Pablo VI (21 junio 1963 - 6 agosto 1978)
Personalidad y carrera eclesiástica. Giovanni Battista Montini nació (26 noviembre 1897) en la casa de campo que su familia tenía en Concesio, un pequeño núcleo agrícola a ocho kilómetros de Brescia, ciudad donde habitualmente residían los Montini. El matrimonio formado por Giorgio Montini y Giuditta Alghisi, tuvo otros dos hijos más: Lodovico, el primogénito, y Francesco, el más pequeño de los tres hermanos. Y junto con el matrimonio y los tres hijos, la abuela paterna de Pablo VI, Francesca Buffali, y su hija soltera, la tía Maria, completaban el grupo de una verdadera familia patriarcal.
Giorgio Montini, era un conocido abogado, dirigente de la organización católica de Brescia y director del periódico // Cittadino di Brescia desde 1881. En las elecciones administrativas de 1914 fue elegido concejal en Brescia y cinco años después consiguió el escaño de diputado, como militante del Partido Popular de Luigi Sturzo (1871-1959). Durante la etapa fascista, el padre de Giovanni Battista fue víctima de la persecución política. En 1925 el periódico que dirigía fue secuestrado diez veces y en ese mismo año, también, sus instalaciones fueron asaltadas y toda su imprenta quedó inservible. Declarado ilegal el Partido Popular, Giorgio Montini se vio obligado a abandonar el Parlamento y se integró en el grupo de los diputados aventinianos, que trataron de organizar una oposición política, fuera de las instituciones del Estado fascista. Por los testimonios y cartas del propio Pablo VI, conocemos la influencia que el ejemplo de su padre ejerció en la formación de su personalidad. A Jean Guitton (1901) le manifestó lo siguiente:
Debo a mi padre ejemplos de coraje, la obligación de no rendirse débilmente al mal, la promesa de no preferir nunca la vida a lo que da sentido a la vida. Su enseñanza puede resumirse en una palabra: ser un testigo. Mi padre no tenía temores (J. Guitton, Dlaloghi con Paolo VI, Milán, 1986).
Giuditta, su madre, pertenecía a una distinguida y rica familia de Brescia. Huérfana de padre y madre desde los cuatro años, fue educada en el colegio de las monjas Marcelianas de Milán, que daba acogida a las niñas de las clases acomodadas. Aunque se comprometió con Giorgio desde 1893, su tutor no otorgó su consentimiento para la boda, por lo que tuvo que esperar a cumplir la mayoría de edad para casarse (2 agosto 1895). Dedicada preferentemente al cuidado del hogar, Giuditta perteneció a la asociación de las damas católicas de la Cruz Roja y colaboró con numerosas instituciones asistenciales. Sobre la importante influencia materna, Pablo VI manifestó igualmente a Jean Guitton:
A mi madre debo el sentido del recogimiento, de la vida interior, de la meditación que es oración y de la oración que es meditación. Toda su vida ha sido un don. Al amor de mi padre y de mi madre, a su unión, debo el amor a Dios y el amor a los hombres.
Desde los primeros días de su existencia y hasta su muerte, Giovanni Battista se vio aquejado por continuas enfermedades, pues constitutivamente era de muy frágil salud. Durante el período de lactancia tuvo que abandonar la ciudad y sus padres encomendaron al recién nacido a una nodriza campesina de Nave, que lo crió en su casa hasta que tuvo un año y medio. Comenzó los primeros estudios en el colegio de los jesuítas Cesare Arici, pero no pudo mantener una asistencia regular a las clases a causa de sus numerosas convalecencias. Su prolongada postración por las enfermedades le obligaron a abandonar el colegio y tuvo que continuar los estudios en su casa, de modo que concluyó el bachillerato en una institución pública, el Instituto Arnaldo de Brescia, donde se presentó a los exámenes como alumno libre. Así fue como obtuvo su título de bachiller superior, antes de ingresar en el seminario.
Durante estos años frecuentó el Oratorio della Pace de Brescia, donde se formaron muchos jóvenes de esa ciudad, bajo la orientación de la espiritualidad de san Felipe Neri (1515-1595). Allí conoció al padre Giulio Bevilacqua (1881-1965), con quien siempre mantuvo un estrecho contacto. Algún autor sostiene que en las convicciones firmemente democráticas y por la tanto antifascistas de Pablo VI influyeron además del ejemplo de su padre y las lecturas del filósofo francés Jacques Maritain (1882-1973), el trato con Giulio Bevilacqua. Debido a sus ideas políticas fue visto con recelo por algunos regímenes autoritarios, como fue el caso de Franco (1892-1975), sin que por ello se le pueda tachar de antiespañol o de alineado con los promotores de la persecución religiosa en España, como algunos han afirmado injustamente (V. Cárcel Ortí, Pablo VI y España. Fidelidad, renovación y crisis (1963-1978), Madrid, 1997).
Por informaciones de sus amigos de su juventud se puede asegurar que, al menos, desde 1913 había considerado seriamente la posibilidad de hacerse sacerdote (F. Molinari, G. B. Montini giovane 1897-1944, Turín, 1979). Así lo manifiesta Lionello Nardini, compañero suyo del Cesare Arici, que ingresó en el seminario en 1913 y falleció en un hospital de campaña en 1918. En cierta ocasión, Pablo VI llegó a afirmar que fue el buen ejemplo de su condiscípulo Nardini el que le dio el último empujón para ingresar en el seminario. Más claro todavía es el testimonio de su gran amigo de juventud, Andrea Trebeschi, que en 1914 anotó en su diario: «Battista Montini ofrece su vida a Dios, se hace sacerdote» (G. B. Montini, Lettere a un giovane amico. Carteggio di G. B. Montini con Andrea Trebeschi, a cura di Cesare Trebeschi, Queriniana, Brescia, 1978). Su decisión por tanto no fue repentina, pero no por ello dejó de sorprender a sus padres, porque debido a su estado de salud era evidente que no podría soportar el régimen de un internado. Pero se sobrepuso a las dificultades y consiguió del obispo un permiso para cursar los estudios en el seminario Sant’Angelo de Brescia como externo, a partir del curso 1916-1917.
Battista acudía allí para asistir a las clases, después volvía con su familia. En casa, su padre era también su «rector»; le había trazado un horario exigente y minucioso: levantarse, misa, desayuno, estudio, visita a la iglesia, estudio, cena, hasta irse a la cama a las diez de la noche. Había incluso un NB: que, durante el «recreo», podía dedicarse voluntariamente a hacer ejercicios de piano (C. Cremona, Pablo VI, Madrid, 1995).
Por su condición de seminarista externo pudo hacer compatible sus estudios de preparación al sacerdocio con su participación activa en distintos movimientos asociativos católicos. Ya se mencionó anteriormente su presencia en las actividades del Oratorio della Pace de Brescia. También desempeñó cargos de responsabilidad en las Congregaciones Marianas y en la Acción Católica y colaboró en las actividades caritativas de San Vicente de Paúl.
Pero de todas las actividades de juventud, ninguna fue tan destacada como la fundación de un periódico, La Fionda («La Honda»), que puso en marcha junto con su amigo Andrea Trebeschi. El periódico nació en 1915, como un «hoja estudiantil» promovida por la Unión de Bachilleres Católicos Italianos. En carta que el propio Giovanni Battista Montini envió a Pío XI (1922-1939) solicitando su bendición para este proyecto, presentaba La Fionda como una iniciativa de jóvenes estudiantes, aunque sin excluir de sus páginas la colaboración de profesores universitarios, financiado por ellos mismos y con este triple objetivo: «difundir la palabra cristiana en el alma estudiantil moderna, con atrevida sinceridad, pero a la vez con serenidad noble y gozosa; confortar con juvenil ardor la pureza amenazada de los jóvenes y preparar con una formación básica las conciencias de los estudiantes de secundaria para sus futuros deberes religiosos y civiles». Las colaboraciones del joven Montini aparecen firmadas con las siglas «G. B. M.» o con el seudónimo «Gibienne», que es la pronunciación de las siglas anteriores. Tras la guerra, en 1918, un nutrido grupo de estudiantes católicos se agruparon en torno a La Fionda y se integraron en la Federación de Universitarios Católicos de Italia (FUCI), en la que —con el paso de los años— el sacerdote Montini ejercería su ministerio pastoral.
El obispo de Brescia le confirió la tonsura (30 noviembre 1919). Un año más tarde fue ordenado como subdiácono y meses después como diácono (8 marzo 1920). El 29 de mayo de 1920 fue ordenado sacerdote por el obispo de Brescia, Giacinto Gaggia, y al día siguiente celebró su primera misa en Santa Maria delle Grazie, santuario muy popular entre los brescianos. Tras la ordenación, su obispo le envió a Roma para que ampliara sus estudios de teología y derecho canónico, para lo que se matriculó en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fijó su residencia en el Seminario Lombardo. También se matriculó en Letras en la antigua Universidad de Roma, La Sapienza, aunque poco después tuvo que interrumpir esta carrera. En 1921 inició sus estudios diplomáticos en la entonces denominada Escuela de Nobles Eclesiásticos, que en la actualidad se conoce como Pontificia Academia Eclesiástica.
En 1923 fue nombrado agregado de la nunciatura en Polonia, y permaneció en Varsovia durante los meses de mayo a octubre de ese mismo año, junto al nuncio Lorenzo Laconi, donde pudo conocer a Józef Pilsudski (1867-1935), a quien en sus cartas designa como «el Garibaldi polaco», y a los principales personajes de la jerarquía eclesiástica de Polonia. De regreso a Roma, fue nombrado asistente eclesiástico del Círculo Universitario Romano, organización dependiente de la FUCI. Estos años fueron también para él tiempo de estudio, en los que consiguió el grado de doctor. En 1925 se incorporó a la Secretaría de Estado, donde desempeñaría diversos cometidos durante casi tres décadas, pues comenzó desde el nombramiento más bajo de minutante y acabo siendo prosecretrario de Estado. También en ese mismo año de 1925 fue designado consiliario de la FUCI, cargo que ocupó hasta 1933.
Por las repercusiones que tuvo en Italia, uno de sus biógrafos equipara el trabajo de Giovanni Battista Montini en la FUCI al de Luigi Sturzo como fundador del Partido Popular.
éste llevó a cabo la organización del resurgir católico en un partido nacional; aquél, la nueva fundación de un partido aconfesional, inspirado en los valores cristianos: con hombres bien preparados que, en la segunda posguerra, contribuirían a la reconstrucción del país y a la salvaguarda de la democracia. Muchos de los políticos de la Democracia Cristiana, a la caída del fascismo, habían sido nutridos con la linfa montiniana en los Círculos de la FUCI. Para dar un solo nombre: Aldo Moro (C. Cremona, Pablo VI, ob. cit.).
Por obligaciones de su cargo tuvo que visitar las organizaciones estudiantiles católicas de toda Italia, lo que le puso en contacto con sus principales líderes. Además, ejerció una significativa influencia por medio de las publicaciones de la FUCI, entre las que destacó la revista Studium, en la que lo mismo que en La Fionda diez años antes aparecían con frecuencia las siglas «G. B. M.». Los escritos de Giovanni Battista Montini tuvieron una decisiva repercusión en ámbitos intelectuales italianos y contribuyeron a promover una renovación cultural. Por otra parte, sus publicaciones le permitieron darse a conocer y ponerse en contacto con intelectuales como Tommaso Gallarati Scotti, G. Prezzollini y sobre todo con Jean Guitton (L. Bedeschi, // modernismo italiano, Roma, 1995).
En el mes de marzo de 1933 la revista Azione Fucina publicaba una carta del consiliario general de la Acción Católica Italiana, Giuseppe Pizzardo (1877-1970), aceptando la dimisión de Giovanni Battista Montini en la FUCI. Pizzardo justificaba la retirada de Montini de la FUCI por sus crecientes obligaciones en la Secretaría de Estado. Pero recientes investigaciones han desvelado que las verdaderas causas, realmente, fueron otras. En primer lugar, se entienden mejor las cosas si se hace una referencia al ambiente italiano de aquel momento, en el que las apetencias del Estado fascista por controlar los organizaciones juveniles chocaron contra las posiciones de la FUCI. Por su parte, la FUCI encontró en su consiliario un firme defensor frente al control de la juventud, que pretendían los fascistas. Giovanni Battista Montini nunca disimuló sus convicciones; por el contrario, manifestó incluso su opinión crítica respecto a los arreglos conocidos como Pactos Lateranenses (1929). Todo ello, unido a la reputación antifascista de su familia, acabó por convertirle en un elemento incómodo para todos, en las delicadas relaciones que durante esos años mantenían la Santa Sede y el Estado fascista. Y el transcurrir de los acontecimientos deterioró aún más su ya de por sí difícil posición. Así, por ejemplo, cuando su antiguo mentor Giulio Bevilacqua fue desterrado de Brescia por oponerse al fascismo, Montini le acogió en su domicilio de Roma; su hospitalidad ponía de manifiesto una vez más su consecuente y noble modo de proceder. Sin embargo, su comportamiento desencadenó las represalias de los fascistas; el centro romano de la FUCI sufrió un registro en mayo de 1931 y fue confiscada buena parte de su documentación. Lo cierto era que el consiliario de la FUCI se convertía cada vez con más frecuencia en el objeto de los ataques de las autoridades políticas italianas.
A los problemas de tipo político se vinieron a añadir las celotipias clericales entre la Acción Católica y las Congregaciones Marianas, que dirigía el jesuíta padre Gragnani. Frente a las excusas oficiales y nada creíbles que aparecieron en la revista de la FUCI, el sacerdote Montini tuvo que exponer por escrito (19 marzo 1933) a su obispo la verdad de lo sucedido. En su larga carta explicativa se podía leer —entre otras cosas— lo siguiente:
El verdadero motivo de mi dimisión ha sido una adversidad, que todavía me resulta inexplicable. La única explicación que encuentro para ella es el querer de Dios, que lo ha permitido. Tal adversidad se remonta al año pasado. A mi entender, ha tenido origen en el deseo de cierto padre jesuíta de apoderarse del movimiento universitario católico, y en el temor de que nuestras asociaciones empobreciesen a otras instituciones suyas de este tipo. En todo momento he buscado abiertamente el acuerdo, y he mantenido siempre relaciones personales y oficiales corteses y correctas. Pero los padres jesuítas se hallan ahora en un momento de pánico y de preponderancia: de pánico, porque no se sienten rodeados de afectos espontáneos y, por tanto, se ven inclinados a sospechar que se trame algo contra ellos; de preponderancia, porque trabajan mucho y gozan de gran crédito en la curia romana.
Y por eso hubo quien me pintó ante el Emmo. cardenal Vicario como antíjesuita y, por tanto, como una persona cuya actitud había de ser vigilada continuamente... La insinuación bastó para privarme de la confianza del cardenal, quien hasta ese momento había mostrado hacia mí una cordialidad que llegaba casi a la parcialidad en su estima y benevolencia [...] No soy consciente de haber hecho nunca nada, absolutamente nada, que pudiera ofender de algún modo a los padres jesuítas. Nunca he disuadido a un solo joven de participar en sus obras; es más, he tratado de facilitar a nuestros jóvenes la asistencia a ellas. Nunca he tratado de hacer prevalecer las prerrogativas de la Acción Católica de un modo que afectase mínimamente a la autonomía de ellos, o discutiese la bondad de su educación (C. Cremona, Pablo VI, ob. til.).
Desde 1933, por tanto, dirigió todos sus esfuerzos al trabajo en la curia romana. La actividad desarrollada por Giovanni Battista Montini en la Secretaría de Estado nos resulta ya conocida, por las referencias que de ella se hizo en el pontificado de Pío XII (1939-1958). Por esta razón, se expone ahora su trayectoria de un modo ordenado y conciso a la vez, con el fin de evitar reiteraciones. Como se dijo, la dimisión del cargo que tenía en la FUCI, le dejó más tiempo para dedicarse a su trabajo en la Secretaría de Estado, desde el modesto cargo que allí tuvo hasta 1937, por más que las misiones desempeñadas en ocasiones fueran de gran trascendencia. Así, por ejemplo, en julio de 1933 durante el período de vacaciones, reemplazó como suplente al entonces monseñor Alfredo Ottaviani (1890-1979), que fue sustituto de la Secretaría de Estado desde 1929 hasta 1935. Como es sabido, en el gobierno de la Iglesia dicho cargo es el tercero en responsabilidad, después del papa y del secretario de Estado. Pero los pocos días que duró aquella suplencia fueron suficientes para comentar a su familia que en modo alguno le atraía el cargo de sustituto (G. B. Montini, Lettere ai familiari 1919-1943, Brescia, 1986).
Pues bien, el 13 de diciembre de 1937 monseñor Montini fue nombrado sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Eclesiásticos Ordinarios, cargo en el que sucedía a Domenico Tardini (1888-1961), que a su vez pasó a ocupar el puesto que Giuseppe Pizzardo dejó vacante de sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, al ser promovido a cardenal. Por lo tanto sirvió a la Iglesia desde ese puesto durante el último año del pontificado de Pío XI, mientras el entonces Eugenio Pacelli era secretario de Estado. Durante esos meses tuvo que acompañar al entonces cardenal Pacelli a Budapest, a donde éste acudió como legado pontificio del XXXIV Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en esta ciudad del 22 al 31 de julio de 1938. Durante estos meses estrechó sus relaciones con Tardini, puesto que los nuevos cometidos que a ambos se les encomendaron debían realizarse de un modo coordinado. Y, por razón de su cargo, estuvo presente en la agonía de Pío XI en la madrugada del 10 de febrero de 1939.
Al ser elevado al pontificado, Eugenio Pacelli (Pío XII) designó al cardenal Luigi Maglione (1879-1944) para cubrir la vacante que él mismo había dejado como titular de la Secretaría de Estado. Y, como ya sabemos, al fallecer Maglione el papa dejó sin cubrir ese puesto, asumió él mismo esas funciones y mantuvo a su lado como sus dos colaboradores más directos a Tardini y Montini, a quienes más tarde (29 noviembre 1952) promovió al cargo de prosecretarios de Estado.
Conocemos las misiones humanitarias que Pío XII encomendó a Giovanni Battista Montini durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que no hace falta volver sobre ellas. Al término del conflicto, la permanencia de monseñor Montini en las dependencias vaticanas se vio agitada por los diversos ataques de que fue objeto, procedentes en unas ocasiones de los antiguos fascistas, que nunca le perdonaron que interviniese ante el representante de Estados Unidos ante la Santa Sede, con el fin de evitar la entrada de Italia en la guerra. Otras veces, sin embargo, fue el blanco de ciertas intrigas clericales, de las que, si bien Pío XII no hizo ningún caso, no podía menos de afectarle anímicamente por las falsas acusaciones que sobre él se vertían.
