Gregorio VII, san (22 abril 1073 - 25 mayo 1085)
Su personalidad. De nuevo estamos ante uno de los grandes papas. Mientras se celebraban los funerales de Alejandro II, se alzó el clamor popular, refrendado más tarde por los cardenales, pidiendo a Hildebrando que fuera papa. No era sacerdote y hubo de ser ordenado en mayo de 1073. Sin embargo, retrasó deliberadamente su consagración hasta el 29 de junio a fin de que coincidiera con la fiesta del Apóstol. Al tomar el nombre de Gregorio, legitimaba indirectamente al que fuera su patrón, dimitido en Sutri. Figura de extraordinaria importancia es también, lógicamente, muy controvertida. Para A. Fliche (La reforme grégorienne, II: Gregoire VII, Lovaina, 1925; Saint Grégoire, París, 1920) se trata de la figura más sobresaliente de su siglo, un santo de dimensiones capaces de cambiar el mundo. En cambio, A. J. Macdonald (Hildebrand. A Ufe of Gregoire VIL Londres, 1932), expresando un punto de vista protestante, lo considera el personaje nefasto que impidió, como en el caso de Berengario de Tours, las derivaciones hacia la libertad. Esa contradicción sigue presente en los historiadores, aunque probablemente traduce juicios subjetivos lejanos a la realidad. Nos puede ayudar mucho la observación de J. P. Whitncy (Hildebrandine Essays, Cambridge, 1932) en sus cinco profundos ensayos: sin duda se ha otorgado demasiada importancia al enfrentamiento con Enrique IV, descuidando otros aspectos mucho más importantes: la obra de Gregorio VII se reflejó, en espacio y tiempo, sobre toda la cristiandad y únicamente así puede entenderse; hasta 1081 los problemas del Imperio ocuparon tan sólo una parte de su atención y fue después de esta fecha cuando se convirtieron en dominantes; por último, es imprescindible tratar de comprender su obra desde las coordenadas de pensamiento de su propia época.
Hijo de Bonizo, un toscano de cierta fortuna aunque no noble, Hildebrando había nacido en Soana en una fecha que debemos situar entre los años 1020 y 1025. Enviado por su familia a ser educado en el monasterio de Santa María del monte Aventino, donde su tío era abad, fue ordenado subdiácono e integrado en la capilla de Juan Graciano, Gregorio VI, al que acompañó al destierro. A la muerte de éste, en el otoño de 1047, se recluyó en Cluny o en alguno de los monasterios de esta congregación. León IX, como ya explicamos, le llamó a Roma para convertirlo en administrador del tesoro y prior de San Pablo. Desde entonces es uno de los hombres de confianza, motor de la reforma, que acumula experiencia de los negocios públicos, sirve como legado en Francia (1054 y 1056) y Alemania (1057) desempeñando el archidiaconado. En el momento de ceñir la tiara, heredaba un conflicto con Enrique IV, cinco de cuyos consejeros estaban excomulgados. Es importante señalar que conservó siempre un buen recuerdo de Enrique III, al que los miembros del equipo consideraron, sin vacilaciones, como un modelo de monarca reformador.
«Dictatus Papae». Gregorio VII tenía trazada de antemano una línea de conducta que, apoyándose en las Falsas Decretales, reivindicaba para la Sede Apostólica la primacía absoluta, la cual debía traducirse en leyes. Existía una compilación de cánones que databa del 1050. Otras tres se redactaron después: Breviarium o Capitulares de Atton, Collectio canonum de su antecesor, Anselmo de Lucca, y la Recopilación del cardenal Deusdedit. De este modo, explica Paul Fournier Les collections canoniques romaines á l’époque de Grégoire VII, París, 1918), se disponía de un elenco completo que evitaba recurrir al Pseudo Isidoro y que abarcaba los puntos esenciales: primado de Roma apoyado en el encargo de Jesús, elecciones canónicas de acuerdo con la costumbre de la Iglesia, decretos contra simonía y nicolaísmo, e inmunidad eclesiástica. Ellos venían a ser como los cinco pilares de toda una obra. El rigor, a veces aspereza, con que el papa exigía el sometimiento a tales principios, sin matices ni flexiones, puede ayudarnos a comprender que en un momento de especial tensión, otro de los reformadores, partidario de negociaciones sutiles y pausadas, llegara a llamarle «San Satanás».
