León IV, san (10 abril 847 - 17 julio 855)
Un papa restaurador. El mismo día de la muerte de Sergio II, en medio de las ruinas y desolación causadas por el golpe musulmán, fue elegido este benedictino de estirpe lombarda, aunque nacido en Roma, hijo de Rodoaldo, a quien Sergio II nombrara cardenal del título de los Cuatro Santos Coronados. Como tardara en llegar la confirmación imperial, se hizo consagrar el 10 de abril, alegando que el tiempo no permitía dilaciones. Era el hombre enérgico que se necesitaba en aquella ocasión. Garantizó que, pese a esta circunstancia, se mantenía la legalidad de la Constitutio. Luis II estaba llevando a cabo entonces la reconquista de Benevento, aplacando las discordias entre pretendientes y creando dos pequeños principados, Salerno y Benevento, destinados a servir de barbacana en la defensa contra los sarracenos.
El nombre de León se nos conserva hoy en la «ciudad leonina». Fue, en principio, un recinto fortificado que, por encargo de Lotario y con apoyo económico de éste, se estableció en torno a San Pedro para defensa de esta basílica. El año 849 los musulmanes reaparecieron y contra ellos se unieron las flotas de Nápoles, Amalfi y Gaeta: de este modo logró el papa obtener una victoria decisiva en Ostia. A continuación fortificó Porto con refugiados corsos y reconstruyó Centumcellae (la actual Civitavecchia) en un lugar dotado de mejores condiciones de defensa. Pudo disponer de años de verdadera tregua.
Lotario estaba lejos. Pidió a León que coronara emperador a su hijo Luis II, y el papa accedió. A partir de entonces las relaciones con el Imperio se hicieron exclusivamente a través de este príncipe. Tales relaciones no fueron siempre pacíficas: la lejanía del emperador y las difíciles circunstancias de un Imperio atomizado y amenazado permitían al papa librarse de una tutela que resultaba ya molesta. Tres agentes imperiales que habían asesinado a un legado papal fueron ejecutados en Roma. Luis II sospechaba, con razón, que en la curia se conspiraba contra su autoridad. En relación con Constantinopla también mostró León la firme autoridad: reprochó al patriarca Ignacio que hubiera depuesto al obispo de Siracusa sin consultarle y dispuso que ambas partes, el despojado y el designado, comparecieran en Roma para que se produjera el juicio arbitral.
Sus trabajos de restauración aprovecharon muchos otros edificios de Roma. La basílica de San Clemente conserva su retrato. Los años 850 y 853 se celebraron sínodos que pretendían reemprender la obra de reforma que Eugenio II ya comenzara. Fueron importantes las relaciones con los obispos de Inglaterra, a los cuales se remitió el año 849 una instrucción que era una exhaustiva respuesta a las preguntas que aquéllos formularan. Ethelwulfo de Wessex (839-858) envió a Roma a uno de sus hijos, Alfredo, que quería ser monje, y León IV le distinguió con el nombramiento de cónsul honorario. Se trata del futuro Alfredo el Grande, y una curiosa leyenda afirma que el papa predijo que sería rey.
Las Falsas Decretales. Importante, por las inesperadas consecuencias que se derivaron, fue el enfrentamiento con Hincmaro, obispo de Reims, a quien los obispos de Francia acusaban de exceso en su calidad de metropolitano. Lolario insistió en que se le nombrara vicario y se enviara el pallium, pero León se negó, remitiéndolo en cambio al obispo de Autun. Hincmaro, en un sínodo celebrado en Soissons, había declarado nulos todos los actos de su antecesor, Ebbo, y el papa revocó el sínodo con todas sus consecuencias. En relación con esta querella aparecen las Falsas Decretales o colección de cánones atribuidas a san Isidoro. Ya Paul Fournier (étude sur les Fausses Decretales, Lovaina, 1907) había apuntado que esta curiosa colección fue redactada entre los años 846 y 852, en Le Mans, o entre los clérigos que se oponían a Hincmaro. Pero apuntaba m;ís lejos y de ahí sus extraordinarias consecuencias. Por vez primera se denunciaban los peligros de la feudalización.
En el sínodo de Epernay (junio del 846) se suscitó la grave cuestión de que los señores feudales estaban sometiendo a la Iglesia, dentro de sus dominios, a la ley del vasallaje, que se estaba generalizando. Al advertir los clérigos la falta de una legitimación adecuada decidieron fabricar una mezclando invención y realidad: Gastón Le Bras precisa los años 847 y 852 como lapso de reacción, ya que en la segunda de dichas fechas el Pseudo Isidoro empieza a ser mencionado. Para Horts Führmann (Einflusse und Verbreitung der pseudoisidorischen Fálschungen von ihrem Auftauchen bis in die neuere Zeit, Stuttgart, 1972), el objetivo perseguido era: a) proteger a los clérigos y su patrimonio de los poderes feudales en crecimiento; b) hacer de la sede episcopal la célula esencial de la organización eclesiástica, poniéndola a cubierto de los abusos de los metropolitanos; y c) afirmar el primado del papa, ya que en él se apoyaba el poder de los obispos.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.