León IX (12 febrero 1049 - 19 abril 1054)
La elección. Ante los propios romanos, el prestigio de Enrique III había crecido: las personas por él escogidas habían devuelto al pontificado su alto significado espiritual y a la ciudad el orden y la paz; de ahí que al producirse la muerte de Dámaso II, el Senado y el clero se dirigieran a él pidiéndole una nueva propuesta. Al principio su preferencia se dirigía a Alinardo, obispo de Lyon, pero acabó decidiéndose por Bruno, obispo de Toul, que había demostrado una gran eficacia en varias misiones. Nacido el 21 de junio de 1002, hijo de Hugo, conde de Egisgheim y de Dagsbourg, alsaciano, estaba muy enraizado con los programas de reforma de los monasterios de aquella región. Conrado II, su pariente, le había encomendado misiones diplomáticas, pero era en su calidad de obispo como demostró energía, habilidad y espíritu sacerdotal. Cuando Enrique III, estando en Worms, le comunicó su decisión, en diciembre de 1048, le respondió que sólo aceptaría si los romanos le reconocían unánimemente. Así pues, viajó a Roma en hábito de peregrino y fue recibido con aclamaciones, pudiendo ser consagrado el 12 de febrero de 1049. El nombre escogido apelaba a la protección del Magno.
Equipo de reformadores. En ese gesto no había ninguna desconfianza al emperador, aunque sí la afirmación de un espíritu de libertad interna que es la misma que exigía en el Concilio de Reims del 1049. W. Brocking (Die Franzosische Politik Papst Leo IX, Stuttgart, 1891) ya destacó, hace más de un siglo, que este sínodo fue como el acelerador de la reforma. Precisamente en Francia comenzó entonces a marchar con mayor rapidez porque los Capetos, que deseaban corregir los excesos del vasallaje, esperaban de ella un fortalecimiento y no una debilidad de su poder. Pero León IX hizo algo más importante todavía: crear el equipo colectivo de la reforma, con un predominio bastante claro de loreneses: Humberto de Moyenmoutier, Federico de Lorena, Hugo el Blanco, Pedro Damiano y, desde luego, san Hugo de Cluny (1024-1109). Desde Lorena trajo también a Hildebrando, el colaborador de Juan Graciano, al que ordenó de subdiácono para ponerle al frente de la administración romana. A. Fliche (études sur la polémique religieuse á l’époque de Grégoire VII. Les prégrégoriens, París, 1916) insiste: ha habido cierta exageración al atribuir a Hildebrando un papel de dirección casi absoluta en la reforma: la huella de los loreneses es muy profunda; fueron ellos los que descubrieron que sin libertad en las elecciones eclesiásticas, dicha reforma se encontraría desprovista de raíces.
León IX atacó muy duramente el concubinato de los clérigos en Roma, pero necesitaba de los obispos en cada sede, para atacar con eficacia un problema que no bastaba con denunciar. Llegó a la conclusión de que en la simonía, ese complejo tráfico de los grandes oficios, se encontraba la clave de todo. La simonía fue declarada pecado contra la fe, pues se opone a la acción del Espíritu Santo, y convierte lo sagrado en profano. En cierta ocasión el papa llegaría a plantear la cuestión de si debían considerarse inválidas las ordenaciones de manos de un obispo simoníaco —un debate que se había producido ya en el pasado al anularse los actos de un antipapa o antipatriarca—, pero Humberto, cardenal de Silva Candida, en su Líber gratissimus explicó que, en términos de doctrina cristiana, la validez de un sacramento es independiente de la dignidad o indignidad del ministro.
Frente a la herejía. Para extender su doctrina, León IX viajó infatigablemente. De este modo se daba la sensación, de un modo práctico, de que el papa era y actuaba como cabeza de la cristiandad y no simplemente como el primero de los obispos residentes en Roma. En mayo de 1049 presidió un sínodo en Pavía. Luego fue a Colonia, Aquisgrán, Lieja, Tréveris y, naturalmente, Toul. En octubre de ese mismo año estaba presidiendo el ya mencionado sínodo de Reims. Una asamblea, celebrada en Maguncia, contó con la presencia del emperador. En 1050, vuelto a Italia, León recorrió el sur de la península, ahora libre de sarracenos, visitando Salerno, Amalfi, Benevento, Gargano y Siponte, dejando en todas partes claramente establecida la autoridad romana. En ese preciso momento, y como una de las secuelas doctrinales generadas por la simonía, el papa se enfrentó con el primer hereje moderno occidental, Berengario de Tours (1000? - 1088).
