Pío XII (2 marzo 1939 - 9 octubre 1958)
Personalidad y carrera eclesiástica. Eugenio Pacelli fue elegido papa el mismo día de su 63 cumpleaños, y como nuevo sucesor de san Pedro adoptó el nombre de Pío XII. Había nacido en Roma y fue el tercero de los cuatro hijos de Filippo Pacelli y Virginia Graziosi. Los Pacelli pertenecían a una de las familias romanas más distinguidas y estaban estrechamente ligados al Vaticano por los servicios prestados al papa desde generaciones anteriores. Su abuelo, Marcantonio, fue nombrado por Pío IX (1846-1878) sustituto del Ministerio del Interior, cargo que desempeñó entre 1851 a 1870, y recibió de la Santa Sede un título nobiliario; a uno de sus hijos, Ernesto, se le encomendó la administración de las finanzas vaticanas y a otro —al padre de Pío XII— se le nombró abogado consistorial, uno de los cargos más altos que podían ocupar los seglares en el Vaticano. Filippo Pacelli fue uno de los consejeros, que colaboró en la redacción del Código de derecho canónico. Y, como ya se dijo, uno de los hermanos de Pío XII, durante el pontificado anterior, contribuyó como abogado al éxito de los acuerdos de los Pactos Lateranenses.
En efecto, Eugenio Pacelli había nacido (2 marzo 1876) en el seno de una familia con firmes raíces cristianas de la que recibió una sólida formación religiosa. El cardenal Domenico Tardini (1888-1961), buen conocedor de su alma, ha descrito su trayectoria espiritual con estas palabras: «En su dura lucha interior, Pío XII fue guiado y sostenido por su ardiente piedad hacia Dios, por su tierna devoción a la Virgen y por el altísimo concepto que poseía del papado» (D. Tardini, Pío XII, Ciudad del Vaticano, 1960). Y también el mismo cardenal se refiere a su vida de mortificación y penitencia; según Tardini, los médicos decían de Pío XII que «llevaba una vida inhumana», y es que el dominio de sí mismo y sus exigentes horarios no eran sino la manifestación concreta de su deseo de inmolar su vida por la gloria de Dios. Así, en años especialmente duros como los de la Segunda Guerra Mundial, llegó a pesar sólo 57 kilos, lo que estaba totalmente desproporcionado con sus 1,82 metros de estatura (J. E. Schenk, «Pío XII y Juan XXIII», en A. Flichc y V. Martin, Historia de la Iglesia, t. XXVII, 1, Valencia, 1983).
Pues bien, el aprendizaje de todas estas virtudes cristianas lo realizó en el hogar familiar exclusivamente, sin que el colegio influyera ni mucho ni poco, ya que sus primeros estudios los realizó en el liceo estatal Visconti, cuyos docentes en su mayoría eran afamados laicistas militantes. Cuentan sus biógrafos que en más de una ocasión Eugenio Pacelli tuvo que defender públicamente su fe en las aulas ante los ataques de sus propios profesores. Sin embargo, en ese ambiente anticlerical y nada favorable al arraigo de una vocación religiosa decidió hacerse sacerdote, si bien es cierto que las tensiones del colegio eran compensadas con el clima tan distinto de la iglesia de Santa María Vallicela, donde se había integrado en uno de los grupos apostólicos juveniles que dirigían los clérigos del Oratorio Giuseppe Lais.
A los 18 años comenzó los estudios eclesiásticos en el Colegio Capránica y, posteriormente, se doctoró en filosofía y teología en la Universidad Gregoriana. Al día siguiente de su ordenación sacerdotal (2 abril 1899) celebró su primera misa en la capilla Borghesiana de la basílica de Santa María la Mayor, presidida por el famoso icono de la Virgen, Salus Populi Romani, imagen a la que Eugenio Pacelli tuvo siempre gran devoción y a la que coronó solemnemente en la basílica de San Pedro, siendo ya papa. Su primer ministerio sacerdotal lo desarrolló en la Chiesa Nuova, entregado a la atención de los penitentes en el confesonario, a la enseñanza del catecismo a los niños y a la atención espiritual de enfermos y moribundos. A la vez acudía al Ateneo Pontificio de San Apolinar, donde obtuvo otros dos doctorados, en derecho canónico y civil. Además, aprendió a hablar correctamente en francés, inglés y alemán.
El cardenal Vincenzo Vannutelli (1836-1930), amigo de la familia, le introdujo en la curia, lo que unido a sus grandes cualidades y a su preparación hizo posible que empezara a trabajar como oficial menor de segundo grado, el oficio más modesto de la Secretaría de Estado, a cuyo frente estaba entonces el cardenal Rampolla (1843-1913). Y cuando éste fue relevado por el cardenal Merry del Val (1865-1930), Eugenio Pacelli fue ascendido a minutante, por lo que a partir de entonces se le encomendaron trabajos de mayor responsabilidad, como la preparación del borrador del decreto de 1904 por el que san Pío X (1903-1914) abolía el derecho a veto en las elecciones de los pontífices y el nuevo reglamento de cónclaves de ese mismo año. Por entonces, había sido ya nombrado monseñor y prelado doméstico de su santidad. Su prestigio como jurista traspasó las fronteras italianas y la Universidad Católica de Washington le ofreció la cátedra de derecho romano, cargo al que renunció porque san Pío X quiso mantenerlo cerca de sí. Desde 1909 explicó derecho público eclesiástico en la Academia Pontificia, institución donde se formaban los sacerdotes a los que posteriormente se les encomendaban funciones diplomáticas en las Nunciaturas Apostólicas y en la Secretaría de Estado.
Durante estos años, monseñor Pacelli supo hacer compatible el trabajo en las dependencias vaticanas con las tareas apostólicas que venía desempeñando en la Chiesa Nuova. Es más, aumentó incluso su responsabilidades, ya que también asumió el cargo de consiliario de la Casa de Santa Rocca, donde acudían jóvenes obreras. Y, además, por sus dotes de buen orador, era requerido frecuentemente para predicar en distintas instituciones religiosas y parroquias de Roma.
