León III, san (26 diciembre 795 - 12 junio 816)
Elección disputada. El mismo día de la muerte de Adriano fue aclamado papa el cardenal-presbítero de Santa Susana, León, un romano de estirpe siciliana, no noble, dedicado desde niño al servicio de la Iglesia. Probablemente era consciente de su debilidad frente a la aristocracia romana, crecida desde la consolidación de los Estados Pontificios; buscó ante todo el apoyo de Carlomagno, al que envió las llaves de la tumba de san Pedro y el estandarte de Roma, solicitando de él que enviara un representante para recibir el juramento de fidelidad de los romanos. Había, pues, reconocimiento de un poder. Esto explica que el missus de Carlomagno, Angelberto, instalado en Roma, desempeñara un papel importante como si se hubiera producido una división de funciones en la ciudad.
L. Halphen (Charlemagne et l’empire carolingien, París, 1947) insiste en que «el papel de jefe espiritual quizá sea aquel que Carlomagno asume de mejor grado». Esta posición es transparente en la respuesta que envió a las primeras demandas de León III: al rey incumbe la defensa de la cristiandad, con las armas, y el establecimiento de un dominio «por la fe verdadera»; es misión del papa levantar, como Moisés, los brazos en oración para atraer las bendiciones de Dios. Nuevo David —las alusiones al rey de Israel se hacen cada vez más frecuentes— ordenó a sus teólogos que redactaran un texto, los Libri Carolini, que contenía la exposición completa de la fe que debe imperar en Occidente. A pesar de la resistencia del papa, que trataba de eludir innecesarios conflictos con Oriente, Carlomagno logró que se incluyera la expresión Filioque en el Credo de la misa en la liturgia occidental. Las instrucciones del rey a Angelberto parecen revelar que se estaba tratando al vicario de Cristo como un capellán del Imperio: el missus debía exhortar a León para que viviese con toda honestidad, guardara los cánones, rigiera la Iglesia con piedad y persiguiese «la mancha espantosa de la simonía». Estas últimas frases permiten a los historiadores formularse la pregunta de hasta qué punto estaba Carlomagno informado de la tormenta que se formaba sobre el cielo de Roma.
Dos parientes de Adriano I, el primicerio Pascual y el sacelario Cámpulo, figuraban al frente de la aristocracia romana. Provocaron una revuelta. El 25 de abril del 799, cuando León se dirigía a San Lorenzo in Lucina para celebrar la misa, fue asaltado por un grupo de hombres armados que le maltrataron seriamente, declarándole depuesto y amenazándole con sacarle los ojos y cortarle la lengua. Quedó prisionero en San Erasmo. El duque de Spoleto, Winigis, y el abad Wirundo, ambos francos, acudieron a Roma al recibir noticia de los disturbios; pero ya un grupo de amigos había conseguido organizar la fuga de León, que pudo refugiarse en el Vaticano e informar a Carlomagno que se hallaba entonces en una de sus campañas en Sajonia. El monarca invitó al papa a trasladarse a su corte y ambos se reunieron en Paderborn en julio del 799. Comparecieron allí los enemigos del papa, que le acusaban de dos delitos: perjurio y adulterio. La cuestión tomaba un giro muy serio, pues con independencia de las violencias sufridas, se alzaba contra el papa una acusación. Alcuino advirtió seriamente a Carlomagno: nadie puede juzgar a un papa que es vicario de Cristo en la tierra. Ganando tiempo, el rey proporcionó a León una escolta con la que pudiese regresar a Roma, y ordenó a los obispos Hildebando de Colonia y Arno de Salzburgo que le acompañaran abriendo una información.
«Renovatio Impera». Los missi de Carlomagno invitaron a Pascual y a Cámpulo a concurrir a un placitum celebrado en Letrán. No pudieron probar sus acusaciones y fueron desterrados a Francia, acompañados de informes que permitirían al rey juzgar su caso. Carlos no se precipitó. Hasta el mes de agosto del año 800 en la Dieta de Maguncia no quedó decidido su viaje a Roma; en noviembre alcanzaba Rávena y el 23 de dicho mes se encontraba con León III en Mentana a doce millas de la capital. Allí celebraron un gran banquete. Era imposible que Carlomagno no advirtiera que la procesión y todo el ceremonial desplegado para su entrada en Roma correspondía a un emperador y no a un rey.
