Sergio I, san (15 diciembre 687 - 9 septiembre 701)
Ellección disputada. Nacido en Palermo en una familia emigrada de Antioquía, se hallaba en Roma desde muy joven, a fin de hacer carrera eclesiástica partiendo de la base, es decir, como niño de coro; en el momento de la muerte de Conon era presbítero del título de Santa Susana, en el Quirinal. Rebrotó la querella entre los bandos a causa de la nueva elección y otra vez Teodoro, con el apoyo de la milicia, mostró aspiraciones. Frente a él los clérigos apoyaban al archidiácono Pascual. Recordemos que el archidiaconado era entonces la primera magistratura eclesial. Todavía en vida de Conon, Pascual había llegado a una especie de acuerdo con el exarca Juan Platin, al que ofreció cien libras de oro a cambio de su decisivo apoyo; él confiaba resarcirse de este desembolso con nuevas contribuciones entre el clero y en las propiedades del Patrimonium. Los soldados llevaron a Teodoro a Letrán y se instalaron en el recinto interior; Pascual, con sus partidarios, ocupó el exterior.
Pero la mayoría del clero, arrastrando a los nobles y a una parte del ejército, se reunió en asamblea en el antiguo palacio imperial del Palatino y decidió que ninguno de los dos candidatos era conveniente. Proclamaron a Sergio, que pudo contar con la aclamación popular; una gran muchedumbre fue con él a Lctrán, permitiéndole instalarse. Teodoro, al ver la causa perdida, y que la milicia le abandonaba, salió al encuentro de Sergio y le reconoció como legítimo papa. No volvemos a tener noticia de él. Resulta indudable que no puede ser considerado antipapa. Pascual, en cambio, escribió al exarca pidiéndole que fuera a Roma y cumpliera su parte del pacto. Platin acudió, pero comprobó que Sergio contaba con el favor de casi toda la población y, por consiguiente, Pascual no podía cumplir tampoco sus promesas. Confirmó a Sergio, que pudo ser inmediatamente consagrado, y le reclamó a cambio las cien libras de oro que le estaban prometidas.
Occidente. Sergio se revelaría como un enérgico papa que trataba especialmente de librar a la Iglesia de aquella especie de tutela imperial. Por vez primera desde la ruptura del 666, tuvo la oportunidad de consagrar un obispo de Rávena, al que entregó el pallium, destacando que era señal de un especial vínculo. Tomó contacto con Pipino de Landen, mayordomo de palacio en Francia, y patrocinó la obra de las misiones entre los germanos. La estrecha relación con Inglaterra, donde envió el pallium a Beorthwealdo de Canterbury y consiguió la restauración de Wilfrido en York, le permitió ejercer con más facilidad el control de las misiones de Frisia. Caedwalla (685-688), rey de Wesex, viajó a Roma y fue bautizado por el papa (10 de abril del 689).
El 695 san Willibrordo, misionero sajón, estuvo en Roma para explicar al papa cómo, con ayuda de los mayordomos Pipino y san Arnulfo, había abierto un campo de misión prometedor en los Países Bajos. Sergio le consagró obispo de Frisia, asignándole la sede de Utrcch (27 de noviembre). El año 700, en un sínodo celebrado en Pavía, en el que se hallaba presente Cuniberto (688-711), rey de los lombardos, se extinguieron los últimos rescoldos del viejo cisma de Aquileia. Venecia se incorporaba a la comunidad italiana. De este modo el cristianismo, que durante el último medio siglo había experimentado un terrible retroceso en Oriente, lograba en Occidente expansión y fortalecimiento. Cuatro Iglesias, española, italiana, francesa y británica, estaban ya sólidamente en la obediencia a Roma. Es cierto que, como ha indicado Kathleen Hughes The Church in Early Irish Society, Ithaca, 1966), nunca se había conseguido que Irlanda se acomodara a algunos aspectos de la disciplina romana, pero estaba en la obediencia del papa y, en cambio, los anglosajones prestaban sus monjes misioneros para la penetración en el espacio germánico, más allá de donde estuvieran las fronteras de Roma.
Oriente. Era un absurdo que el Imperio bizantino se siguiera identificando con la cristiandad. Pero Justiniano II, llamado el «Rinotmeta» cuando le cortaron la nariz, estaba empeñado en demostrar que él era el verdadero administrador de la Iglesia. El año 692, en el mismo palacio del Trullo, presidió un concilio al que únicamente asistieron obispos orientales e hizo aprobar 102 cánones litúrgicos y disciplinarios. Pretendía ser complemento de los concilios ecuménicos V y VI; de ahí que se le conozca como Quinísexto. Ignorando las leyes y costumbres occidentales, hacía tabla rasa del celibato eclesiástico y ponía énfasis en el canon 28 de Calcedonia, como si pretendiera establecer la paridad entre Roma y Bizancio. Los apocrisiarios firmaron las actas, pero cuando éstas llegaron a manos de Sergio I, él las rechazó. Justiniano hizo detener y deportar a cuantos consejeros del papa tuvo a su alcance y encargó al jefe de su guardia, el espatario Zacharías, que fuese a Roma, consiguiese la firma o se trajera a Sergio preso. No pudo cumplir este encargo porque las milicias de Rávcna, Roma y la Pentápolis se pusieron al lado del papa y le atacaron. Zacharías buscó refugio en las propias habitaciones del papa, que se encargó de salvarle la vida. Una afrenta al emperador, una demostración incluso del declive de su poder.
Sergio I hizo trasladar las cenizas de san León a una nueva tumba, en el centro de la basílica de San Pedro, a fin de que pudiera recibir el culto de los fieles. Promovió edificios, embelleció y amplió otros, enriqueció el culto: oriental en el fondo, trataba de promover las fiestas de la Virgen instituyendo, junto a la de la Candelaria (2 de febrero), la Anunciación (25 de marzo), la Asunción (15 de agosto) y la Natividad (8 de septiembre). Introdujo en el ritual de la misa el canto triple del Agnus Del Muy poco tiempo después de su muerte ya se le rendía culto.
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