Eugenio Pacelli, en efecto, era un intelectual, pero a la vez tenía los pies bien asentados en el suelo. Buen conocedor de la condición humana, había dado muestras más que suficientes de unas excepcionales dotes de gobierno. De modo que san Pío X le nombró sustituto de la Secretaría de Estado (1911) y prosecretario (1912). Benedicto XV (1914-1922), por su parte, le designó secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios (1914), para que se encargara de las iniciativas humanitarias y pacificadoras que el mismo papa había emprendido durante la Primera Guerra Mundial.
En 1917, el propio Benedicto XV le consagró obispo y le envió como nuncio a Munich, ya que entonces no existía nunciatura en Berlín y los asuntos de la Santa Sede en Alemania se atendían desde la capital de Baviera, único Estado alemán que mantenía entonces relaciones con la Santa Sede. De su actividad en Alemania dimos cuenta en el pontificado de Benedicto XV, ya que su trabajo como nuncio facilitó la redacción de la nota (1 agosto 1917) de las seis propuestas concretas que Benedicto XV envió a los gobiernos de los Estados beligerantes para tratar de llegar a una paz justa. Al término de la guerra mundial fue nombrado nuncio en Berlín (22 junio 1920), cargo desde el que impulsó la política concordataria del período de entreguerras. A su gestión directa se debe la firma de los concordatos de la Santa Sede con Baviera y Prusia. Por su prestigio en Alemania, Pacelli consiguió que el nuncio papal fuera considerado decano del cuerpo diplomático, práctica habitual en los países de mayoría católica. Pero no era éste el caso de Alemania, donde la nunciatura de Berlín era la primera que se abría en un Estado donde los católicos eran minoría.
Eugenio Pacelli permaneció en Alemania hasta finales del año 1929. Por entonces regresó a Roma, donde Pío XI (1922-1939) le impuso el capelo cardenalicio (19 diciembre 1929) y tomó el relevo poco después (7 febrero 1930) al frente de la Secretaría de Estado del anciano cardenal Gasparri (1852-1934), que poco antes había coronado con éxito las conversaciones de los Pactos Lateranenses.
Su gestión como secretario de Estado hasta su elección como sumo pontífice, quedó ya reflejada en la descripción del pontificado de Pío XI. Para completar las referencias anteriores hay que decir ahora que además de sus gestiones en orden a la firma de los diferentes concordatos y demás funciones diplomáticas por toda Europa, realizó una serie de misiones más espirituales que diplomáticas, que le permitieron conocer de cerca la realidad universal de la Iglesia. Para dar una idea de la amplitud de su acción, basta con citar tan sólo sus viajes más importantes: en 1934, presidió el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, como legado pontificio, y de regreso pasó por Río de Janeiro donde fue recibido por el Congreso y el Tribunal Supremo de Brasil; en 1935, de nuevo como legado pontificio, asistió en Lourdes a la celebración del 77.° aniversario de las apariciones de la Virgen; en 1936, recorrió Canadá y Estados Unidos, donde mantuvo una entrevista con el presidente Franklin D. Roosevclt (1882-1945); en 1937, consagró en Lisieux la nueva iglesia dedicada a santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897) y fue oficialmente recibido como legado papal por el gobierno galo presidido por Albert Lebrun (1871-1950), lo que no sucedía desde 1814; y, por fin, en 1938 acudió a Budapest para representar al papa en la presidencia del XXXIV Congreso Eucarístico Internacional.
En resumen, Eugenio Pacelli estaba intelectualmente muy bien dotado, era piadoso, sabía moverse a la perfección en la curia romana y era el personaje eclesiástico más conocido en las cancillerías (A. Hatch y S. Walshe, Corona de gloria. Vida del papa Pío XII, Madrid, 1958), condición ésta que fue valorada también por los cardenales reunidos en el cónclave, ya que las potencias hacían entonces los últimos preparativos para una nueva guerra, cuyo estallido todos veían inminente. Por todo ello se entiende que en 1939 no se cumpliera el vaticinio popular que afirmaba que «quien entra papa en un cónclave, sale cardenal», porque en esta ocasión era casi unánime la opinión de que Eugenio Pacelli sería el sucesor de Pío XI. Y en efecto, en menos de veinticuatro horas, a la tercera votación obtuvo la mayoría exigida para ocupar la cátedra de san Pedro, al votarle 48 de los 62 cardenales reunidos (C. Marcora, Storia dei Papi, t. VI, Milán, 1974).
Pío XII nombró secretario de Estado al cardenal Luigi Maglione (1879-1944), a quien mantuvo en este puesto hasta su muerte (22 agosto 1944). Pero, a partir de 1944, dejó vacante dicho cargo:
«No quiero colaboradores, sino ejecutores», me dijo Pío XII el 5 de noviembre de 1944 —ha escrito el cardenal Tardini— cuando me anunció que no nombraría sucesor al llorado cardenal Maglione. Fue un acto de valentía, si bien en tal decisión no estuvo ausente la duda de que su benignidad natural lo expusiese a dejarse influir excesivamente o que su condescendencia lo impulsase a seguir sugerencias no siempre o no en todo convenientes. También bajo este punto de vista fue el gran «Aislado». Solo en el trabajo, solo en el combate (J. E. Schenk, Pío XII y Juan XXIII...).
Así pues, él mismo asumió el contenido del cargo que dejaba sin cubrir y para auxiliarse en esta competencia añadida nombró prosecretarios a dos de sus colaboradores más directos desde los años en que él mismo había sido secretario de Estado de Pío XI. Estas dos personas eran los entonces monseñores Tardini y Montini; con los años, el primero llegó a ser nombrado secretario de Estado por Juan XXIII (1958-1963) y el segundo ocupó la cátedra de san Pedro con el nombre de Pablo VI (1963-1978).
Se suele destacar el entorno germánico que rodeó a Pío XII durante su pontificado, compuesto de unas pocas personas de su entera confianza, que ya habían colaborado con él desde su época de nuncio en Alemania. Alemanas eran las monjas, que dirigía sor Pascualina en los trabajos de limpieza y asistencia de las estancias vaticanas que ocupaba el romano pontífice. También era alemán su confesor, el padre jesuíta y futuro cardenal Agustín Bea (1881-1968). Asimismo era alemán su secretario particular, el padre jesuíta Robert Leiber, a quien el papa normalmente encargaba además las cuestiones que tenían que ver con Alemania. Era igualmente alemán y jesuíta el padre Frank Hürth, a quien Pío XII encargaba los asuntos de moral familiar. Por último, el jesuíta Gustav Gundlach, especialista en problemas sociales, era como los anteriores alemán. Y además de este grupo de colaboradores directos, Pío XII encontró una fiel y estrecha colaboración en estos cinco cardenales: Giuseppe Pizzardo (1877-1970), Alfredo Ottaviani (1890-1979), Nicola Canali (1874-1961), Clemente Micara (1879-1965) y Marcello Mimmi (1882-1961).
