León X (11 marzo 1513 - 1 diciembre 1521)
Personalidad y gobierno de los Estados de la Iglesia, Juan de Médicis nació en Florencia el 11 de diciembre de 1475. Hijo segundogénito de Lorenzo el Magnífico y de Clara Orsini, tuvo una esmerada y cuidadosa educación bajo la dirección de Ángel Poliziano. A los siete años recibió la tonsura y, poco después, el cargo de protonotario apostólico; a los trece fue nombrado cardenal por Inocencio VIII y marchó a Pisa a estudiar derecho canónico. La muerte de su padre en 1492 y los desórdenes fomentados por los seguidores de Savonarola contra los Médicis, obligaron al joven cardenal a refugiarse en la corte de Urbino, en compañía de su hermano menor Juliano y de su primo Julio. En 1500 se trasladó a Roma y se estableció en el palacio Madama, residencia de los Médicis en la ciudad. Allí permaneció hasta su elevación al trono pontificio, llevando una vida refinada y apoyando a los artistas.
A la muerte de Julio II, después de un cónclave muy breve, el cardenal Médicis fue elegido papa el 11 de marzo de 1513, a pesar de que sólo contaba 37 años de edad. Tomó el nombre de León X y fue coronado el 21 del mismo mes. En uno de los arcos triunfales que se levantaron con motivo de la solemne toma de posesión de San Juan de Letrán se podía leer: «Antes había imperado Venus, después llegó el turno del dios de la guerra, y ahora llega tu día, soberana Minerva», que aludía evidentemente a los pontificados de Alejandro VI, Julio II y León X. Y, efectivamente, el papa León distribuyó con generosidad principesca sus tesoros en favor de muchos discípulos de Minerva, la diosa de la sabiduría.
Una vez entronizado, León X se preocupó de continuar el concilio lateranense iniciado por su predecesor, que llegó a su fin en marzo de 1517, y concedió el perdón a los cardenales cismáticos, Carvajal y Sanseverino, que habían participado en el conciliábulo de Pisa, reintegrándoles a sus cargos.
Uno de los objetivos del papa fue mantener los Estados de la Iglesia y Florencia al margen de las luchas entre franceses y españoles que se disputaban el dominio en Italia. La antipatía del papa León por Francia era bien conocida, pero el pontífice supo vencerla y entabló negociaciones con Luis XII para restablecer la paz y conseguir que el monarca aceptara el concilio lateranense. La lucha de la liga contra Francia continuó con alternancias hasta la victoria francesa de Marignano (1515), que abrió el camino a la paz y consagró la división de las influencias entre Francia (el norte) y España (el sur); sólo Venecia y los Estados de la Iglesia conservaron una independencia real. El papa tuvo que renunciar a Parma y Piacenza, y por el concordato de 1516 concedió al rey francés el derecho de presentación de todos los beneficios consistoriales del reino, mientras que Francisco I (1515-1547) derogó la pragmática sanción de 1438. El concordato fue ratificado por el concilio lateranense el 19 de diciembre de 1516 y, en opinión de Imbart de la Tour Les origines de la Reforme, II, París, 1909), puso remedio a la anarquía que reinaba en Francia en la provisión de los beneficios.
Por el mismo tiempo, con el pretexto de que el duque de Urbino, Francisco María della Rovere (1508-1516), había traicionado los intereses del papado, León X le privó del ducado y se lo entregó a su sobrino Lorenzo de Médicis, que lo ocupó en agosto de 1516. La decisión fue mal vista entre los cardenales y algunos organizaron un complot para asesinar al papa. La conjura falló y el cardenal Petrucci, su principal artífice, fue ejecutado en julio de 1517; otros, como Sauli y Riario, fueron encarcelados y liberados después de pagar una suma enorme de dinero.
Restablecida la paz en Italia, el papa podía pensar en organizar la cruzada contra los turcos. Envió legados a Inglaterra, Francia, España y el Imperio, pero las buenas perspectivas se vinieron abajo con la muerte del emperador en 1519. La lucha de los reyes de Francia y España por conseguir la corona imperial centró los objetivos del momento. La mayor preocupación de León X era la de mantener el equilibrio entre ambos candidatos e impedir que uno u otro se hiciera con el control de Italia y limitara el poder pontificio.