Sin embargo, pocas veces se enfrenta el historiador con tanta claridad de pensamiento. Según K. Hoffmann (Der Dictatus Papae Gregors VII; eine rechtsgeschichte Erklarung, Paderborn, 1933), las 27 proposiciones conocidas como Dictatus Papae (es difícil discernir si se trata de un genitivo «del papa» o de un ilativo «para el papa») no tenían otro objetivo que guiar, mediante principios apodícticos, el trabajo de los canonistas. Entre ellas hay algunas cortantes como espadas: «Sólo el romano pontífice debe ser llamado universal»; «El papa es el único cuyos pies besan los príncipes»; «Tiene facultad para deponer a los emperadores»; «El papa no puede ser juzgado por nadie»; «Puede desligar a los súbditos del juramento de fidelidad prestado a los inicuos». El programa contenido en este documento implicaba una auténtica revolución, pues destruía el núcleo esencial de la estructura política, el vasallaje, reclamando para la Iglesia y sus clérigos una completa desvinculación del mismo. No aspiraba a ningún poder, sino al servicio: Cristo había puesto sobre los hombros de Pedro y sus sucesores la tarea de guiar a los hombres hacia el verdadero fin de su existencia, que es la salvación eterna, único bien absoluto, único necesario. Los dos poderes, explica Elie Voosen (Papante et pouvoir civil á l’époque de Grégoire VII, Gembloux, 1927), poseen el mismo origen, Dios, y por caminos distintos persiguen la misma meta: pues quien pierde su alma pierde toda su existencia. La dependencia de la fe es, en Gregorio VII, absoluta. Como consecuencia de este planteamiento, el poder principal es el del espíritu, siendo necesariamente el temporal subsidiario de éste y dependiente, para tener legitimidad, de no perder de vista su sometimiento al fin esencial de la salvación eterna. Porque el cristianismo no era para él una opinión, a la que el hombre puede adherirse o no, sino la verdad absoluta a la que todos, independientemente de su voluntad, se hallan sujetos, los santos para la salvación, los pecadores para la eterna condenación. La Iglesia, que se ocupa de las almas es, objetivamente, superior al Imperio, que sólo tiene el cuidado de los cuerpos. El poder espiritual, custodio del orden moral, genera autoridad; el temporal únicamente la recibe de aquél. Un emperador o príncipe cualquiera, si rehuyera estos deberes o se opusiera a ellos, se convertiría en tirano, servidor del diablo; se le debe convertir o, en caso extremo, suprimir. Verdaderamente resulta en extremo difícil comprender este argumento desde una mentalidad contemporánea.
Los sínodos. Con Hildebrando, la reforma cluniacense, que trataba de modificar la existencia humana para acercarla a Dios, se convierte en gregoriana que pretende la transformación de las estructuras sociales. Elegido papa contra su voluntad («reluctanti impositum est») este hombre de escasa estatura y voluntad de hierro, se sintió convertido en instrumento del Espíritu Santo, cuya inspiración buscaba en la oración contemplativa, como los monjes. Pero no intentaba reducir a la Iglesia a una vida monástica. Sentía muy acuciante el amor al prójimo, el anhelo de conseguir su salvación: esto explica las vacilaciones en relación con Enrique IV que tanto le perjudicaron: no quería la destrucción, sino la conversión del emperador. Cristo, verdadero hombre además de Dios, era el gran modelo a imitar. Por encima del amor a los hombres san Gregorio colocaba el amor a la Iglesia, que es la esposa de Cristo.
La reforma, organizada sistemáticamente por los sínodos que se reunían todos los años a partir de 1073, no aparecía como algo nuevo: simonía, nicolaísmo e incluso investidura laica, habían sido condenados sucesivamente a lo largo de un siglo, protagonizando una lucha cuyo resultado comenzaba a inclinarse cada vez más en favor del papa. Algunos colaboradores de Gregorio VII le reprocharon que iba demasiado deprisa. La resistencia principal no vino de parte de los reyes, sino de los obispos, que veían derruirse parte de su poder, obligados además a cambiar de vida. El 25 de enero de 1075 escribió a Hugo de Cluny que estaba tan decepcionado ante esta resistencia, que pedía a Jesús le enviase pronto la muerte. Ese mismo año el abad de Pontoise, san Gualterio, que defendía ante el sínodo de París la reforma con gran vehemencia, fue maltratado y llevado a prisión por los soldados del rey Felipe I (1060-1108). El vigor de la resistencia, que alteró seriamente la velocidad de la marcha, explica que al final de su pontificado hubiera cierta sensación de fracaso: nada más engañoso. Gregorio VII provocó el gran vuelco. Iba a permitir edificar a la Iglesia sobre presupuestos nuevos y la autoridad pontificia que él construyó es precisamente la que ha llegado hasta nosotros.