La Segunda Guerra Mundial. Consciente de la crítica situación internacional que atravesaba Europa, Pío XII al día siguiente de su elección pronunció un mensaje en el que exhortaba a buscar la paz «en estas horas agitadas y difíciles». En efecto, el papa no hablaba sin fundamento, pues once días después de pronunciar estas palabras, los nazis establecían el protectorado de Bohemia-Moravia y así Hitler (1889-1945) completaba la ocupación de Checoslovaquia, que había iniciado seis meses antes al anexionar a Alemania la región de los Sudetes. Y si se tiene en cuenta que un año antes ya se había producido el Anschluss (15 marzo 1938), por el que Austria quedaba incorporada al III Reich, se comprenderá que sólo faltaba dar el último golpe de fuerza en el corredor de Danzig para que estallara la Segunda Guerra Mundial.
De marzo a septiembre, Pío XII no regateó ningún esfuerzo para evitar la guerra. El 5 de marzo escribió personalmente a Hitler y recordándole «con sumo gusto los muchos días que pasamos en Alemania en calidad de nuncio», trataba de acercar posiciones. Hitler tardó más de un mes y medio en acusar recibo y lo hizo de un modo frío y distante. Ante el silencio de los nazis, Pío XII cambió de táctica e intentó un acercamiento entre Francia e Italia, con el fin de separar a esta última de los nazis. La maniobra tampoco dio resultado, pues Mussolini (1883-1945) estaba decidido a seguir la política expansionista de Hitler y los primeros días de abril las tropas italianas ocupaban Tirana, proclamando a Víctor Manuel III (1900-1944) rey de Albania. Volvió a intentarlo Pío XII de otro modo y los últimos días de abril encargó al padre Tachi Venturi (1861-1956), como emisario oficioso, que promoviese contactos para celebrar una conferencia a cinco, con representantes de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y Polonia para resolver los problemas en una mesa de negociaciones; y esta vez los que abortaron el encuentro fueron los polacos.
Por el contrario, lo que sí fraguaba eran los acuerdos en favor de la guerra. En mayo se firmaba con toda solemnidad (22 mayo 1939) la alianza entre Alemania e Italia, conocida como «Pacto de Acero». En agosto, la noche del 23 al 24, nazis y comunistas celebraron una peculiar fiesta en el Kremlin, que la historia académica ha denominado «Pacto de no Agresión». Joachim von Ribbentrop (1893-1946), ministro de Asuntos Exteriores del Reich, viajó a Moscú, desde donde informó: «Me sentía como si hubiera estado entre los viejos camaradas del partido.» Stalin (1879-1953), en un brindis, afirmó que «sabía cuánto amaba a su Führer el pueblo alemán». Se dijo que el pacto Anticomintern estaba dirigido sencillamente a impresionar «a los tenderos británicos». Los dos cómplices pudieron llegar a un acuerdo —pacto de no agresión germano-soviético, con cláusulas secretas sobre el reparto de Europa oriental— porque representaban a dos mundos con los mismos métodos y, lo que era más grave, con la misma moral.
Por su parte, el mismo día 24 de agosto de 1939, el papa dirigió un angustioso ruego al mundo, que se tradujo en varias lenguas, en el que se podían escuchar mensajes como los siguientes:
La política emancipada de la moral traiciona a aquellos mismos que la practican [...] El peligro es inminente, pero todavía estamos a tiempo. Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra [...] Escúchennos los fuertes, para no llegar a ser débiles practicando la injusticia. Escúchennos los poderosos, si desean que su potencia no se convierta en simple destrucción, sino en fortaleza de los pueblos y tranquilidad en el orden y en el trabajo.
Aunque no fue escuchado el romano pontífice en esta ocasión, no por ello dejó de hacer llamamientos hasta el último momento para evitar la guerra. El día 31 de agosto envió otra nota más a las potencias para tratar de frenar el conflicto.
Pero la llamada del papa del último día de agosto no fue escuchada. El 1 de septiembre los nazis invadieron Polonia y ocuparon su parte occidental en tan sólo dos semanas. Los comunistas, por su parte, y de acuerdo con lo pactado con los nazis, el día 17 hicieron otro tanto por la frontera oriental de Polonia, sin encontrar a su paso ni tan siquiera la más mínima resistencia del ejército polaco. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial. Antes de que estallara el conflicto armado, Pío XII ya había redactado su primera encíclica, la Summi pontificatus (20 octubre 1939); por lo que a última hora y antes de publicarse, hubo que añadir alguna referencia a los sufrimientos de Polonia, digna del «derecho a la compasión humana y fraterna de todo el mundo», según podía leerse en el documento pontificio. Naturalmente, la encíclica condenaba el Estado totalitario, por cuanto se había atribuido el derecho de rescindir las obligaciones contraídas en el ámbito internacional. Y poco más podía decir respecto al conflicto el papa a mediados de octubre, ya que la guerra todavía no había adquirido sus dimensiones mundiales y por entonces ni tan siquiera se sospechaba lo terrible de su balance final: unos cuarenta millones de muertos, de los que casi la mitad fueron civiles. Pero cuando tuvo los primeros datos y pudo hacerlo, Pío XII habló con toda claridad, como sucedió en la audiencia que concedió a Von Ribbentrop el 11 de marzo de 1940. El ministro de Asuntos Exteriores del III Reich había acudido a Roma fundamentalmente para entrevistarse con Mussolini con el fin de empujar a Italia para que entrara en la guerra, y con este propósito le anunció que pronto empezarían las operaciones contra Francia e Inglaterra. Y en efecto, tres meses después (10 junio 1940) Italia declaró la guerra a Francia e Inglaterra.
