Juan III (17 julio 561 - 13 julio 574)
En la Pragmática Sanción, Roma aparecía descrita como un ducado dentro de la exarquía, que abarcaba toda Italia. El crecimiento del poder de los papas y el establecimiento de una guarnición militar con su mando, habían reducido al Senado a una mera distinción honorífica que ostentaban las grandes familias romanas, en general muy ricas: una de ellas era la del procurador Anastasio, cuyo hijo, Catelinus, fue elegido para suceder a Pelagio. Cambió entonces su nombre por el de Juan. Dos misiones fundamentales se asignó: atraer a los disidentes a la obediencia de Roma y organizar la nueva forma de vida religiosa que llamamos monaquismo. Logró reanudar las relaciones con las Iglesias de África, y el 573, cuando ya las invasiones alteraban profundamente la vida italiana, también la sumisión de Nápoles. Aquileia siguió negando la comunión.
Desde mediados del siglo iv se había extendido a Occidente la costumbre oriental de la vida solitaria, en desprecio del mundo. Nacieron así los primeros cenobios, como fórmulas excepcionales, y para ellos se redactaron algunas reglas, bastante variadas. Fue san Benito de Nursia (480-529) quien realizó el gran esfuerzo de organizar en un solo texto, extraordinariamente inteligente, las experiencias recogidas en la vida cenobítica. Las comunidades benedictinas, equiparadas a familias —el superior recibía el afectuoso título de abba, «padre»— se caracterizaban porque constituían un modo de vivir el cristianismo de una forma completa, que es lo que significa la palabra «perfección». Pelagio y Juan III se enfrentaron con el hecho de que el cristianismo podía vivirse de tres modos: clerical, monástico y laical. A fin de ordenar el monaquismo, Pelagio había traducido Los dichos de los ancianos Verba seniorum); al mismo fin apuntaba otra compilación, la llamada Exposición del Heptateuco.
Juan III esperó cuatro meses antes de ser consagrado: el tiempo necesario para que llegara el plácet del emperador. El 568 los lombardos, que habían figurado como tropas auxiliares de Narsés, desencadenaron su ataque sobre el valle del Po, apoderándose incluso de Milán: en Pavía instalaron una especie de capital. Cuando el avance de los invasores se hizo amenazador para Roma, el papa viajó a Nápoles tratando de convencer a Narsés de la necesidad de instalar en Roma su residencia. Pero la presencia del exarca, en un momento en que el prefecto de la ciudad era ya de nombramiento pontificio, provocó en los romanos una reacción tan desfavorable que el papa tuvo que abandonar Letrán, retirándose a la basílica de los Santos Tiburtino y Valeriano, en la vía Apia. Narsés y Juan III fallecieron en el mismo año con muy escasa diferencia de tiempo.
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