Péo, san (142 - 155)
Hijo de cierto Rufino, había nacido en Aquileia. En el Códice Muratoriano se afirma que Hermas, autor de la importante obra conocida como El Pastor, fue hermano de este papa. El libro, de escasa extensión, permite descubrir que los obispos de Roma habían llegado a concentrar en sus manos un gran poder, que hacían extensivo a otras sedes: aunque los grandes centros teológicos se encontraban fuera de Roma, especialmente en Alejandría y Antioquía, El Pastor formula, entre otras, una importante doctrina sobre la penitencia que no limita a un determinado territorio, sino que la hace válida para toda la Iglesia. Coetáneo de san Pío I es también san Justino, el famoso apologista.
Hacia el año 140 había llegado a Roma Marción: excomulgado por su propio padre, había conseguido reunir una gran fortuna con negocios navieros, la cual permitió que se le acogiese muy bien en la comunidad romana. Pronto, sin embargo, se apartó de ella para fundar una nueva Iglesia gnóstica: sin entrar en disquisiciones teológicas ajenas a este libro, conviene sin embargo explicar que, en esencia, Marción afirmaba la existencia de dos principios divinos contra puestos, el Demiurgo creador del Antiguo Testamento, duro y justiciero, y el Dios bueno y misericordioso, Dios Padre, que Jesucristo habría revelado y corresponde al Nuevo Testamento. Las consecuencias de este dualismo, al que san Pío I hubo de enfrentarse, eran muy graves: la materia pasaba a ser considerada esencialmente mala, con independencia del uso que de ella se haga; ins talado el sexo en la zona del mal, el matrimonio se convierte en un pecado exactamente igual al simple concubinato. En julio del 144, el papa Pío presidió un sínodo de presbíteros excomulgando a Marción, condenando severamente su doctrina. El martirio, que algunos textos muy tardíos atribuyen a Pío I, no ha sido comprobado. Aniceto, san (155 - 166)
Dos noticias muy concretas: procedía de Emesa (Siria) y, según Eusebio, llegó a reinar once años. Roma era ya, en esos tiempos, el centro que atraía desde todos los rincones de la cristiandad, y no sólo a los grandes maestros de la ortodoxia, sino también a Marción y a Valentín (130? - 160?), los predicadores del gnosticismo que daban la sensación de que el triunfo de su causa dependía de lo que sucediera en la gran capital del Imperio. Era inevitable que se produjera cierta confusión, pues eran muchos quienes establecían una relación de dependencia con el hecho mismo de la capitalidad. Poco después de su elección, Aniceto recibió la visita de san Policarpo de Esmirna, octogenario, que solicitaba del papa una decisión respecto a la fecha en que cada año debía conmemorarse la Pascua, esto es, la fecha correspondiente al 14 del mes lunar de Nisan. Roma no paraba mientes en la fiesta anual: cada domingo conmemoraba la Resurrección del Señor. Por lo tanto, san Aniceto no opuso ningún obstáculo a lo que le solicitaban. Policarpo celebró la misa en presencia del papa manifestando así la perfecta comunión entre ambos.
Policarpo sumó sus esfuerzos a los de otros grandes colaboradores de la Sede Apostólica empeñados en la lucha contra el gnosticismo. Entre ellos hay que destacar a Hegesipo, autor de importantes obras, al ya mencionado Justino y, sobre todo, a Ireneo, discípulo de san Policarpo. Probablemente fue también Aniceto quien erigió la lauda sepulcral de San Pedro en el Vaticano, que se menciona ya como lugar de peregrinación a principios del siglo iii y cuya existencia han confirmado las modernas excavaciones. No existe, en cambio, comprobación de la noticia de que san Aniceto hubiera adoptado las primeras disposiciones acerca del traje clerical, prohibiendo a los presbíteros el uso de melena larga. La tradición no le cuenta tampoco entre los mártires.
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