Clemente VI (7 mayo 1342 - 6 diciembre 1352)
Un papa pródigo. Felipe VI estaba tan interesado en disponer de un papa favorable que envió a su propio hijo, el duque de Normandía, a Avignon con objeto de asegurar la designación de Pedro Roger, su antiguo canciller, ahora obispo de Rouen. No tuvo necesidad de ejercer ninguna clase de presión, pues antes de que el príncipe llegara a Avignon, los cardenales le habían elegido por unanimidad. Tras el gobierno austero de Benedicto estaban deseosos de tener un pontífice más condescendiente. Escogió el nombre de Clemente porque quería que la clemencia fuera su principal virtud. Contaba entonces 51 años, pues había nacido en Maumont (Limousin), hijo del señor de Rosier d’égletons en 1291. Desde los diez años de edad vestía el hábito de los benedictinos, que le habían preparado cuidadosamente. Se le consideraba como el mejor orador de su tiempo y, desde luego, poseía una amplia instrucción. Un cambio radical se produjo en la curia: lujo y derroche hicieron que apenas pudiera distinguirse de las cortes principescas. Pródigo con sus amigos y parientes, amigo de banquetes y de fiestas, los cronistas más adversos como Mateo Villani, Matías de Neuenburg y el Chronicon Estense, le acusan de mujeriego, aunque probablemente esto es producto de una calumnia, muy extendida y, por consiguiente, aceptada.
Las tasas ordinarias aumentaron su rendimiento hasta los 195.000 florines de oro, pero los gastos alcanzaron los 165.000. A éstos habría que añadir el continuo despilfarro de fiestas y banquetes (fue especialmente famoso el que ofreció el cardenal Aníbal de Ceccano, en que, en medio de bailes y representaciones, se sirvieron 27 platos mientras se dejaban correr fuentes de vino), así como las joyas y vestidos (reunió hasta 1.800 pieles de armiño), que se abordaban recurriendo al tesoro acumulado por sus antecesores. Ochenta mil florines de oro se invirtieron en 1348 al comprar a la reina Juana de Nápoles (1343-1382) la ciudad de Avignon y el condado Venaisin; en este caso se trataba de una operación excelente, ya que convertía al papa en dueño del territorio en que moraba. Avignon se desarrolló hasta convertirse en una de las plazas mercantiles más prósperas de todo el Occidente. Las embajadas, como la de Tartaria en 1338, y la que Alfonso XI (1313-1350) remitió con el botín de la batalla del Salado, dieron lugar a costosas recepciones. Para compensar los gastos, Clemente VI dispuso la reserva de todos los nombramientos episcopales y de otros muchos beneficios, porque de este modo se percibían directamente anatas y otras contribuciones (A. Pélissier, Clemente VI le magnifique, París, 1951).
Raíz del anglicanismo. Estas medidas, impopulares, tropezaron con una fuerte resistencia en Alemania y de una manera especial en Inglaterra, donde se le consideraba además como beligerante en favor de Francia. Fue entonces cuando Eduardo III publicó los primeros Estatutos llamados de Provisores (1351) y Praemunire (1353), que permitían al rey rechazar colaciones de beneficios y sentencias procedentes de la curia e incluso a los obispos establecer relaciones con la Santa Sede sin autorización del rey. Es cierto que existía una razón profunda para las quejas: Clemente VI estaba apoyando a Felipe VI con préstamos, diezmos, subsidios de cruzada y rentas eclesiásticas. No es, por consiguiente, extraño que se originara una abundante literatura panfletaria: una pieza especialmente curiosa es la de la supuesta carta de Lucifer, felicitando al papa que, con su mal ejemplo, le poblaba el infierno de almas.
Opuesto decididamente a Luis de Baviera, le cupo la satisfacción de obtener en este punto una victoria. En agosto de 1342 reiteró la excomunión, y mediante la bula Prolixa retro (12 abril 1343) le conminó a deponer sus vestiduras imperiales, invitando al obispo de Tréveris a convocar a los electores para proceder a una nueva designación. Luis ofreció su sometimiento completo, pero fue rechazado. El 13 de abril de 1346 (bula Olim videlicet) se pronunciaron la excomunión y deposición de forma solemne. Entonces cinco de los siete electores, los tres eclesiásticos más Bohemia y Sajonia, decidieron proclamar a Carlos, el hijo de Juan de Bohemia. La muerte de Luis de Baviera (11 octubre 1347) hizo que Carlos IV fuera reconocido sin dificultad.