Se le acusaba de ser filoizquierdista, lo que en aquellos años era tanto como decir amigo de los enemigos de la Iglesia, ya que en esos momentos los comunistas llevaban a cabo una persecución contra los católicos; y hasta de manera insidiosa algunos hicieron correr el rumor de que Giovanni Battista Montini defendía posiciones doctrinales heterodoxas, en materias litúrgicas y pastorales. Se trataba de individuos que por carecer de visión sobrenatural sólo entendían la Iglesia como una sociedad humana; eran clérigos o laicos que, por desnaturalizar su actividad en la Iglesia, se limitaban a hacer carrera y todo lo reducían a luchas por el poder. En definitiva, eran los mismos para los que el verbo «servir» sólo tenía conjugación reflexiva, y para las cuales cualquier medio era bueno si con él podían apartar a Montini de la Secretaría de Estado. Y aparentemente —pero sólo aparentemente— los hechos parecían darles la razón, pues el 1 de noviembre de 1954 fue nombrado arzobispo de Milán y por lo tanto alejado del Vaticano. La noticia se hizo pública tres días después en L’Osservatore Romano, precisamente en la fiesta de san Carlos Borromeo (1538-1584), que junto con san Ambrosio (334-397) son los patronos de Milán.
Por encontrarse enfermo Pío XII no pudo consagrarle obispo, como hubiera sido su deseo, y el papa tuvo que limitarse a enviarle un mensaje por radio durante la ceremonia. Giovanni Battista recibió la consagración episcopal (12 diciembre 1954) de manos del cardenal decano, Eugenio Tisserant (1884-1972), en la basílica de San Pedro del Vaticano. Tres semanas después abandonó Roma para tomar posesión de su sede. El día 6 de enero hizo su entrada oficial en Milán en un coche descubierto acompañado del alcalde de la ciudad, el socialista Virgilio Ferrari. En su primera homilía pronunciada en la catedral de Milán, tras reconocer con humildad que no tenía otro título para presentarse ante ellos que el haber sido enviado por la Iglesia, a continuación manifestó también con claridad y energía los rasgos que hacían grande su misión, con expresión muy conocida desde que la pronunció: «¡Soy apóstol y soy obispo! ¡Pastor, padre, maestro y ministro del Evangelio! No es otro mi cometido entre vosotros.»
Una de las primeras personas que conoció en Milán fue al sacerdote Pasquale Macchi, a quien la diócesis había designado como secretario privado del nuevo arzobispo. Macchi permaneció a su lado sirviéndole con exquisita fidelidad hasta su muerte. Como veremos, a Pasquale Macchi le debemos el testimonio de cómo fueron los últimos momentos de Pablo VI en esta tierra.
Al mes de haber tomado posesión, publicó su primera carta pastoral Omnia nobis Christus est Cristo es todo para nosotros), de gran calado cristológico, que se convertiría en una de las constantes de la predicación del nuevo prelado. Junto a este aspecto capital de su catequesis, el segundo motivo en importancia de su predicación fue la Virgen María, a quien se refería como la encarnación de la Belleza; y conviene recordar que fue él mismo, siendo papa, quien al término de la tercera sesión del Concilio Vaticano II proclamó a la Virgen María Madre de la Iglesia.
La diócesis de grandes dimensiones que se confiaba a monseñor Montini tenía 822 parroquias, y sólo en el primer año las visitó casi todas, exactamente 700, lo que le permitió de inmediato conocer con precisión la realidad que debía gobernar. Fue así cómo concibió la idea de celebrar en Milán una misión, en cuya minuciosa preparación empleó dos años (La Missione di Milano, Arci-vescovado di Milano, 1957). La célebre misión de Milán tuvo lugar entre los días 5 al 24 de noviembre de 1957, en la que intervinieron 500 clérigos entre sacerdotes y obispos.
Una misión de nuevo cuño —afirma un autor— encaminada a reconciliar la cultura moderna con la tradición religiosa que, pese al secularismo moderno, impregnaba la vida de la ciudad. Le dio el calificativo de «urbana», en vez de «popular», que tradicionalmente se le aplicaba, e insistió en la moderación y sobriedad de los actos, que sin solemnidades ruidosas, deberían llegar al seno de cada casa, como si se tratara de una celebración familiar. La misma sencillez deberían mantener los sermones, cuyo tema fundamental sería la paternidad de Dios, clave en la espiritualidad de Montini; y el tono, lejos de ser apocalíptico, todavía en boga en aquel tiempo, debía ser el de la exhortación didáctica y convincente: «que nadie se sienta ofendido, ironizado, atacado por la predicación, sino todos invitados, amonestados, como llamados y esperados» (J. L. González Novalín, «Juan Bautista Montini. Una vida para el papado», Anuario de Historia de la Iglesia, VI, Pamplona, 1997).
Además de la catequesis y de la predicación, propias de toda misión, se promovieron distintas iniciativas benéficas con el fin de integrar en la sociedad a los grupos marginados, como el de los expresidiarios y el de los inmigrantes. Y para conmemorar aquellas jornadas pastorales se construyó un templo dedicado al santo cura de Ars (1786-1859). Es esta última una de las facetas a destacar de monseñor Montini durante su permanencia en la sede de Milán, pues durante esos años consagró 72 iglesias, y cuando fue elegido papa otras 19 se encontraban en construcción.
Como ya se dijo, Juan XXIII (1958-1963) le puso a la cabeza de la lista de los purpurados a los que designó cardenales, en el primero de sus consistorios (17 noviembre 1958). Conviene recordar que Juan XXIII había sido elegido papa tan sólo unos días antes, y precisamente en el mismo día de su coronación, fiesta de san Carlos Borromeo, el propio papa quiso tener el gesto de adelantarle por escrito su nombramiento:
Excelencia queridísima, estoy a punto de bajar a San Pedro para la gran ceremonia. Pienso en san Carlos, en su sucesor y en todos los milaneses juntos, clero y pueblo. En seguida anunciaré el consistorio, en el que figurarán los nombres de monseñor Montini y monseñor Tardini. Pero esto sucederá en el plazo de una semana; mientras tanto quedará en absoluto secreto.
Conocemos su reacción ante el comunicado de Juan XXIII; fue ésta:
Saber que el papa, en el día de su coronación, en la fiesta de san Carlos, antes de la gran ceremonia, se acuerda del que suscribe humildemente y se digna revelarle secretos, con una simplicidad que enriquece enormemente el valor del documento, es algo que deja sin aliento e impide encontrar una adecuada expresión de gratitud (G. Colombo, Ricordando Giovanni Battista Montini arcivescovo e papa, Roma, 1989).
El cónclave para elegir al sucesor de Juan XXIII dio comienzo en la tarde del 19 de junio de 1963. Dos días después, a la quinta votación, fue elegido papa y adoptó el nombre de Pablo VI, por su devoción al Apóstol de las Gentes. La coronación tuvo lugar nueve días después, coincidiendo precisamente con la festividad de san Pablo. Por primera vez esta ceremonia se celebró en la plaza de San Pedro, y fue también la última vez que se pudo ver a un papa con tiara. Este ornamento, que se venía utilizando desde el siglo xiii, se lo habían regalado sus fieles milaneses. Tras la solemne ceremonia, Pablo VI no volvió a utilizarla y fue subastada con el fin de recaudar fondos para los pobres.
El pontificado de Pablo VI. Pablo VI, sin duda, pasará a la historia por haber continuado y concluido el Concilio Vaticano II, que su predecesor Juan XXIII había convocado. Así pues, es obligado relacionar dicho acontecimiento con su pontificado. En consecuencia, me remito al apartado específico de este libro, donde se estudian todos los concilios ecumémicos. Las páginas siguientes, por tanto, sólo se ocuparán del resto de los hechos más destacados del pontificado de Pablo VI. Pues, a pesar de la trascendencia del Concilio Vaticano II, también se debe prestar atención a las otras realizaciones de Pablo VI, si se quiere tener una imagen completa y ajustada del paso de Pablo VI por la cátedra de san Pedro.
En principio, Pablo VI mantuvo al frente de la Secretaría de Estado al cardenal Amleto Cicognani (1883-1973). Sin embargo, pronto vendrían las reformas para dar cauce a las disposiciones de los decretos conciliares. En este sentido, se instituyó el Sínodo de los Obispos (15 septiembre 1965) con el fin de que los obispos colaboraran con mayor efectividad en el gobierno central de la Iglesia. Igualmente se reforzó el papel de las Conferencias episcopales, que ya habían sido establecidas en algunos países en el siglo anterior. También mediante el motu proprio, Integrae servandae (7 diciembre 1965), se suprimió el índice de libros prohibidos y se reformó profundamente la Congregación del Santo Oficio, que pasó a denominarse Congregación para la Doctrina de la Fe. El cardenal Ottaviani, que hasta entonces había sido la máxima autoridad del Santo Oficio, fue nombrado prefecto emérito de la nueva congregación.
Todas estas innovaciones parciales eran el preludio de una renovación de mayor amplitud. La constitución apostólica Regimini Ecclesiae universalis (15 agosto 1967) reformó las instituciones del gobierno central de la Iglesia, que se conocen con el nombre de curia romana, cuya organización se regía hasta entonces por la normativa dictada por san Pío X (1903-1914) en 1908. Como es sabido, las disposiciones de Pablo VI respecto a la curia han sido sustituidas por las de la constitución Pastor bonus (28 junio 1988) de Juan Pablo II.
Pablo VI atribuyó a la Secretaría de Estado una función coordinadora de la curia, en la que se concedía un papel importante a la figura del sustituto, cargo para el que fue designado desde 1967 Giovanni Benelli (1921-1982). Se suprimieron varios dicasterios y se crearon otros nuevos. Así, entre los nuevos organismos, cabe mencionar el Pontificio Consejo para los Laicos y la Comisión Iustitia et Pax. Con el fin de internacionalizar las Congregaciones, se limitó el nombramiento de sus miembros a cinco años y se autorizó a que pudieran serlo los obispos diocesanos. E igualmente se impuso el límite de los 75 años a los obispos y a otras dignidades, para presentar su renuncia como titulares de sus cargos eclesiásticos.
Así pues, por sobrepasar el límite de edad, el cardenal Cicognani presentó su dimisión en 1969, se le nombró secretario de Estado emérito y pasó a ocupar ese puesto el cardenal Jean Villot (1905-1979). Los asuntos públicos de la Iglesia, así como las relaciones de la Santa Sede con el resto de los Estados, se encomendaron al cardenal Agostino Casaroli (1914-1998). El hecho de que la Secretaría de Estado la ocupara un cardenal que no era italiano, era todo un síntoma del deseo de internacionalizar la curia. La universalidad de la Iglesia quedó igualmente reflejada en la evolución que sufrió la composición del colegio cardenalicio. En efecto, en 1963 dicha institución se componía de tres tercios de iguales proporciones de cardenales italianos (29 miembros), europeos no italiano (28 miembros) y no europeos (28 miembros). Estas proporciones habían cambiado significativamente en 1978, pues los cardenales italianos eran 33, los europeos no italianos también eran 33 y los no europeos alcanzaban la cifra de 66 cardenales (Yves-Marie Hilaire, Histoire de la papaute, París, 1996).
Durante el pontificado de Pablo VI se celebraron cuatro sínodos ordinarios y uno extraordinario. El Sínodo de los Obispos emanaba del Concilio Vaticano II, para ayudar con sus iniciativas e informes al papa en su misión de pastor supremo de la Iglesia, era convocado por él y cuando lo considerase oportuno el romano pontífice podía pronunciarse con voto deliberativo; en consecuencia, en modo alguno limitaba la autoridad del papa. En el primer sínodo ordinario (28 octubre 1967) sus 169 participantes estudiaron la revisión del Código de derecho canónico, la reforma litúrgica y los problemas de los matrimonios mixtos. El sínodo extraordinario (27 octubre 1969) se ocupó de las relaciones entre la Santa Sede y las Conferencias episcopales. El ministerio sacerdotal y la justicia en el mundo fueron los puntos sobre los que se centró el tercer sínodo ordinario (30 septiembre 1971). Y el cuarto de los sínodos ordinarios (27 septiembre 1974) se dedicó a la evangelización del mundo contemporáneo. Por fin, el sínodo de 1977 se centró sobre la catcquesis y la importancia de la enseñanza religiosa.
El ecumenismo fue otro de los rasgos característicos del pontificado de Pablo VI. No se le ocultaban a Pablo VI los problemas de este empeño, y en alguno de sus documentos llegó a manifestar la dificultad que comportaba para el progreso del ecumenismo «su primado de honor y jurisdicción». Sin embargo, el reconocimiento de los problemas y las dificultades para encontrarles solución, no podía conducir a recortar o a cambiar la doctrina de Jesucristo. Por esta razón, en una de sus intervenciones (10 junio 1969) ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias, durante su viaje a Ginebra, comenzó su discurso con las siguientes palabras: «Mi nombre es Pedro», para exponer a continuación que el ministerio de comunión lo había heredado igualmente de Pedro.
No obstante, la firmeza en la doctrina de Pablo VI no fue incompatible con la multiplicidad de gestos de acercamiento con distintas personalidades. éste fue el caso de los encuentros que sostuvo con el obispo anglicano Michael Ramsey en 1966 o con el patriarca de los armenios Khoren I, al año siguiente. Pero la imagen que ha quedado para la historia, como su principal gesto ecuménico, se produjo en los primeros días de enero de 1964, durante su viaje a Tierra Santa. Allí, concretamente en el Monte de los Olivos, se fundió en un fraternal abrazo con el patriarca de Constantinopla, Atenágoras I (1886-1972). En 1968, Atenágoras le visitó en Roma. Una de las consecuencias de estos encuentros fue la suspensión de la excomunión, que pesaba sobre ambos cargos desde el cisma de Oriente.
Como el Apóstol de las Gentes, cuyo nombre había adoptado para gobernar la Iglesia como sucesor de san Pedro, quiso romper el aislamiento geográfico en el que permanecían sus predecesores desde 1870, tras la pérdida de los Estados pontificios. Ya vimos cómo Juan XXIII había realizado los primeros viajes por Italia, lo que no sucedía desde el pontificado de Pío IX (1846-1878). Por su parte, Pablo VI recorrió distintos países del mundo en sus nueve viajes, realizados entre 1964 y 1970. A partir de ese año, por motivos de salud, no realizó ninguno más. Si bien es cierto que, en comparación con lo que viene sucediendo durante el pontificado de Juan Pablo II, esos nueve viajes son bien poca cosa, las salidas del Vaticano de Pablo VI hay que juzgarlas en relación con las circunstancias del momento en que se produjeron. Y en ese contexto hay que afirmar que las iniciativas viajeras de Pablo VI fueron una auténtica novedad en la década de los sesenta. Todas sus salidas del Vaticano estuvieron rodeadas de una enorme expectación y se convirtieron en el centro de la información de los medios de comunicación en todo el mundo.
Si a todas las circunstancias anteriores se añade que ninguno de los sucesores de san Pedro había vuelto a pisar la tierra de Jesucristo, se comprenderá lo que pudo suponer el anuncio de su viaje a Tierra Santa, a los pocos días de ser elegido papa. Como ya se dijo, el viaje tuvo lugar los primeros días del año 1964. Por entonces, hacía pocos meses que se había comenzado a propalar la calumnia sobre la actuación de Pío XII respecto a los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Y conviene recordar que en los años de guerra, el entonces Giovanni Montini era el más directo colaborador de Pío XII en las iniciativas humanitarias de la Santa Sede.
Pues bien, durante el viaje de Pablo VI a Tierra Santa, los periódicos judíos se hicieron amplio eco de esa calumnia, lo que creó una situación diplomática sumamente delicada. Aquel momento era el menos adecuado para abordar un tema de alta temperatura emocional y bien conscientes de ello fueron los difusores de la calumnia. Pero, por otra parte, el silencio de Pablo VI se tomaría como certificado de verdad de lo que decían los calumniadores de Pío XII, por cuanto Pablo VI había sido un directo colaborador suyo y conocía lo sucedido directamente. Por todas estas razones, cabe la sospecha de si la calumnia lanzada contra Pío XII estaba dirigida contra el papa de la Segunda Guerra mundial, o si por el contrario la infamia tenía un efecto retardado y a quien realmente trataba de destruir era a Pablo VI.
Conjeturas a un lado, los hechos probados es que aunque en los discursos oficiales no había nada escrito al respecto, Pablo VI en el texto ya entregado que iba a ser leído en su despedida de Jerusalén, añadió las siguientes palabras:
Nuestro gran predecesor, Pío XII, afirmó con energía en repetidas ocasiones durante el último conflicto que la Iglesia ama a todos los pueblos. Y todo el mundo sabe lo que él hizo en defensa y auxilio de cuantos se hallaban en apuros, sin distinciones de ningún género. A pesar de lo cual, como sabéis, hay quien se ha propuesto arrojar sospechas e incluso acusaciones contra la memoria de aquel gran pontífice. Nos da mucha alegría tener ocasión de afirmarlo en este día y en este lugar: no existe nada más injusto que ese ataque a una memoria tan venerable Insegnamenti di Paolo VI, 16 vols., Cittá del Vaticano, 1963-1978, t. II).
Pablo VI hizo su segundo viaje (2-5 diciembre 1964) a la India, donde quiso llevar un mensaje de paz y denunciar las situaciones injustas que padecía el Tercer Mundo. En Bombay presidió los actos del XXXVIII Congreso Eucarístico Internacional. En este viaje regaló a la madre Teresa de Calcuta (1910-1997) el coche descapotable que había utilizado en sus desplazamientos, para que con el producto de su venta pudiera ayudar a sus pobres.
El 4 de octubre de 1965 viajó a Nueva York, donde visitó la ONU con motivo de su vigésimo aniversario. Tras ser recibido por su secretario general, U Thant (1909-1974), Amintore Fanfani (1908), como presidente de turno de la Asamblea, le cedió la palabra. Como hiciera san Pablo al dirigirse a los atenienses, Pablo VI habló del Dios desconocido a los representantes de todos los Estados en aquella institución plural:
El edificio de la moderna civilización —dijo el papa— debe construirse sobre principios espirituales, capaces no sólo de sostenerlo sino de iluminarlo y animarlo. Y para que esos indispensables principios de superior sabiduría sean tales, deben fundarse en la fe en Dios ¿El Dios desconocido? ¿El Dios desconocido sobre el que hablaba san Pablo a los atenienses; desconocido para ellos que, sin darse cuenta, lo buscaban y lo tenían cerca, como sucede a tantos hombres en nuestro tiempo? Para nosotros y para cuantos acogen la Revelación inefable que Cristo nos ha hecho de él, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres.
Al día siguiente la prensa de todo el mundo reprodujo una de sus frases, que había pronunciado en francés, y que resumía su mensaje de paz: «¡Nunca más los unos contra los otros, nunca, nunca jamás!»