Condena de Berengario. Ante todo, la doctrina. Berengario de Tours, que había sido condenado varias veces porque seguía empeñado en decir que no sólo los accidentes sino también la sustancia del pan y del vino permanecían después de la consagración, apeló a Roma pidiendo una aclaración doctrinal. Fue juzgado en los sínodos de 1078 y 1079, donde aceptó una fórmula que reconocía en la eucaristía la realidad sustancial del cuerpo y de la sangre de Cristo. Reconciliado, el papa prohibió que se le tratara como hereje. En el fondo, la pobreza del lenguaje teológico occidental era responsable en parte de la confusión. Volvió a insistir en que el término substancialiter inserto en la fórmula que él jurara, se refería a las especies de pan y vino. Por eso tendría que comparecer ante otro sínodo en Burdeos (1080), mostrando deseo de rectificar en aquello que se declarara erróneo. Murió en la comunión de la Iglesia. Pero el episodio resultaba importante en un aspecto: la Iglesia latina necesitaba desarrollar su trabajo intelectual. El impulso a las escuelas y a los que en ellas profesaban, fue una de las consecuencias de la reforma.
Hechos concretos. Las tres cuestiones, simonía, concubinato e investidura laica, como se vio claramente en el sínodo cuaresmal del 1075, estaban profundamente imbricadas, de modo que o se las desarraigaba conjuntamente o la reforma fracasaría. El abad Ruperto sintetizaba las investiduras en una frase: «non electione, sed donus regís episcopus fiebat». Mientras la designación recayera en personas excelentes, como había sido frecuente en tiempos de Enrique II, el mal no se revelaba en toda su extensión. Geroch de Reichesberg nos dice que con la llegada de Enrique IV al trono se había producido una terrible indisciplina: se buscaban funcionarios eficientes y no santos. La medida era universal: el rey de Francia nombraba directamente los obispos de Sens, Reims, Lyon, Bourges y, en general, todos los que estaban en su patrimonio; en el resto del país lo hacían de uno u otro modo los grandes señores feudales. Los compromisos adquiridos en virtud del nombramiento, expresados a veces en dinero, obligaban a los titulares a resarcirse con sus súbditos. Obispos y abades, con investidura laica, no se diferenciaban ni siquiera en lo externo del resto de la jerarquía feudal: también ellos vivían con sus mujeres e hijos. Se invocaba en Occidente el ejemplo de la Iglesia griega, que consentía al clérigo casado antes de su ordenación, conservar su familia.
Conviene no exagerar, dejándose arrastrar por la propaganda que fue muy fuerte en esta contienda. Tenemos una muchedumbre de obispos y abades ejemplares, dentro del sistema. Para modificarlo y hacer presente su autoridad, Gregorio VII hizo un uso muy amplio del nombramiento de legados: Hugo de Dye en Francia, Amando de Oleron en Languedoc y la Marca Hispánica, Ricardo de San Víctor en España, Anselmo de Lucca en Lombardía, Altmann de Passau en Alemania. Ellos procedieron a aplicar los decretos sinodales. Estos nombramientos servían también para ampliar el ámbito de presencia. Dinamarca, con nueve obispados, pagaba el «sueldo de san Pedro», y Suecia se adhería definitivamente al cristianismo. Las relaciones de Polonia, Bohemia y Hungría con Roma se hicieron constantes. Gregorio VII envió a Zvonimir, de Croacia y Dalmacia, el vexillum Petri como a Roberto Guiscardo; intervino en favor de Iziaslav de Kiev y de su propio hijo Jaropolk, ayudándoles a recobrar el trono.
