de Jerusalén en dirección a Transjordania (2 Sam 15,16-37). Finalmente, y en contra de la voluntad de D., Joab, el generalísimo de su ejército, atravesó con tres dardos el corazón de Absalón, cuyo cuerpo pendía de una encina en los bosques de Efraím (2 Sam 18,1-15).A estas contrariedades familiares se añadió la revuelta de Seba’ (2 Sam 20,1-3), que enarboló la bandera de la rebelión de las tribus del norte, en reacción contra la conducta de los de Judá, a los que se acusaba de haber monopolizado al rey. Anciano y enfermo, D. pasó los dos últimos años de su vida en cama, ajeno a las intrigas que se tramaban en su palacio entre los dos pretendientes al trono, sus hijos Adonías y Salomón. Después de una agitada y fecunda vida, durmióse con sus padres y fue sepultado en Belén, después de 40-años de reinado (1 Re 2,10).3. David, rey vasallo de Yahwéh. Si como hombre se halla D. muy por encima de su predecesor, Saúl, y descuella entre los otros reyes de Israel por su religiosidad, nobleza de corazón, clarividencia política, dotes de guerrero y organizador, supera a todos como auténtico rey de la monarquía teocrática. Conviene señalar que no era fácil armonizar las exigencias de la Alianza (v.) con la instauración de una monarquía. Cuando los hijos de Israel pidieron a Gedeón (v.) que reinara sobre ellos, él y sus descendientes, en premio por haberles liberado de Madián, respondió que ni él ni sus hijos reinarían, sino que "Yahwéh será vuestro rey" (Idc 8,22-23). Cabe tener en cuenta que la tierra de Canaán (v.) era la heredad de Yahwéh y Dios se la cedía en herencia a Israel; los israelitas formaban, por tanto, el pueblo que era la herencia de Yahwéh. De donde, la tierra de Canaán era sagrada y sus habitantes debían ser santos, un pueblo sacerdotal, porque su rey, Yahwéh, era santísimo. Si Israel quería seguir siendo el pueblo escogido y, al mismo tiempo, soñaba con instituir el régimen monárquico, no podía optar por una monarquía en la cual el rey fuera autócrata, sino por un rey que fuera vasallo de Yahwéh, representante suyo en la tierra de su heredad.Cuando se planteó seriamente en Israel el problema de la institución monárquica, surgieron dos corrientes opuestas; una, favorable (1 Sam 9,1-10.16; 11,1-11.15; 13,14) y, otra, contraria a la misma (1 Sam 8,1-22; 10,18-25; 12; 15). Para los de la primera, la iniciativa de la institución monárquica debía partir de Dios, por ser Yahwéh el Dios indiscutible de Israel. Para los de la segunda, que tenía muchos partidarios en los territorios del norte, más abiertos al influjo extranjero, partían del ejemplo de los pueblos circunvecinos que disponían de un rey que aunaba a todos los de la nación, les representaba en las relaciones diplomáticas y era su jefe en las campañas bélicas. Pera éstos olvidaban que Israel no era como las otras naciones, sino el pueblo de Dios.Samuel, el último de los jueces y guardián de la fe en Yahwéh, percibía que instalar sin más un rey mortal en el trono de Israel equivalía a una apostasía. De otra parte, el pueblo insistía en tener un rey "que entrara y saliera delante de ellos". Recibió entonces la indicación de ungir a Saúl (v.) por príncipe de la heredad de Yahwéh (1 Sam 10,1). Por esta unción se establecía una relación especial entre Dios y el rey, que pasaba a ser el ungido de Yahwéh (1 Sam 24,7.11). Esta unción era el signo que transformaba al rey de Israel en rey vasallo de Yahwéh. Saúl fue infiel a las estipulaciones que llevaba anejas la alianza de Yahwéh con el rey, comportándose como rey autócrata. Por eso Dios le rechaza. Samuel le dijo: "Hoy ha roto Yahwéh de sobre ti el reino para entregárselo a otro mejor que tú" (1 Sam 15,28). El que Dios