Honorio I (27 octubre 625 - 12 octubre 638)
Los comienzos. Hijo del cónsul Pctronio y originario de Campania, pertenecía a una de las familias más ricas de Roma. Repitiendo el gesto de san Gregorio Magno, convirtió su casa en un monasterio; de nuevo los monjes desempeñaban un papel decisivo. No hubo en este caso intervalo entre la elección y la consagración porque estaba presente en Roma el exarca Isaac. Coincidió con san Gregorio en otras dos líneas de acción: correcta administración del Patrimonio e interés por los reinos occidentales. Buscaba también una mejora en la formación intelectual de los clérigos, en coordinación con el desarrollo que, desde la época de Cassiodoro (490-575), era visible en los benedictinos. Se estaba haciendo más compleja y, al mismo tiempo, más rigurosamente jerárquica, la ordenación de ese clero. En Roma, Honorio perseguía deliberadamente la sumisión de la ciudad, reduciendo al exarca al rango de huésped bienvenido cuando ocasionalmente la visitaba: eran el papa y sus clérigos quienes se ocupaban de las obras públicas, reparación de acueductos, aprovisionamiento del mercado, paga a los soldados de la guarnición y reparo de edificios, como en este caso concreto San Pedro y Santa Inés Extramuros. Las copiosas rentas del Patrimonio permitían asumir sin agobios tales obligaciones: los funcionarios civiles recibían del papa instrucciones, y sospechamos que también los nombramientos.
Relaciones con los germanos. Fuera del exarcado, frontera del Imperio, se hallaba el reino lombardo, frenado ahora en su expansión, de fronteras inciertas. Honorio mantuvo relaciones normales con Adaloaldo (603-626) y, cuando éste fue depuesto, las reanudó con Arioaldo (625-636), a pesar de ser arriano. Una línea de conducta que le permitió recobrar la autoridad sobre los obispos del norte de la península y dar los primeros pasos para resolver el cisma de Aquileia-Grado, que se arrastraba desde mucho tiempo atrás. Aunque la cuestión doctrinal, en torno —como sabemos— a los Tres Capítulos, siguió coleando por algunos años. Honorio pudo nombrar por primera vez un obispo de Grado, y precisamente a uno de sus subdiáconos, Primigenio, en sustitución de Fortunato, depuesto. En esta línea de refuerzo de los vínculos con el norte entran las extraordinarias concesiones a Bobbio, la obra predilecta de san Columbano: fue declarada exenta de cualquier jurisdicción y vinculada directamente a la sede romana.
Constan, asimismo, las relaciones de sumisión de los obispos de Epiro, Cerdeña y España. El año 638 Honorio escribió a los obispos españoles, que se preparaban para celebrar el VI Concilio de Toledo, una carta bastante brusca en que les exhortaba a que no permaneciesen «mudos como perros que no saben ladrar» y les ponía en guardia contra las excesivas condescendencias hacia los judíos. San Braulio respondió con una carta llena de fidelidad pero molesta por la reconvención: Dios había iluminado en ambos sentidos al rey Chintila (636-639). Es posible que hayamos de establecer alguna conexión entre este gesto y la política antijudía, o cuando menos imprudente, de los últimos monarcas godos. Reforzando la vinculación de Inglaterra a la Sede Apostólica, envió el palio a los dos metropolitanos, de Canterbury y de York, encomendando al monje Birinus que iniciara la evangelización de Wessex (638). Dos problemas estaban surgiendo, ambos graves, dentro de esa área: la resistencia de los irlandeses a unificarse con los anglosajones, sus inveterados enemigos, en el seno de la fe, y la reacción nacional e idólatra encabezada por el rey Penda de Mercia (632-642). Penda logró vencer y dar muerte a Edwin de Northumbria en Heathfield (633), pero los católicos se estaban ya reagrupando y no tardarían en conseguir la victoria definitiva.
Querella monotelita. El 634 Honorio recibió una carta del patriarca Sergio de Constantinopla en la que solicitaba o proponía una aclaración doctrinal en torno al modo de operar de la voluntad de Jesucristo. La fórmula propuesta por Ciro de Alejandría y abrazada por Sergio, «dos naturalezas distintas en una sola operación», había sido denunciada por el monje Sofronio como una forma disfrazada de monofisismo. El griego causaba ciertas confusiones que no se daban en latín. Honorio se precipitó probablemente en su afán de dar una respuesta inmediata, sin esperar a disponer de más información, especialmente de la parte contraria. Decía que había que confesar sencillamente «un solo Jesucristo que obra en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse «alguna unidad de voluntad», ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella». El texto era claro, pero los términos griegos energía o telía (de donde procede monotelismo) no resultaban tan inequívocos. Cuando recibió al enviado de Sofronio, un presbítero llamado Esteban, intentó el papa evitar deformaciones con una segunda carta en la que recomendaba silencio.
De esta segunda carta sólo se han conservado fragmentos, que son importantes: «No debemos definir ni una ni dos energías... sino confesar las dos naturalezas en unidad de un solo Cristo. Debemos confesar un único operante que es Cristo, el Señor, en las dos naturalezas; y en lugar de las dos energías que se proclame más bien con nosotros dos naturalezas... las dos operando lo que les es propio sin confusión, sin separación y sin cambio.» Fue enviada a Sergio, a Ciro y a Sofronio. Pero ya entonces el patriarca y el emperador Heraclio habían entendido que con el texto de la primera el papa les daba la razón y publicaron un documento, Ekthesis, declarando el monotelismo como fórmula ortodoxa y obligatoria. Se trataba en realidad de un esfuerzo para atraer la buena voluntad de los monofisitas, fuertes en Egipto, en un momento de extraordinario peligro para el Imperio por persas y árabes.
Se había cometido un abuso: donde el papa hablaba de una unidad de voluntad moral trataban los monotelitas de entender unidad de voluntad física. Las Iglesias orientales, especialmente después de que el monofisismo naufragó en la marea musulmana, consideraron herética la doctrina de Honorio y armaron un gran escándalo consiguiendo que fuera condenada en el Concilio de Conslanlinopla del 680. León II, al aprobar sus actas, estableció que en el futuro los papas prestarían un juramento, antes de subir al solio, de no incurrir en lo que se daba en llamar el «error de Honorio». Pero en el siglo xv el famoso cardenal español Juan de Torquemada, al estudiar con detenimiento los texlos, advirtió que el error estaba en los que condenaban la fórmula de Honorio, que era absolutamente ortodoxa, y que el concilio, mal informado, había condenado una doctrina que jamás fue sostenida por el papa. Algunos teólogos católicos han llegado más lejos, al sospechar que las actas mismas del mencionado concilio hayan podido ser falseadas; esta última opinión tampoco es sostenible. Honorio no había negado en modo alguno que Jesucristo estuviera desprovisto de voluntad humana, si bien en él las dos voluntades actúan al unísono, como explica el Evangelio cuando dice que cumple «la voluntad de mi Padre». El caso Honorio fue esgrimido todavía en el Concilio Vaticano I, que hizo la aclaración de que la infalibilidad pontificia se refiere únicamente a los pronunciamientos excathedra, una condición que no tiene la carta de Honorio a Sergio, que era simplemente explicativa. Es G. Kreutzer (Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Stuttgart, 1975) quien ha conseguido aclarar este vidrioso episodio.
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