La reforma triunfó fácilmente en España, donde la simonía y el nicolaísmo eran menos frecuentes, por medio de los sínodos de Gerona (1078) y de Burgos (1080): la vieja liturgia mozárabe cedió el paso a la romana y los monarcas españoles se vincularon muy estrechamente al pontificado. Fueron grandes los avances en Francia, donde nunca se llegó a una ruptura a pesar de que Felipe I, cuyas costumbres dejaban mucho que desear, seguía practicando la investidura. Las relaciones con Guillermo de Inglaterra, a través de Lanfranco de Canterbury, fueron cordiales, y ello a pesar de que el rey en nada modificó su cerrado cesaropapismo, uno de los más persistentes, prohibiendo incluso a los obispos acudir a Roma sin licencia suya.
Amplios horizontes, crecimiento de energía. Los obispos de Burdeos, Sens y Reims, fueron depuestos y excomulgados sin que hubiera necesidad de recurrir a las leyes contra la investidura laica. Europa estaba siendo ya la Cristiandad. Desde 1071, destruido el ejército bizantino en la batalla de Manzikert, y percibiéndose los grandes movimientos de agitación berberisca en el norte de África, pesaba sobre ella una nueva amenaza. Gregorio VII, que había participado probablemente en los preparativos de la cruzada de Barbastro, pensó en el desarrollo de una guerra santa contra el Islam mediante dos expediciones, una hacia España, a cuyo frente estaría Ebulo de Roucy, un hermano de Roberto Guiscardo, cuñado de Sancho Ramírez de Aragón, y la otra en Anatolia para salvar al Imperio bizantino. En 1074, respondiendo a una embajada de Miguel VII, envió a Constantinopla a Domingo de Grado para proponer el plan: la recuperación de Anatolia era cuestión de vida o muerte para Bizancio. Naturalmente el papa esperaba lograr de este modo la unión de las dos Iglesias. La muerte de Miguel VII —a quien sucede Nicéforo III (1078-1081) y en 1080 Alejo Comneno (1081-1118)— y la oposición radical del patriarca, impidieron que esto cuajara. Pero la idea fue recogida por Roberto Guiscardo y sus nobles normandos, bien que ellos estaban pensando en una ampliación de su fuerza militar. Guiscardo llegaría a apoderarse de Durazzo, pero sería expulsado tras una derrota.
Choque con Enrique IV. Todos los proyectos se vieron afectados y a veces destruidos por el enfrentamiento con el emperador. Enrique IV, embebido entonces en la necesidad de combatir la revuelta de Sajonia, no manifestó ninguna inquietud ante el nombramiento de Hildebrando. éste se apresuró a enviar dos legados para comunicarlo, al tiempo que aludían a la reforma. Los obispos alemanes se inquietaron y Liemaro de Bremen viajó a Roma tratando de frenar la impetuosidad del nuevo papa. Transcurrió más de un año. Las primeras cartas entre Gregorio y Enrique están llenas de afecto y no parecen presagiar la ruptura ulterior: el 7 de diciembre de 1074, cuando el papa comunicó a Enrique sus proyectos de guerra en Oriente, a la que pensaba acudir, le dijo que, en caso tal, la Iglesia de Roma quedaría bajo la custodia del emperador.
Pero en febrero de 1074 el sínodo cuaresmal aprobaba un canon riguroso que incluía la investidura laica entre los pecados de simonía y nicolaísmo, estableciendo además la pena correspondiente que era deposición. B. B. Borino («II decreto di Gregorio VII contro le investiture fu promúlgato nel 1075», Studi gregoriani, 1959-1961) parece haber demostrado que dicha disposición fue inmediatamente promulgada en forma de decreto imperativo: no era, por tanto —y así lo entendieron los obispos alemanes—, un canon para la prudente matización en su empleo, sino un mandato expreso. Enrique IV entendió que se trataba de un ataque a la propia estructura del Imperio: sin obispos (acababa de nombrar a los de Spira, Lieja, Bambcrg, Spoleto y Fermo por el método directo de la investidura laica), la fuerza centrífuga de los príncipes territoriales quedaría sin contrapartida. Los obispos lombardos, amenazados muy directamente por la pataria, compartían esta actitud aunque por motivos personales. Mientras duró la rebelión sajona, Enrique IV mostró una voluntad negociadora, aceptando incluso que se produjera la primera deposición en el obispo de Bamberg.
