León VIl (3 enero 936 - 13 julio 939)
Durante más de veinte años, Alberico sería dueño absoluto de Roma. Sabía muy bien que este extraordinario poder tenía que justificarse como un servicio a la grandeza de la ciudad y de su territorio, ahora a salvo de la amenaza de los sarracenos, y como un respaldo a la Iglesia en vías de reconstrucción moral. Tara eso necesitaba papas sumisos, sin duda, pero ejemplares. Y aunque las elecciones fueron sustituidas por la designación directa, no cabe duda de que los cuatro pontífices que sucedieron a Juan XI deben calificarse de ejemplares. León VII, cardenal presbítero de San Sixto era, con toda probabilidad, un benedictino. Alberico mostraba mucho afecto a estos monjes. San Odón, presente en Roma, le ayudó a conseguir un acuerdo de paz con Hugo de Arles, al que se reconoció como rey de Italia. Alberico le hizo importantes regalos: el palacio del Avenlino ¡i fin de convertirlo en monasterio, Subiaco, tan afectivamente ligado a los orígenes del benedictismo, y la basílica de San Pablo extramuros. (’arlas de León a los obispos franceses les conminaba a que prestaran ayuda a la reforma de Cluny. No sólo a ésta: Gorze, cerca de Metz, recibió también los privilegios que necesitaba para su desenvolvimiento; de ella arranca la otra rama del movimiento de reforma. Hacia el año 937 el papa envió el pallium al arzobispo de Bremen, Adaldag, lo que permitiría renovar el esfuerzo misionero en Escandinavia, y nombró a Federico de Maguncia vicario para Alemania. Primeros pasos, todavía tímidos de un cambio que habría de acentuarse. Europa, vencidas las invasiones —incluso en España— comenzaba a reconstruirse.
El cronista Flodoardo, que le conoció personalmente, hace de León un retrato lleno de devoción admirativa.
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