Los dos viajes de 1967 —Fátima (13 mayo) y Turquía (22-26 julio)— tuvieron una clara motivación mariana y ecuménica. En los actos celebrados en Fátima con motivo del cincuentenario de las apariciones, estuvo presente sor Lucia. En Estambul, Pablo VI volvió a reunirse con el patriarca Atenagoras I. En agosto de 1968 viajó a Bogotá y Medellín, para asistir al XXXIX Congreso Eucarístico Internacional. En junio de 1969 viajó a Ginebra, donde pronunció la frase que antes hemos comentado, ante el Consejo ecuménico de las Iglesias; también en Ginebra tuvo una destacada intervención en la sede de la Organización Internacional del Trabajo, que ese año celebraba su cincuenta aniversario. El 31 de julio de 1969 se trasladó a Uganda, para inaugurar el santuario en honor de los 22 jóvenes que habían sido martirizados en la colina de Namugongo por el rey Mwanga en 1886, y a los que el mismo Pablo VI había canonizado en 1964. Y el último y más largo de sus viajes lo hizo por Extremo Oriente; permaneció fuera del Vaticano del 26 de noviembre al 5 de diciembre de 1970, visitando en las distintas escalas Dacca, Manila (donde como después se supo sufrió un atentado producido por arma blanca, que le causó una herida de poca importancia), las islas Samoa, Sydney, Yakarta y Hong Kong. Además de estos nueve viajes, salió del Vaticano para acudir a distintos actos en numerosas ciudades italianas como Orvieto, Montecasino, Pisa, Monte Fulmone, Florencia, Cagliari, Tarento, Anagni, Pomezia, Subiaco y algunas otras más.
El día de Navidad de 1974, Pablo VI celebró la ceremonia de apertura de la Puerta Santa, para inaugurar de este modo el Año Santo de 1975. La convocatoria para ese acontecimiento la hizo mediante la bula Apostolorum Limina, invitando a los fieles a un tiempo de santificación, de reconciliación y meditación de las enseñanzas del concilio. Procedentes de todos los países del mundo acudieron a Roma más de diez millones de peregrinos.
A Pablo VI se debe la iniciativa de hacer el Via Crucis cada Viernes Santo en el Coliseo de Roma, con la intención de resaltar la continuidad entre los cristianos del siglo xx y los mártires de la primitiva cristiandad, que dieron testimonio de su fe con la entrega de sus vidas de un modo cruento. Y fue también Pablo VI quien instituyó la Jornada Mundial de la Paz, que debía celebrarse el primer día de cada año, bajo un lema concreto sobre el que los creyentes debían meditar y rezar, a la vez que se invitaba a los no creyentes a reflexionar y a unirse a las distintas celebraciones que se desarrollan en toda la Iglesia durante esa jornada.
Por último, cabe señalar en este apartado que además de las beatificaciones y canonizaciones que celebró, Pablo VI proclamó como doctoras de la Iglesia a las dos primeras mujeres: santa Catalina de Siena (1347-1380) y santa Teresa de Jesús (15154582).
El magisterio de Pablo VI. Como en otros tiempos, también durante el pontificado de Pablo VI se produjeron graves ataques contra la fe y la moral. Al cabo de dos mil años de historia, desde luego que las herejías no eran ninguna novedad. Desgraciadamente, con mayor o menor virulencia siempre han sido una constante en los últimos veinte siglos. Sin embargo, las desviaciones doctrinales de los años que nos ocupan tienen unas características propias que permiten distinguirlas de las de otros períodos. En primer lugar, llaman la atención por su número y por su diversidad, de manera que se puede afirmar que no hubo aspecto del dogma y de la moral que no fuera rebatido. Por otra parte, los ataques doctrinales del pasado tenían una localización externa, porque o bien procedían de personas que no eran católicas en unos casos, o bien en otros si los promotores eran católicos acababan abandonando la Iglesia; sin embargo, durante el pontificado de Pablo VI, de acuerdo con la táctica del modernismo, el daño y la confusión fue mayor porque no pocos de los que se enfrentaron radicalmente a la doctrina de la Iglesia, permanecieron a la vez dentro de ella. Alguna relación con este calamitoso estado de cosas debe tener la conocida frase de Pablo VI de que el «humo del infierno había penetrado dentro de la Iglesia».
Como algún autor ha afirmado, la defensa del depósito de la fe fue, por tanto, la cruz y la gloria de Pablo VI, cuyo magisterio se nos presenta con una gran riqueza y profundidad. Sus enseñanzas fueron transmitidas por medio de numerosos documentos y discursos, que llegaron incluso a ser rechazados formalmente en algunos ambientes católicos. Por esta razón, para que al menos la encíclicas —documentos relevantes del magisterio pontificio— no pudieran ser utilizadas como mecanismos de provocación por considerar algunos clérigos que sus contenidos eran materia opinable y discutible, después de publicar la Humanae vitae (25 julio 1968), no volvió a publicar ninguna encíclica más. Por prudencia, decidió a partir de entonces exponer la doctrina en otro tipo de documentos menos solemnes, aunque por la importancia de sus contenidos han contribuido a enriquecer el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por el abultado número de documentos magisteriales de Pablo VI, nos tenemos que limitar a continuación sólo a una brevísima descripción de los más importantes, agrupándolos en los siguientes apartados temáticos: dogma, sacerdocio, moral, sagrada liturgia, espiritualidad, evangelización, familia y sociedad civil.
En el apartado del dogma, hay que empezar por referirse a las enseñanzas contenidas en la primera encíclica, Ecclesiam suam (6 agosto 1964), que el mismo Pablo VI resumió en la audiencia celebrada el día antes de su publicación con las siguientes palabras:
Los caminos que indicamos son tres: el primero es espiritual; se refiere a la conciencia que la Iglesia debe tener y fomentar de sí misma. El segundo es moral; se refiere a la renovación ascética, práctica, canónica, que la Iglesia necesita para conformarse a la conciencia mencionada, para ser pura, santa, fuerte, auténtica. Y el tercer camino es apostólico; lo hemos designado con términos hoy en boga: el diálogo; es decir, se refiere este camino al modo, al arte, al estilo que la Iglesia debe infundir en su actividad ministerial en el con cierto disonante, voluble y complejo del mundo contemporáneo (F. Guerrero, El magisterio pontificio contemporáneo, t. I, Madrid, 1996).
También en relación con las cuestiones dogmáticas hay que referirse a otros dos documentos más de Pablo VI. En primer lugar, la encíclica Mysterium fidei (3 septiembre 1965) sobre la doctrina y el culto de la sagrada eucaristía, donde se expone el carácter sacrificial de la misa y se reafirma la doctrina de la tran-substanciación. En segundo lugar, El Credo del Pueblo de Dios (30 junio 1968), que es una exposición de la fe de la Iglesia universal, de acuerdo con la estructura que ya empleara el Concilio de Nicea I (325) respecto al símbolo de los apóstoles.
En cuanto al sacerdocio, la encíclica Sacerdotalis caelibatus (24 junio 1967) confirmaba la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la ley del celibato sacerdotal en la Iglesia latina. Pablo VI salía así al paso de una campaña contra el celibato, organizada en ciertos sectores clericales de Holanda, que se negaban a aceptar las enseñanzas conciliares. En los años posteriores a la publicación de la encíclica, todavía fue necesario insistir sobre este punto por medio de alocuciones y cartas, para hacer frente a los ataques de quienes se oponían abiertamente al magisterio pontificio. Por otro lado, hay que citar también la declaración ínter insigniores (15 octubre 1976) sobre el sacerdocio ministerial, en la que se exponen los argumentos por los que en la Iglesia católica las mujeres no pueden recibir el orden sacerdotal.
En el apartado de moral hay que mencionar, entre otros, tres documentos fundamentales del pontificado de Pablo VI. La constitución apostólica Paenitemini (17 febrero 1966), donde se expone la doctrina sobre la mortificación cristiana y se dan las normas —vigentes en la actualidad— sobre el ayuno y la abstinencia. De aborto procurato (18 noviembre 1974), que es la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la práctica del aborto. Este documento fue publicado cuando en algunos Estados europeos se preparaban las distintas iniciativas legales que atentaban contra el derecho a la vida (Federico Trillo-Figueroa Martínez Conde, «La legalización del aborto en el Derecho comparado», en AA. VV., En defensa de la vida, Madrid, 1983). El tercero de los documentos, Persona humana (29 diciembre 1975), como el anterior, es también una declaración de la misma congregación sobre la moral en cuestiones sexuales; en dicho documento, entre otras enseñanzas, se condena la doctrina de la opción fundamental, según la cual no sería pecado grave una infidelidad conyugal, ni tan siquiera unas cuantas infidelidades conyugales, pues el cambio de pareja de manera aislada —sostienen los defensores de la opción fundamental— no tiene ninguna importancia, si a la vez y de un modo intelectual se respeta y mantiene la opción fundamental respecto a la otra parte del matrimonio.
Entre los documentos referidos a la sagrada liturgia, hay que destacar la exhortación apostólica Marialis cultus (2 febrero 1974). La primera parte de este documento está dedicada al culto a la Virgen en la liturgia; la segunda parte trata sobre la renovación de la piedad mariana, y la tercera contiene una serie de indicaciones sobre los ejercicios de piedad mariana. En sus páginas finales, el documento se ocupa extensamente del Ángelus y sobre todo del rosario, de la que se dice que es «una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar».
En cuanto a la espiritualidad, el documento más representativo es la exhortación apostólica Gaudete in Domino (9 mayo 1975), sobre la alegría cristiana. Tras exponer con profundidad teológica la esencia de la alegría cristiana como «participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del ánimo de Jesucristo glorificado», el papa hace un repaso histórico por orden de importancia de los maestros de la alegría. Comenzando por la Virgen, a quien el papa presenta no sólo como ejemplo sino también como «causa de nuestra alegría», siguiendo por los mártires, los santos de la Edad Media y los de los tiempos modernos, Pablo VI acaba citando a san Maximiliano Kolbe (1894-1941), mártir en un campo nazi de concentración, precisamente porque como dice el documento pontificio, la más pura alegría se encuentra precisamente allí donde con más fidelidad es abrazada la cruz de Jesucristo.
La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), sobre la evangelización en el mundo contemporáneo, es uno de los documentos posconciliares más citados. Este escrito de hondo calado teológico expone el concepto y el contenido de la evangelización, así como los medios, los destinatarios, los agentes y el espíritu de la evangelización.
El documento del magisterio de Pablo VI sobre la familia más importante es la encíclica Humanae vitae, sobre la regulación de natalidad. Juan XXIII había creado en 1963 una comisión consultiva de expertos en moral, biología, medicina y sociología para que estudiasen esta cuestión. Por su parte, Pablo VI amplió dicha comisión que prosiguió sus debates de un modo errático y acabó presentando una serie de conclusiones en 1966 que sembraron una auténtica confusión doctrinal, lo que condujo a pensar en algunos ambientes que la Iglesia podía cambiar las normas de moralidad en esta materia. En estas circunstancias, por tanto, faltaba que el papa pronunciase la última palabra. Del estado de ánimo del romano pontífice pueden dar una idea las siguientes palabras que pronunció en una audiencia, pocos días antes de publicar la Humanae vitae:
Nunca como en este momento —manifestó Pablo VI— habíamos sentido el peso de nuestro cargo. Hemos estudiado, leído y discutido todo lo posible; y también hemos rezado mucho... ¡Cuántas veces hemos tenido la impresión de quedar desbordados por tal cúmulo de argumentaciones! ¡Cuántas veces hemos temblado ante el dilema existente entre una fácil condescendencia con la opiniones corrientes y una sentencia que pudiera parecer intolerable a la sociedad actual, o que pudiera ser arbitrariamente gravosa para la vida conyugal! (Insegnamenti di Paolo VI..., ob. cit., t. VII).
El papa reafirmó la doctrina tradicional en la encíclica, y, tras exponer los principios doctrinales de la ley natural y evangélica establecidos por Dios, que la Iglesia no puede variar por cuanto sólo es su depositaría e intérprete, declaró como inmoral el uso de los contraceptivos. Era sabido que en ésta como en otras materias, quienes desde hacía tiempo se habían enfrentado al magisterio pontificio no iban a acatar las enseñanzas pontificias de la Humanae vitae. Sin embargo, en este caso, para atacar los principios morales de la Humanae vitae se utilizó más que la táctica del rechazo frontal, la táctica de sembrar una enorme confusión. Fue así cómo algunos se erigieron en difusores de una interpretación manipulada de la Humanae vitae, haciéndole decir por su boca a Pablo VI lo contrario de lo que dice la encíclica. En este sentido, es muy significativa la opinión extendida en ciertos ámbitos de que es lícito el uso de los contraceptivos como derivación de la «paternidad responsable», de la que, en efecto, habla Pablo VI pero en sentido bien diferente. Bien es cierto que a poco que se preste atención a los argumentos de los voceros de la manipulación, se percibe que sus propuestas van dirigidas realmente a la promoción de una paternidad «confortable», en consonancia con la sociedad hedonista de los últimos años. Por lo demás, la recta interpretación de la paternidad responsable en orden a buscar la santidad en el matrimonio ha sido objeto de importantes estudios (J. L. Soria, La paternidad responsable, Madrid, 1971) y artículos que salieron al paso de esa perversa manipulación muy desde el principio (C. Wojtyla, «La veritá dell’enciclica Humanae vitae di Paolo VI», L’Osservatore Romano, 5 enero 1969).
Junto con la anterior, otra gran encíclica de Pablo VI es la Populorum progressio (26 marzo 1967), que proyecta la doctrina sobre el orden social, con el fin de promover el desarrollo de los pueblos. La encíclica comienza con un análisis de la situación económica mundial, para proponer a continuación un «desarrollo solidario de la humanidad», dificultado en buena parte por las barreras que levantan los nacionalismos y el racismo. Con palabras exigentes, el papa manifiesta en más de un pasaje la realidad de la injusticia y hace un llamamiento a la conversión del corazón, como condición indispensable para llevar a cabo una acción solidaria. Por ser uno de los documentos sociales más importantes de la edad contemporánea, la resonancia del eco que se produjo con su publicación sigue oyéndose todavía hoy, después de treinta años, y se mantiene como una de las guías fundamentales con la que la Iglesia ha querido orientar la actuación de los cristianos en el orden social. Por otra parte, la carta apostólica Octogésima adveniens (14 mayo 1971), publicada con ocasión del ochenta aniversario de la Rerum Novarum, además de insistir en los aspectos principales de la doctrina social que habían sido desarrollados en la encíclica anterior, se ocupa también de otros que no habían sido tratados o simplemente enunciados en la Populorum progressio, como el medio ambiente, las problemas de la urbanización, el paro —y de manera concreta el desempleo juvenil—, los medios de comunicación social, la emigración y las discriminaciones.
Realmente, frente a los gravísimos ataques contra la doctrina, el magisterio de Pablo VI se eleva con autoridad y trasciende su pontificado. Por ello, le asistía toda la razón cuando en la homilía del decimoquinto aniversario (29 junio 1978) de su coronación dijo las siguientes palabras, que por pronunciarlas semanas antes de fallecer tienen un carácter testamentario:
Nos, al echar una mirada de conjunto sobre todo el período en que el Señor nos ha confiado su Iglesia, aunque nos vemos como el último e indigno sucesor de Pedro, nos sentimos confortados y sostenidos, en este umbral, por la conciencia de haber repetido incansablemente ante la Iglesia y el mundo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» También Nos, como Pablo, nos sentimos capaces de decir: «He luchado en el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe» (Insegnamenti di Paolo VI..., ob. cit., t. XVI).
Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. En la vigilia de Pentecostés del Año del Espíritu Santo (30 mayo 1998), Juan Pablo II se reunió en la plaza de San Pedro con más de doscientas mil personas, pertenecientes a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades. Fue un acontecimiento espléndido, que durante esa celebración sacó a la luz algunos de los «recursos» —como el mismo papa ha dicho— con que el Espíritu Santo alimenta el tejido eclesial.
Los movimientos aprobados y reconocidos por el Pontificio Consejo para los laicos, en mayo de 1998, eran los siguientes: Adsis, Associazione papa Giovanni XXIII, Asociación de Cooperadores Salesianos, The Catholic Fraternity, Camino Neocatccumenal, Centro Internacional Milicia de la Immaculada, City of the Lord, Covenant Community, The Christian Community of God’s Delight, Comunidad de El Arca, Comunidad El Emmanuel, Communauté des Beatitudes, Communauté du Chemin Neuf, Communauté du Pain de Vie, Communauté du Verbe de Vie, Communauté «Réjouis toi», Communion de communauté Béthanie, Comunidade Católica Shalom, Comunión y Liberación, Comunidad de San Egidio, Comunidad Vida Cristiana, Comunitá Gesu Risorto, Comunitá Maria, Comunitá Missionaria di Cristo Risorto, Couples for Chríst, Cursillos de Cristiandad, El Shaddai, Equipes Notre-Dame, Equipes Notre-Dame Jeunes, FASTA (Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino), Fe y Luz, Foyers de Charité, ICCRS (International Catholic Charismatic Renewal Services), ICPE (International Catholic Programme of Evangelisation), Katholische Integrierte Gemeinde, Kolpingwerk, Jeunesse-Lumiére, La Dieci-Associazione Laicale, Legión de María, Luz y Vida, Movimiento comtemplativo misionero «P. de Foucauld», Movimiento de los Focolares, Movimento di Spiritualitá «Vivere In», Movimiento Nazareth, Movimiento Oasis, Movimento Pro Sanctitate, Movimento Teresiano dell’Apostolato, Movimento de Seglares Claretianos, Movimiento de Vida Cristiana, Opera di Schonstatt, Ordine Francescano Secolare, Regnum Christi, Rinnovamento nello Spirito Santo, «Seguimi» Gruppo Laicale, Talleres de Oración y Vida, Worldwide Marriage Encounter y Werkgroep Katholieke Jongeren.
Todos estos movimientos que existen en la Iglesia son muy diversos entre sí, pero en ese variado conjunto se pueden distinguir dos rasgos comunes. El primero es su enorme vitalidad y empuje para acercar a tanta gente a Dios. El segundo es que la mayoría de los movimientos o bien nacen como fruto del Concilio Vaticano II, o, si son anteriores, experimentan un notable empuje en estos años. Todo ello pone de relieve lo que ha significado el desarrollo de la teología bÿÿ
Personalidad y carrera eclesiástica. Giovanni Battista Montini nació (26 noviembre 1897) en la casa de campo que su familia tenía en Concesio, un pequeño núcleo agrícola a ocho kilómetros de Brescia, ciudad donde habitualmente residían los Montini. El matrimonio formado por Giorgio Montini y Giuditta Alghisi, tuvo otros dos hijos más: Lodovico, el primogénito, y Francesco, el más pequeño de los tres hermanos. Y junto con el matrimonio y los tres hijos, la abuela paterna de Pablo VI, Francesca Buffali, y su hija soltera, la tía Maria, completaban el grupo de una verdadera familia patriarcal.
