Gregorio IX (19 marzo 1227 - 22 agosto 1241)
Elección. El colegio de cardenales creó una comisión de tres miembros para que escogiesen y, en segundo término, propusieron a un sobrino de Inocencio II, Ugolino dei Conti di Segni. J. Felten (Papst Gregor IX, Friburgo, 1886) ya demostró que había nacido en torno a 1170, por lo que es falsa la ancianidad que algunos textos le atribuyen. Cardenal diácono en 1198 y obispo de Ostia en 1206, había probado su destreza diplomática en Italia, Alemania y otros lugares, entregando a Federico II la cruz durante su predicación de la cruzada, una idea a la que se mantendrá fiel. Enérgico, era bastante riguroso en el cumplimiento de sus deberes religiosos, y en esto le influyeron los dominicos y especialmente san Francisco, su amigo, al que canonizó en 1228. Protector de la orden siendo cardenal, hubo de intervenir en las querellas que se suscitaron tras la muerte del fundador, disponiendo que su testamento no tenía fuerza de mandato, sino de consejo y orientación. Favoreció el crecimiento de las clarisas.
La extraña cruzada. Como en otros tiempos los cistercienses y canónigos regulares, eran ahora los mendicantes el gran apoyo del papa. Ellos le ayudaron en la predicación de la cruzada: dos grandes contingentes, uno de ingleses en Apulia, y otro de alemanes a las órdenes de Luis, margrave de Turingia, esperaban la partida de la expedición. Gregorio IX hubo de recordar a Federico que pesaba sobre él la amenaza de excomunión si no la emprendía. El emperador embarcó en Brindisi en agosto de 1227, pero se sintió enfermo y ordenó al barco dar la vuelta. El gran ejército, desconcertado, comenzó a disolverse, y Gregorio no creyó en la realidad de la dolencia: fue formulada la excomunión que ratificó un sínodo romano en marzo de 1228. De hecho, se había llegado a una ruptura que los Frangipani trataron de aprovechar provocando una revuelta que obligó al papa a refugiarse en Rieti.
A. di Stefano (L’idea imperiale di Federico II, Bolonia, 1952) ha profundizado en la postura del emperador que, desde luego, no quería ir a la cruzada como simple jefe de un ejército heterogéneo. Volviendo a la idea del dominium, entendía que el Mediterráneo tenía que ser eje fundamental del Imperio. Cedió parcelas importantes de su soberanía a los príncipes alemanes, primero los eclesiásticos y luego los laicos. Despojó a Jean de Brienne del título de rey de Jerusalén, incorporándolo a la corona de Sicilia. Y el 28 de junio de 1228 embarcó con un pequeño ejército, suyo propio, a fin de tomar posesión de este reino. Mantenía relaciones con al-Kamel desde algún tiempo antes. Al llegar a Acre, el 7 de septiembre, templarios y hospitalarios se mostraron adversos porque era un emperador excomulgado. Pero las negociaciones dieron como resultado el acuerdo de Yafo (4 de febrero de 1229) por el que los turcos entregaron Jerusalén y el camino de los peregrinos hacia la costa. Un extraño contrasentido tuvo lugar: fue pronunciado el entredicho sobre la iglesia del Santo Sepulcro. Comenzó a trazarse la espesa leyenda que presentaría a Federico como enemigo de la religión.
Gregorio IX trató, sin éxito, de provocar una revuelta en Alemania, mientras Jean de Brienne invadía el reino, cuyos habitantes fueran desligados del ¡uramento de fidelidad. La noticia de que Federico II estaba de nuevo en Italia (junio de 1230) bastó para que estas fuerzas se disolvieran, comenzándose negociaciones que condujeron a la paz de San Germano (23 julio 1230): a cambio de garantías de libertad para la Iglesia, el papa levantó la excomunión. No era un acuerdo definitivo, sino el paso a una nueva etapa, destinada a durar nueve años, en que cada una de las partes intentaba fortalecer su posición. En la Iglesia como en el Imperio se contempla un desarrollo jurídico importante.
Constituciones. Pedro de la Vigne trabajó en unas Constitutiones regnm regni Siciliae mediante las cuales se estableció por primera vez un absolutismo regio que sometía a la Iglesia y su doctrina a los imperativos del poder laico. La Dieta de Rávena (noviembre de 1231) declaró que la herejía era crimen de lesa majestad, siendo la pena de muerte en la hoguera el castigo adecuado para los que no se arrepintieran. En la primavera de 1232 se exigió de las ciudades lombardas juramento de fidelidad con vasallaje, y cuando estas ciudades trataron de resistirse renovando la liga, el emperador las aplastó en Cuortenuova (27 noviembre 1237). Pero entonces el joven heredero, Enrique, se levantó en armas protestando del abandono de la soberanía que desmantelaba sus facultades de gobierno en Alemania y de la calificación política de la herejía, pues era un modo de desembarazarse de enemigos alegando razones religiosas. Federico redujo a este hijo rebelde a prisión, de la que nunca salió.