Entre los días 1 y 23 de diciembre, con presencia de la nobleza romana y franca, se celebró un concilio en San Pedro. En la primera sesión dijo Carlomagno que el motivo de su convocatoria era el juicio acerca de las acusaciones presentadas contra León. Probablemente estaba convenido de antemano que los circunstantes dijeran que nadie puede juzgar a un pontífice y que León se adelantara espontáneamente a ofrecer un juramento exculpatorio. De todas formas se trataba de una muy seria derrota para la Sede Apostólica. No tenemos razones de peso que nos permitan dudar de la noticia que dan los Anales de Lorch cuando atribuyen a este concilio la demanda de que se coronara emperador a Carlos, puesto que el trono en manos de una mujer, parecía vacante. Con notable precisión cronológica el día 23 de diciembre el capellán real Zacarías regresó de un viaje a Jerusalén; le acompañaban dos monjes que eran portadores, en nombre del patriarca, de las llaves del Santo Sepulcro, que entregaron a Carlos. Ahora éste podía presentarse como protector de toda la cristiandad.
En la tercera misa del día de Navidad (25 diciembre del 800), estando arrodillado Carlos para orar en el momento en que se iniciaba el canto de las letanías, León III se adelantó y le puso la corona imperial en la cabeza. Aunque el cronista Einhardo dice que el ahora emperador hizo un gesto de sorpresa, no cabe duda de que la ceremonia estaba preparada de algún tiempo atrás. Varias opiniones se han formulado acerca de esa versión oficial de la «sorpresa». Halphen piensa que se trataba de limar suspicacias bizantinas en un momento en que estaban pendientes negociaciones. Pero lo que parece claro es que, a pesar de que León ejecutara entonces la proskynesis de acuerdo con el ritual antiguo —nunca más se arrodillaría un papa delante de un emperador—, la iniciativa por él tomada tenía que llenar de preocupaciones a la corte, pues se daba la impresión de que el pontífice «hacía» emperadores. Así se explicó luego: la autoridad apostólica ejecutaba una translatío Imperii de los romanos a los francos. Al mismo tiempo se producía una restaurado del Imperio desaparecido en el siglo v. Carlos recibía ahora, de Dios y no del Senado y el pueblo, el mandato de «regir a los pueblos con imperio», siendo su juez, favoreciendo la expansión del cristianismo en los pueblos aún idólatras, haciendo reinar la concordia entre los cristianos. Los que acusaran al papa falsamente fueron de inmediato juzgados y condenados a muerte; León intercedió para que esta sentencia se cambiara por la de destierro.
Ahora existían en la cristiandad dos emperadores como antes del 476. En su viaje a Aquisgrán, el 804, León III introdujo una versión apoyada en la Constitutio Constantini, que es la que gráficamente puede verse aún hoy en el mosaico de San Juan de Letrán. En virtud de la soberanía sobre Occidente transferida a Silvestre I por Constantino, la coronación del 800 puede considerarse como la entrega, por delegación, de esa misma soberanía a Carlos. Este argumento basta para hacernos comprender las quejas de Carlomagno y que éste, según sus cronistas, llegaba a decir que, de haber sabido lo que iba a suceder, jamás hubiera puesto los pies en San Pedro. Aquí estaba la desigualdad. La Iglesia es universal y el primado de la Sede Apostólica, aunque se refiera al orden espiritual, también es, por naturaleza, universal. El Irnperio, brazo armado de esa misma Iglesia, carece de tal universalidad. Rechazando los excesos que se atribuyeran los Libri carolini, León hizo que la condena del adopcionismo, expresada en términos correctos, fuese adoptada en el sínodo romano del 798. Y el 809, confirmando la doctrina implícita en el Filioque, dispuso el papa de nuevo que se omitiera en el texto de la misa.
No se puede dudar de la trascendencia de los actos del 800. Nacía Europa, un nombre que rebrota en varios textos de distintos lugares aunque pronto sería cambiado por el de cristiandad. Nacía, sobre todo, la soberanía espiritual del papa con carácter universal. León mantuvo sus relaciones con Bizancio y ni siquiera quiso respaldar a Teodoro de Studion cuando este famoso monje fue perseguido. Intensificó sus relaciones con Inglaterra, actuando como juez arbitro en las disensiones entre York y Canterbury. Y, después de la muerte de Carlomagno (28 enero 814), volvió a ejercer la autoridad judicial en Roma.
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