Honorio III (18 julio 1216 - 18 marzo 1227)
Elección. Los cardenales, reunidos en Perugia, delegaron en dos de ellos la elección del sucesor de Inocencio y coincidieron en Cencío Savelli, un anciano y enfermizo cardenal obispo de Albano, donde había nacido, antiguo camarlengo y autor del Líber censuum. Tutor en otro tiempo de Federico II, era dulce, pacífico y tan desprendido que había repartido casi todos sus bienes entre los pobres. A él iba a corresponder la puesta en marcha de los decretos del IV Concilio de Letrán, especialmente en tres aspectos principales: cruzada, represión de la herejía y renovación del episcopado. Según M. Gibbs y J. Land (Dishops and reform, 1215-1272, with special reference to the Lateran Council of 1215, Oxford, 1934), el cambio más significativo del concilio se advertía en el nuevo talante universitario que se trataba de introducir en el episcopado.
Federico II y la cruzada. La cruzada estaba en marcha desde finales de 1215. Max Halbe (Friedrich und die papstliche Stuhl bis zum Kaiserkronung, Berlín, 1888) ya sostuvo la tesis de que tanto Inocencio III como Honorio se equivocaron seriamente: preparaban con ahínco a Federico II para que fuese el jefe de dicha cruzada y fortalecieron sin darse cuenta al más formidable enemigo de la Iglesia. Este error, sin embargo, respondía a un hecho cierto: cerrado el camino de tierra y llevada la cruzada de 1204 al escandaloso desastre, la operación planeada —una gran expedición marítima— sólo podía alcanzar éxito si se disponía de una base mediterránea. Sicilia era adecuada, advierte Josef Derr (Papstum und Nordmannen: Untersuchungen zur ihren lehnsrechtlichen und kirchenpolitischen Beziehungen, Colonia, 1972) porque al ser feudo de la Santa Sede, su rey operaba como un mandatario. La entrega del estandarte (vexilla Petri) daba en este caso una significación más intensa que la que tenían los vasallajes de Hungría o Aragón. J. A. Watt (obra ya citada) destaca que la separación entre sacerdotium y regnum, tan nítida en Francia, por ejemplo, no aparecía en el sur de Italia, puesto que el papa tenía una parte en este regnum.
Federico II había reiterado su juramento de ir a la cruzada y el 1 de julio de 1216 también el compromiso de separar Sicilia del Imperio: cuando fuera coronado emperador, cedería a su hijo Enrique el reino, restableciéndose así la situación que él mismo viviera. Pero en la Dieta de Frankfurt hizo que se reconociera a este Enrique como rey de Romanos, su sucesor también en el Imperio. Explicó que era éste el modo de asegurar el futuro evitando contiendas intestinas, y compensó el gesto con una Constitución en favor de los príncipes eclesiásticos (26 abril 1220) que ponía el poder temporal al servicio de los obispos. Pudo decir que la libertad de la Iglesia quedaba garantizada.
El emperador viajó a Roma donde fue coronado el 22 de noviembre de 1220. En esta oportunidad promulgó una Constitución, que la investigación moderna ha descubierto que fue redactada en la curia, mediante la cual se ponía en vigor el canon 3 de Letrán, declarando la herejía como crimen de lesa majestad: a los obispos competía pronunciar sentencias sobre los herejes, que serían condenados a destierro y pérdida de bienes. Esta ley sería incorporada en 1226 a la legislación de Francia y de Aragón. Pero en 1224, por iniciativa propia, rompiendo las vacilaciones formuladas por la curia, Federico estableció pena de muerte en la hoguera para este crimen. Había precedentes de su aplicación en algunos casos en Lombardía y Languedoc.
En la Dieta de Veroli, Federico logró un aplazamiento de la cruzada alegando que necesitaba poner orden en Sicilia (1222). Mientras tanto, la gran expedición que llamamos quinta cruzada, dirigida por Andrés II de Hungría (1175-1235) y Leopoldo VI de Austria (1198-1230), culminaba en un desastre. Era legado de la misma el cardenal español Pelagio (1216). Acudieron gentes de todas partes y en noviembre de 1219 se logró la toma de Damieta que parecía anunciar buenos logros. Una base en Egipto permitía enfocar nuevas operaciones. Pelagio cometió entonces dos errores: rechazar una oferta que hizo el sultán al-Kamel restituyendo Jerusalén a cambio de garantías, y lanzar una ofensiva tierra adentro en agosto de 1221. Los caballeros cubiertos de hierro no pudieron resistir bajo el calor del desierto: fue necesario entregar Damieta y hacer otras concesiones para recuperar los prisioneros.
Honorio escribió una dolorida carta a Federico II dándole cuenta de la caída de Damieta y culpándole prácticamente del fracaso. Pero en las dos entrevistas que sostuvo con el papa, en Veroli (abril 1222) y Ferentino (marzo 1223) explicó sus razones: sin una Sicilia pacificada y en orden era un error lanzarse a la expedición. El papa aceptó estas explicaciones como también que, viudo de Constanza, contrajera nuevo matrimonio con María, la hija de Jean de Brienne que se titulaba rey de Jerusalén. Por último, un acuerdo en San Germano (julio de 1225) fijó la fecha de salida de la expedición para el verano de 1227; el emperador reconocía que si no cumplía esta vez el compromiso quedaría incurso en excomunión.
Una cosa era cierta. Federico no tenía la menor intención de renunciar a la corona de Sicilia; estaba convirtíendo el sur de Italia en una base militar. Pedro de la Vigne y Roberto de Viterbo se encargaron de establecer un régimen de durísima disciplina. Tampoco se respetaba la independencia de los Estados Pontificios y Honorio III registró ingerencias en la marca de Ancona y el ducado de Spolcto. Por su parte Federico II le acusaba de apoyar los esfuerzos de las ciudades para reconstruir la liga.
Otros asuntos. Un importante cambio se producía en Francia. La muerte de Simón de Monfort (1218) puso en manos de Luis VIII el mando de la cruzada contra los albigenses y de la batalla con los señores feudales. Era la Francia del norte que dominaba a la del sur. Cuando en 1229 se restableció la paz mediante sumisión de todos a la corona, el reino de Francia alcanzaba por fin los Pirineos.
Honorio, que autorizó una nueva colección de Decretales, la Compilado quinta que se envió a todas las universidades para su enseñanza, debe ser recordado también por el impulso que proporcionó a nuevos movimientos religiosos. Favoreciendo la expansión del cristianismo por las tierras aún paganas de Livonia, Estonia, Samland y Prusia, tomó a los habitantes de ellas bajo su especial protección. Aceptó en 1216 las comunidades de beguinas dedicadas al cuidado de hospitales y leproserías. Otorgó por dos bulas (22 diciembre 1216 y 21 enero 1217) el pleno reconocimiento de la orden de los dominicos bajo la regla de san Agustín. Aprobó (22 noviembre 1223) la carta definitiva de los franciscanos en cuya redacción intervino el cardenal Ugolino, que sería su sucesor. Y confirmó en 1226 la regla que el patriarca Alberto de Jerusalén diera a los carmelitas. En el gobierno interior de la Iglesia reorganizó la penitenciaría, de acuerdo con el formulario de Tomás de Capua, convirtiéndolo en el gran órgano de gobierno que se encargaba de los pecados y censuras reservados al papa, de otorgar dispensas matrimoniales, casar sentencias injustas, aceptar o rechazar las modificaciones de votos y, en general, de los indultos y penitencias. Todo lo cual significaba una fuente de ingresos.
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