Pues bien, Von Ribbentrop, aprovechando su viaje a Roma, quiso ser recibido en el Vaticano por lo que de propaganda podría tener la entrevista cara a los católicos alemanes. El encuentro duró más de una hora, y en la conversación Pío XII denunció con datos, fechas y nombres concretos la persecución de los nazis contra los católicos, a lo que Von Ribbentrop no quiso ni responder; se limitó a manifestar que nada sabía de todas esas cuestiones por no corresponder a las competencias de su cartera ministerial. Y es que al igual que le sucediera al papa Benedicto XV durante la Primera Guerra Mundial, ahora tampoco nadie estaba dispuesto a escuchar las llamadas en favor de la paz de Pío XII, y mucho menos las reclamaciones por legítimas que fuesen. A pesar de todo, durante los años de la contienda la Santa Sede no escatimó esfuerzos en sus gestiones diplomáticas. Y, desde luego, el papa hizo valer su autoridad moral en apoyo de muy diversas gestiones humanitarias, incluida por supuesto su intervención directa y personal.
Como ya hiciera su predecesor durante la Primera Guerra Mundial, el mismo día que se desencadenó el nuevo conflicto mundial Pío XII organizó los servicios para facilitar información sobre prisioneros de guerra y desaparecidos. Tras la conclusión de la guerra, esta organización humanitaria todavía permaneció en activo un cierto tiempo. Durante todos estos años se atendió a once millones de peticiones de búsquedas. Los medios de que disponía la curia y sobre todo la Secretaría de Estado se pusieron al servicio de una comisión especial para socorros, dirigida por el entonces monseñor Montini.
Las ayudas humanitarias de Pío XII se dirigieron con especial atención a los grupos más perseguidos, como el de los judíos. Durante el tiempo de guerra y en los años posteriores a la misma, fue unánime el reconocimiento sobre la actuación de Pío XII en favor de los judíos. Pero en 1963, la obra de teatro del alemán Hocchuth, titulada El Vicario, en un alarde de deformación de la realidad, culpaba a Pío XII de ser cómplice del holocausto. El escándalo, que se había montado sobre una sarta de calumnias, se convirtió en un pingüe éxito editorial, que otros trataron de imitar. Y así es cómo ha llegado hasta hoy semejante especie, que incluso algunos siguen repitiendo con tan buena voluntad como falta de sentido crítico. El infundio, no obstante, ha servido para espolear la curiosidad histórica de varios intelectuales, de manera que al día de hoy conocemos con precisión la actuación de Pío XII respecto a los judíos. Es más, me atrevería a afirmar que de no haber sido por ese escándalo, el paso del tiempo hubiera perdido en el olvido muchas de las realizaciones humanitarias de Pío XII.
Así, sabemos entre otras cosas que en universidades, ateneos y en cuantos edificios pontificios gozaban del derecho de extraterritorialidad, se dio acogida y protección a los miembros de la comunidad judía, en un número que se calcula en las 5.000 personas. Fueron numerosas las actuaciones diplomáticas de la Santa Sede que evitaron deportaciones de judíos; especialmente decisivas resultaron las que se ejercieron sobre Mussolini para que no enviase ningún judío a los campos de exterminio. Afirma el prestigioso historiador José Orlandis que, además conoció los hechos directamente por realizar investigaciones de posgrado en Roma durante la guerra mundial (J. Orlandis, Memorias de Roma en guerra, Madrid, 1992):
Tal vez no haya mejor argumento para responder a las críticas contra Pío XII hechas por algún escritor de la posguerra y magnificadas por un coro de voces parciales o sectarias, que recordar tan sólo un hecho, pero éste bien significativo: el que fuera gran rabino de Roma durante la guerra, Israel Zolli, al llegar la paz y cuando su decisión había de depararle mucho más perjuicio que provecho, se convirtió al catolicismo y al ser bautizado quiso tomar, en signo de gratitud al papa Pacelli, el nombre cristiano de Eugenio (J. Orlandis, «El papa Pío XII», Anuario de historia de la Iglesia, VI, Pamplona, 1997).
En cuanto a la presunta culpabilidad de los «silencios» del papa sobre la condena del nazismo durante la guerra, hay que decir que siempre que pudo habló en privado y en público. Pero la experiencia según la cual a la denuncia de los obispos de un determinado lugar seguía sistemáticamente una durísima represión, especialmente cruel en el caso de Holanda, aconsejaba no realizar condenas públicas, que además en este caso de haberla pronunciado el papa y tener por lo tanto un mayor eco que la de los obispos, hubiera acarreado con seguridad graves daños, a quienes precisamente se trataba de proteger.
A pesar de todo, siempre que las más elementales normas de prudencia lo permitieron, la Santa Sede dejó oír su voz. Ya me he referido a la entrevista de Pío XII con Von Ribbentrop en 1940. En 1943, cuando la situación era mucho más complicada, el secretario de Estado, el cardenal Maglione, convocó al embajador alemán ante la Santa Sede, Ernst von Weizsacker, para manifestarle el dolor del papa por el exterminio de los judíos. Al tener conocimiento de este encuentro, Francis D’Arcy Godolphin Osborne, embajador de Gran Bretaña en la Santa Sede, quiso dar publicidad al contenido de la entrevista y se puso en contacto con el secretario de Estado, quien le confirmó lo tratado con el embajador alemán, a la vez que le autorizó a dar fe de lo tratado pero a título personal, pues de confirmarlo oficialmente la publicación de la noticia contribuiría a recrudecer la persecución de los judíos.
La descripción de la actitud humanitaria de Pío XII nos obligaría a extendernos excesivamente; sin embargo, es obligado detenernos en un hecho concreto. De todos sus gestos ha quedado para la historia como uno de los más significativos su comportamiento durante el bombardeo de la periferia de Roma. En la mañana del 19 de julio de 1943, mientras recibía en audiencia a un grupo de diplomáticos extranjeros, sonaron las sirenas como preludio de la tragedia. A las once y diez de la mañana comenzaron a caer las primeras bombas. Suspendida la audiencia, el papa ordenó a monseñor Montini que sacara todo el dinero del Banco Vaticano —unos dos millones de liras eran todos los fondos en esos momentos—, que lo metiera en una bolsa y que le acompañara de inmediato al lugar más afectado, el barrio de San Lorenzo Extramuros. Allí, fueron sorprendidos por la presencia del papa quienes lloraban sobre los cadáveres y quienes luchaban por sacar a los heridos de entre los escombros. De inmediato, la gente se arremolinó junto al papa que pronto vio manchada su sotana blanca por las manos sucias y ensangrentadas de quienes le tocaban. Cayó de rodillas y tras orar unos momentos, acarició el cuerpo inerte de un niño que su madre tenía entre los brazos. Después, cuando hubo repartido todo el dinero que Montini llevaba en la bolsa, regresó al Vaticano Actes et documents du Saint-Siége relatifs á la seconde guerre mondiale, t. X, Ciudad del Vaticano, 1965-1980).
