Gregorio V (3 mayo 996 - 18 febrero 999)
Nombramiento. Se trata del primer papa alemán. Afortunadamente disponemos de la investigación de Teta E. Moehs (Gregorius V, 996-999: A Biographical Study, Stuttgart, 1972) que nos permite comprender los matices de este singular pontificado. Su designación tuvo lugar de la siguiente manera. En Pavía, donde celebraba la Pascua, supo Otón III la muerte de Juan XV. Pasó a Rávena y aquí una delegación enviada por los romanos le solicitaba que designase un candidato que ellos pudieran aclamar. El monarca escogió a un pariente suyo, Bruno, biznieto de Otón I e hijo del duque de Carintia, capellán muy preparado y de gran experiencia en negocios eclesiásticos, a pesar de su juventud. Fue a Roma en compañía de los obispos de Maguncia y de Worms y quedó regularmente elegido. Cambió su nombre por el de Gregorio porque se proponía seguir los pasos de san Gregorio Magno. Su primer acto fue coronar emperador a Otón III (21 de mayo), otorgándole al mismo tiempo el patriciado romano. Intercedió en favor de Crescencio Nomentano, que había sido desterrado, permitiéndole regresar a Roma.
La intercesión no era tan sólo un gesto de clemencia; formaba parte también de un designio político que intentaba convertir la autoridad del papa en un factor de equilibrio entre los dos partidos, el imperial y el aristocrático, evitando los enfrentamientos. Esto le llevó a un cierto grado de independencia respecto al Imperio, del que se benefició por ejemplo el rey de Polonia, Boleslao Chrobry (Boca Torcida) (992-1027), pues la sede de Posen fue puesta a cubierto de las aspiraciones de dominio de los obispos alemanes. También Arnoldoo, arzobispo de Reims, confirmado en su puesto a pesar de la protección que Otón III otorgaba a Gerberto de Aurillac. El emperador compensaría a osle último con la sede de Rávena, obligando además al papa a cederle casi todos los poderes que tenía en la Pentápolis y el antiguo Exarcado. Las relaciones entre el papa y el emperador fueron siempre buenas, pero Gregorio V demostró que estaba muy lejos de considerarse como un alto funcionario al servicio del Imperio. La mayor dificultad para él radicaba en la estructura interna del Patrimonium Petri: demasiado extenso, en él convivían dos potestades, laica y eclesiástica, mal delimitadas. Además, la inobservancia del celibato impulsaba a obispos, abades y clérigos a crear verdaderas dinastías, dotando a sus hijos con bienes que eran de la Iglesia. Por eso concedían las abadías cluniacenses o lorenesas tanta importancia a la inmunidad, que les libraba de esta presión feudal. La generalización del vasallaje como modo de relación comenzaba a percibirse como una amenaza para la independencia de la Iglesia. Durante su estancia en Roma, Otón III promulgó una Capitulare de praedis ecclesiasticis que intentaba hacer una distinción entre beneficios laicos y eclesiásticos, poniendo límites a ese enfeudamiento. Pero la política del emperador buscaba, precisamente, el incremento del vasallaje.
El cisma. En junio de 996 Otón abandonó Roma. Inmediatamente Crescencio renovó sus proyectos de ejercer el poder, recurriendo a la fuerza. El papa pidió al emperador que regresara, pero éste se excusó, delegando la protección de Roma en los duques de Toscana y de Spoleto. En octubre, falto de apoyo, Gregorio abandonó Roma refugiándose en Spoleto, para intentar desde allí la reconquista de la ciudad, que fracasó. A principios del 997 pasó a Lombardía, en un intento de lograr el apoyo de los obispos del reino, entre los que destacaba el de Piacenza, Juan Filagato, maestro de griego del emperador, que acababa de regresar de Constantmopla con una misión que el propio Otón le encomendara. Gregorio presidió en febrero un sínodo en Pavía que puso en vigor antiguas y nuevas disposiciones contra el comercio del dinero en bienes espirituales, esto es, la simonía. Tuvieron, de momento, escasa eficacia.
Pero se había planteado una cuestión que suscitaba un profundo descontento en amplios sectores del clero ganados a esta práctica. Crescencio trató de aprovecharlo declarando que la sede romana, desamparada por Gregorio, se hallaba vacante. Creyó asestar un golpe certero al elegir a Juan Filagato, que tomó el nombre de Juan XVI, y que esperaba el apoyo de su antiguo discípulo además del bizantino, que ya tenía. Pero Otón no aceptó en modo alguno la usurpación. Volvió a Roma en febrero del 998 y procedió a terribles represalias. Crescencio y sus colaboradores, decapitados, fueron luego colgados de los muros de Sant’Angelo. Juan Filagato, mutilado, compareció ante el sínodo y fue condenado a reclusión perpetua en un monasterio.
Gregorio V sobrevivió poco tiempo a estos terribles sucesos. Murió en febrero del 999 víctima de la malaria.
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