Honorio II (21 diciembre 1124 - 13 febrero 1130)
Elección disputada. Los gregorianos, en el sentido estricto de la palabra, eran sólo una minoría: veían en el acuerdo de Worms una especie de retroceso. Signo del cambio que se iniciaba era el predominio que alcanzaron los canónigos regulares (premonstratenses) de san Norberto, que querían llevar al clero secular el espíritu monástico según la regla de san Agustín. Al mismo tiempo se pretendía poner un límite a las inmunidades, acrecentando el poder pastoral de los obispos. Motor muy importante en el comienzo de esta nueva etapa fue el premonstratense francés Aymerico, a quien Calixto II encomendara la dirección de la curia con el oficio de canciller. Aymerico buscó principalmente apoyo en los Frangipani, usando de procedimientos que no pueden considerarse demasiado ortodoxos. En el momento de la muerte de Calixto, los Pierleoni trataron de promocionar al cardenal Saxo de San Stefano in Rotondo, pero él se negó sin que pudieran convencerle. Buscaron un nuevo candidato, Teobaldo Buccapecus, cardenal de Santa Anastasia, que tomó el nombre de Celestino II, el cual no llegó a ser consagrado: los Frangipani, con sus hombres de armas, invadieron el aula, interrumpieron la ceremonia e hirieron gravemente al electo. Aymerico intervino para convencer a Teobaldo de que renunciara. Los Frangipani pusieron mucho dinero en la empresa de atraerse al prefecto de la ciudad y a los hombres eminentes de la otra facción, asegurándose así la elección unánime de Lamberto de Fiagnano, cardenal obispo de Ostia, que tomó el nombre de Honorio II. F. J. Schmale (Studien zur Schisma des Jahres 1130, Colonia, 1961) advierte que esta elección disputada era tan sólo el primer acto del cisma de 1130. Teobaldo murió al poco tiempo, como resultado, tal vez, de las heridas que recibiera.
Las nuevas órdenes. Lamberto, de humilde cuna, era también un premonstratense: coincidía, pues, con Aymerico en la conveniencia de impulsar la nueva vía de refuerzo de la estructura jerárquica de la Iglesia. Las circunstancias parecían favorables. Murió Enrique V (23 mayo 1125) y en la elección que debía procurarle un sucesor estuvo presente el cardenal legado Gerardo, del título de la Santa Cruz. Los principes rechazaron a los Hohenstaufen, parientes más próximos del difunto, afirmando el sistema electoral, y escogieron a Lolario de Supplinburgo, un hombre de 50 años carente de hijos. Por primera vez un emperador electo pidió al papa que le confirmara. Conrado de Hohenstaufen (1138-1192) se alzó en armas y, en Monza, se hizo coronar rey de los lombardos por el arzobispo de Milán, Anselmo, que fue inmediatamente excomulgado en el sínodo de Pisa. Conrado fue vencido y pasó sin peligro.
La presencia de legados muy duraderos en Francia y, desde 1125, también en Inglaterra, aseguraba la autoridad pontificia, que se orientaba a someter a las grandes abadías tan independientes en el tiempo próximo pasado. Poncio de Cluny, cuya intervención en las negociaciones de Worms ha sido explicada, hizo un largo viaje a Tierra Santa. El papa autorizó que se procediera a una nueva elección, que recayó primero en Hugo de Marigny, y luego en Pedro el Venerable (1109-1156). Cuando regresó Ponce, reclamando su abadía, Honorio intervino como arbitro y le envió a prisión. También obligaría al cardenal Orderisio a renunciar a Montecassino.
El Cister, lo mismo que Prémontré, apoyaban la nueva política de salir al mundo y no apartarse de él. A este respecto la estrecha amistad de san Bernardo de Claraval (1090-1153) con Aymerico, como con otros grandes personajes del tiempo, debe ser considerada como un dato histórico. San Bernardo es la gran figura del siglo xn. Su influencia extendería el espíritu religioso al ámbito más externo de la sociedad, la guerra, a través de las órdenes militares: en 1128 fue aprobada la regla del Temple, de modo que también la espada podía ser santificada. Todas las órdenes, aunque no siguiesen estrictamente la regla, aceptarían este espíritu cisterciense de ser monjes en medio del mundo.
Unidad en Nápoles. El principio de autoridad reservado a la sede romana en su grado más eminente no se haría extensivo a todas partes. Por ejemplo en Nápoles/Sicilia, invocando una bula de Urbano II (1098), cuya falsedad ha demostrado S. Fodale Comes et legatus Siciliae. Sull privilegio di Urbano II a la pretesa apostólica legazia dei normanni in Sicilia, Palermo, 1970), pero cuyos efectos habrían de prolongarse hasta la integración del reino en la corona española, Roger II (1129-1154) pretendía que en aquél las funciones de legado correspondían al soberano. Al morir Guillermo II, duque de Apulia, Roger reclamó la herencia de la que se apoderó, incrementando su poder hasta convertirlo en una amenaza para el Patrimonium. Honorio II intentó impedir la ab sorción, pero fracasó: Aymerico y Cencio Frangipani llevaron en su nombre las negociaciones que condujeron al tratado de Benevento (22 agosto de 1128), que admitía que en adelante Nápoles y Sicilia formarían un solo reino, vasallo del papa.
Al comenzar el año 1130 enfermó Honorio II. Para garantizar una elección favorable, Aymerico le trasladó al monasterio de San Gregorio en el Monte Celio, protegido por las casas fuertes de los Frangipani. Allí murió el 13 de febrero de dicho año, dejando tras de sí una profunda división en el clero.
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