Juan II (2 enero 533 - 8 mayo 535)
Vientos de guerra comenzaron a soplar en Italia. Amalasunta, que apoyó a Justiniano durante la conquista de África, perdió la regencia al morir prematuramente su hijo Atalarico. Trató de mantenerse en el poder contrayendo nuevo matrimonio con su primo Teodahado (534-536), pero este la envió prisionera a un castillo del lago Bolzano y se proclamó rey. La princesa despojada pidió ayuda a los bizantinos. Son estos vientos los que explican que la sucesión de Bonifacio II se desenvolviera en medio de terribles debates entre ambos partidos, provocando que el solio permaneciera vacante dos meses y medio. Al final, en una especie de compromiso, fue elegido un anciano presbítero del título de san Clemente, llamado Mercurio. Como resultaba inadecuado el nombre de un dios pagano en la cabeza de la Iglesia, el electo lo cambió, tomando el de Juan, una costumbre que en el futuro se haría cada vez más frecuente. En uno de sus últimos actos como regente, Amalasunta confirmó un decreto anterior del Senado prohibiendo manipulaciones en la elección; pero añadió —precedente de mucha importancia— que en caso de discordia, al rey correspondía el arbitraje.
Justiniano, que influido por su mujer trataba de atraerse a los monofisitas moderados, logró que un sínodo aceptara la fórmula de los monjes escitas («Uno de la Trinidad sufrió en la carne») que Hormisdas rechazara por ambigua e innecesaria, y la impuso por decreto (15 de marzo del 533). Los monjes del monasterio Acoemetae («los que nunca duermen») protestaron. Esta vez el papa dio la razón al emperador: la fórmula era ortodoxa y si servía para convencer a algunos monofisitas para que admitieran el Símbolo de Nicea y Constantinopla, podía considerarse útil. Del mismo modo, Juan II hizo valer su primado cuando, en un sínodo presidido por él, Cesáreo de Arles condenó al obispo Contumelioso de Riez por su conducta pecaminosa: Arles actuaba en este caso como vicaria de Roma.
Más clara resulta la actitud de la Iglesia africana. El año 535 Reparato de Cartago reunió un magno concilio al que asistieron 217 obispos. Se trataba de reorganizar la provincia tras la conquista. El concilio envió a Juan II un informe completo pidiendo la confirmación de sus actas. En todas partes la primacía de Roma era admitida; existían, sin embargo, discrepancias acerca de su extensión.
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