Giorgio Montini, era un conocido abogado, dirigente de la organización católica de Brescia y director del periódico // Cittadino di Brescia desde 1881. En las elecciones administrativas de 1914 fue elegido concejal en Brescia y cinco años después consiguió el escaño de diputado, como militante del Partido Popular de Luigi Sturzo (1871-1959). Durante la etapa fascista, el padre de Giovanni Battista fue víctima de la persecución política. En 1925 el periódico que dirigía fue secuestrado diez veces y en ese mismo año, también, sus instalaciones fueron asaltadas y toda su imprenta quedó inservible. Declarado ilegal el Partido Popular, Giorgio Montini se vio obligado a abandonar el Parlamento y se integró en el grupo de los diputados aventinianos, que trataron de organizar una oposición política, fuera de las instituciones del Estado fascista. Por los testimonios y cartas del propio Pablo VI, conocemos la influencia que el ejemplo de su padre ejerció en la formación de su personalidad. A Jean Guitton (1901) le manifestó lo siguiente:
Debo a mi padre ejemplos de coraje, la obligación de no rendirse débilmente al mal, la promesa de no preferir nunca la vida a lo que da sentido a la vida. Su enseñanza puede resumirse en una palabra: ser un testigo. Mi padre no tenía temores (J. Guitton, Dlaloghi con Paolo VI, Milán, 1986).
Giuditta, su madre, pertenecía a una distinguida y rica familia de Brescia. Huérfana de padre y madre desde los cuatro años, fue educada en el colegio de las monjas Marcelianas de Milán, que daba acogida a las niñas de las clases acomodadas. Aunque se comprometió con Giorgio desde 1893, su tutor no otorgó su consentimiento para la boda, por lo que tuvo que esperar a cumplir la mayoría de edad para casarse (2 agosto 1895). Dedicada preferentemente al cuidado del hogar, Giuditta perteneció a la asociación de las damas católicas de la Cruz Roja y colaboró con numerosas instituciones asistenciales. Sobre la importante influencia materna, Pablo VI manifestó igualmente a Jean Guitton:
A mi madre debo el sentido del recogimiento, de la vida interior, de la meditación que es oración y de la oración que es meditación. Toda su vida ha sido un don. Al amor de mi padre y de mi madre, a su unión, debo el amor a Dios y el amor a los hombres.
Desde los primeros días de su existencia y hasta su muerte, Giovanni Battista se vio aquejado por continuas enfermedades, pues constitutivamente era de muy frágil salud. Durante el período de lactancia tuvo que abandonar la ciudad y sus padres encomendaron al recién nacido a una nodriza campesina de Nave, que lo crió en su casa hasta que tuvo un año y medio. Comenzó los primeros estudios en el colegio de los jesuítas Cesare Arici, pero no pudo mantener una asistencia regular a las clases a causa de sus numerosas convalecencias. Su prolongada postración por las enfermedades le obligaron a abandonar el colegio y tuvo que continuar los estudios en su casa, de modo que concluyó el bachillerato en una institución pública, el Instituto Arnaldo de Brescia, donde se presentó a los exámenes como alumno libre. Así fue como obtuvo su título de bachiller superior, antes de ingresar en el seminario.
Durante estos años frecuentó el Oratorio della Pace de Brescia, donde se formaron muchos jóvenes de esa ciudad, bajo la orientación de la espiritualidad de san Felipe Neri (1515-1595). Allí conoció al padre Giulio Bevilacqua (1881-1965), con quien siempre mantuvo un estrecho contacto. Algún autor sostiene que en las convicciones firmemente democráticas y por la tanto antifascistas de Pablo VI influyeron además del ejemplo de su padre y las lecturas del filósofo francés Jacques Maritain (1882-1973), el trato con Giulio Bevilacqua. Debido a sus ideas políticas fue visto con recelo por algunos regímenes autoritarios, como fue el caso de Franco (1892-1975), sin que por ello se le pueda tachar de antiespañol o de alineado con los promotores de la persecución religiosa en España, como algunos han afirmado injustamente (V. Cárcel Ortí, Pablo VI y España. Fidelidad, renovación y crisis (1963-1978), Madrid, 1997).
Por informaciones de sus amigos de su juventud se puede asegurar que, al menos, desde 1913 había considerado seriamente la posibilidad de hacerse sacerdote (F. Molinari, G. B. Montini giovane 1897-1944, Turín, 1979). Así lo manifiesta Lionello Nardini, compañero suyo del Cesare Arici, que ingresó en el seminario en 1913 y falleció en un hospital de campaña en 1918. En cierta ocasión, Pablo VI llegó a afirmar que fue el buen ejemplo de su condiscípulo Nardini el que le dio el último empujón para ingresar en el seminario. Más claro todavía es el testimonio de su gran amigo de juventud, Andrea Trebeschi, que en 1914 anotó en su diario: «Battista Montini ofrece su vida a Dios, se hace sacerdote» (G. B. Montini, Lettere a un giovane amico. Carteggio di G. B. Montini con Andrea Trebeschi, a cura di Cesare Trebeschi, Queriniana, Brescia, 1978). Su decisión por tanto no fue repentina, pero no por ello dejó de sorprender a sus padres, porque debido a su estado de salud era evidente que no podría soportar el régimen de un internado. Pero se sobrepuso a las dificultades y consiguió del obispo un permiso para cursar los estudios en el seminario Sant’Angelo de Brescia como externo, a partir del curso 1916-1917.
Battista acudía allí para asistir a las clases, después volvía con su familia. En casa, su padre era también su «rector»; le había trazado un horario exigente y minucioso: levantarse, misa, desayuno, estudio, visita a la iglesia, estudio, cena, hasta irse a la cama a las diez de la noche. Había incluso un NB: que, durante el «recreo», podía dedicarse voluntariamente a hacer ejercicios de piano (C. Cremona, Pablo VI, Madrid, 1995).
Por su condición de seminarista externo pudo hacer compatible sus estudios de preparación al sacerdocio con su participación activa en distintos movimientos asociativos católicos. Ya se mencionó anteriormente su presencia en las actividades del Oratorio della Pace de Brescia. También desempeñó cargos de responsabilidad en las Congregaciones Marianas y en la Acción Católica y colaboró en las actividades caritativas de San Vicente de Paúl.
Pero de todas las actividades de juventud, ninguna fue tan destacada como la fundación de un periódico, La Fionda («La Honda»), que puso en marcha junto con su amigo Andrea Trebeschi. El periódico nació en 1915, como un «hoja estudiantil» promovida por la Unión de Bachilleres Católicos Italianos. En carta que el propio Giovanni Battista Montini envió a Pío XI (1922-1939) solicitando su bendición para este proyecto, presentaba La Fionda como una iniciativa de jóvenes estudiantes, aunque sin excluir de sus páginas la colaboración de profesores universitarios, financiado por ellos mismos y con este triple objetivo: «difundir la palabra cristiana en el alma estudiantil moderna, con atrevida sinceridad, pero a la vez con serenidad noble y gozosa; confortar con juvenil ardor la pureza amenazada de los jóvenes y preparar con una formación básica las conciencias de los estudiantes de secundaria para sus futuros deberes religiosos y civiles». Las colaboraciones del joven Montini aparecen firmadas con las siglas «G. B. M.» o con el seudónimo «Gibienne», que es la pronunciación de las siglas anteriores. Tras la guerra, en 1918, un nutrido grupo de estudiantes católicos se agruparon en torno a La Fionda y se integraron en la Federación de Universitarios Católicos de Italia (FUCI), en la que —con el paso de los años— el sacerdote Montini ejercería su ministerio pastoral.
El obispo de Brescia le confirió la tonsura (30 noviembre 1919). Un año más tarde fue ordenado como subdiácono y meses después como diácono (8 marzo 1920). El 29 de mayo de 1920 fue ordenado sacerdote por el obispo de Brescia, Giacinto Gaggia, y al día siguiente celebró su primera misa en Santa Maria delle Grazie, santuario muy popular entre los brescianos. Tras la ordenación, su obispo le envió a Roma para que ampliara sus estudios de teología y derecho canónico, para lo que se matriculó en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fijó su residencia en el Seminario Lombardo. También se matriculó en Letras en la antigua Universidad de Roma, La Sapienza, aunque poco después tuvo que interrumpir esta carrera. En 1921 inició sus estudios diplomáticos en la entonces denominada Escuela de Nobles Eclesiásticos, que en la actualidad se conoce como Pontificia Academia Eclesiástica.
En 1923 fue nombrado agregado de la nunciatura en Polonia, y permaneció en Varsovia durante los meses de mayo a octubre de ese mismo año, junto al nuncio Lorenzo Laconi, donde pudo conocer a Józef Pilsudski (1867-1935), a quien en sus cartas designa como «el Garibaldi polaco», y a los principales personajes de la jerarquía eclesiástica de Polonia. De regreso a Roma, fue nombrado asistente eclesiástico del Círculo Universitario Romano, organización dependiente de la FUCI. Estos años fueron también para él tiempo de estudio, en los que consiguió el grado de doctor. En 1925 se incorporó a la Secretaría de Estado, donde desempeñaría diversos cometidos durante casi tres décadas, pues comenzó desde el nombramiento más bajo de minutante y acabo siendo prosecretrario de Estado. También en ese mismo año de 1925 fue designado consiliario de la FUCI, cargo que ocupó hasta 1933.
Por las repercusiones que tuvo en Italia, uno de sus biógrafos equipara el trabajo de Giovanni Battista Montini en la FUCI al de Luigi Sturzo como fundador del Partido Popular.
éste llevó a cabo la organización del resurgir católico en un partido nacional; aquél, la nueva fundación de un partido aconfesional, inspirado en los valores cristianos: con hombres bien preparados que, en la segunda posguerra, contribuirían a la reconstrucción del país y a la salvaguarda de la democracia. Muchos de los políticos de la Democracia Cristiana, a la caída del fascismo, habían sido nutridos con la linfa montiniana en los Círculos de la FUCI. Para dar un solo nombre: Aldo Moro (C. Cremona, Pablo VI, ob. cit.).
Por obligaciones de su cargo tuvo que visitar las organizaciones estudiantiles católicas de toda Italia, lo que le puso en contacto con sus principales líderes. Además, ejerció una significativa influencia por medio de las publicaciones de la FUCI, entre las que destacó la revista Studium, en la que lo mismo que en La Fionda diez años antes aparecían con frecuencia las siglas «G. B. M.». Los escritos de Giovanni Battista Montini tuvieron una decisiva repercusión en ámbitos intelectuales italianos y contribuyeron a promover una renovación cultural. Por otra parte, sus publicaciones le permitieron darse a conocer y ponerse en contacto con intelectuales como Tommaso Gallarati Scotti, G. Prezzollini y sobre todo con Jean Guitton (L. Bedeschi, // modernismo italiano, Roma, 1995).
En el mes de marzo de 1933 la revista Azione Fucina publicaba una carta del consiliario general de la Acción Católica Italiana, Giuseppe Pizzardo (1877-1970), aceptando la dimisión de Giovanni Battista Montini en la FUCI. Pizzardo justificaba la retirada de Montini de la FUCI por sus crecientes obligaciones en la Secretaría de Estado. Pero recientes investigaciones han desvelado que las verdaderas causas, realmente, fueron otras. En primer lugar, se entienden mejor las cosas si se hace una referencia al ambiente italiano de aquel momento, en el que las apetencias del Estado fascista por controlar los organizaciones juveniles chocaron contra las posiciones de la FUCI. Por su parte, la FUCI encontró en su consiliario un firme defensor frente al control de la juventud, que pretendían los fascistas. Giovanni Battista Montini nunca disimuló sus convicciones; por el contrario, manifestó incluso su opinión crítica respecto a los arreglos conocidos como Pactos Lateranenses (1929). Todo ello, unido a la reputación antifascista de su familia, acabó por convertirle en un elemento incómodo para todos, en las delicadas relaciones que durante esos años mantenían la Santa Sede y el Estado fascista. Y el transcurrir de los acontecimientos deterioró aún más su ya de por sí difícil posición. Así, por ejemplo, cuando su antiguo mentor Giulio Bevilacqua fue desterrado de Brescia por oponerse al fascismo, Montini le acogió en su domicilio de Roma; su hospitalidad ponía de manifiesto una vez más su consecuente y noble modo de proceder. Sin embargo, su comportamiento desencadenó las represalias de los fascistas; el centro romano de la FUCI sufrió un registro en mayo de 1931 y fue confiscada buena parte de su documentación. Lo cierto era que el consiliario de la FUCI se convertía cada vez con más frecuencia en el objeto de los ataques de las autoridades políticas italianas.
A los problemas de tipo político se vinieron a añadir las celotipias clericales entre la Acción Católica y las Congregaciones Marianas, que dirigía el jesuíta padre Gragnani. Frente a las excusas oficiales y nada creíbles que aparecieron en la revista de la FUCI, el sacerdote Montini tuvo que exponer por escrito (19 marzo 1933) a su obispo la verdad de lo sucedido. En su larga carta explicativa se podía leer —entre otras cosas— lo siguiente:
El verdadero motivo de mi dimisión ha sido una adversidad, que todavía me resulta inexplicable. La única explicación que encuentro para ella es el querer de Dios, que lo ha permitido. Tal adversidad se remonta al año pasado. A mi entender, ha tenido origen en el deseo de cierto padre jesuíta de apoderarse del movimiento universitario católico, y en el temor de que nuestras asociaciones empobreciesen a otras instituciones suyas de este tipo. En todo momento he buscado abiertamente el acuerdo, y he mantenido siempre relaciones personales y oficiales corteses y correctas. Pero los padres jesuítas se hallan ahora en un momento de pánico y de preponderancia: de pánico, porque no se sienten rodeados de afectos espontáneos y, por tanto, se ven inclinados a sospechar que se trame algo contra ellos; de preponderancia, porque trabajan mucho y gozan de gran crédito en la curia romana.
Y por eso hubo quien me pintó ante el Emmo. cardenal Vicario como antíjesuita y, por tanto, como una persona cuya actitud había de ser vigilada continuamente... La insinuación bastó para privarme de la confianza del cardenal, quien hasta ese momento había mostrado hacia mí una cordialidad que llegaba casi a la parcialidad en su estima y benevolencia [...] No soy consciente de haber hecho nunca nada, absolutamente nada, que pudiera ofender de algún modo a los padres jesuítas. Nunca he disuadido a un solo joven de participar en sus obras; es más, he tratado de facilitar a nuestros jóvenes la asistencia a ellas. Nunca he tratado de hacer prevalecer las prerrogativas de la Acción Católica de un modo que afectase mínimamente a la autonomía de ellos, o discutiese la bondad de su educación (C. Cremona, Pablo VI, ob. til.).
Desde 1933, por tanto, dirigió todos sus esfuerzos al trabajo en la curia romana. La actividad desarrollada por Giovanni Battista Montini en la Secretaría de Estado nos resulta ya conocida, por las referencias que de ella se hizo en el pontificado de Pío XII (1939-1958). Por esta razón, se expone ahora su trayectoria de un modo ordenado y conciso a la vez, con el fin de evitar reiteraciones. Como se dijo, la dimisión del cargo que tenía en la FUCI, le dejó más tiempo para dedicarse a su trabajo en la Secretaría de Estado, desde el modesto cargo que allí tuvo hasta 1937, por más que las misiones desempeñadas en ocasiones fueran de gran trascendencia. Así, por ejemplo, en julio de 1933 durante el período de vacaciones, reemplazó como suplente al entonces monseñor Alfredo Ottaviani (1890-1979), que fue sustituto de la Secretaría de Estado desde 1929 hasta 1935. Como es sabido, en el gobierno de la Iglesia dicho cargo es el tercero en responsabilidad, después del papa y del secretario de Estado. Pero los pocos días que duró aquella suplencia fueron suficientes para comentar a su familia que en modo alguno le atraía el cargo de sustituto (G. B. Montini, Lettere ai familiari 1919-1943, Brescia, 1986).
Pues bien, el 13 de diciembre de 1937 monseñor Montini fue nombrado sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Eclesiásticos Ordinarios, cargo en el que sucedía a Domenico Tardini (1888-1961), que a su vez pasó a ocupar el puesto que Giuseppe Pizzardo dejó vacante de sustituto de la Secretaría de Estado para Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, al ser promovido a cardenal. Por lo tanto sirvió a la Iglesia desde ese puesto durante el último año del pontificado de Pío XI, mientras el entonces Eugenio Pacelli era secretario de Estado. Durante esos meses tuvo que acompañar al entonces cardenal Pacelli a Budapest, a donde éste acudió como legado pontificio del XXXIV Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en esta ciudad del 22 al 31 de julio de 1938. Durante estos meses estrechó sus relaciones con Tardini, puesto que los nuevos cometidos que a ambos se les encomendaron debían realizarse de un modo coordinado. Y, por razón de su cargo, estuvo presente en la agonía de Pío XI en la madrugada del 10 de febrero de 1939.
Al ser elevado al pontificado, Eugenio Pacelli (Pío XII) designó al cardenal Luigi Maglione (1879-1944) para cubrir la vacante que él mismo había dejado como titular de la Secretaría de Estado. Y, como ya sabemos, al fallecer Maglione el papa dejó sin cubrir ese puesto, asumió él mismo esas funciones y mantuvo a su lado como sus dos colaboradores más directos a Tardini y Montini, a quienes más tarde (29 noviembre 1952) promovió al cargo de prosecretarios de Estado.
Conocemos las misiones humanitarias que Pío XII encomendó a Giovanni Battista Montini durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que no hace falta volver sobre ellas. Al término del conflicto, la permanencia de monseñor Montini en las dependencias vaticanas se vio agitada por los diversos ataques de que fue objeto, procedentes en unas ocasiones de los antiguos fascistas, que nunca le perdonaron que interviniese ante el representante de Estados Unidos ante la Santa Sede, con el fin de evitar la entrada de Italia en la guerra. Otras veces, sin embargo, fue el blanco de ciertas intrigas clericales, de las que, si bien Pío XII no hizo ningún caso, no podía menos de afectarle anímicamente por las falsas acusaciones que sobre él se vertían.