Durante los siete años que duraron los combates fueron muchos y muy variadas las intervenciones de la Santa Sede en favor de la paz, gestiones reflejadas en la documentación recogida en diez volúmenes (Actes et documents du Saint-Siége relatifs á la seconde guerre mondiale...). Ante la imposibilidad de mencionarlas en esta pequeña semblanza biográfica, diremos que por su comportamiento Pío XII es reconocido por la historia como uno de los personajes de la época que más luchó en favor de la paz. Con el fin de evitar represalias mayores, se vio obligado a guardar un silencio oficial en determinadas ocasiones, pero ni tan siquiera en estas críticas circunstancias dejó de hacer cuanto estuvo de su mano. Por eso, reprochar al papa una actitud de indiferencia —según un bando— porque no se condenó oficialmente a la Rusia comunista o porque —según el otro bando— no denunció lo suficientemente claro a su entender los horrores nazis, es cuando menos un juicio injusto y no pocas veces calumnioso. Porque lo cierto es que las enseñanzas de Pío XII durante este tiempo no sólo se limitaron a denunciar las calamidades de la guerra, sino que además ofrecieron soluciones para un futuro, ya que en buena medida se adelantaron a la doctrina de la Carta de las Naciones Unidas, al señalar los fundamentos de una justa convivencia. Y así el tema central de su encíclica inaugural —antes citada— se refería a la construcción de un orden social justo, como fundamento de la democracia. «La paz —decía el papa— es obra de la justicia.» El magisterio de Pío XII. Pío XII no quiso que su magisterio llegara sólo a un público restringido, y por eso sus enseñanzas fueron transmitidas por la radio, hasta el punto que su pensamiento hay que rastrearlo tanto en las encíclicas como en los radiomensajes. De todos, sin duda, los emitidos cada Navidad fueron los más populares. En el radiomensaje navideño de 1942, Pío XII precisaba así lo que se debería entender por un orden social justo:
el orden interior de cada nación no es una simple yuxtaposición exterior de partes numéricamente distintas; [...] es la tendencia y la realización cada vez más perfecta, de una unidad interior que no excluye las diferencias, fundadas en la realidad y sancionadas por el Creador o por normas sobrenaturales [...] a través de todos los cambios y transformaciones, el fin de toda la vida social subsiste idéntico, sagrado y obligatorio —es el desarrollo de los valores personales del hombre como imagen de Dios— y todo miembro de la humana familia continúa obligado a cumplir sus inmutables fines, cualquiera que sea la legislación y la autoridad a que obedece.
Y en este mismo radiomensaje, Pío XII enumeraba una serie de derechos de la persona, como los de mantener y desarrollar la vida física, intelectual y moral, el derecho a la educación y a la formación religiosa, el derecho a dar culto privado y público a Dios, el derecho a contraer matrimonio y poder elegir estado, el derecho al trabajo y el derecho al uso de los bienes materiales limitado por las obligaciones y deberes sociales.
Como ya se dijo, uno de los aspectos más relevantes del magisterio de Pío XII desde su primera encíclica, fue su doctrina sobre la democracia. En otro radiomensaje de 1944 se refería a las circunstancias del momento como causas que forzaban a reclamar con urgencia la convivencia democrática, pues precisamente debido a esas circunstancias que se padecían, al vivir los pueblos «bajo el siniestro resplandor de la guerra —decía el papa— opónense con el mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, irresponsable e intangible, y requieren un sistema de gobierno más compatible con la dignidad y libertad de los ciudadanos». Y proseguía diciendo el papa que los ciudadanos tenían derecho a «manifestar su propio parecer sobre los deberes y los sacrificios que les vienen impuestos, y no estar obligados a obedecer sin haber sido escuchados». En suma, las enseñanzas de Pío XII sobre la democracia se pueden resumir en los siguientes puntos: la democracia es un medio al servicio del hombre y no un fin en sí misma, la moral debe marcar los límites de la democracia, ya que ésta es incompatible con un Estado que se atribuye una capacidad de legislar sin frenos ni límites, y en consecuencia el concepto de democracia cristiana debía entenderse no como un partido concreto en el que todos los católicos debían militar, sino como una concepción del entero conjunto social en el que se pudieran desarrollar los derechos humanos y las libertades fundamentales, manifestaciones de la dignidad humana que Dios ha concedido de un modo inmutable a sus criaturas los hombres, y por último, existen normas fundamentales e inquebrantables que son precisamente las que permiten que la persona tenga siempre primacía sobre el sistema. El matiz tiene su importancia, si se tiene en cuenta que a comienzos de 1946 una comisión iniciaba los trabajos para redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El problema no estribaba en firmar este puñado de irreprochables afirmaciones; surgía más bien a la hora de determinar si esos derechos eran conferidos por el Estado, por la Organización de las Naciones Unidas o por el contrario eran inherentes a la naturaleza humana. En los dos primeros casos, derechos y obligaciones podrían ser variables; no así en el tercero (G. Redondo, Historia universal. Las libertades y las democracias, t. XIII, Pamplona, 1979).
No obstante, al igual que le sucediera a Benedicto XV al final de la Primera Guerra Mundial, Pío XII no fue invitado por las potencias para organizar el mundo de la posguerra. Sin embargo, el papa no se conformó con resignarse a aceptar esta situación, por lo que utilizó los medios de comunicación para movilizar a todos los católicos, invitándoles a construir una civilización cristiana. De este modo, Pío XII y sus sucesores han venido cobrando una importancia cada vez mayor en la opinión mundial por su autoridad moral y espiritual. A diferencia del pujante nacionalismo que surgió después de la Primera Guerra Mundial, al término de la Segunda se apostó por la unión entre las potencias europeas. Y, precisamente, entre los padres de la nueva Europa se encuentran los estadistas católicos Konrad Adenauer (1876-1967), Robert Schuman (1886-1963) y Alcide de Gasperi (1881-1954).