Pero el 8 de junio de 1075 la victoria le permitió afirmarse en el trono. Entonces decidió rechazar el decreto: la chispa que permitió provocar el incendio fue el nombramiento de Tedaldo como arzobispo de Milán. Uno de los seis consejeros imperiales excomulgados por Alejandro II, el conde Eberhardo, estaba ahora combatiendo la pataria y tratando de lograr un acuerdo con Roberto Guiscardo.
Enrique IV se engañó: llegó a creer que la posición de su adversario ante la nobleza romana era débil y que podía ser derribado por un movimiento interno. En la Navidad del 1075 se produjo un atentado contra el papa, acaudillado por Cencio de Prefecto y otros partidarios del antiguo antipapa Cándalo. Pero Gregorio, preso mientras celebraba la misa, fue liberado por una fuerte reacción popular que le condujo en triunfo hasta Santa María la Mayor, obligando a Cencio a huir hasta refugiarse en la corte de Enrique. Por otra parte, Roberto Guiscardo estaba más interesado en sostener la causa del papa que en aliarse peligrosamente con el emperador, mientras que la marquesa Matilde de Toscana, con su marido, mostraba una más que favorable actitud progrcgoriana (N. Grimaldi, La contessa Mathilde e la sua stirpe feudale, Florencia, 1928). Hildebrando no quería la ruptura: envió sus legados, que llegaron a Goslar el 1 de enero de 1076 e invitaron al rey a que cediera en sus pretensiones. La respuesta de Enrique fue convocar a la Dieta en Worms para el 24 de enero del mismo año.
Los personajes más antigregorianos en esta Dieta fueron el antiguo legado en España, cardenal Hugo Cándido, ahora excomulgado, y el obispo Guillermo de Utrech. Con la anuencia de muchos prelados alemanes —luego se sumaron los de Lombardía—, todos de la estricta obediencia de Enrique, se denunció la ilegitimidad de Hildebrando, «falso monje», invitándole a que abandonara el solio. Esta conminación hubo de transmitirla Rolando de Parma en el sínodo cuaresmal correspondiente a aquel año. En medio de las naturales propuestas, Gregorio respondió excomulgando al rey y desligando a sus subditos del juramento de fidelidad. No invitaba a una nueva elección, sino que dejaba abierta la puerta a la reconciliación. Enrique IV, que recibió la noticia en Utrech, donde pudo celebrar la Pascua sin dificultad, anunció que en un nuevo sínodo a celebrar en Worms para la fiesta de Pentecostés, se iba a proceder a la elección de un nuevo papa. Casi nadie respondió ahora a su llamamiento. Una cosa era protestar contra un decreto y otra muy distinta provocar un cisma.
Canosa. Algunos grandes príncipes, Rodolfo de Suabia, Güelfo de Baviera y Bertondo de Carintia, contando con numerosos apoyos, tomaron la decisión de reunirse en Tribur (octubre 1076) en compañía de los legados Altmann de Passau y Sicardo de Aquileia. Acordaron que, transcurrido el plazo de un año desde la excomunión, si el rey no lograba reconciliarse con el papa, la Dieta, convocada para Augsburgo el 2 de febrero de 1077, procedería a una nueva elección. Tras una reiterada serie de sucesiones de padre a hijo, los príncipes reivindicaban ahora la costumbre alemana de que el monarca es elegido por los príncipes que representan las stamme que integran su nacionalidad. Sintiéndose en aquel momento el más débil, Enrique decidió montar lo que, a juicio de la mayor parte de los historiadores, no pasaba de ser una farsa, si bien Lino L. Ghirardini (L’imperatore a Canossa, Parma, 1965; L’enigma di Canossa, Bolonia, 1968; Chi a vinto in Canossa?, Bolonia, 1970) propone fijar la atención en un aspecto: aquella humillación, por falsa que fuera, tenía que influir negativamente en el prestigio del emperador. Gregorio fue invitado por los príncipes a presidir la Dieta de Augsburgo.