Gregorio no renunciaba a la cruzada. Dos expediciones separadas, la de Teobaldo, rey de Navarra (1234-1253), y la de Ricardo de Cornwall (1209-1272), viajaron a Tierra Santa, consiguiendo por medio de alardes militares y negociaciones la restitución de Galilea (1239-1241). De este modo resurgía el reino de Jerusalén, aunque por muy poco tiempo, ya que, como consecuencia remota de la expansión de los mongoles, los jaresmios tomarían en 1244 la ciudad santa.
Decretales. El decenio de 1230 a 1240 señala un importante desarrollo interno en el gobierno de la Iglesia. Gregorio IX encargó a san Raimundo de Peñafort (1175-1275) una codificación legislativa que fue promulgada como Líber Decretalium extra decretum vagantium el 5 de septiembre de 1234 y constituye el primer código universal e indudable del derecho canónico. Los papas posteriores harían añadidos, obligando a Bonifacio VIII a otra refundición complementaria, pero de todas maneras la Iglesia iba a disponer del gran cuerpo de leyes que aseguraba su administración. Al mismo tiempo, el papa continuaba la centralización de poderes, reservándose las canonizaciones, restringiendo mucho el poder de los obispos para conceder indulgencias, y estableciendo como obligación la visita ad limina en que éstos daban cuenta del estado de su diócesis. En 1229 la Universidad de París, a causa de la querella entre sus profesores y los primeros maestros mendicantes, se había disuelto. Gregorio IX la restauró (bula Pareas scientiarum de 13 de abril de 1231), determinando que tres cátedras fuesen de los frailes, otras tres del cabildo de Notre Dame y las otras seis de régimen ordinario para el clero secular. Mucho más importante, en relación con este hecho, fue el nombramiento de una comisión encargada de examinar los textos de Aristóteles: el aristotelismo vencía las reticencias que se le oponían, y entraba en la universidad.
Inquisición. El problema de la Inquisición suscita desde hace muchos años grandes debates. C. Douais (L ’inquisition, ses origines et sa procedure, París, 1906) fue el primero en establecer que el «procedimiento» inquisitorial había sido un instrumento de defensa del poder pontificio frente a la justicia imperial, suscitando la discrepancia de H. Kohler (Die KetzerpoUtik der deutschen Kaiser und Kónige in den Jahren 1152-1254, Bonn, 1913), que trataba de exculpar al emperador. H. Maisonneuve (Etudes sur ¡’origine de ¡’Inquisition: l’Eglise et l’état au Moyen Age, París, 1960) establece con claridad los hechos: Gregorio IX heredaba una tradición eclesiástica que declaraba la herejía como un crimen cuyo juicio correspondía a los obispos; se encontró con el decreto de la Dieta de Rávena que la declaraba «crimen de Estado» (lesa majestad) aplicando la pena más grave, muerte en la hoguera, o cremación del cadáver si el culpable se arrepentía. No intentó privar a los obispos de un derecho que de antiguo tenían, pero con su Decretal de 1231 trató de poner límite a lo que podía convertirse en un abuso político (Juana de Arco iba a demostrar la realidad de esos temores), acudiendo a san Raimundo de Peñafort y a los dominicos para establecer garantías en el procedimiento. No era la autoridad civil la que decidía la existencia del delito; sólo la eclesiástica podía hacerlo tras un examen de expertos. Hallado el culpable y probado el delito, se haría la entrega al brazo secular, que era el único capacitado para ejecutar la sentencia. A Federico II y, en general, a los reyes, no gustó porque les arrebataba un arma. Y de hecho la Inquisición medieval fue menos dura de lo que pudiera temerse, porque los poderes laicos desconfiaron de ella.
Nueva ruptura con el emperador. Desde 1236 se registró un rápido deterioro de las relaciones entre Gregorio y el emperador. Protestaba el papa de los atropellos a la Iglesia, pues Federico despojaba de sus bienes a templarios y hospitalarios, impedía el nombramiento de obispos, trataba a los lombardos como herejes y permitía a sus tropas, en parte musulmanas, cometer terribles atropellos. Estas discordias alcanzaron el punto de ruptura cuando el emperador intentó crear un reino de Cerdeña (isla que formaba parte del Patrimonio de San Pedro) para su hijo bastardo, Enzio, casado con una dama de la nobleza insular, Adelasia. El 20 de marzo de 1239 Gregorio volvería a pronunciar la excomunión. La lucha se caracterizó por una propaganda verdaderamente feroz, creándose en torno a Federico la leyenda de que era un ateo blasfemo; los mendicantes predicaron en contra suya. Y entonces la suerte comenzó a abandonarle. Milán y Bolonia resistieron sus ataques y pronto se contagió el levantamiento. Cuando intentó apoderarse de Roma, las milicias ciudadanas consiguieron derrotarle.
Gregorio optó por la convocatoria de un concilio (9 de agosto de 1241) que debía reunirse en Letrán en la Pascua del siguiente año, a fin de elevar la querella a su nivel más alto. Federico cerró los accesos a Roma mientras que Enzio de Cerdeña se apoderaba de los barcos genoveses en que viajaban los obispos frente a la isla de Montecristo: más de cien prelados, entre ellos los abades del Cister y de Cluny, quedaron prisioneros. En estas circunstancias murió Gregorio IX.
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