Dicha civilización cristiana no debía producirse por ninguna imposición desde arriba, sino por la actuación responsable y coherente de los católicos a la vez que respetuosa con la libertad de los demás. Así actuó Arsene Heitz, un artista de Estrasburgo que ganó el concurso de ideas para confeccionar la bandera de la recién nacida Comunidad Europea. Según el testimonio del artista, concibió las doce estrellas en círculo sobre un fondo azul, tal como la representa la iconografía tradicional de esta imagen de la Inmaculada Concepción. Es cierto que ni las estrellas ni el azul de la bandera son propiamente símbolos religiosos, lo que respeta las conciencias de todos los europeos, sean cuales sean sus creencias. En este sentido, cuando Paul M. G. Lévy, primer director del servicio de prensa e información del Consejo de Europa, tuvo que explicar a los miembros de la Comunidad Económica el sentido del diseño, interpretó el número de las doce estrellas, como «guarismo de plenitud», puesto que en la década de los cincuenta no eran doce ni los miembros de dicho Consejo, ni los de la Comunidad Europea. Sin embargo, en el alma de Heitz habían estado presentes las palabras del Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: La Mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas.» Y sin percatarse, quizás, los delegados de los ministros europeos adoptaron, oficialmente, la enseña propuesta por Heitz en la fiesta de la Señora: el 8 de diciembre de 1955.
Por otra parte, en el célebre discurso de Winston Churchill (1874-1965) pronunciado en Fulton (5 marzo 1946), el político inglés afirmó que desde «Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático un telón de acero ha caído a través del continente europeo». Con estas palabras se reconocía una evidencia como era la división del mundo en dos bloques, cuyo enfrentamiento daría lugar a la etapa conocida como la guerra fría. Ya desde el siglo xix la Iglesia había condenado el comunismo por su doctrina atea, materialista y antirreligiosa. Pero no fueron pocos los intelectuales de Occidente que hasta la caída del muro de Berlín (9 noviembre 1989) reprobaron la condena del comunismo por parte de la Iglesia, convirtiéndose así en cómplices de una ideología de terror, crimen y pobreza.
Pues bien, concluidas las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial, en los países controlados por los comunistas se desencadenó una nueva persecución contra la Iglesia: se prohibió el culto y las manifestaciones de fe, se cerraron escuelas e iglesias, se encarceló, se torturó y se asesinó. Naturalmente, la persecución empezó en Rusia. Cuando los comunistas se hicieron con el poder en China, desaparecieron las 105 diócesis y las 40 prefecturas apostólicas que existían en 1946. Igualmente, la Iglesia fue perseguida en Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Yugoslavia, Polonia, Lituania, Letonia y en Ucrania, donde fueron encarcelados 1.000 sacerdotes y todos los obispos, entre ellos el famoso lossif Slipyi (1892-1984), cardenal desde 1965, a quien la diplomacia vaticana consiguió liberar tras permanecer 18 años en prisión. Fue una dura y larga prueba a la que fueron sometidos millones de católicos europeos, a los que Pío XII denominó como la «Iglesia del silencio». En efecto, desde el otro lado del telón de acero ni tan siquiera se podía oír la protesta por tantos atropellos. Como símbolos de esta persecución han quedado los nombres del cardenal Alojzije Stepinac (1898-1960), arzobispo de Zagreb, el del cardenal primado de Polonia Stepham Wyszynski (1901-1981) o el primado de Hungría Jósef Mindszenty (1892-1975), «el cardenal de hierro», cuyas memorias (cardenal Mindszenty, Memorias, Barcelona, 1974), escritas sin odio a pesar de las torturas a las que fue sometido durante su encarcelamiento y famoso proceso, son un testimonio estremecedor de lo que supuso la persecución comunista contra la Iglesia. Los años más duros de la persecución religiosa, de la conculcación de los más elementales derechos y de los asesinatos por millones, coincidieron con el período en el que estuvo al frente de la Unión Soviética un antiguo seminarista de Tiflis, Iosiv Visarionovich Dyugashvili, más conocido por el sobrenombre de Stalin. Tras la muerte de Stalin se mitigó la persecución en los países de ámbito comunista, lo que no era poco, pero los católicos sólo tuvieron libertad cuando desaparecieron los regímenes comunistas.
Desgraciadamente, no todos los males de la Iglesia se reducían a la persecución en el mundo comunista. Pío XII tuvo que denunciar también los ataques a los principios cristianos, procedentes del mundo occidental, que trataba de establecer un orden social que —en palabras del papa— «ni era cristiano, ni tan siquiera humano». A partir de Pío XII, una de las constantes del magisterio pontificio ha sido la denuncia de los ataques anticristianos dentro del llamado mundo libre. Sin duda, los aspectos más reiterados en las denuncias de los romanos pontífices son las situaciones de injusticia social, la legislación contra la familia y las leyes inspiradas en la cultura de la muerte, como son las disposiciones legales sobre el aborto. Por el momento, baste con recordar que a partir de 1952, año en que en Japón se liberaliza de hecho el aborto, se inicia la escalada abortiva en el resto de los países. El resultado no puede ser más estremecedor: en tan sólo unas décadas han perecido muchos más niños en las clínicas abortivas, que todas las bajas mortales juntas del siglo xx, tanto las de los escenarios bélicos como las de los campos de exterminio. Por lo demás, semejante balance se establece con un siglo en el que tienen lugar, además de otras muchas, dos guerras mundiales en las que se emplearon las armas más mortíferas de la historia y con una centuria que pasará a la historia como el tiempo de los genocidios.
En otro orden de cosas, Pío XII hizo gala de un rigor extraordinario y de un trabajo concienzudo a la hora de escribir sus enseñanzas, lo que quedó reflejado en los numerosos escritos de su magisterio ordinario (Pio XII, Discorsi e radiomessagi, 20 vols., Milán/Roma, 1941- 1959) y en las muchas e importantes encíclicas de su actividad magisterial más solemne. De la encíclica inaugural ya nos hemos ocupado, por lo que a continuación describiremos brevemente sólo las más importantes.