En su viaje a Alemania el papa alcanzó el castillo de Canosa, propiedad de Matilde. El emperador venía a su encuentro. En tres días sucesivos (25 a 28 enero 1077) compareció Enrique en hábito de penitente, y permaneció ante las puertas cerradas. Los ruegos de Hugo de Cluny, Adelaida de Saboya y la propia Matilde, hicieron que, al final, el papa accediera a recibirle restableciendo la comunión bajo dos condiciones: dar satisfacción a las querellas de los príncipes y otorgar al papa un salvoconducto, cuando debiera ir a Alemania. Moralmente la penitencia de Canosa era una victoria del papa: a sus brazos llegaba el arrepentido emperador. Políticamente el éxito correspondía a Enrique IV, que recibía la legitimación de su poder. Así sucedió que cuando los príncipes, decepcionados —ninguna satisfacción se les había ofrecido—, procedieron a elegir a Rodolfo de Suabia como rey en Forcheim, cerca de Bamberg (marzo de 1077), Gregorio ordenó a los legados que se mantuvieran neutrales.
Segunda excomunión. Las fuertes convicciones religiosas (lograr el arrepentimiento del pecador y no su muerte) habían decidido Canosa. Esas mismas dictaban ahora la conducta del papa: entre dos pretendientes, a él correspondía juzgar sobre su legitimidad. En el fondo, ninguno de los dos bandos en lucha deseaba que llegara a producirse un arbitraje, pues sin la menor duda vendría acompañado de fuertes concesiones a la Sede Apostólica. Dos legados, los obispos de Albano y de Padua, respectivamente, comenzaron a recoger la información necesaria, pero Enrique les prohibió incluso el viaje: estaba dominando la rebelión de los príncipes y comenzaba la confiscación de bienes a sus enemigos. Ante el incumplimiento de las condiciones de Canosa, y la negativa a aceptar los legados, unidos al concreto rechazo a suprimir la encomienda que pesaba sobre la abadía de Hirsau, Gregorio volvió a pronunciar la excomunión durante el sínodo cuaresmal del 7 de marzo de 1080.
El 25 de junio del mismo año un sínodo de 30 obispos alemanes y lombardos, reunido en Brixen, condenó a Gregorio como culpable de herejía, magia, simonía y pacto diabólico, proponiendo para sustituirle a Guiberto, obispo de Rávena. La pugna, convertida ahora en doctrinal, dio origen a numerosos opúsculos de propaganda. El 15 de octubre de 1080 murió Rodolfo de Suabia, y aunque los rebeldes eligieron para sustituirle a Hermann de Salm, su bando se había debilitado lo suficiente como para no causar inquietudes al rey, que comenzó a preparar su expedición a Italia. Enrique celebró en Verona la Pascua de 1081 y se hizo coronar en Milán como soberano de los lombardos. Combatiendo, llegó hasta Roma, que sufrió dos asedios, en 1081 y 1082. San Hugo de Cluny trató de mediar entre los dos bandos aunque sin resultado. Desde el 1083 los imperiales eran dueños de San Pedro y de la ciudad leonina, pero hasta el 21 de marzo de 1084 no consiguieron cruzar el río tomando el resto al asalto. Tres días más tarde Guiberto de Rávena, elegido por el clero y el pueblo, era consagrado papa Clemente III y procedía a la coronación del emperador (31 de marzo). Entonces acudieron los normandos de Roberto Guiscardo que rescataron a Gregorio VII, refugiado en Sant’Angelo, y se lo llevaron a Salerno. Detrás quedaba Roma, víctima de saqueos e incendios; algunos cardenales que hasta entonces siguieran a Hildebrando, se pasaron al bando del emperador. Y Gregorio VII murió el 25 de mayo de 1085, pronunciando las palabras del Salmo: «amé la justicia y aborrecí la iniquidad». Ese mismo día las tropas cristianas entraban en Toledo.
Hasta el día de su muerte, el 8 de septiembre del año 1100, Guiberto, pariente de los margraves de Canosa, seguía titulándose papa. Curiosamente se trataba de uno de los amigos de juventud de Hildebrando, que mucho influyera sobre Alejandro II para que le consagrara obispo. Ambos se distanciaron luego por razones de política: para Guiberto de Rávena la reforma tenía que hacerse a través del emperador, no en contra suya. Cuando los normandos ocuparon Roma, él se retiró a su sede ravennata, que no había abandonado. Nunca careció de partidarios. Nunca, tampoco, logró el reconocimiento más allá de un determinado círculo.
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