Honorio IV (2 abril 1285 - 3 abril 1287)
Los cardenales reunidos en Perugia se dieron prisa y en sólo cuatro días eligieron a Jacobo Savelli, cardenal de Santa María in Cosmedin, evitando de este modo las ingerencias. Perteneciente a una ilustre familia romana, estudiante en París y sobrino nieto de Honorio III, cuyo nombre adoptó. Con 75 años de edad y medio paralítico, había sido elegido para que intentara subsanar los errores de su antecesor, pero conservando las relaciones excelentes con la Casa de Anjou. El 20 de mayo fue consagrado en Roma, en medio de un entusiasmo delirante de su población, al que correspondió fijando su residencia permanente en la ciudad y asumiendo de nuevo la senatoria que su hermano Pandulfo gestionó en la práctica.
La mayoría francesa en el colegio de cardenales obligaba a conservar una política proangevina en la guerra. Honorio rechazó las propuestas de Eduardo I de Inglaterra (1272-1307), que quería mediar, y otorgó a Felipe III los beneficios de cruzada para la guerra que emprendía contra Pedro III y que se cerró en un fracaso. Cuando estos dos reyes murieron en el otoño de 1285, pudo abrirse, al fin, el camino de las negociaciones. Alfonso III (1285-1291) reinaba en Aragón, firmando tregua con Francia; su hermano Jaime fue coronado como rey en Palermo, ganando con ello la excomunión. Pero la derrota angevina en Castellamare (1287) obligó a reconocer el fallo, abriéndose negociaciones que condujeron al tratado de Oloron (25 julio 1287), firmado cuando el papa ya había muerto.
Se reanudaron los contactos con Rodolfo de Habsburgo, preparándose la coronación imperial. Pero los príncipes alemanes negaron el dinero para el viaje porque el legado, cardenal Juan de Tusculum, había solicitado fuertes compensaciones económicas para la Cámara y sospecharon que se estaba tendiendo una intriga para declarar a Alemania monarquía hereditaria como las demás de Europa.
Aunque Honorio restauró los derechos y privilegios del clero secular y condenó en 1286 una secta de extremada pobreza fundada en Parma con el título de «apostólica» (1260), fue también un protector de las órdenes religiosas, especialmente dominicos y franciscanos, a los que trataba de convencer de que estableciesen cátedras de árabe a fin de preparar misioneros para tierras musulmanas.
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