La Mystici Corporis Christi (23 junio 1943) analiza la naturaleza de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo y sale al paso de quienes sostienen que existe una Iglesia carismática y otra jerárquica, al afirmar que no «puede haber [...] ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los Pastores y Doctores han recibido de Cristo». Dicha encíclica es considerada por los teólogos como una de las bases más importantes de la eclesiología actual. Las encíclicas Divino afflante Spiritu (30 septiembre 1943) y Mediator Dei (20 noviembre 1947), en buena medida vienen a completar la anterior. La Divino afflante Spiritu se ocupa del estudio de los libros sagrados para un mejor conocimiento de Dios. La Mediator Dei está dedicada a la liturgia, que define como el culto público que la Iglesia como Cuerpo Místico rinde a Dios; según esta encíclica, el sacerdote que celebra la santa misa no es ningún representante ni presidente de ninguna asamblea, sino que actúa in persona Christi y por lo tanto a quien representa es a la misma persona de Jesucristo.
Estas tres encíclicas centran la atención sobre los sacramentos, especialmente la confesión y la eucaristía, la oración, y el culto a la Santísima Virgen y a los santos. En este sentido conviene recordar que, con el fin de facilitar la comunión frecuente, Pío XII modificó la disciplina del ayuno eucarístico reduciéndolo a tres horas, pues hasta entonces se debía ayunar desde las 12 de la noche del día anterior y tampoco se podía beber agua durante esas horas. También fue Pío XII quien permitió que se pudiera cumplir con el precepto dominical, asistiendo a misa los sábados por la tarde. E igualmente fue Pío XII quien modificó la liturgia de la Semana Santa, lo que hizo más comprensibles a los fieles los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Pero, sin duda, la decisión más trascendente de todo el pontificado, sólo por la cual Pío XII ya pasaría a la historia, se iba a producir durante la celebración del Año Santo de 1950, en una solemne ceremonia a la que asistieron 600 obispos y una gran número de fieles. Previa consulta al episcopado universal, Pío XII mediante la bula Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950) definió el dogma de la Asunción al cielo de la Virgen María, por lo que la devoción a la Madre de Dios se reforzaba aún más como elemento clave en la teología de la salvación, si bien este privilegio mariano formaba parte de la tradición cristiana desde tiempos remotos. Como muestra de su devoción a la Virgen, consagró el mundo al Sagrado Corazón de María e instituyó la solemnidad de María Reina.
Las relaciones entre la fe y la ciencia constituyen el tema central de la encíclica Humani generis (12 agosto 1950), cuyo contenido se puede resumir del siguiente modo: Todas las ciencias, también la filosofía y la teología, deben tender, más allá del afán de novedad, a la búsqueda de la verdad en su orden. Dentro de la Iglesia, los hallazgos del pasado de las ciencias sagradas deben ser tenidos en cuenta en los desarrollos actuales. Por lo que se refiere a las ciencias profanas, en línea con las enseñanzas del concilio Vaticano I, la encíclica subraya su lícita autonomía metodológica, si bien sus conclusiones no pueden contradecir la fe, ya que tanto el mundo como el saber teológico tienen su origen en Dios. De este modo, Pío XII desautorizaba a la llamada «nueva teología», que se presentaba como una nueva versión del modernismo, que ya había sido condenado por san Pío X.
La Humani generís llamaba la atención sobre los errores doctrinales del falso irenismo, el poligenismo, la moral de situación, el relativismo moral y la interpretación de las Sagradas Escrituras sin tener en cuenta el magisterio. En cuanto a la libertad de los teólogos, se admitía la posibilidad de establecer discrepancias y de crear escuelas diferentes, dentro de los márgenes doctrinales del magisterio, que delimitan el espacio donde se pueden mover con libertad los teólogos. Pues, en efecto, como confirma dicha encíclica, la teología no tiene una autonomía absoluta en cuanto que no puede actuar ni de espaldas, ni mucho menos contra el magisterio, ya que para cualquier teólogo el magisterio de la Iglesia, en materia de fe y costumbres, es la norma próxima y universal de verdad, en cuanto que a la Iglesia se ha confiado el sagrado depósito de la fe, esto es, las Sagradas Escrituras y la tradición divina, para que lo custodie, lo defienda y lo interprete.
Es preciso destacar, cercanos a la nueva teología, a algunos dominicos agrupados en el Centro dominicano de Le Saulchoir, entre los que cabe mencionar a Yves-Marie Congar (1904-1995) y a Marie-Dominique Chenu (1895-1990) y a los jesuítas de Lyon-Fourviere, Henri de Lubac (1896-1991) y Jean Daniélou (1905-1974). Fue suficiente esta advertencia del romano pontífice para que rectificaran los integrantes de esta corriente de la nueva teología, y a diferencia de lo que sucedió con los menesianos y los modernistas en esta ocasión no se produjeron deserciones. Es más, algunos tuvieron un destacado papel en el Concilio Vaticano II y, concretamente, Congar, De Lubac y Daniélou fueron nombrados cardenales (J. L. Illanes y J. I. Saranyana, Historia de la teología, Madrid, 1995).
La vida de la Iglesia. Pío XII continuó el esfuerzo de sus predecesores para potenciar las misiones. Y para poner de manifiesto la oposición entre el racismo y la misión universal de la Iglesia, en uno de sus primeros actos, poco después de comenzar la Segunda Guerra Mundial, ordenó al primer obispo malgache y al primer obispo negro de la historia de la Iglesia. Fueron muchas las referencias de Pío XII a las misiones en radiomensajes y discursos, cuyas ideas quedan sintetizadas en las encíclicas Evangelii praecones (2 junio 1951) y Fidel donum (21 abril 1957). Como novedades respecto a etapas anteriores, Pío XII quiso concretar en dos puntos la responsabilidad general que sobre todos los católicos recaía en el desarrollo misional: primero, Europa debía dejar de ser el único continente desde donde salieran los misioneros y por lo tanto se implicaba también a los países americanos a cristianizar el mundo pagano y, segundo, había que dejar de identificar a los misioneros exclusivamente con las órdenes religiosas, por lo que el clero secular también debía colaborar en la expansión del Evangelio en tierras de misión.