Se le acusaba de ser filoizquierdista, lo que en aquellos años era tanto como decir amigo de los enemigos de la Iglesia, ya que en esos momentos los comunistas llevaban a cabo una persecución contra los católicos; y hasta de manera insidiosa algunos hicieron correr el rumor de que Giovanni Battista Montini defendía posiciones doctrinales heterodoxas, en materias litúrgicas y pastorales. Se trataba de individuos que por carecer de visión sobrenatural sólo entendían la Iglesia como una sociedad humana; eran clérigos o laicos que, por desnaturalizar su actividad en la Iglesia, se limitaban a hacer carrera y todo lo reducían a luchas por el poder. En definitiva, eran los mismos para los que el verbo «servir» sólo tenía conjugación reflexiva, y para las cuales cualquier medio era bueno si con él podían apartar a Montini de la Secretaría de Estado. Y aparentemente —pero sólo aparentemente— los hechos parecían darles la razón, pues el 1 de noviembre de 1954 fue nombrado arzobispo de Milán y por lo tanto alejado del Vaticano. La noticia se hizo pública tres días después en L’Osservatore Romano, precisamente en la fiesta de san Carlos Borromeo (1538-1584), que junto con san Ambrosio (334-397) son los patronos de Milán.
Por encontrarse enfermo Pío XII no pudo consagrarle obispo, como hubiera sido su deseo, y el papa tuvo que limitarse a enviarle un mensaje por radio durante la ceremonia. Giovanni Battista recibió la consagración episcopal (12 diciembre 1954) de manos del cardenal decano, Eugenio Tisserant (1884-1972), en la basílica de San Pedro del Vaticano. Tres semanas después abandonó Roma para tomar posesión de su sede. El día 6 de enero hizo su entrada oficial en Milán en un coche descubierto acompañado del alcalde de la ciudad, el socialista Virgilio Ferrari. En su primera homilía pronunciada en la catedral de Milán, tras reconocer con humildad que no tenía otro título para presentarse ante ellos que el haber sido enviado por la Iglesia, a continuación manifestó también con claridad y energía los rasgos que hacían grande su misión, con expresión muy conocida desde que la pronunció: «¡Soy apóstol y soy obispo! ¡Pastor, padre, maestro y ministro del Evangelio! No es otro mi cometido entre vosotros.»
Una de las primeras personas que conoció en Milán fue al sacerdote Pasquale Macchi, a quien la diócesis había designado como secretario privado del nuevo arzobispo. Macchi permaneció a su lado sirviéndole con exquisita fidelidad hasta su muerte. Como veremos, a Pasquale Macchi le debemos el testimonio de cómo fueron los últimos momentos de Pablo VI en esta tierra.
Al mes de haber tomado posesión, publicó su primera carta pastoral Omnia nobis Christus est Cristo es todo para nosotros), de gran calado cristológico, que se convertiría en una de las constantes de la predicación del nuevo prelado. Junto a este aspecto capital de su catequesis, el segundo motivo en importancia de su predicación fue la Virgen María, a quien se refería como la encarnación de la Belleza; y conviene recordar que fue él mismo, siendo papa, quien al término de la tercera sesión del Concilio Vaticano II proclamó a la Virgen María Madre de la Iglesia.
La diócesis de grandes dimensiones que se confiaba a monseñor Montini tenía 822 parroquias, y sólo en el primer año las visitó casi todas, exactamente 700, lo que le permitió de inmediato conocer con precisión la realidad que debía gobernar. Fue así cómo concibió la idea de celebrar en Milán una misión, en cuya minuciosa preparación empleó dos años (La Missione di Milano, Arci-vescovado di Milano, 1957). La célebre misión de Milán tuvo lugar entre los días 5 al 24 de noviembre de 1957, en la que intervinieron 500 clérigos entre sacerdotes y obispos.
Una misión de nuevo cuño —afirma un autor— encaminada a reconciliar la cultura moderna con la tradición religiosa que, pese al secularismo moderno, impregnaba la vida de la ciudad. Le dio el calificativo de «urbana», en vez de «popular», que tradicionalmente se le aplicaba, e insistió en la moderación y sobriedad de los actos, que sin solemnidades ruidosas, deberían llegar al seno de cada casa, como si se tratara de una celebración familiar. La misma sencillez deberían mantener los sermones, cuyo tema fundamental sería la paternidad de Dios, clave en la espiritualidad de Montini; y el tono, lejos de ser apocalíptico, todavía en boga en aquel tiempo, debía ser el de la exhortación didáctica y convincente: «que nadie se sienta ofendido, ironizado, atacado por la predicación, sino todos invitados, amonestados, como llamados y esperados» (J. L. González Novalín, «Juan Bautista Montini. Una vida para el papado», Anuario de Historia de la Iglesia, VI, Pamplona, 1997).
Además de la catequesis y de la predicación, propias de toda misión, se promovieron distintas iniciativas benéficas con el fin de integrar en la sociedad a los grupos marginados, como el de los expresidiarios y el de los inmigrantes. Y para conmemorar aquellas jornadas pastorales se construyó un templo dedicado al santo cura de Ars (1786-1859). Es esta última una de las facetas a destacar de monseñor Montini durante su permanencia en la sede de Milán, pues durante esos años consagró 72 iglesias, y cuando fue elegido papa otras 19 se encontraban en construcción.
Como ya se dijo, Juan XXIII (1958-1963) le puso a la cabeza de la lista de los purpurados a los que designó cardenales, en el primero de sus consistorios (17 noviembre 1958). Conviene recordar que Juan XXIII había sido elegido papa tan sólo unos días antes, y precisamente en el mismo día de su coronación, fiesta de san Carlos Borromeo, el propio papa quiso tener el gesto de adelantarle por escrito su nombramiento:
Excelencia queridísima, estoy a punto de bajar a San Pedro para la gran ceremonia. Pienso en san Carlos, en su sucesor y en todos los milaneses juntos, clero y pueblo. En seguida anunciaré el consistorio, en el que figurarán los nombres de monseñor Montini y monseñor Tardini. Pero esto sucederá en el plazo de una semana; mientras tanto quedará en absoluto secreto.
Conocemos su reacción ante el comunicado de Juan XXIII; fue ésta:
Saber que el papa, en el día de su coronación, en la fiesta de san Carlos, antes de la gran ceremonia, se acuerda del que suscribe humildemente y se digna revelarle secretos, con una simplicidad que enriquece enormemente el valor del documento, es algo que deja sin aliento e impide encontrar una adecuada expresión de gratitud (G. Colombo, Ricordando Giovanni Battista Montini arcivescovo e papa, Roma, 1989).
El cónclave para elegir al sucesor de Juan XXIII dio comienzo en la tarde del 19 de junio de 1963. Dos días después, a la quinta votación, fue elegido papa y adoptó el nombre de Pablo VI, por su devoción al Apóstol de las Gentes. La coronación tuvo lugar nueve días después, coincidiendo precisamente con la festividad de san Pablo. Por primera vez esta ceremonia se celebró en la plaza de San Pedro, y fue también la última vez que se pudo ver a un papa con tiara. Este ornamento, que se venía utilizando desde el siglo xiii, se lo habían regalado sus fieles milaneses. Tras la solemne ceremonia, Pablo VI no volvió a utilizarla y fue subastada con el fin de recaudar fondos para los pobres.
El pontificado de Pablo VI. Pablo VI, sin duda, pasará a la historia por haber continuado y concluido el Concilio Vaticano II, que su predecesor Juan XXIII había convocado. Así pues, es obligado relacionar dicho acontecimiento con su pontificado. En consecuencia, me remito al apartado específico de este libro, donde se estudian todos los concilios ecumémicos. Las páginas siguientes, por tanto, sólo se ocuparán del resto de los hechos más destacados del pontificado de Pablo VI. Pues, a pesar de la trascendencia del Concilio Vaticano II, también se debe prestar atención a las otras realizaciones de Pablo VI, si se quiere tener una imagen completa y ajustada del paso de Pablo VI por la cátedra de san Pedro.
En principio, Pablo VI mantuvo al frente de la Secretaría de Estado al cardenal Amleto Cicognani (1883-1973). Sin embargo, pronto vendrían las reformas para dar cauce a las disposiciones de los decretos conciliares. En este sentido, se instituyó el Sínodo de los Obispos (15 septiembre 1965) con el fin de que los obispos colaboraran con mayor efectividad en el gobierno central de la Iglesia. Igualmente se reforzó el papel de las Conferencias episcopales, que ya habían sido establecidas en algunos países en el siglo anterior. También mediante el motu proprio, Integrae servandae (7 diciembre 1965), se suprimió el índice de libros prohibidos y se reformó profundamente la Congregación del Santo Oficio, que pasó a denominarse Congregación para la Doctrina de la Fe. El cardenal Ottaviani, que hasta entonces había sido la máxima autoridad del Santo Oficio, fue nombrado prefecto emérito de la nueva congregación.
Todas estas innovaciones parciales eran el preludio de una renovación de mayor amplitud. La constitución apostólica Regimini Ecclesiae universalis (15 agosto 1967) reformó las instituciones del gobierno central de la Iglesia, que se conocen con el nombre de curia romana, cuya organización se regía hasta entonces por la normativa dictada por san Pío X (1903-1914) en 1908. Como es sabido, las disposiciones de Pablo VI respecto a la curia han sido sustituidas por las de la constitución Pastor bonus (28 junio 1988) de Juan Pablo II.
Pablo VI atribuyó a la Secretaría de Estado una función coordinadora de la curia, en la que se concedía un papel importante a la figura del sustituto, cargo para el que fue designado desde 1967 Giovanni Benelli (1921-1982). Se suprimieron varios dicasterios y se crearon otros nuevos. Así, entre los nuevos organismos, cabe mencionar el Pontificio Consejo para los Laicos y la Comisión Iustitia et Pax. Con el fin de internacionalizar las Congregaciones, se limitó el nombramiento de sus miembros a cinco años y se autorizó a que pudieran serlo los obispos diocesanos. E igualmente se impuso el límite de los 75 años a los obispos y a otras dignidades, para presentar su renuncia como titulares de sus cargos eclesiásticos.
Así pues, por sobrepasar el límite de edad, el cardenal Cicognani presentó su dimisión en 1969, se le nombró secretario de Estado emérito y pasó a ocupar ese puesto el cardenal Jean Villot (1905-1979). Los asuntos públicos de la Iglesia, así como las relaciones de la Santa Sede con el resto de los Estados, se encomendaron al cardenal Agostino Casaroli (1914-1998). El hecho de que la Secretaría de Estado la ocupara un cardenal que no era italiano, era todo un síntoma del deseo de internacionalizar la curia. La universalidad de la Iglesia quedó igualmente reflejada en la evolución que sufrió la composición del colegio cardenalicio. En efecto, en 1963 dicha institución se componía de tres tercios de iguales proporciones de cardenales italianos (29 miembros), europeos no italiano (28 miembros) y no europeos (28 miembros). Estas proporciones habían cambiado significativamente en 1978, pues los cardenales italianos eran 33, los europeos no italianos también eran 33 y los no europeos alcanzaban la cifra de 66 cardenales (Yves-Marie Hilaire, Histoire de la papaute, París, 1996).
Durante el pontificado de Pablo VI se celebraron cuatro sínodos ordinarios y uno extraordinario. El Sínodo de los Obispos emanaba del Concilio Vaticano II, para ayudar con sus iniciativas e informes al papa en su misión de pastor supremo de la Iglesia, era convocado por él y cuando lo considerase oportuno el romano pontífice podía pronunciarse con voto deliberativo; en consecuencia, en modo alguno limitaba la autoridad del papa. En el primer sínodo ordinario (28 octubre 1967) sus 169 participantes estudiaron la revisión del Código de derecho canónico, la reforma litúrgica y los problemas de los matrimonios mixtos. El sínodo extraordinario (27 octubre 1969) se ocupó de las relaciones entre la Santa Sede y las Conferencias episcopales. El ministerio sacerdotal y la justicia en el mundo fueron los puntos sobre los que se centró el tercer sínodo ordinario (30 septiembre 1971). Y el cuarto de los sínodos ordinarios (27 septiembre 1974) se dedicó a la evangelización del mundo contemporáneo. Por fin, el sínodo de 1977 se centró sobre la catcquesis y la importancia de la enseñanza religiosa.
El ecumenismo fue otro de los rasgos característicos del pontificado de Pablo VI. No se le ocultaban a Pablo VI los problemas de este empeño, y en alguno de sus documentos llegó a manifestar la dificultad que comportaba para el progreso del ecumenismo «su primado de honor y jurisdicción». Sin embargo, el reconocimiento de los problemas y las dificultades para encontrarles solución, no podía conducir a recortar o a cambiar la doctrina de Jesucristo. Por esta razón, en una de sus intervenciones (10 junio 1969) ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias, durante su viaje a Ginebra, comenzó su discurso con las siguientes palabras: «Mi nombre es Pedro», para exponer a continuación que el ministerio de comunión lo había heredado igualmente de Pedro.
No obstante, la firmeza en la doctrina de Pablo VI no fue incompatible con la multiplicidad de gestos de acercamiento con distintas personalidades. éste fue el caso de los encuentros que sostuvo con el obispo anglicano Michael Ramsey en 1966 o con el patriarca de los armenios Khoren I, al año siguiente. Pero la imagen que ha quedado para la historia, como su principal gesto ecuménico, se produjo en los primeros días de enero de 1964, durante su viaje a Tierra Santa. Allí, concretamente en el Monte de los Olivos, se fundió en un fraternal abrazo con el patriarca de Constantinopla, Atenágoras I (1886-1972). En 1968, Atenágoras le visitó en Roma. Una de las consecuencias de estos encuentros fue la suspensión de la excomunión, que pesaba sobre ambos cargos desde el cisma de Oriente.
Como el Apóstol de las Gentes, cuyo nombre había adoptado para gobernar la Iglesia como sucesor de san Pedro, quiso romper el aislamiento geográfico en el que permanecían sus predecesores desde 1870, tras la pérdida de los Estados pontificios. Ya vimos cómo Juan XXIII había realizado los primeros viajes por Italia, lo que no sucedía desde el pontificado de Pío IX (1846-1878). Por su parte, Pablo VI recorrió distintos países del mundo en sus nueve viajes, realizados entre 1964 y 1970. A partir de ese año, por motivos de salud, no realizó ninguno más. Si bien es cierto que, en comparación con lo que viene sucediendo durante el pontificado de Juan Pablo II, esos nueve viajes son bien poca cosa, las salidas del Vaticano de Pablo VI hay que juzgarlas en relación con las circunstancias del momento en que se produjeron. Y en ese contexto hay que afirmar que las iniciativas viajeras de Pablo VI fueron una auténtica novedad en la década de los sesenta. Todas sus salidas del Vaticano estuvieron rodeadas de una enorme expectación y se convirtieron en el centro de la información de los medios de comunicación en todo el mundo.
Si a todas las circunstancias anteriores se añade que ninguno de los sucesores de san Pedro había vuelto a pisar la tierra de Jesucristo, se comprenderá lo que pudo suponer el anuncio de su viaje a Tierra Santa, a los pocos días de ser elegido papa. Como ya se dijo, el viaje tuvo lugar los primeros días del año 1964. Por entonces, hacía pocos meses que se había comenzado a propalar la calumnia sobre la actuación de Pío XII respecto a los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Y conviene recordar que en los años de guerra, el entonces Giovanni Montini era el más directo colaborador de Pío XII en las iniciativas humanitarias de la Santa Sede.
Pues bien, durante el viaje de Pablo VI a Tierra Santa, los periódicos judíos se hicieron amplio eco de esa calumnia, lo que creó una situación diplomática sumamente delicada. Aquel momento era el menos adecuado para abordar un tema de alta temperatura emocional y bien conscientes de ello fueron los difusores de la calumnia. Pero, por otra parte, el silencio de Pablo VI se tomaría como certificado de verdad de lo que decían los calumniadores de Pío XII, por cuanto Pablo VI había sido un directo colaborador suyo y conocía lo sucedido directamente. Por todas estas razones, cabe la sospecha de si la calumnia lanzada contra Pío XII estaba dirigida contra el papa de la Segunda Guerra mundial, o si por el contrario la infamia tenía un efecto retardado y a quien realmente trataba de destruir era a Pablo VI.
Conjeturas a un lado, los hechos probados es que aunque en los discursos oficiales no había nada escrito al respecto, Pablo VI en el texto ya entregado que iba a ser leído en su despedida de Jerusalén, añadió las siguientes palabras:
Nuestro gran predecesor, Pío XII, afirmó con energía en repetidas ocasiones durante el último conflicto que la Iglesia ama a todos los pueblos. Y todo el mundo sabe lo que él hizo en defensa y auxilio de cuantos se hallaban en apuros, sin distinciones de ningún género. A pesar de lo cual, como sabéis, hay quien se ha propuesto arrojar sospechas e incluso acusaciones contra la memoria de aquel gran pontífice. Nos da mucha alegría tener ocasión de afirmarlo en este día y en este lugar: no existe nada más injusto que ese ataque a una memoria tan venerable Insegnamenti di Paolo VI, 16 vols., Cittá del Vaticano, 1963-1978, t. II).
Pablo VI hizo su segundo viaje (2-5 diciembre 1964) a la India, donde quiso llevar un mensaje de paz y denunciar las situaciones injustas que padecía el Tercer Mundo. En Bombay presidió los actos del XXXVIII Congreso Eucarístico Internacional. En este viaje regaló a la madre Teresa de Calcuta (1910-1997) el coche descapotable que había utilizado en sus desplazamientos, para que con el producto de su venta pudiera ayudar a sus pobres.
El 4 de octubre de 1965 viajó a Nueva York, donde visitó la ONU con motivo de su vigésimo aniversario. Tras ser recibido por su secretario general, U Thant (1909-1974), Amintore Fanfani (1908), como presidente de turno de la Asamblea, le cedió la palabra. Como hiciera san Pablo al dirigirse a los atenienses, Pablo VI habló del Dios desconocido a los representantes de todos los Estados en aquella institución plural:
El edificio de la moderna civilización —dijo el papa— debe construirse sobre principios espirituales, capaces no sólo de sostenerlo sino de iluminarlo y animarlo. Y para que esos indispensables principios de superior sabiduría sean tales, deben fundarse en la fe en Dios ¿El Dios desconocido? ¿El Dios desconocido sobre el que hablaba san Pablo a los atenienses; desconocido para ellos que, sin darse cuenta, lo buscaban y lo tenían cerca, como sucede a tantos hombres en nuestro tiempo? Para nosotros y para cuantos acogen la Revelación inefable que Cristo nos ha hecho de él, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres.
Al día siguiente la prensa de todo el mundo reprodujo una de sus frases, que había pronunciado en francés, y que resumía su mensaje de paz: «¡Nunca más los unos contra los otros, nunca, nunca jamás!»