Aspectos positivos. P. Fournier («Clemente VI», Hist. Lit. de la France, 37, 1936) y R. Guillemain (La Cour Pontificale d’Avignon, 1309-1376, París, 1962) descubren los aspectos positivos de un pontificado que supo hacer frente a grandes desdichas, como la guerra y la peste, empleando grandes sumas en aliviar el sufrimiento, y que ante la noticia de la existencia de islas pobladas en el Atlántico, de Azores a Canarias, recordó a los cristianos que era ilícito reducir dichas poblaciones a la esclavitud. A principios de 1343 llegó a Avignon una embajada romana con dos encargos: que el papa regresara a su ciudad asumiendo las funciones de senador, y que promulgara un nuevo Año Santo para 1350, dado el hecho de que el intervalo de un siglo dejaba a la inmensa mayoría de los cristianos sin poder lucrar la indulgencia. El papa aceptó la segunda de las peticiones, y en la bula Unigénitas Dei Filias habló por primera vez del tesoro de gracias que los méritos de Cristo y de los santos proporcionan a la Iglesia como fuente para la concesión de indulgencias.
En 1348 se desató en Europa la peste negra, una epidemia que trajeron de Crimea barcos genoveses. Avignon sufrió terriblemente: en un cementerio que compró Clemente se inhumaron en pocos días once mil cadáveres. Para muchos era el azote un castigo de Dios. Partiendo de Alemania, grupos de flagelantes que se azotaban durante treinta y cinco días trataron de frenar la epidemia mediante penitencia. Se recrudecieron en muchos lugares las persecuciones contra los judíos, a los que se acusaba de propagar la enfermedad. Hubo desviaciones hacia la superstición que movieron al papa a tomar disposiciones contra los flagelantes. En las órdenes religiosas las pérdidas fueron sensibles y la necesidad de rellenar los huecos con improvisadas vocaciones se reflejó en el deterioro de la disciplina.
Cola di Rienzo. Clemente no tuvo intención de regresar a Roma, pero no quiso desentenderse de la situación en la ciudad. En la embajada de 1343 figuraba Nicolás de Arezzo (Cola di Rienzo), un soñador de humilde cuna, que entusiasmó al papa con sus discursos en que evocaba la gloria de la Antigüedad. Clemente le apoyó en sus proyectos, que condujeron en 1347 a un verdadero golpe de Estado que pretendía acabar con la influencia de las familias patricias. Pero la curia comenzó a desconfiar de sus extravagancias: cuando cayó, en diciembre del mismo año, volvería a encontrar amparo en el pontífice. Clemente pensaba que la solución al problema de las querellas internas romanas tenía que venir por una vía semejante, de creación de un fuerte poder laico, ya que en diciembre de 1351 haría una nueva tentativa para nombrar capitán del pueblo y senador a Giovanni Cerroni.
Pero el papa no fue a Roma ni siquiera con ocasión del Año Santo: lo presidieron los cardenales Guido de Bolonia y Aníbal Ceccano. Muchos peregrinos, entre ellos Petrarca y santa Brígida, se dieron cita. Pero la impresión que la ciudad, azotada poco antes por un terremoto, causaba en los viajeros, era lamentable. Su aspecto contribuía a fortalecer los argumentos de quienes decían que no estaba ya en condiciones de servir de residencia al papa. Por otra parte, la campaña que Clemente VI intentó para restablecer su potestad en Romagna, fracasó lamentablemente: Bolonia le ofreció su obediencia, pero a costa de ser entregada en vasallaje a Juan Visconti, arzobispo de Milán.
La guerra entre Inglaterra y Francia impidió que se pusiera en marcha el proyecto de cruzada. La empresa de defensa del Mediterráneo oriental dejó de ser un proyecto europeo para convertirse en algo propio de los poderes locales. Clemente hubo de conformarse con apoyar una liga formada por Venecia, Chipre y los caballeros sanjuanistas, cuyo primer objetivo era sostener a los reyes de Armenia: Esmirna fue ocupada en octubre de 1344 y se logró una victoria sobre la flota turca en 1347. Pero ni siquiera pudieron conservarse las posiciones momentáneamente conquistadas.
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