Sergio II (enero 844 - 27 enero 847)
La división del Imperio privaba a Europa de una fuerza capaz de protegerla: vikingos en el norte, sarracenos en el Mediterráneo y pronto magyares en el osle, colocaban a la cristiandad en una posición sumamente difícil. Ahora Roma oslaba en el mismo frente de batalla. Reinaba el pánico. Al producirse la muerte de Gregorio la población alborotada aclamó a un diácono llamado Juan, se apoderó de Lelrán, e intentó entronizarle allí. La nobleza, reunida en San Martín, eligió a uno de los suyos, Sergio, arcipreste de Roma en el pontificado anterior. La rebelión fue aplastada aunque el propio Sergio intervino para evitar la muerle de Juan. Anciano y enfermo de gota, el nuevo papa fue consagrado sin esperar la confirmación imperial. Tanto las normas de costumbre como la Constitutio del 824 habían sido quebrantadas.
Por encargo de Lotario, su hijo Luis II (844-875), que gobernaba desde Pavía el antiguo reino lombardo, marchó a Roma llevando un considerable ejército; junto a él se hallaba uno de los principales consejeros del emperador, Drogo, obispo de Metz; sus tropas, que trataban a las comarcas que atravesaban como país conquistado, causaron grandes daños. Sergio supo calmar los ánimos porque no quedaba otra esperanza que la ayuda de los carlovingios. Un sínodo de veinte obispos italianos se encargó de examinar la elección; aunque fue confirmado, Sergio tuvo que prestar, con los ciudadanos de Roma, el juramento de fidelidad al emperador, prometiendo que en adelante no se procedería a la elección de papa sin orden previa de aquél y sin que estuviesen presentes sus missi. Drogo fue nombrado vicario con jurisdicción sobre todos los obispos al otro lado de los Alpes. Sin embargo, Sergio no cedió en las cuestiones fundamentales, como la rehabilitación de los obispos Ebbo de Reims y Bartolomé de Narbona, que habían tenido parte en la deposición de Luis el Piadoso, pues sólo al papa corresponde «hacer» y, por tanto, «deshacer» emperadores.
Viejo y enfermo, Sergio era consciente de los peligros que amenazaban a Roma. Provocó el descontento de la población por sus esfuerzos para allegar dinero; en este punto su hermano Benedicto, a quien consagró obispo, se hizo responsable de numerosos pecados de simonía, con terrible daño para la moral. Fue inevitable que, en la conciencia de muchos, el ataque de los sarracenos en agosto del 846 fuese un castigo divino por la inmoralidad desatada. Ese año había fracasado un intento musulmán sobre la bahía de Nápoles, pero la flota, que conducía a 10.000 hombres según cronistas contemporáneos, desembarcó entre Porto y Ostia. La guarnición de Gregorópolis huyó y la milicia romana se refugió tras las murallas que databan de tiempos de Aureliano. Las basílicas de San Pedro y San Pablo fueron saqueadas. Ante el anuncio de que las fuerzas de Cesáreo de Nápoles y del rey Luis II convergían sobre Roma, los invasores se retiraron. Su flota fue, además, destruida por una tormenta. La muerte súbita de Sergio II se produjo a las pocas semanas de esta catástrofe.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.