Los dos viajes de 1967 —Fátima (13 mayo) y Turquía (22-26 julio)— tuvieron una clara motivación mariana y ecuménica. En los actos celebrados en Fátima con motivo del cincuentenario de las apariciones, estuvo presente sor Lucia. En Estambul, Pablo VI volvió a reunirse con el patriarca Atenagoras I. En agosto de 1968 viajó a Bogotá y Medellín, para asistir al XXXIX Congreso Eucarístico Internacional. En junio de 1969 viajó a Ginebra, donde pronunció la frase que antes hemos comentado, ante el Consejo ecuménico de las Iglesias; también en Ginebra tuvo una destacada intervención en la sede de la Organización Internacional del Trabajo, que ese año celebraba su cincuenta aniversario. El 31 de julio de 1969 se trasladó a Uganda, para inaugurar el santuario en honor de los 22 jóvenes que habían sido martirizados en la colina de Namugongo por el rey Mwanga en 1886, y a los que el mismo Pablo VI había canonizado en 1964. Y el último y más largo de sus viajes lo hizo por Extremo Oriente; permaneció fuera del Vaticano del 26 de noviembre al 5 de diciembre de 1970, visitando en las distintas escalas Dacca, Manila (donde como después se supo sufrió un atentado producido por arma blanca, que le causó una herida de poca importancia), las islas Samoa, Sydney, Yakarta y Hong Kong. Además de estos nueve viajes, salió del Vaticano para acudir a distintos actos en numerosas ciudades italianas como Orvieto, Montecasino, Pisa, Monte Fulmone, Florencia, Cagliari, Tarento, Anagni, Pomezia, Subiaco y algunas otras más.
El día de Navidad de 1974, Pablo VI celebró la ceremonia de apertura de la Puerta Santa, para inaugurar de este modo el Año Santo de 1975. La convocatoria para ese acontecimiento la hizo mediante la bula Apostolorum Limina, invitando a los fieles a un tiempo de santificación, de reconciliación y meditación de las enseñanzas del concilio. Procedentes de todos los países del mundo acudieron a Roma más de diez millones de peregrinos.
A Pablo VI se debe la iniciativa de hacer el Via Crucis cada Viernes Santo en el Coliseo de Roma, con la intención de resaltar la continuidad entre los cristianos del siglo xx y los mártires de la primitiva cristiandad, que dieron testimonio de su fe con la entrega de sus vidas de un modo cruento. Y fue también Pablo VI quien instituyó la Jornada Mundial de la Paz, que debía celebrarse el primer día de cada año, bajo un lema concreto sobre el que los creyentes debían meditar y rezar, a la vez que se invitaba a los no creyentes a reflexionar y a unirse a las distintas celebraciones que se desarrollan en toda la Iglesia durante esa jornada.
Por último, cabe señalar en este apartado que además de las beatificaciones y canonizaciones que celebró, Pablo VI proclamó como doctoras de la Iglesia a las dos primeras mujeres: santa Catalina de Siena (1347-1380) y santa Teresa de Jesús (15154582).
El magisterio de Pablo VI. Como en otros tiempos, también durante el pontificado de Pablo VI se produjeron graves ataques contra la fe y la moral. Al cabo de dos mil años de historia, desde luego que las herejías no eran ninguna novedad. Desgraciadamente, con mayor o menor virulencia siempre han sido una constante en los últimos veinte siglos. Sin embargo, las desviaciones doctrinales de los años que nos ocupan tienen unas características propias que permiten distinguirlas de las de otros períodos. En primer lugar, llaman la atención por su número y por su diversidad, de manera que se puede afirmar que no hubo aspecto del dogma y de la moral que no fuera rebatido. Por otra parte, los ataques doctrinales del pasado tenían una localización externa, porque o bien procedían de personas que no eran católicas en unos casos, o bien en otros si los promotores eran católicos acababan abandonando la Iglesia; sin embargo, durante el pontificado de Pablo VI, de acuerdo con la táctica del modernismo, el daño y la confusión fue mayor porque no pocos de los que se enfrentaron radicalmente a la doctrina de la Iglesia, permanecieron a la vez dentro de ella. Alguna relación con este calamitoso estado de cosas debe tener la conocida frase de Pablo VI de que el «humo del infierno había penetrado dentro de la Iglesia».
Como algún autor ha afirmado, la defensa del depósito de la fe fue, por tanto, la cruz y la gloria de Pablo VI, cuyo magisterio se nos presenta con una gran riqueza y profundidad. Sus enseñanzas fueron transmitidas por medio de numerosos documentos y discursos, que llegaron incluso a ser rechazados formalmente en algunos ambientes católicos. Por esta razón, para que al menos la encíclicas —documentos relevantes del magisterio pontificio— no pudieran ser utilizadas como mecanismos de provocación por considerar algunos clérigos que sus contenidos eran materia opinable y discutible, después de publicar la Humanae vitae (25 julio 1968), no volvió a publicar ninguna encíclica más. Por prudencia, decidió a partir de entonces exponer la doctrina en otro tipo de documentos menos solemnes, aunque por la importancia de sus contenidos han contribuido a enriquecer el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por el abultado número de documentos magisteriales de Pablo VI, nos tenemos que limitar a continuación sólo a una brevísima descripción de los más importantes, agrupándolos en los siguientes apartados temáticos: dogma, sacerdocio, moral, sagrada liturgia, espiritualidad, evangelización, familia y sociedad civil.
En el apartado del dogma, hay que empezar por referirse a las enseñanzas contenidas en la primera encíclica, Ecclesiam suam (6 agosto 1964), que el mismo Pablo VI resumió en la audiencia celebrada el día antes de su publicación con las siguientes palabras:
Los caminos que indicamos son tres: el primero es espiritual; se refiere a la conciencia que la Iglesia debe tener y fomentar de sí misma. El segundo es moral; se refiere a la renovación ascética, práctica, canónica, que la Iglesia necesita para conformarse a la conciencia mencionada, para ser pura, santa, fuerte, auténtica. Y el tercer camino es apostólico; lo hemos designado con términos hoy en boga: el diálogo; es decir, se refiere este camino al modo, al arte, al estilo que la Iglesia debe infundir en su actividad ministerial en el con cierto disonante, voluble y complejo del mundo contemporáneo (F. Guerrero, El magisterio pontificio contemporáneo, t. I, Madrid, 1996).
También en relación con las cuestiones dogmáticas hay que referirse a otros dos documentos más de Pablo VI. En primer lugar, la encíclica Mysterium fidei (3 septiembre 1965) sobre la doctrina y el culto de la sagrada eucaristía, donde se expone el carácter sacrificial de la misa y se reafirma la doctrina de la tran-substanciación. En segundo lugar, El Credo del Pueblo de Dios (30 junio 1968), que es una exposición de la fe de la Iglesia universal, de acuerdo con la estructura que ya empleara el Concilio de Nicea I (325) respecto al símbolo de los apóstoles.
En cuanto al sacerdocio, la encíclica Sacerdotalis caelibatus (24 junio 1967) confirmaba la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la ley del celibato sacerdotal en la Iglesia latina. Pablo VI salía así al paso de una campaña contra el celibato, organizada en ciertos sectores clericales de Holanda, que se negaban a aceptar las enseñanzas conciliares. En los años posteriores a la publicación de la encíclica, todavía fue necesario insistir sobre este punto por medio de alocuciones y cartas, para hacer frente a los ataques de quienes se oponían abiertamente al magisterio pontificio. Por otro lado, hay que citar también la declaración ínter insigniores (15 octubre 1976) sobre el sacerdocio ministerial, en la que se exponen los argumentos por los que en la Iglesia católica las mujeres no pueden recibir el orden sacerdotal.
En el apartado de moral hay que mencionar, entre otros, tres documentos fundamentales del pontificado de Pablo VI. La constitución apostólica Paenitemini (17 febrero 1966), donde se expone la doctrina sobre la mortificación cristiana y se dan las normas —vigentes en la actualidad— sobre el ayuno y la abstinencia. De aborto procurato (18 noviembre 1974), que es la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la práctica del aborto. Este documento fue publicado cuando en algunos Estados europeos se preparaban las distintas iniciativas legales que atentaban contra el derecho a la vida (Federico Trillo-Figueroa Martínez Conde, «La legalización del aborto en el Derecho comparado», en AA. VV., En defensa de la vida, Madrid, 1983). El tercero de los documentos, Persona humana (29 diciembre 1975), como el anterior, es también una declaración de la misma congregación sobre la moral en cuestiones sexuales; en dicho documento, entre otras enseñanzas, se condena la doctrina de la opción fundamental, según la cual no sería pecado grave una infidelidad conyugal, ni tan siquiera unas cuantas infidelidades conyugales, pues el cambio de pareja de manera aislada —sostienen los defensores de la opción fundamental— no tiene ninguna importancia, si a la vez y de un modo intelectual se respeta y mantiene la opción fundamental respecto a la otra parte del matrimonio.
Entre los documentos referidos a la sagrada liturgia, hay que destacar la exhortación apostólica Marialis cultus (2 febrero 1974). La primera parte de este documento está dedicada al culto a la Virgen en la liturgia; la segunda parte trata sobre la renovación de la piedad mariana, y la tercera contiene una serie de indicaciones sobre los ejercicios de piedad mariana. En sus páginas finales, el documento se ocupa extensamente del Ángelus y sobre todo del rosario, de la que se dice que es «una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar».
En cuanto a la espiritualidad, el documento más representativo es la exhortación apostólica Gaudete in Domino (9 mayo 1975), sobre la alegría cristiana. Tras exponer con profundidad teológica la esencia de la alegría cristiana como «participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del ánimo de Jesucristo glorificado», el papa hace un repaso histórico por orden de importancia de los maestros de la alegría. Comenzando por la Virgen, a quien el papa presenta no sólo como ejemplo sino también como «causa de nuestra alegría», siguiendo por los mártires, los santos de la Edad Media y los de los tiempos modernos, Pablo VI acaba citando a san Maximiliano Kolbe (1894-1941), mártir en un campo nazi de concentración, precisamente porque como dice el documento pontificio, la más pura alegría se encuentra precisamente allí donde con más fidelidad es abrazada la cruz de Jesucristo.
La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), sobre la evangelización en el mundo contemporáneo, es uno de los documentos posconciliares más citados. Este escrito de hondo calado teológico expone el concepto y el contenido de la evangelización, así como los medios, los destinatarios, los agentes y el espíritu de la evangelización.
El documento del magisterio de Pablo VI sobre la familia más importante es la encíclica Humanae vitae, sobre la regulación de natalidad. Juan XXIII había creado en 1963 una comisión consultiva de expertos en moral, biología, medicina y sociología para que estudiasen esta cuestión. Por su parte, Pablo VI amplió dicha comisión que prosiguió sus debates de un modo errático y acabó presentando una serie de conclusiones en 1966 que sembraron una auténtica confusión doctrinal, lo que condujo a pensar en algunos ambientes que la Iglesia podía cambiar las normas de moralidad en esta materia. En estas circunstancias, por tanto, faltaba que el papa pronunciase la última palabra. Del estado de ánimo del romano pontífice pueden dar una idea las siguientes palabras que pronunció en una audiencia, pocos días antes de publicar la Humanae vitae:
Nunca como en este momento —manifestó Pablo VI— habíamos sentido el peso de nuestro cargo. Hemos estudiado, leído y discutido todo lo posible; y también hemos rezado mucho... ¡Cuántas veces hemos tenido la impresión de quedar desbordados por tal cúmulo de argumentaciones! ¡Cuántas veces hemos temblado ante el dilema existente entre una fácil condescendencia con la opiniones corrientes y una sentencia que pudiera parecer intolerable a la sociedad actual, o que pudiera ser arbitrariamente gravosa para la vida conyugal! (Insegnamenti di Paolo VI..., ob. cit., t. VII).
El papa reafirmó la doctrina tradicional en la encíclica, y, tras exponer los principios doctrinales de la ley natural y evangélica establecidos por Dios, que la Iglesia no puede variar por cuanto sólo es su depositaría e intérprete, declaró como inmoral el uso de los contraceptivos. Era sabido que en ésta como en otras materias, quienes desde hacía tiempo se habían enfrentado al magisterio pontificio no iban a acatar las enseñanzas pontificias de la Humanae vitae. Sin embargo, en este caso, para atacar los principios morales de la Humanae vitae se utilizó más que la táctica del rechazo frontal, la táctica de sembrar una enorme confusión. Fue así cómo algunos se erigieron en difusores de una interpretación manipulada de la Humanae vitae, haciéndole decir por su boca a Pablo VI lo contrario de lo que dice la encíclica. En este sentido, es muy significativa la opinión extendida en ciertos ámbitos de que es lícito el uso de los contraceptivos como derivación de la «paternidad responsable», de la que, en efecto, habla Pablo VI pero en sentido bien diferente. Bien es cierto que a poco que se preste atención a los argumentos de los voceros de la manipulación, se percibe que sus propuestas van dirigidas realmente a la promoción de una paternidad «confortable», en consonancia con la sociedad hedonista de los últimos años. Por lo demás, la recta interpretación de la paternidad responsable en orden a buscar la santidad en el matrimonio ha sido objeto de importantes estudios (J. L. Soria, La paternidad responsable, Madrid, 1971) y artículos que salieron al paso de esa perversa manipulación muy desde el principio (C. Wojtyla, «La veritá dell’enciclica Humanae vitae di Paolo VI», L’Osservatore Romano, 5 enero 1969).
Junto con la anterior, otra gran encíclica de Pablo VI es la Populorum progressio (26 marzo 1967), que proyecta la doctrina sobre el orden social, con el fin de promover el desarrollo de los pueblos. La encíclica comienza con un análisis de la situación económica mundial, para proponer a continuación un «desarrollo solidario de la humanidad», dificultado en buena parte por las barreras que levantan los nacionalismos y el racismo. Con palabras exigentes, el papa manifiesta en más de un pasaje la realidad de la injusticia y hace un llamamiento a la conversión del corazón, como condición indispensable para llevar a cabo una acción solidaria. Por ser uno de los documentos sociales más importantes de la edad contemporánea, la resonancia del eco que se produjo con su publicación sigue oyéndose todavía hoy, después de treinta años, y se mantiene como una de las guías fundamentales con la que la Iglesia ha querido orientar la actuación de los cristianos en el orden social. Por otra parte, la carta apostólica Octogésima adveniens (14 mayo 1971), publicada con ocasión del ochenta aniversario de la Rerum Novarum, además de insistir en los aspectos principales de la doctrina social que habían sido desarrollados en la encíclica anterior, se ocupa también de otros que no habían sido tratados o simplemente enunciados en la Populorum progressio, como el medio ambiente, las problemas de la urbanización, el paro —y de manera concreta el desempleo juvenil—, los medios de comunicación social, la emigración y las discriminaciones.
Realmente, frente a los gravísimos ataques contra la doctrina, el magisterio de Pablo VI se eleva con autoridad y trasciende su pontificado. Por ello, le asistía toda la razón cuando en la homilía del decimoquinto aniversario (29 junio 1978) de su coronación dijo las siguientes palabras, que por pronunciarlas semanas antes de fallecer tienen un carácter testamentario:
Nos, al echar una mirada de conjunto sobre todo el período en que el Señor nos ha confiado su Iglesia, aunque nos vemos como el último e indigno sucesor de Pedro, nos sentimos confortados y sostenidos, en este umbral, por la conciencia de haber repetido incansablemente ante la Iglesia y el mundo: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» También Nos, como Pablo, nos sentimos capaces de decir: «He luchado en el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe» (Insegnamenti di Paolo VI..., ob. cit., t. XVI).
Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. En la vigilia de Pentecostés del Año del Espíritu Santo (30 mayo 1998), Juan Pablo II se reunió en la plaza de San Pedro con más de doscientas mil personas, pertenecientes a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades. Fue un acontecimiento espléndido, que durante esa celebración sacó a la luz algunos de los «recursos» —como el mismo papa ha dicho— con que el Espíritu Santo alimenta el tejido eclesial.
Los movimientos aprobados y reconocidos por el Pontificio Consejo para los laicos, en mayo de 1998, eran los siguientes: Adsis, Associazione papa Giovanni XXIII, Asociación de Cooperadores Salesianos, The Catholic Fraternity, Camino Neocatccumenal, Centro Internacional Milicia de la Immaculada, City of the Lord, Covenant Community, The Christian Community of God’s Delight, Comunidad de El Arca, Comunidad El Emmanuel, Communauté des Beatitudes, Communauté du Chemin Neuf, Communauté du Pain de Vie, Communauté du Verbe de Vie, Communauté «Réjouis toi», Communion de communauté Béthanie, Comunidade Católica Shalom, Comunión y Liberación, Comunidad de San Egidio, Comunidad Vida Cristiana, Comunitá Gesu Risorto, Comunitá Maria, Comunitá Missionaria di Cristo Risorto, Couples for Chríst, Cursillos de Cristiandad, El Shaddai, Equipes Notre-Dame, Equipes Notre-Dame Jeunes, FASTA (Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino), Fe y Luz, Foyers de Charité, ICCRS (International Catholic Charismatic Renewal Services), ICPE (International Catholic Programme of Evangelisation), Katholische Integrierte Gemeinde, Kolpingwerk, Jeunesse-Lumiére, La Dieci-Associazione Laicale, Legión de María, Luz y Vida, Movimiento comtemplativo misionero «P. de Foucauld», Movimiento de los Focolares, Movimento di Spiritualitá «Vivere In», Movimiento Nazareth, Movimiento Oasis, Movimento Pro Sanctitate, Movimento Teresiano dell’Apostolato, Movimento de Seglares Claretianos, Movimiento de Vida Cristiana, Opera di Schonstatt, Ordine Francescano Secolare, Regnum Christi, Rinnovamento nello Spirito Santo, «Seguimi» Gruppo Laicale, Talleres de Oración y Vida, Worldwide Marriage Encounter y Werkgroep Katholieke Jongeren.
Todos estos movimientos que existen en la Iglesia son muy diversos entre sí, pero en ese variado conjunto se pueden distinguir dos rasgos comunes. El primero es su enorme vitalidad y empuje para acercar a tanta gente a Dios. El segundo es que la mayoría de los movimientos o bien nacen como fruto del Concilio Vaticano II, o, si son anteriores, experimentan un notable empuje en estos años. Todo ello pone de relieve lo que ha significado el desarrollo de la teología bautismal y la doctrina del Concilio Vaticano II para que los laicos asuman las responsabilidades que comporta su condición de bautizados.
