Nicolás IV (22 febrero 1288 - 4 abril 1292)
Elección. La supresión del decreto de Gregorio X había permitido el retorno a las elecciones prolongadas: más de once meses duró esta vez la vacante. Calores excesivos y peste causaron la muerte de seis cardenales y la dispersión de todos los demás excepto uno, el franciscano Jacobo de Ascoli, del título de Palestrina. Cuando los purpurados regresaron a Roma, le eligieron por unanimidad. Nacido en Lisciano, cerca de Ascoli, el 30 de septiembre de 1227, e hijo de clérigo, sucedió a san Buenaventura como general de su orden en 1274. Había sido uno de los negociadores de la unión con los griegos. Colaborador de Nicolás III en la bula Exiit qui seminat, este papa le nombró cardenal. Se trata del primer franciscano que llegó al solio. Protector de artistas como Arnolfo di Cambio o Pietro Cavallini, reconstruyó San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Protegió, seguramente con exceso, a los Colonna, procedentes de Nápóles: Giovanni Colonna, senador único, en lucha con los Orsini y los Savelli, creó en Campania un gran poder.
Cardenales. La bula Coelestis ahitado (18 de junio de 1289) reconoció a los cardenales el derecho a percibir la mitad de las rentas correspondientes a la curia. Estableció de este modo un precedente de importancia, abriendo el debate en torno a las funciones del colegio, en especial durante las vacantes en el solio. Dos corrientes de opinión se dibujaban: aquella que sostenía que los cardenales compartían con el papa la plenitudo potestatis, por lo que, en los interregnos, gobernaban a la Iglesia por derecho propio; y aquella otra que afirmaba ser únicamente un organismo consultivo (consistorio) cuyos miembros recibían del papa todas las funciones y, durante las vacantes, asumía provisionalmente funciones que no eran suyas.
Nápoles. Apoyó a Carlos II de Anjou (1285-1309) con todas sus fuerzas aunque mantuvo buenas relaciones con Rodolfo, reconociendo su derecho a ser coronado. La muerte del rey de Romanos en 1291 impidió definitivamente la coronación. Mediante negociaciones intentó que, anulado el tratado de Canfranc (28 octubre 1288) —por el que se daba a Carlos II libertad a cambio de reconocer a Jaime II como rey de Sicilia—, los Anjou recobrasen la totalidad de sus dominios. No pudo conseguirlo, pero logró al menos que, levantando la excomunión que pesaba sobre Alfonso III, se negase desde Aragón toda clase de ayuda a los rebeldes. Sin embargo Alfonso murió el 18 de junio de 1291 y fue precisamente Jaime quien le sucedió, dejando a su hermano Federico en Sicilia como lugarteniente. Cuando el papa coronó en Rieti a Carlos II lo hizo en calidad de rey de todo el Realme y no sólo de Nápoles.
Oriente. En un último esfuerzo para salvar las posiciones de Tierra Santa, tras el saqueo de Trípoli (abril de 1289), Nicolás IV dispuso la predicación de la cruzada (1290) c incluso llegó a enviar una pequeña flota en auxilio de san Juan de Acre. En 1291 Enrique II, rey de Chipre y de Jerusalén, abandonó esta última ciudad, que sucumbió al asalto el 18 de mayo del mismo año. Las noticias que llegaron a Occidente eran espeluznantes: el maestre del Temple Guillermo de Beaujeu, y el mariscal del Hospital, Mateo de Clermont, murieron luchando heroicamente, y las monjas clarisas se cortaron la nariz para evitar ser violadas. Causaron un gran impacto. El franciscano Fidenzio de Padua envió al papa un Líber de recuperatione Terre Sáncte, incitándole a realizar un gran esfuerzo para recobrar Palestina, de cuya pérdida Tadeo de Nápoles culpaba a los reyes y caballeros occidentales. Pero fue Ramón Llull (1232-1316) quien envió el programa más eficaz: un plan de estudios para disponer de personas que conociesen el árabe y el hebreo a fin de penetrar en los espacios orientales y africanos; la centralización de las misiones bajo el mando de un solo cardenal; y la refundición de las órdenes militares hasta crear con ellas el gran ejército de caballería que la cristiandad necesitaba. Nicolás atendió también al otro horizonte que se había abierto. En 1290 Argun, nieto de Hulagu Khan, dueño de Bagdad, se puso en contacto con Roma a través de un converso, Andrés Chagan o Zagan, pidiéndole como su abuelo el envío de personas instruidas porque en sus dominios había comunidades cristianas. Paralelamente, otro franciscano, Juan del Monte Corvino, que había actuado en Armenia, llegaba a ponerse en contacto con los keraitas nestorianos: por el camino de Mongolia llegó a la corte de Kublai Khan (1260-1294) en Pekín. Desde Orvieto fueron enviados algunos franciscanos para ayudarle. El papa otorgaría a Monte Corvino el título de obispo de Pekín.
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