había escogido en su lugar era D., a quien ungió Samuel (1 Sam 16,13). A partir de este momento D. recibe el Espíritu de Yahwéh, convirtiéndose en persona sagrada.Desde loss de su reinado crea una monarquía religiosa de espíritu yahwista. Vuelven los de Judá y los de Israel a ungirlo nuevamente por rey suyo, unción que contaba con el beneplácito del sector religioso del pueblo (2 Sam 2,4;5,3). Aprobaba esta elección Samuel, el vidente, el profeta de Yahwéh, los otros profetas (Gad) y el elemento sacerdotal. Antes de emprender cualquier decisión consultaba a Yahwéh por medio de los profetas o del ’efód del sacerdocio. Convirtió a Jerusalén en capital religiosa de su reino, desde la cual reinaría Yahwéh sobre su heredad, mientras él se consideraba a sí mismo como rey vasallo y subalterno. Una vez que el arca de la alianza estuvo en Jerusalén, concibió el proyecto de levantar un suntuoso templo, porque no concebía que él, el lugarteniente de Yahwéh, viviera en una casa de cedro y el arca de Yahwéh estuviera en una tienda (2 Sam 7,2).Su fidelidad al espíritu de la monarquía teocrática le convirtió en el rey más representativo de Israel, de manera que la conducta de los que le sucedieron en el trono se midió tomando a D. por prototipo. Nunca quiso ser un rey como los de las otras naciones, porque tenía conciencia de que su pueblo no era como los otros pueblos de la tierra, sino la porción predilecta (en hebreo: ségullah) de Yahwéh. El Rey supremo de Israel le había escogido de entre los de su pueblo para que los representara y acaudillara en las empresas bélicas contra los enemigos del pueblo, pero le exigía que se comportara como rey vasallo suyo. No debía existir otra ley del reino que la que había dado Yahwéh al pueblo por mediación de Moisés (v.) y lo que Dios le comunicara, según las circunstancias, por boca de sus siervos los profetas. Consciente D. de su condición, vive pendiente de la voz de los profetas que le transmiten la voluntad de Yahwéh, y crea la organización sacerdotal que, además de intervenir en el gobierno de la nación, rendirá a Yahwéh el culto debido al Señor de la tierra. D. ha pasado a la posteridad como el más famoso de los salmistas y cantor de la grandeza y magnificencia de Yahwéh (v. SALMOS, LIBRO DE LOS).4. Generosidad de Yahwéh para con David. No estuvo libre D. de las fragilidades y defectos que suelen acompañar a los hombres, porque, si en calidad de rey de Israel era considerado como hijo de Dios, no lo era en el sentido de que hubiese sido engendrado por Dios y predestinado al trono desde su nacimiento, como se decía del faraón (v.) y de algunos reyes de Siria, sino que era un rey mortal, enraizado en la historia humana escogido de entre los hombres para ocupar el trono de Israel a título de rey subalterno. Dios tratará a D. como un padre a su hijo y le castigará en caso de ser infiel según la manera de los hombres. La paternidad y la filiación no divinizaron a D., sino que lo dejaron en su condición de hombre. Si pecó, como puede hacerlo cualquier monarca humano, se arrepintió sinceramente de sus faltas tan pronto como los profetas afearon su conducta. De ahí que la tradición posterior, al hablar de D. no insiste tanto en sus debilidades (el autor del libro de las Crónicas pasa por alto su adulterio con Betsabé), cuanto en su actitud constante de fundamentar su trono sobre las bases de la teocracia yahwista más exigente. Ante esta disposición de ánimo, Yahwéh, que no se deja vencer en generosidad, va a hacer una excepción en favor de D., renunciando a ejercer su derecho de nombrar al rey que deberá sucederle a su muerte. Por sus actividades religiosas en plena conformidad con la concepción