Nicolás III (25 noviembre 1277 - 22 agosto 1.280)
La elección de Orsini. Los siete cardenales se dividieron en dos bandos: tres de ellos apoyaban la candidatura de Juan Gaetano Orsini, hijo de Mateo Rosso y de Perna Gaetani, que durante treinta años había gobernado la curia; otros tres se le oponían porque le consideraban un enemigo de Carlos de Anjou. El interregno duró seis meses hasta que, finalmente, la candidatura de Orsini triunfó. El nombre adoptado por el nuevo papa coincidía con el título que como cardenal ostentara. Publicaría una nueva colección de Decretales, las Novélae, que se agregaron a las de Graciano. Al desarrollarse en Europa el antijudaísmo, como consecuencia de las condenas que se estaban formulando contra el Talmud, pidió a franciscanos y dominicos que escogiesen predicadores idóneos que llevaran a los hebreos a la fe. Elegante y de buena presencia, juntaba la destreza personal con la experiencia de los negocios. Su objetivo parece haber sido restaurar la independencia de los Estados Pontificios.
La política. Comenzó obteniendo el cese de Carlos de Anjou como senador de Roma (16 septiembre 1278); un decreto, de 11 de julio de 1279, determinó que ningún príncipe foráneo pudiera en adelante ocupar el cargo. El papa debía ser senador perpetuo, absorbiendo de esta manera la señoría sobre la ciudad de Roma; su pariente, Mateo Orsini, se ocupó en la práctica de hacer sus veces. También hizo desaparecer la vicaría imperial sobre Toscana. Mantuvo estrechas negociaciones con Rodolfo de Habsburgo, preparando ya su coronación: el 14 de febrero de 1279 el rey de Romanos hizo una solemne renuncia a los derechos que aún pudieran corresponderle en Romagna. De este modo los Estados Pontificios obtuvieron la distribución espacial y la estructura jurídica que conservarían hasta 1860. Para que esta política diera resultados duraderos, se necesitaban dos condiciones difíciles de obtener: la reconciliación entre los Anjou y los Habsburgo, que hiciera definitiva la separación entre Alemania e Italia, y la paz entre los partidos de güelfos y gibelinos. Por eso apoyó a los Visconti, en Milán, y su sobrino el cardenal Latino Malabranca negoció en Genova y en Florencia reconciliaciones que permitieran regresar a los que estaban en el exilio.
Se proyectó el matrimonio de una hija del emperador, Clemencia, con un nieto del rey de Nápoles, Carlos Martel; ambos serían reconocidos como reyes de Arles. De hecho, Rodolfo legitimó a Carlos de Anjou en su posesión de Provenza y Foncalquier, que eran feudos del Imperio. Es difícil conocer cuál era el proyecto de fondo que Nicolás perseguía: se ha especulado con el designio de crear cuatro reinos o principados independientes entre sí, Alemania, Lombardía, Borgoña, Toscana, como una garantía de paz para la Iglesia; de todas formas, la muerte del papa impidió que las negociaciones llegasen a buen fin.
Oriente. Siempre, la cruzada. Bizancio estaba en el mismo centro del problema. Aunque Nicolás prohibió hacer la guerra a Miguel VIII (no se atrevió, en cambio, a excomulgar a quienes en Epiro y Tesalia le combatían), presentó exigencias en relación con la unión, que los orientales juzgaron excesivas: inserción obligatoria del Filioque, publicación de los juramentos prestados en Lyon, conservación en la liturgia griega únicamente de aquellos ritos que coincidiesen con la latina, presencia de un legado permanente en Constantinopla y de nuncios en cada una de las principales ciudades, confirmación de los nombramientos eclesiásticos en Roma y algunas otras de menor importancia. Sin embargo, el papa no quería provocar la ruptura: tales demandas se incluyeron en las instrucciones a los legados como una especie de programa máximo, pero con poderes para atemperarlas si era necesario. A pesar de todo es preciso reconocer que aquí estaba el precedente para la decisión de Martín IV.
Franciscanos. Protector de los franciscanos, Nicolás III publicó la constitución Etsi qui seminat (14 agosto 1279), declarando la santidad de la pobreza y la obligación de seguirla; al mismo tiempo establecía la diferencia entre propiedad y usufructo, que permitía poseer edificios y otros bienes. A los extremistas del franciscanismo esta disposición les sentó mal, y Berengario de Perpignan presentó ante el papa una protesta que llegaría a tener consecuencias impensadas: alegaba que Cristo y los apóstoles nada habían tenido en propiedad ni en simple posesión.
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