El papa, preocupado por la composición del sacro colegio, que le parecía sospechosa, a pesar de haber nombrado a cuatro florentinos al inicio de su pontificado, en 1517 designó a 31 nuevos cardenales, cifra muy elevada y sin parangón antes y después de su pontificado. A excepción de los cardenales Tomás Cayetano y Gilberto de Vitervo (Canisio), las demás nominaciones miraban más a contentar a las diferentes facciones de la nobleza romana, a favorecer los intereses de los Médicis y a dar una satisfacción a los soberanos extranjeros. El sacro colegio, tradicionalmente compuesto por 24 miembros, pasó a 46 y constituyó una auténtica corte, pues muchos de sus componentes sólo tenían de eclesiásticos el título y el nombre. Para hacer frente a los gastos cada vez más crecientes de la corte papal se recurrió a todos los expedientes: aumento de los derechos de cancillería, venta de oficios, indulgencias, etc. A pesar de las denuncias y de las críticas, nada se hizo por cambiar este estilo de vida, ni siquiera las tesis luteranas pudieron con él.
La crisis luterana. En marzo de 1517 el concilio lateranense llegaba a su fin, y el 31 de octubre el profesor de Wittenberg, Martín Lutero (1483-1546), envió 95 tesis en latín a los obispos asistentes solicitando una disputa teológica. El motivo de las tesis de Lutero fue la indulgencia que Julio II había promulgado para la construcción de la basílica de San Pedro, y que León X renovó. Aquellas tesis, que buscaban el diálogo y no la lucha, las hizo imprimir Christoph Scheuerl y pronto circularon por toda Alemania. La inesperada resonancia que obtuvieron demostró hasta qué punto era general el descontento y la irritación por el problema de las indulgencias y otros gravámenes con que la curia romana oprimía a la nación alemana.
En la Dieta de Augsburgo de 1518, el cardenal Cayetano escuchó a Lutero, que apeló a un concilio general. Pero, como tras la muerte del emperador Maximiliano I en enero de 1519, León X quería impedir la elección imperial de Carlos I de España (1516-1556), se mostró complaciente con el príncipe elector Federico el Sabio y paralizó el proceso contra Lutero. Después de la elección de Carlos V, León X reanudó el proceso contra Lutero y el 15 de junio de 1520 emitió la bula en que le amenazaba con la excomunión, pero como Lutero la quemó en Wittenberg, el papa le excomulgó el 3 de enero de 1521. Un alejamiento de la realidad y un funesto sentimiento de seguridad ofuscó al papado, que miró a Lutero con desprecio y con un sentimiento de superioridad, ignorando las posibilidades que se encerraban en aquel nuevo tipo de cristianismo que combatía.
El mecenazgo. El amor que el papa tenía a las letras y a las artes parecía heredado de los Médicis. León X se distinguió por una protección decidida a todas las manifestaciones del Renacimiento, rodeándose de una brillante corte de cultivadores del arte y de las letras, en la que Bembo y Sadoleti ocupaban el cargo de secretarios. Rafael y Miguel Ángel trabajaron para él; continuó la reforma de la Universidad de Roma; se preocupó de restaurar la biblioteca de su padre saqueada por los partidarios de Savonarola, etc. El cansancio y la enfermedad acabaron con la vida del pontífice el primer día de enero de 1521, cuando contaba 46 años de edad. Su muerte suscitó un general concierto de alabanzas por parte de aquellos poetas y escritores que habían sido testigos y beneficiarios de su eximia liberalidad. Pero por un extraño e incomprensible contraste, su cuerpo descansó largo tiempo en un túmulo innoble de la basílica de San Pedro. Paulo III lo mandó trasladar, junto al de Clemente VII, a un mausoleo de mármol situado en el coro de la iglesia romana de Santa María sopra Minerva.
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