yahwista, legitimará Dios a su descendencia en el trono."Cuando el rey se hubo establecido en su casa y le hubo dado Yahwéh el descanso" (2 Sam 7,1), manifestó al profeta Natán su propósito de levantar un templo a Yahwéh: "Ya ves, le dijo, que yo habito en casa de cedro, y el arca de Yahwéh está en una tienda" (2 Sam 7,2). Natán aprobó los designios de D., por creer que era ésta la voluntad de Dios. Pero los designios divinos eran otros y más trascendentales para el porvenir de Israel. Aquella misma noche "tuvo Natán palabra de Yahwéh" (2 Sam 7,4) que le manifestó su pensamiento con esta idea fundamental: No será David quien levantará una casa (un templo) a Yahwéh (vrs. 5), sino que será Yahwéh quien hará una casa (una dinastía) a D. "Hócete saber Yahwéh que Él te edificará una casa a ti; y que, cuando se cumplieren tus días y te duermas con tus padres, suscitaré a tu linaje después de ti, el que saldrá de tus entrañas... permanente será tu casa para siempre ante mi rostro, y tu trono estable para la eternidad" (2 Sam 7,11-16).La profecía de Natán fue releída, comentada e interpretada en el curso de los años de conformidad con los avatares de la dinastía davídica y de sus representantes. Algunos críticos sostienen que el texto que ha llegado a nosotros ha sufrido algunas interpolaciones. En cualquier caso se trataría de cosas de detalle, que no alteran su sustancia. Es claro, por otra parte, que el tenor de la profecía rebasa desde el la figura y la persona del primer sucesor de D., Salomón, y se extiende esencialmente a toda la línea davídica en el trono de Israel (vrs. 12-16). Así lo entiende D. (vrs. 19.25; 2 Sam 23,5) y en el mismo sentido hablan los salmos (89,30-38; 132,11-12) Yahwéh elige a D. y su dinastía en cuanto que se servirá de ella para realizar sus planes salvíficos. En efecto, sobre el rey histórico se sobrepone la silueta de un rey ideal, de carácter mesiánico, que dará un sentido más profundo a la filiación divina del rey y que terminará en el Mesías (v.), en el sentido pleno de filiación. Dios suscitará de D. una posteridad (en hebreo: zerah), que saldrá de sus entrañas (Gen 15,4) y afirmará su reino.A partir de D. la alianza de Dios con su pueblo escogido se hace a través del rey. Su trono es el trono de Israel. Sus victorias anuncian la que el Mesías, lleno del Espíritu que reposa sobre el hijo de Jesé (Is 11,1-9) reportará sobre la injusticia. Su trono será perpetuo (2 Sam 7,19.25.27.29). El oráculo de Natán constituye el primer anillo de la cadena de profecías (v.) que anuncian un Mesías hijo de D. A este texto alude Isaías (9,6) al hablar del nacimiento de un niño "para dilatar el Imperio y para asegurar una paz ilimitada sobre el trono de David y sobre su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y la justicia desde ahora para siempre jamás". A Cristo, en la plenitud de los tiempos, se le dio el título mesiánico de "Hijo de David" (Mt 1,1), pero proclama que es más grande que él: es su Señor (Mt 22,42-45).V. t.: SAMUEL; CRÓNICAS, LIBROS DE LAS; CRONOLOGÍA 11, 3; ALIANZA (Religión) II.LUIS ARNALDICH.
BIBL.: Consúltense los comentarios a los libros de Samuel: P. DHORME, Les livres de Samuel, París (t;tudes bibliques) 1910; íD, Samuel, en La Bible. Bibliothéque de la Pléyade, París 1956; A. MÉDÉBIELLE, Les livres des Rois, en Biblia Pirot-Clamer, París 1949; R. DE VAUx, Les livres de Samuel, París 1961; G. BRESSAN, Samuele, en La Sacra Bibbia, Turín-Roma 1954; L. ARNALDICH, Biblia Comentada, II. Libros históricos del Antiguo Testamento, Madrid (BAC), 3 ed. 1969; C. Auzou, La danse devant 1’Arche. Étude du livre de Samuel, París 1968.
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