Antes de entrar en su descripción, conviene que hagamos tres advertencias. La primera es que, a sabiendas de que los nuevos movimientos eclesiales sobrepasan en el tiempo el pontificado de Pablo VI, se les dedica ahora un apartado específico, por corresponder a estos años la conclusión del Concilio Vaticano II y la aparición de sus primeros frutos, entre los que se cuenta la promoción del laicado. La segunda es que, debido a su elevado número, es imposible materialmente en estas páginas describirlos todos y por lo tanto me referiré sólo a algunos de ellos. Por desgracia, esta laguna tampoco se puede cubrir con referencias bibliográficas, pues no existen publicaciones que se ocupen de ellos en su totalidad. Lo más aproximado a un estudio de conjunto es un reciente libro (Manuel M.a Bru, Testigos del espíritu. Los nuevos líderes católicos: movimientos y comunidades, Madrid, 1998), que describe las características de los más importantes e incluye unas breves biografías de sus dirigentes. Y, como tercera advertencia, antes de describir los movimientos, conviene señalar que algunos de los ya citados no pueden considerarse laicales —valga la expresión— en estado «químicamente puro», sin que esta observación mía se pueda interpretar como un demérito de los mismos, ni mucho menos como una descalificación del estado religioso por mi parte. Es, sencillamente, la constatación de hechos evidentes. Como veremos, algunos de los movimientos no tendrían consistencia sin la existencia de una congregación religiosa, que es realmente la entidad importante y decisiva de esc movimiento; otras veces, esa nueva comunidad está dirigida por religiosos, y hasta las hay que admiten en sus filas a los religiosos junto con los laicos. Esta conexión entre el estado religioso y lo laical se pone igualmente de manifiesto cuando se analizan sus prácticas religiosas, pues como con agudeza escribiera en su día el cardenal Luciani, futuro Juan Pablo I, una cosa es una «espiritualidad para los laicos» y otro muy distinta una «espiritualidad laical». En la primera, suele ser frecuente la aparición de los modos religiosos, aunque acomodados a los laicos, lo que no es ni mejor ni peor que la segunda, son —como ya se dijo, citando a Juan Pablo II— «recursos» del Espíritu Santo, con los que se vivifica la Iglesia.
Los Legionarios de Cristo es una congregación religiosa de derecho pontificio. Marcial Maciel (1920), seminarista mexicano de 16 años de edad, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de 1936, percibe la llamada de Dios para formar una agrupación de sacerdotes que se entreguen con entusiasmo a la difusión del reino de Cristo entre los hombres. El día 3 de enero de 1941 fundó la congregación de los Legionarios de Cristo en los sótanos de una casa prestada, en la ciudad de México, cuando todavía era estudiante de teología. Tras recibir la ordenación sacerdotal (26 noviembre 1944), se trasladó a España en 1946 con un grupo de 36 seminaristas para que cursasen los estudios humanísticos en la Pontificia Universidad de Comillas. Al mismo tiempo les inculca una sólida formación integral (espiritual, intelectual, humana y pastoral) a fin de que puedan llevar a cabo la misión específica del instituto (M. Maciel, La formación integral del sacerdote, Madrid, 1994).
El 25 de mayo de 1948 la Santa Sede concedió el nihil obstat para la erección canónica de la congregación, que se efectúa el 13 de junio del mismo año en la diócesis de Cuernavaca. Dos años más tarde, se inaugura en Roma el primer Centro de Estudios Superiores, donde los legionarios habrán de prepararse en las disciplinas filosóficas y teológicas, junto a la roca de Pedro. En 1954 ve nacer la primera obra de apostolado de la Legión de Cristo, dedicada a la formación cristiana de la niñez y la juventud: el Instituto Cumbres de la ciudad de México. En España se crea, en 1958, el centro de noviciado y de estudios de humanidades y ciencias de Salamanca. Ese mismo año los Legionarios de Cristo, por deseo de Pío XII, construyen y toman a su cargo la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe en Roma, posteriormente erigida como basílica menor.
La Santa Sede concedió en 1965 a la Legión de Cristo el Decretum laudis, reconocimiento por el que la congregación pasa a ser de derecho pontificio. Cinco años después, Pablo VI confió a la congregación la recién creada prelatura de Chetumal, en el estado mexicano de Quintana Roo, en la península del Yucatán, cuyos habitantes son, en su mayoría, indígenas mayas. El 29 de junio de 1983, con la intervención personal de Juan Pablo II, la Santa Sede otorgó la aprobación definitiva de las constituciones.
Dada la creciente afluencia de vocaciones, en los años sucesivos se establecen nuevas casas de formación en Irlanda, Estados Unidos, Chile, Alemania, Brasil, Colombia, Italia, Canadá y Francia. En 1990, se inauguró en Roma un nuevo Centro de Estudios Superiores con capacidad para 400 seminaristas. En 1997 surgió un segundo Centro de Estudios Superiores, esta vez en Nueva York.
La clave de su espiritualidad es el conocimiento, amor e imitación de Cristo, como indican sus constituciones: «la formación de los legionarios ha de ser eminentemente cristocéntrica, de modo que en todo y sobre todo Cristo Señor sea el criterio, el centro y el modelo de toda su vida religiosa, sacerdotal y apostólica». Penetrado hondamente por la caridad de Cristo hacia la humanidad, el legionario de Cristo se entrega incansable y ardientemente a anunciar y extender el reino de Dios en la sociedad, llevando la luz del Evangelio a las conciencias y promoviendo la renovación interior del hombre por la gracia. El legionario de Cristo ama apasionadamente a la Iglesia, única razón de ser de su vocación, y se da a ella con espíritu de servicio a través de la adhesión y la colaboración con el romano pontífice y los obispos. El legionario de Cristo confía su ministerio apostólico a la solicitud materna de María, esforzándose por imitar su ejemplo de fe, obediencia, humildad y colaboración en la obra redentora del Salvador.
Su fin específico es la instauración del reino de Cristo en la sociedad, de acuerdo con las exigencias de la justicia y caridad cristianas. Para ello la Legión de Cristo, a través del movimiento de apostolado Regnum Christi, ofrece a los laicos un camino particular para alcanzar la santidad propia de su estado y para participar de manera eficaz en la acción misionera de la Iglesia, dando testimonio del Evangelio en su ambiente familiar, social y profesional y desarrollando un apostolado esforzado y exigente, que apoye los programas de pastoral de cada diócesis.
Chiara Lubich fundó (7 diciembre 1943) en Trento el movimiento de los Focolares (en el dialecto tridentino focolar significa fuego de hogar) u Obra de María (Chiara Lubich y Franca Zambonini, La aventura de la unidad, Madrid, 1992). Los focolares se encuentran en los cinco continentes y difunden la unidad entre los pueblos, las razas, las generaciones, las clases sociales, tratando de hacer realidad la oración sacerdotal de Jesucristo: «Que todos sean uno.» Su perfil mariano y su amor a la Iglesia son rasgos muy propios de los focolares. Existen unos 600 focolares con más de 5.000 miembros. Ellos son el corazón dinamizador del movimiento.
Del tronco de los focolarinos saldrán más de 22 ramas distintas, de vocaciones, de instituciones, de movimientos de masas, de grupos y de iniciativas, todos al servicio de la unidad, y formando una única familia [...] La originalidad del focolar, ya sea femenino o masculino es la convergencia entre la dimensión laical, el apostolado misionero, la consagración (promesas de los consejos evangélicos), y una vida cotidiana «familiar» de continua comunicación entre todos, para que nada de lo que le concierne a un miembro de la familia le sea extraño a los demás (Manuel M.a Bru, Testigos del espíritu..., ob. cit.).
En 1964 los estatutos del movimiento de los focolares recibieron la primera aprobación pontificia; la última se produjo en 1990, bajo el nombre de Obra de María y como asociación privada y universal de fieles de derecho pontificio. Además de los focolarinos, consagrados o casados, hay voluntarios que llevan la presencia de Jesucristo a los distintos ambientes de la sociedad. Dan así origen a un movimiento ramificado, y entre las organizaciones que surgen, unidas a ese tronco común, se pueden citar: Familias Nuevas, para la unidad de las familias; Humanidad Nueva, para la renovación social; los Gen, donde se integran los jóvenes; el Movimiento Sacerdotal, del que participan los sacerdotes diocesanos. También los religiosos y las religiosas se pueden integrar en el movimiento, revitalizando sus propio carisma, así como los jóvenes que se encuentren en los seminarios y en los noviciados (El Movimiento de los Focolares, La unidad es nuestra aventura, Ciudad Nueva, Madrid, 1993).
Comunión y Liberación fue fundada por el sacerdote italiano Luigi Giussani (1922). En 1954, siendo un joven sacerdote de la diócesis de Milán, obtiene permiso para dedicarse a la enseñanza de la religión en un instituto de enseñanza media de Milán. Esta decisión, que en la práctica significó también un cambio de orientación radical en la vida de Giussani (había comenzado una prometedora carrera teológica) fue el origen de lo que después, en la época de la revuelta estudiantil del 68, se comenzó a denominar Comunión y Liberación (R. Ronza, Comunión y liberación. Una entrevista en dos tiempos, Madrid).
Giussani tuvo la percepción de que bajo la apariencia de una hegemonía cultural y social del catolicismo italiano de los años cincuenta —época de gobiernos democristianos y altísima militancia en asociaciones católicas— se comenzaba a manifestar una debilidad que permitía presagiar la inminente incapacidad de entusiasmar y conformar a las masas populares con el anuncio del Evangelio. Aunque todavía no tuvieran una preponderancia social, los planteamientos laicistas, que hacían concebir y orientar la vida al margen de Dios, ya habían obtenido una primacía cultural y presentaban al catolicismo como algo sentimental e intimista, sin influencia en la vida cotidiana, y en cualquier caso incompatible con una vida razonable y adulta.
Fiel a la autenticidad de la experiencia religiosa que él había recibido en su hogar y en el seminario, Giussani propuso a los jóvenes del Liceo Berchet algo que parecía imposible en su ambiente: que el cristianismo no sólo no iba contra la razón, sino que la exaltaba y generaba una madurez afectiva, y no como una receta individualista, sino como una propuesta popular (Luigi Giussani, Curso básico de cristianismo, 4 vols., Madrid, 1998). Así, lo que comenzó siendo un grupo de adolescentes en torno a un profesor de religión, hoy, 44 años después, es un movimiento católico extendido por más de setenta países dentro del cual han surgido experiencias de vida consagrada, asociación laical Memores Domini, y que goza de una gran vitalidad.
Renovación Carismática Católica aparece en Estados Unidos durante 1967, como fruto de la acción gratuita del Espíritu Santo y como una de las respuestas a la oración del papa Juan XXIII, que pidió un nuevo Pentecostés para la etapa que la Iglesia abría con el Concilio Vaticano II (Patti Gallagher Mansfield, Como un nuevo Pentecostés, Madrid, 1994). Bendecida por todos los papas desde Pablo VI, no ha dejado de expandirse por los cinco continentes. No tiene fundador ni grupo de fundadores como otros muchos movimientos. Tampoco tiene lista de miembros participantes, es un movimiento mundial, pero no uniforme ni unificado. Sus componentes se congregan en grupos de oración y comunidades (Chus Villarroel, La Renovación Carismática, Madrid, 1995). En la actualidad, su principal guía y portavoz es Patti Gallagher Mansfield, casada con Al Mansfield y madre de cuatro hijos que reside en Nueva Orleans (Louisiana). El responsable de Renovación Carismática en España es el jesuíta Ceferino Santos.
Los numerosos carismáticos extendidos por todo el mundo buscan una conversión personal a Jesucristo, propiciando una apertura decisiva al Espíritu Santo y pidiendo una nueva efusión sobre ellos o bautismo en el Espíritu, con el que fomentar la recepción y uso de los carismas para el enriquecimiento de la comunidad, que le ayude en su crecimiento personal progresivo en santidad y en la obra evangelizadora.
Entre los carismáticos, tiene especial relevancia la oración comunitaria de alabanza y acción de gracias, combinándose ésta con los dones y carismas: oración en lenguas, profecía, palabra de conocimiento, sanación, etc., que aparecen enriqueciéndola en el caminar diario de un grupo carismático, como respuesta natural de Dios a sus hijos que oran. La Renovación Carismática promueve, especialmente, la participación en la misión de la Iglesia, proclamando el Evangelio con palabras y obras y dando testimonio de Jesucristo mediante la vida personal y aquellas obras de fe y justicia a las que cada uno está llamado.
El Camino Neocatecumenal es una realidad muy importante en la Iglesia que, en la actualidad, estudia la forma canónica adecuada a su carisma específico. Francisco José Gómez de Arguello, más conocido como Kiko Arguello, es el iniciador del Camino Neocatecumenal. Hijo de un abogado madrileño, primogénito de cuatro hermanos, estudió Bellas Artes. En los años sesenta se instaló en el barrio marginal de Palomeras Altas, en el distrito madrileño de Vallecas, donde tuvo lugar los inicios del Camino. También, en estos primeros momentos aparece junto a él otra figura clave del Camino Neocatecumenal, como es Carmen Hernández.
La institución de Kiko Arguello es un camino de conversión vivido en pequeñas comunidades, formadas por personas de distinta edad, condición social, mentalidad y cultura, mediante el cual, dentro de la actual estructura de la parroquia y en comunión con el obispo, se revive en plenitud el propio bautismo. Nace del anuncio de la Buena Noticia, que es Cristo, vencedor en nosotros de la muerte y del pecado. Este anuncio lo hace, de acuerdo con el párroco, un equipo de catequistas provenientes de otra comunidad más avanzada en el camino. Después del anuncio, que dura alrededor de dos meses, la comunidad que se forma comienza su camino, similar al de la Iglesia primitiva, en el que se revive el bautismo en distintas etapas. La vida de la comunidad se basa en un trípode: palabra de Dios, liturgia y comunidad. Estas pequeñas comunidades, inaugurando una vía de conversión en la parroquia, abren un camino para todos aquellos que quieren pasar de una fe infantil a una fe adulta. No se imponen, sienten el deber de no destruir nada, de respetar todo, presentando el fruto de una Iglesia que se renueva y que dice a sus padres que han sido fecundos, porque ha nacido de ellos (Ricardo Blázquez, Las Comunidades Neo-catecumenales, Bilbao, 1998).
El Camino Neocatecumenal es una respuesta concreta a la necesidad de evangelización en la parroquia y en la diócesis, donde el proceso de secularización ha llevado a tanta gente a abandonar la fe y la Iglesia. Por esto ha recibido un apoyo por parte de los papas Pablo VI y Juan Pablo II. Lleva adelante esta misión viviendo el propio camino dependiendo de la comunidad madre, para dar dentro de la parroquia los signos de fe: el amor en la dimensión de la cruz y la unidad perfecta que llaman a la conversión al hombre actual. De este modo la comunidad se hace ella misma anunciadora de la Buena Nueva, suscitando nuevas comunidades. A la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, del cual es fruto, aparece como un camino concreto para edificar la Iglesia, en pequeñas comunidades que sean en el mundo el cuerpo visible de Cristo resucitado.
El Camino Neocatecumenal está extendido en 105 naciones de los cinco continentes, con unas quince mil comunidades; está presente en más de ochocientas diócesis y cinco mil parroquias. Ha ayudado a abrir 35 seminarios misioneros diocesanos en distintos países. Además, hay familias con hijos que dejan su país para ir de misioneros a las zonas más difíciles del mundo; actualmente son más de cuatrocientas las familias misioneras del Camino Neocatecumenal.
La muerte de Pablo VI. Ya se dijo que Pablo VI padeció diversas enfermedades a lo largo de toda su vida, como consecuencia de su frágil constitución física. Lógicamente, con el paso de los años los achaques se multiplicaron. Durante su pontificado, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en la próstata el 4 de noviembre de 1968, cuando tenía 71 años. Con sentido cristiano y por espíritu de servicio convivió con la enfermedad de forma ejemplar. Fue él mismo quien decidió retrasar la intervención de próstata unos meses, para poder asistir al Sínodo de los Obispos y atender al patriarca Atenágoras I, que visitó el Vaticano los últimos días de octubre de ese mismo año.
A pesar de todo, durante los últimos días de su vida lo que de verdad le dejó una huella dolorosa en su alma fueron dos acontecimientos relacionados con la muerte: el secuestro y asesinato de Aldo Moro (9 mayo 1978) y la aprobación de la ley del aborto en Italia (6 junio 1978). En cuanto al trágico final del estadista italiano, a quien Pablo VI conocía desde su juventud, fueron varias la declaraciones que hizo condenando ese crimen y por extensión los crímenes y la violencia de todas las bandas terroristas. Respecto a la disposición del Parlamento italiano, al día siguiente de su aprobación, Pablo VI pronunció las siguientes palabras en la basílica de San Pedro:
Nos, no podemos eludir el deber de recordar nuestros reparos contra esa ley favorable al aborto que ya se aplica también en Italia con grave ofensa a la ley de Dios [...] La vida inocente, sea cual sea la condición en que se halle y desde el primer instante de su existencia, no puede ser objeto de ningún directo ataque voluntario. Este es un derecho fundamental de la persona humana.
Días después de pronunciar las palabras que hemos transcrito, tenía lugar su último acto público. El 12 de julio se dirigió a los asistentes que participaban en un coloquio sobre «Clasificación espectral de las estrellas», organizado por el observatorio astronómico vaticano y concluyó su discurso con estas palabras: «¡Deum creatorem, venite adoremus!. Poco después se retiró a Castelgandolfo, donde el día 3 de agosto recibió al presidente de la República italiana, Sandro Pertini (1896-1990).
El sábado, 5 de agosto, después de cenar, rezó el rosario y recitó completas en la capilla. Después, trabajó durante media hora. Por la noche comenzó a sentirse mal. Ya en la mañana del domingo, 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración, no pudo celebrar la misa y siguió la de su secretario Pasquale Macchi. Al agravarse su estado de salud, le administraron los últimos sacramentos, que recibió conscientemente y respondiendo en latín, cuando le ungían las distintas partes de su cuerpo. Los médicos diagnosticaron un edema pulmonar.
Al anochecer ya no respondía a los cuidados médicos. Pablo VI rezaba continuamente, mientras los médicos intentaban lo imposible.
Y cuando su voz comenzó a no ser clara como antes —según ha manifestado su fiel secretario, Pasquale Macchi— el cardenal secretario de Estado, que estaba presente, me dijo que escuchara la voz del papa para captar si tenía alguna cosa especial que decir; yo arrimé dos veces al oído y escuché siempre esto: «Pater noster qui es in coelis.»
Así pues, hasta el último instante en que fue capaz de hablar y comprender, no hizo otra cosa que repetir «Pater noster qui es in coelis». Diría yo que ésas fueron las únicas verdaderas palabras que dijo el papa cuando se moría. No quiso pronunciar frases. Su espíritu estaba ya en diálogo con Dios, y todo lo que sucedía a su alrededor —la agitación de los médicos, la nuestra— no le interesaba.