El carácter universal de la Iglesia quedó también patente en las importantes reformas del Sagrado Colegio Cardenalicio. Desde el cisma de Occidente, es decir desde hacía unos mil años, la mayoría de los cardenales eran italianos. Y fue precisamente Pío XII, uno de los pocos papas nacidos en Roma en los siglos modernos —el anterior había sido Clemente XII (1670-1676)—, quien confirió internacionalidad al Colegio Cardenalicio. Al final de la guerra, había 32 plazas vacantes de un total de 70. Pues bien, en el primer consistorio (18 febrero 1946) el papa cubrió todas las vacantes, designando sólo a cuatro cardenales italianos y a los otros 28 del resto del mundo. Y como reconocimiento a su fidelidad a la Iglesia en la lucha contra el nazismo, Pío XII otorgó el capelo cardenalicio al obispo de Berlín, Konrad von Preysing (1880-1950), al arzobispo de Colonia, Joseph Frings (1887-1978) y al obispo de Münster, Clement August von Galen (1878-1946). El mismo criterio de internacionalidad fue adoptado por Pío XII en su segundo consistorio (12 enero 1953): de los 24 cardenales que nombró en esta ocasión, sólo ocho eran italianos.
Durante el pontificado de Pío XII surgieron toda una serie de iniciativas pastorales que tuvieron distintos resultados. Quizás una de los que más ruido organizó fue la de los «curas obreros», impulsada por el arzobispo de París, monseñor Suhard (1874-1949) y alentada por parte de la jerarquía francesa a partir de 1943. Tan peculiar iniciativa, desde luego nacida de la buena voluntad, acabó en un rotundo y lamentable fracaso, precisamente por apartar al sacerdote de su misión específica, es decir espiritual, como es la de predicar y administrar los sacramentos. El propio papa, que siguió la experiencia muy de cerca, tras informarse directamente por los obispos franceses, ordenó en 1953 que se pusiera fin al experimento. Y es que la popularidad y el ruido que organizaron los «curas obreros» guardaba una relación inversamente proporcional con sus frutos apostólicos. Participaron en el experimento unos cien curas franceses y la mayoría acabaron abandonando el sacerdocio. Por lo demás, dicho experimento no dejaba de ser una de las formas más extremistas del tradicional clericalismo, porque si en ocasiones algunos no acertaron a comprender la dignidad de todos los bautizados, lo que les había impulsado a considerar como inferiores a los laicos, la desconsideración de los curas obreros hacia los obreros bautizados fue lamentable, hasta el punto que se creyeron en la obligación de invadir su territorio para organizarles su mundo profesional. No es de extrañar, por tanto, que desde un principio algunos protestaran por semejante intromisión, a lo que se venía a añadir la evidente incompetencia profesional de los curas obreros, al tratar de desempeñar unas funciones laborales para las que no habían sido capacitados.
Por otra parte, ya se dijo que durante el pontificado anterior había nacido el Opus Dei, una realidad diferente por su naturaleza a los denominados movimientos apostólicos. La Santa Sede concedió al Opus Dei un primer reconocimiento en 1943 y, en 1947, la primera aprobación pontificia, erigiéndole en instituto secular, fórmula jurídica que aun siendo inapropiada era la que menos inconvenientes presentaba para el Opus Dei en aquel momento (A. de Fuenmayor y otros, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona, 1989). Y es que por entonces se hacía ya necesario dar algún cauce jurídico a una realidad pujante en la Iglesia que había nacido en 1928 sin que hubiera una norma canónica apropiada a su naturaleza. Pues si bien en el pontificado anterior los miembros del Opus Dei se reducían a unas docenas de personas residentes en España, durante el pontificado de Pío XII se multiplicaron extraordinariamente hasta hacerse presentes en 24 países de cuatro continentes (B. Müller, Opus Dei. Datos informativos, Madrid, 1996).
Pío XII fomentó el culto a los santos y elevó a los altares a casi un centenar de personas, concretamente 51 beatos y 33 santos; muchos de ellos habían vivido ya en el mundo contemporáneo. Así, cabe citar a santa Gemma Galgani (1878-1903), san Antonio María Claret (1808-1870), santa María Goretti (1890-1902), san Pío X (1835-1914) y santo Domingo Savio (1842-1857).
Pío XII pudo ver el avance de la excavaciones bajo la basílica de San Pedro, iniciadas en 1939. Los arqueólogos localizaron una sencilla sepultura en la tierra del sigo i, rodeada de varios monumentos funerarios datados hasta el siglo iv, en el que el emperador Constantino construyó la primitiva basílica. En 1968, Pablo VI anunció el hallazgo de los restos mortales que científicamente pueden corresponder al primer papa. Quedó confirmado que la cúpula de la basílica de San Pedro se proyecta sobre la humilde tumba del primer vicario de Cristo en la tierra.
Por fin, los últimos días de 1953 Pío XII sufrió —según el parte medico— una indisposición de naturaleza gástrica derivada de un no adecuado sistema neurovegetativo. Padecía un hipo continuo y la comida se la tuvieron que suministrar por sonda. Pudo salir de aquella extrema gravedad, pero su salud desde entonces se vio afectada por varias recaídas, a pesar de las cuales no aminoró en su intensidad de trabajo. El día 6 de octubre de 1958, mientras se encontraba en Castelgandolfo sufrió una trombosis cerebral, por lo que de inmediato se le administraron los últimos sacramentos. Tras una larga agonía falleció en la medianoche del jueves día 9, a los 82 años y medio de edad. Sus restos mortales fueron enterrados en las grutas vaticanas en la capilla de la Madonna della Bocciata.
Expresamente había dejado escrito que no se le hiciera ningún monumento, puesto que quería ser enterrado con toda sencillez. En su testamento queda reflejada toda la grandeza de su alma que, justo por estar muy cerca de Dios, se sentía ante él muy poca cosa. Y precisamente por esto, en su testamento se dirigía en estos términos al Dios que perdona:
Miserere mei, secundum magnam misericordiam tuam. Estas palabras, que, consciente de ser indigno c inepto pronuncié en el momento en que di, temblando, mi aprobación a la elección de sumo pontífice, con mucho mayor fundamento las repito ahora, cuando la certidumbre de las deficiencias, de las faltas y de las culpas cometidas durante un pontificado tan largo y en una época tan grave, ha mostrado con mayor claridad a mi mente mi insuficiencia.
Pido humildemente perdón a quienes haya podido ofender, perjudicar o humillar con obras o con palabras.
Ruego a aquellos a quienes compete, que no se ocupen ni se preocupen de erigir monumento alguno en mi memoria. Basta que mis restos mortales sean colocados sencillamente en lugar sagrado.
Pablo VI inició su proceso de beatificación, que actualmente se encuentra abierto.
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