Sergio III (29 enero 904 - 14 abril 911)
Un golpe de Estado. Conde de Tusculum, situado por tanto en la primera línea de la aristocracia romana, Sergio representaba los intereses de ésta y, al mismo tiempo, el odio más radical a Formoso y a la conducta y programa de éste. Afirmó, por ejemplo, que su consagración como obispo de Caere, nula como todas las del tiempo de Formoso, le había sido impuesta contra su voluntad; tras su fallido intento del 898 había sido reordenado presbítero por Esteban VI, refugiándose, a la caída de éste, en la corte de Adalberto, marqués de Toscana. Su restauración en enero del 904 es un episodio muy confuso, como ya estableciera E. Dümmler (Auxilius und Vulgarius, Leipzig, 1866) hace más de un siglo, y en él aparecen mezcladas dos personas: Teofilacto, «senador y maestre de la milicia romana», que ostentaba ya el principal poder en la ciudad, y Alberico, duque de Spoleto, que no tardaría en convertirse en su yerno. Fueron tropas de este último las que ejecutaron el golpe de Estado del 904. Por consiguiente, puede considerarse éste como una toma del poder por parte de la aristocracia romana.
Aunque consagrado el 29 de enero del 904, Sergio III dispuso que se datara el comienzo de su pontificado en el año 898, considerando a Juan IX y León V como simples usurpadores. Por medio de amenazas y violencias consiguió que se renovaran en un sínodo las actas del que vulgarmente se llamaba «cadavérico», declarando nulos todos los actos, incluyendo ordenaciones presbiterales y episcopales, producidos con posterioridad. Se produjo de este modo una terrible confusión, que él quiso remediar obligando con halagos y amenazas a los afectados a reordenarse; de este modo los que no querían o no se les permitía la reordenación, quedaban excluidos del clero. Refugiado en Nápoles un presbítero franco, Auxilius, tomó a su cargo la explicación proformosiana en dos obras, De ordinationis a Formoso papae factis e Infensor et defensor, que han contribuido mucho a crear una atmósfera espesa llegada hasta nosotros, gracias especialmente a Baronio que definió este tiempo, que abarca una docena de pontificados, como la «pornocracia».
Puede afirmarse que el año 904, en efecto, se consuma la revolución que se venía gestando desde tiempo atrás: la aristocracia senatorial romana se hizo dueña del poder en Roma y sus dominios, en un proceso de feudalización no distinto del que entonces atravesaban las demás monarquías europeas, reconociendo al papa una soberanía eminente poco efectiva. Un denario retrata a Sergio III locado ya con la tiara. Aunque cabe suponer que esta corona se empleaba desde algún tiempo atrás, la coincidencia entre la acuñación de moneda y uso de tiara denotan signos de soberanía. En un nivel inmediatamente inferior la nobleza ejercía el poder y en la cúspide de la misma se hallaban Teofilacto, con su mujer Teodora, y Alberico, duque de Spoleto, que el año 905 contrajo matrimonio con Marozia (892? - 937), la menor de las hijas del senador.
Confusión en las fuentes. Los historiadores se muestran perplejos, ya que una propaganda virulenta, propia de años de lucha, hace que lleguen a nosotros testimonios encontrados. Liutprando de Cremona, en su Antopodosis, escrita en defensa de Otón I y de la entrega del poder a los monarcas alemanes, retrata a Marozia como una «meretriz impúdica», la convierte en amante del papa Sergio y en madre del hijo de éste, el futuro Juan XI. Vulgarius, en cambio, pese a ser un defensor de Formoso, habla de ella como de una mujer ejemplar. La dificultad es seria: ¿a quién creer? Otras fuentes próximas, el Líber Pontificalis, Flodoardo y Juan Diácono, corroboran que en efecto Juan XI fue hijo de Sergio III, pero no mencionan el nombre de la madre. De ser cierta la imputación, Marozia habría tenido quince años en el momento de su nacimiento. Su hermana mayor, Teodora «la joven», ejerció también una gran influencia.
El pontificado de Sergio III es famoso porque en él se concluyó la basílica de San Juan de Letrán, dañada por el terremoto que puso fin al gobierno de Esteban VI. Se conservan pocas cartas, algunas ocupándose de donaciones a monasterios de tierras devastadas por las correrías de los musulmanes. Hay entre ellas una notable que intentaba recabar el apoyo de la Iglesia franca en favor de la doctrina de la «doble procesión del Espíritu Santo» que Focio negara. El emperador de Bizancio, León VI, que había sido excomulgado por el patriarca Nicolás el Místico al contraer un cuarto matrimonio, acudió a Roma en grado de apelación. Los legados enviados por Sergio aclararon que en la moral cristiana no entra el poner límites al número de matrimonios que, por viudedad, deban contraerse. Provocaron así la destitución de Nicolás. Pero esta decisión, meramente coyuntural, no sirvió para incrementar la unión entre las dos Iglesias.
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