Su coloquio se dirigía ya a Dios. Y se apagó serenamente; en el momento en que cesó de latir su corazón, su rostro se suavizó y apareció casi juvenil (C. Cremona, Pablo VI..., ob. cit.).
autismal y la doctrina del Concilio Vaticano II para que los laicos asuman las responsabilidades que comporta su condición de bautizados.Antes de entrar en su descripción, conviene que hagamos tres advertencias. La primera es que, a sabiendas de que los nuevos movimientos eclesiales sobrepasan en el tiempo el pontificado de Pablo VI, se les dedica ahora un apartado específico, por corresponder a estos años la conclusión del Concilio Vaticano II y la aparición de sus primeros frutos, entre los que se cuenta la promoción del laicado. La segunda es que, debido a su elevado número, es imposible materialmente en estas páginas describirlos todos y por lo tanto me referiré sólo a algunos de ellos. Por desgracia, esta laguna tampoco se puede cubrir con referencias bibliográficas, pues no existen publicaciones que se ocupen de ellos en su totalidad. Lo más aproximado a un estudio de conjunto es un reciente libro (Manuel M.a Bru, Testigos del espíritu. Los nuevos líderes católicos: movimientos y comunidades, Madrid, 1998), que describe las características de los más importantes e incluye unas breves biografías de sus dirigentes. Y, como tercera advertencia, antes de describir los movimientos, conviene señalar que algunos de los ya citados no pueden considerarse laicales —valga la expresión— en estado «químicamente puro», sin que esta observación mía se pueda interpretar como un demérito de los mismos, ni mucho menos como una descalificación del estado religioso por mi parte. Es, sencillamente, la constatación de hechos evidentes. Como veremos, algunos de los movimientos no tendrían consistencia sin la existencia de una congregación religiosa, que es realmente la entidad importante y decisiva de esc movimiento; otras veces, esa nueva comunidad está dirigida por religiosos, y hasta las hay que admiten en sus filas a los religiosos junto con los laicos. Esta conexión entre el estado religioso y lo laical se pone igualmente de manifiesto cuando se analizan sus prácticas religiosas, pues como con agudeza escribiera en su día el cardenal Luciani, futuro Juan Pablo I, una cosa es una «espiritualidad para los laicos» y otro muy distinta una «espiritualidad laical». En la primera, suele ser frecuente la aparición de los modos religiosos, aunque acomodados a los laicos, lo que no es ni mejor ni peor que la segunda, son —como ya se dijo, citando a Juan Pablo II— «recursos» del Espíritu Santo, con los que se vivifica la Iglesia.
Los Legionarios de Cristo es una congregación religiosa de derecho pontificio. Marcial Maciel (1920), seminarista mexicano de 16 años de edad, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de 1936, percibe la llamada de Dios para formar una agrupación de sacerdotes que se entreguen con entusiasmo a la difusión del reino de Cristo entre los hombres. El día 3 de enero de 1941 fundó la congregación de los Legionarios de Cristo en los sótanos de una casa prestada, en la ciudad de México, cuando todavía era estudiante de teología. Tras recibir la ordenación sacerdotal (26 noviembre 1944), se trasladó a España en 1946 con un grupo de 36 seminaristas para que cursasen los estudios humanísticos en la Pontificia Universidad de Comillas. Al mismo tiempo les inculca una sólida formación integral (espiritual, intelectual, humana y pastoral) a fin de que puedan llevar a cabo la misión específica del instituto (M. Maciel, La formación integral del sacerdote, Madrid, 1994).
El 25 de mayo de 1948 la Santa Sede concedió el nihil obstat para la erección canónica de la congregación, que se efectúa el 13 de junio del mismo año en la diócesis de Cuernavaca. Dos años más tarde, se inaugura en Roma el primer Centro de Estudios Superiores, donde los legionarios habrán de prepararse en las disciplinas filosóficas y teológicas, junto a la roca de Pedro. En 1954 ve nacer la primera obra de apostolado de la Legión de Cristo, dedicada a la formación cristiana de la niñez y la juventud: el Instituto Cumbres de la ciudad de México. En España se crea, en 1958, el centro de noviciado y de estudios de humanidades y ciencias de Salamanca. Ese mismo año los Legionarios de Cristo, por deseo de Pío XII, construyen y toman a su cargo la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe en Roma, posteriormente erigida como basílica menor.
La Santa Sede concedió en 1965 a la Legión de Cristo el Decretum laudis, reconocimiento por el que la congregación pasa a ser de derecho pontificio. Cinco años después, Pablo VI confió a la congregación la recién creada prelatura de Chetumal, en el estado mexicano de Quintana Roo, en la península del Yucatán, cuyos habitantes son, en su mayoría, indígenas mayas. El 29 de junio de 1983, con la intervención personal de Juan Pablo II, la Santa Sede otorgó la aprobación definitiva de las constituciones.
Dada la creciente afluencia de vocaciones, en los años sucesivos se establecen nuevas casas de formación en Irlanda, Estados Unidos, Chile, Alemania, Brasil, Colombia, Italia, Canadá y Francia. En 1990, se inauguró en Roma un nuevo Centro de Estudios Superiores con capacidad para 400 seminaristas. En 1997 surgió un segundo Centro de Estudios Superiores, esta vez en Nueva York.
La clave de su espiritualidad es el conocimiento, amor e imitación de Cristo, como indican sus constituciones: «la formación de los legionarios ha de ser eminentemente cristocéntrica, de modo que en todo y sobre todo Cristo Señor sea el criterio, el centro y el modelo de toda su vida religiosa, sacerdotal y apostólica». Penetrado hondamente por la caridad de Cristo hacia la humanidad, el legionario de Cristo se entrega incansable y ardientemente a anunciar y extender el reino de Dios en la sociedad, llevando la luz del Evangelio a las conciencias y promoviendo la renovación interior del hombre por la gracia. El legionario de Cristo ama apasionadamente a la Iglesia, única razón de ser de su vocación, y se da a ella con espíritu de servicio a través de la adhesión y la colaboración con el romano pontífice y los obispos. El legionario de Cristo confía su ministerio apostólico a la solicitud materna de María, esforzándose por imitar su ejemplo de fe, obediencia, humildad y colaboración en la obra redentora del Salvador.
Su fin específico es la instauración del reino de Cristo en la sociedad, de acuerdo con las exigencias de la justicia y caridad cristianas. Para ello la Legión de Cristo, a través del movimiento de apostolado Regnum Christi, ofrece a los laicos un camino particular para alcanzar la santidad propia de su estado y para participar de manera eficaz en la acción misionera de la Iglesia, dando testimonio del Evangelio en su ambiente familiar, social y profesional y desarrollando un apostolado esforzado y exigente, que apoye los programas de pastoral de cada diócesis.
Chiara Lubich fundó (7 diciembre 1943) en Trento el movimiento de los Focolares (en el dialecto tridentino focolar significa fuego de hogar) u Obra de María (Chiara Lubich y Franca Zambonini, La aventura de la unidad, Madrid, 1992). Los focolares se encuentran en los cinco continentes y difunden la unidad entre los pueblos, las razas, las generaciones, las clases sociales, tratando de hacer realidad la oración sacerdotal de Jesucristo: «Que todos sean uno.» Su perfil mariano y su amor a la Iglesia son rasgos muy propios de los focolares. Existen unos 600 focolares con más de 5.000 miembros. Ellos son el corazón dinamizador del movimiento.
Del tronco de los focolarinos saldrán más de 22 ramas distintas, de vocaciones, de instituciones, de movimientos de masas, de grupos y de iniciativas, todos al servicio de la unidad, y formando una única familia [...] La originalidad del focolar, ya sea femenino o masculino es la convergencia entre la dimensión laical, el apostolado misionero, la consagración (promesas de los consejos evangélicos), y una vida cotidiana «familiar» de continua comunicación entre todos, para que nada de lo que le concierne a un miembro de la familia le sea extraño a los demás (Manuel M.a Bru, Testigos del espíritu..., ob. cit.).
En 1964 los estatutos del movimiento de los focolares recibieron la primera aprobación pontificia; la última se produjo en 1990, bajo el nombre de Obra de María y como asociación privada y universal de fieles de derecho pontificio. Además de los focolarinos, consagrados o casados, hay voluntarios que llevan la presencia de Jesucristo a los distintos ambientes de la sociedad. Dan así origen a un movimiento ramificado, y entre las organizaciones que surgen, unidas a ese tronco común, se pueden citar: Familias Nuevas, para la unidad de las familias; Humanidad Nueva, para la renovación social; los Gen, donde se integran los jóvenes; el Movimiento Sacerdotal, del que participan los sacerdotes diocesanos. También los religiosos y las religiosas se pueden integrar en el movimiento, revitalizando sus propio carisma, así como los jóvenes que se encuentren en los seminarios y en los noviciados (El Movimiento de los Focolares, La unidad es nuestra aventura, Ciudad Nueva, Madrid, 1993).
Comunión y Liberación fue fundada por el sacerdote italiano Luigi Giussani (1922). En 1954, siendo un joven sacerdote de la diócesis de Milán, obtiene permiso para dedicarse a la enseñanza de la religión en un instituto de enseñanza media de Milán. Esta decisión, que en la práctica significó también un cambio de orientación radical en la vida de Giussani (había comenzado una prometedora carrera teológica) fue el origen de lo que después, en la época de la revuelta estudiantil del 68, se comenzó a denominar Comunión y Liberación (R. Ronza, Comunión y liberación. Una entrevista en dos tiempos, Madrid).
Giussani tuvo la percepción de que bajo la apariencia de una hegemonía cultural y social del catolicismo italiano de los años cincuenta —época de gobiernos democristianos y altísima militancia en asociaciones católicas— se comenzaba a manifestar una debilidad que permitía presagiar la inminente incapacidad de entusiasmar y conformar a las masas populares con el anuncio del Evangelio. Aunque todavía no tuvieran una preponderancia social, los planteamientos laicistas, que hacían concebir y orientar la vida al margen de Dios, ya habían obtenido una primacía cultural y presentaban al catolicismo como algo sentimental e intimista, sin influencia en la vida cotidiana, y en cualquier caso incompatible con una vida razonable y adulta.
Fiel a la autenticidad de la experiencia religiosa que él había recibido en su hogar y en el seminario, Giussani propuso a los jóvenes del Liceo Berchet algo que parecía imposible en su ambiente: que el cristianismo no sólo no iba contra la razón, sino que la exaltaba y generaba una madurez afectiva, y no como una receta individualista, sino como una propuesta popular (Luigi Giussani, Curso básico de cristianismo, 4 vols., Madrid, 1998). Así, lo que comenzó siendo un grupo de adolescentes en torno a un profesor de religión, hoy, 44 años después, es un movimiento católico extendido por más de setenta países dentro del cual han surgido experiencias de vida consagrada, asociación laical Memores Domini, y que goza de una gran vitalidad.
Renovación Carismática Católica aparece en Estados Unidos durante 1967, como fruto de la acción gratuita del Espíritu Santo y como una de las respuestas a la oración del papa Juan XXIII, que pidió un nuevo Pentecostés para la etapa que la Iglesia abría con el Concilio Vaticano II (Patti Gallagher Mansfield, Como un nuevo Pentecostés, Madrid, 1994). Bendecida por todos los papas desde Pablo VI, no ha dejado de expandirse por los cinco continentes. No tiene fundador ni grupo de fundadores como otros muchos movimientos. Tampoco tiene lista de miembros participantes, es un movimiento mundial, pero no uniforme ni unificado. Sus componentes se congregan en grupos de oración y comunidades (Chus Villarroel, La Renovación Carismática, Madrid, 1995). En la actualidad, su principal guía y portavoz es Patti Gallagher Mansfield, casada con Al Mansfield y madre de cuatro hijos que reside en Nueva Orleans (Louisiana). El responsable de Renovación Carismática en España es el jesuíta Ceferino Santos.
Los numerosos carismáticos extendidos por todo el mundo buscan una conversión personal a Jesucristo, propiciando una apertura decisiva al Espíritu Santo y pidiendo una nueva efusión sobre ellos o bautismo en el Espíritu, con el que fomentar la recepción y uso de los carismas para el enriquecimiento de la comunidad, que le ayude en su crecimiento personal progresivo en santidad y en la obra evangelizadora.
Entre los carismáticos, tiene especial relevancia la oración comunitaria de alabanza y acción de gracias, combinándose ésta con los dones y carismas: oración en lenguas, profecía, palabra de conocimiento, sanación, etc., que aparecen enriqueciéndola en el caminar diario de un grupo carismático, como respuesta natural de Dios a sus hijos que oran. La Renovación Carismática promueve, especialmente, la participación en la misión de la Iglesia, proclamando el Evangelio con palabras y obras y dando testimonio de Jesucristo mediante la vida personal y aquellas obras de fe y justicia a las que cada uno está llamado.
El Camino Neocatecumenal es una realidad muy importante en la Iglesia que, en la actualidad, estudia la forma canónica adecuada a su carisma específico. Francisco José Gómez de Arguello, más conocido como Kiko Arguello, es el iniciador del Camino Neocatecumenal. Hijo de un abogado madrileño, primogénito de cuatro hermanos, estudió Bellas Artes. En los años sesenta se instaló en el barrio marginal de Palomeras Altas, en el distrito madrileño de Vallecas, donde tuvo lugar los inicios del Camino. También, en estos primeros momentos aparece junto a él otra figura clave del Camino Neocatecumenal, como es Carmen Hernández.
La institución de Kiko Arguello es un camino de conversión vivido en pequeñas comunidades, formadas por personas de distinta edad, condición social, mentalidad y cultura, mediante el cual, dentro de la actual estructura de la parroquia y en comunión con el obispo, se revive en plenitud el propio bautismo. Nace del anuncio de la Buena Noticia, que es Cristo, vencedor en nosotros de la muerte y del pecado. Este anuncio lo hace, de acuerdo con el párroco, un equipo de catequistas provenientes de otra comunidad más avanzada en el camino. Después del anuncio, que dura alrededor de dos meses, la comunidad que se forma comienza su camino, similar al de la Iglesia primitiva, en el que se revive el bautismo en distintas etapas. La vida de la comunidad se basa en un trípode: palabra de Dios, liturgia y comunidad. Estas pequeñas comunidades, inaugurando una vía de conversión en la parroquia, abren un camino para todos aquellos que quieren pasar de una fe infantil a una fe adulta. No se imponen, sienten el deber de no destruir nada, de respetar todo, presentando el fruto de una Iglesia que se renueva y que dice a sus padres que han sido fecundos, porque ha nacido de ellos (Ricardo Blázquez, Las Comunidades Neo-catecumenales, Bilbao, 1998).
El Camino Neocatecumenal es una respuesta concreta a la necesidad de evangelización en la parroquia y en la diócesis, donde el proceso de secularización ha llevado a tanta gente a abandonar la fe y la Iglesia. Por esto ha recibido un apoyo por parte de los papas Pablo VI y Juan Pablo II. Lleva adelante esta misión viviendo el propio camino dependiendo de la comunidad madre, para dar dentro de la parroquia los signos de fe: el amor en la dimensión de la cruz y la unidad perfecta que llaman a la conversión al hombre actual. De este modo la comunidad se hace ella misma anunciadora de la Buena Nueva, suscitando nuevas comunidades. A la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, del cual es fruto, aparece como un camino concreto para edificar la Iglesia, en pequeñas comunidades que sean en el mundo el cuerpo visible de Cristo resucitado.
El Camino Neocatecumenal está extendido en 105 naciones de los cinco continentes, con unas quince mil comunidades; está presente en más de ochocientas diócesis y cinco mil parroquias. Ha ayudado a abrir 35 seminarios misioneros diocesanos en distintos países. Además, hay familias con hijos que dejan su país para ir de misioneros a las zonas más difíciles del mundo; actualmente son más de cuatrocientas las familias misioneras del Camino Neocatecumenal.
La muerte de Pablo VI. Ya se dijo que Pablo VI padeció diversas enfermedades a lo largo de toda su vida, como consecuencia de su frágil constitución física. Lógicamente, con el paso de los años los achaques se multiplicaron. Durante su pontificado, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en la próstata el 4 de noviembre de 1968, cuando tenía 71 años. Con sentido cristiano y por espíritu de servicio convivió con la enfermedad de forma ejemplar. Fue él mismo quien decidió retrasar la intervención de próstata unos meses, para poder asistir al Sínodo de los Obispos y atender al patriarca Atenágoras I, que visitó el Vaticano los últimos días de octubre de ese mismo año.
A pesar de todo, durante los últimos días de su vida lo que de verdad le dejó una huella dolorosa en su alma fueron dos acontecimientos relacionados con la muerte: el secuestro y asesinato de Aldo Moro (9 mayo 1978) y la aprobación de la ley del aborto en Italia (6 junio 1978). En cuanto al trágico final del estadista italiano, a quien Pablo VI conocía desde su juventud, fueron varias la declaraciones que hizo condenando ese crimen y por extensión los crímenes y la violencia de todas las bandas terroristas. Respecto a la disposición del Parlamento italiano, al día siguiente de su aprobación, Pablo VI pronunció las siguientes palabras en la basílica de San Pedro:
Nos, no podemos eludir el deber de recordar nuestros reparos contra esa ley favorable al aborto que ya se aplica también en Italia con grave ofensa a la ley de Dios [...] La vida inocente, sea cual sea la condición en que se halle y desde el primer instante de su existencia, no puede ser objeto de ningún directo ataque voluntario. Este es un derecho fundamental de la persona humana.
Días después de pronunciar las palabras que hemos transcrito, tenía lugar su último acto público. El 12 de julio se dirigió a los asistentes que participaban en un coloquio sobre «Clasificación espectral de las estrellas», organizado por el observatorio astronómico vaticano y concluyó su discurso con estas palabras: «¡Deum creatorem, venite adoremus!. Poco después se retiró a Castelgandolfo, donde el día 3 de agosto recibió al presidente de la República italiana, Sandro Pertini (1896-1990).
El sábado, 5 de agosto, después de cenar, rezó el rosario y recitó completas en la capilla. Después, trabajó durante media hora. Por la noche comenzó a sentirse mal. Ya en la mañana del domingo, 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración, no pudo celebrar la misa y siguió la de su secretario Pasquale Macchi. Al agravarse su estado de salud, le administraron los últimos sacramentos, que recibió conscientemente y respondiendo en latín, cuando le ungían las distintas partes de su cuerpo. Los médicos diagnosticaron un edema pulmonar.
Al anochecer ya no respondía a los cuidados médicos. Pablo VI rezaba continuamente, mientras los médicos intentaban lo imposible.
Y cuando su voz comenzó a no ser clara como antes —según ha manifestado su fiel secretario, Pasquale Macchi— el cardenal secretario de Estado, que estaba presente, me dijo que escuchara la voz del papa para captar si tenía alguna cosa especial que decir; yo arrimé dos veces al oído y escuché siempre esto: «Pater noster qui es in coelis.»
Así pues, hasta el último instante en que fue capaz de hablar y comprender, no hizo otra cosa que repetir «Pater noster qui es in coelis». Diría yo que ésas fueron las únicas verdaderas palabras que dijo el papa cuando se moría. No quiso pronunciar frases. Su espíritu estaba ya en diálogo con Dios, y todo lo que sucedía a su alrededor —la agitación de los médicos, la nuestra— no le interesaba.
Su coloquio se dirigía ya a Dios. Y se apagó serenamente; en el momento en que cesó de latir su corazón, su rostro se suavizó y apareció casi juvenil (C. Cremona, Pablo VI..., ob. cit.).
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