Aunque no son demasiado precisas nuestras fuentes de información, Berengario afirmaba, al parecer, que la presencia de Cristo en la eucaristía no es «real» sino «virtual». De este modo resolvía las dudas que se venían formulando en torno a la validez de los sacramentos impartidos por simoníacos y nicolaístas: el pan seguía siendo pan y el vino vino, antes como después de la consagración. El sínodo de Letrán de 1050 declaró que dicha doctrina era herética, invitando en consecuencia a Berengario a arrepentirse y a suscribir una declaración de ortodoxia. Berengario buscó el amparo de Enrique I, rey de Francia (1031-1060), y acabó sometiéndose. Ante el concilio que presidía en Tours Hildebrando, en calidad de legado apostólico, firmó la declaración de fe que se le pedía. Otros sínodos, en Velletri y Florencia, se ocuparon de posibles errores en torno a la eucaristía.
Cividale. Antes de fin de año, León IX había reemprendido sus viajes: por Borgoña, Lorena y Alsacia, alcanzó Augsburgo para presidir, junto con Enric|ue III, otro sínodo (2 febrero 1051). Recorrería después el norte de Italia, comprobando la marcha de la reforma. El año 1052 volvería a Alemania para Iratar con el emperador de otro asunto, esta vez político. Los mercenarios normandos, a los que el propio pontificado pusiera en relación con el rebelde Mcles, crecidos en número por sucesivas emigraciones, se habían agrupado en torno a los cuatro hijos de Tancredo de Hauteville y actuaban con absoluta independencia. Argiro, el hijo de Meles, reconciliado con Bizancio, proponía ahora una alianza entre el emperador Constantino y León para acabar con estos rebeldes que se habían vuelto peligrosos. Enrique III accedió a transferir a la sede romana el gobierno de Benevento y otros lugares inmediatos pero, aconsejado por su canciller, Gebhardt de Eichstadt, eludió participar en la campaña. Operando por su cuenta, los bizantinos fueron derrotados. También León IX sufrió un duro revés en Cividale (16 julio 1053) y cayó prisionero. Antes de recobrar la libertad hubo de firmar un tratado que significaba el pleno reconocimiento del principado normando.
Cisma de Oriente. Hubo una consecuencia inesperada. El patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, era opuesto a los planes de Argiro y del emperador, pues entendía que la intervención del papa en aquella campaña implicaba un reconocimiento de su autoridad sobre las Iglesias del sur de Italia. Decidió forzar una nueva ruptura. Para ello, en 1053 inspiró una carta del metropolitano de Bulgaria, León de Acrida, al obispo Juan de Trani, en la que se acusaba a los occidentales de serias desviaciones doctrinales: uso de pan ázimo en la eucaristía, ayuno en los sábados y autorización para comer animales ahogados. El cardenal Humberto de Silva Candida dio la respuesta, afirmando al mismo tiempo la supremacía de la sede romana. Confiando en su alianza con el emperador, León IX decidió el envío a Constantinopla de una embajada en la que, junto al mencionado cardenal, figuraban Federico de Lorena y el obispo Pedro de Amalfi. Cerulario preparó ruidosas manifestaciones de protesta y exigió de los legados que le prestaran homenaje. Luego rompió las negociaciones afirmando que las cuestiones doctrinales eran competencia exclusiva del santo sínodo oriental. Los legados abandonaron Constantinopla. El emperador, que quería salvar in extremis la alianza, les volvió a llamar, pero Cerulario, que dominaba la situación, invocó al pueblo en alboroto y logró que el sínodo formulara acusaciones contra Roma. Los legados se encolerizaron y, a punto de abandonar definitivamente la ciudad, depositaron en el altar de Santa Sofía, el 16 de julio de 1054, una bula de excomunión. Seguramente no se percataban de que esta vez la ruptura iba a ser definitiva. Las dos excomuniones eran defectuosas, pues se hacían en nombre de un papa que había fallecido y estando la sede vacante a un patriarca que no había tenido ocasión de redactar nuevas cartas sinodales.
Entre otras decisiones de este importante pontificado figuran la prohibición de calificar a Compostela de sedis apostolicae y la de otorgar a los arzobispos de Hamburgo-Bremen la vicaría general sobre los países del norte.
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