Clemente VIH (30 enero 1592 - 5 marzo 1605)
Personalidad y carrera eclesiástica. Hipólito Aldobrandini nació en Fano el 24 de febrero de 1535 en el seno de una familia patricia florentina. Hijo de Silvestre y Lisa Deti, su padre —que era un célebre jurista, exiliado en 1531 por motivos políticos— entró al servicio de la administración pontificia y en 1548 consiguió el cargo de abogado consistorial en Roma gracias a la protección del cardenal Alejandro Farnese. Mientras tanto Hipólito Aldobrandini estudió derecho en las universidades de Padua, Perugia y Bolonia, donde se graduó de doctor. Vuelto a Roma para hacer carrera eclesiástica, su vida ejemplar llamó la atención de san Pío V y fue nombrado abogado consistorial, después en 1568 auditor de cardenal camarlengo y en 1569 auditor de la Rota. En 1571 formó parte del séquito del cardenal nepote, Miguel Bonelli, enviado como legado a latere a España, Portugal y Francia (junio 1571 - abril 1572). En 1572, con la muerte de san Pío V, la brillante carrera que Aldobrandini había iniciado sufrió un parón. Durante el pontificado de Gregorio XIII el joven auditor de la Rota quedó olvidado en el ejercicio de la actividad jurídica y fue en aquellos años, a finales de 1580, cuando decidió recibir las órdenes sagradas por influencia de san Felipe Neri, con quien se confesaba. A partir de aquí sus relaciones con el Oratorio se reforzaron y César Baronio será uno de sus confesores habituales. Con la subida de Sixto V al trono pontificio Hipólito Aldobrandini encontró un nuevo protector y su carrera volvió a despegar: el 15 de mayo le nombró datario y el 18 de diciembre le concedió la púrpura cardenalicia. En mayo de 1588, Sixto V le envió como legado a latere a Polonia, no tanto por sus méritos cuanto por la independencia que mantenía entre las diferentes facciones del sacro colegio. La misión de Aldobrandini consistía en tratar de pacificar el país, dividido y enfrentado tras la muerte del rey Esteban Barthory entre los pretendientes a la corona: Segismundo Vasa y Maximiliano de Habsburgo. La victoria del primero y las negociaciones posteriores permitieron concluir un tratado de paz el 9 de marzo de 1589. El legado volvió a Roma en mayo de 1589 y el éxito diplomático de su misión le convirtió en uno de los miembros más considerados del sacro colegio.
La pronta muerte de Inocencio IX obligó a celebrar un nuevo cónclave en menos de tres meses y, como en los tres casos precedentes, también el cónclave de 1592 se desenvolvió bajo una fuerte presión española. Después de veinte días de escrutinios, el 30 de enero de 1592 fue elegido papa el cardenal Hipólito Aldobrandini, que tomó el nombre de Clemente VIII. El 2 de febrero fue consagrado obispo, y ocho días después, entronizado solemnemente, tomó posesión de San Juan de Lctrán. Clemente VIII llevó una vida piadosa y peregrinó cada mes a pie a las siete iglesias principales de Roma. Pero, tímido por naturaleza, no fue un hombre de decisiones rápidas, antes bien por su carácter irresoluto las fue posponiendo. Con él empezó a perder ímpetu el movimiento reformista, que había arrancado y avanzado vigorosamente con san Pío V y sus sucesores. Las expectativas españolas se vieron defraudadas por Clemente VIII cuando reconoció a Enrique IV (1589-1610) como legítimo rey de Francia. Aunque personalmente llevó una vida sobria y sencilla, fue pródigo con su familia. El 18 de septiembre de 1592 confirió a sus sobrinos Pedro Aldobrandini (hijo de su hermano) y a Cinzio Passeri (hijo de su hermana) la dirección de la Secretaría de Estado y la Superintendencia del Estado de la Iglesia, dividiendo entre ambos las atribuciones de acuerdo con criterios geográficos. El 17 de septiembre de 1593 les concedió la púrpura cardenalicia.
La actividad política. Clemente VIII, en cuanto soberano de los Estados Pontificios, continuó y acentuó el esfuerzo de centralización administrativa emprendido por Sixto V, creando la Congregación del Buen Gobierno (30 octubre 1592). En 1598, después de la muerte del duque de Ferrara, Alfonso II del Este, sin sucesión legítima, incorporó al Estado pontificio el ducado de Ferrara, al ser vasallo de la Santa Sede, lo que ocasionó la protesta de España, Venecia y Toscana, que apoyaban las pretensiones de César del Este. También se preocupó por el bien material de su pueblo, aligeró la presión fiscal a los campesinos de la campiña romana, les defendió contra los abusos de la usura fomentando los montes de piedad, y fue inexorable en la represión del bandolerismo y de los atropellos de la nobleza.
La política eclesiástica de Clemente VIII se orientó fundamentalmente a solucionar el problema de la Iglesia en Francia (L. Pastor, Historia de los papas, XXIII, pp. 73-183). A Enrique III de Valois (1575-1589) le sucedió en 1589 Enrique de Borbón, rey de Navarra, que era protestante y había sido condenado por Sixto V en 1585 y declarado inhábil para sucederle en la corona de Francia. Sin embargo, Enrique IV fue reconocido como rey por muchos católicos franceses, y sólo los miembros de la Liga Católica, sostenida por Felipe II y el papado, seguían considerando vacante el trono. Consciente de que sólo abjurando del protestantismo podía poner fin a la división del reino, Enrique IV decidió hacerse católico. El 25 de julio de 1593 abjuró de sus errores en la iglesia de San Denis ante el arzobispo de Bourges y envió representantes a Clemente VIII para solicitar la revocación de las censuras impuestas por Sixto V. Clemente VIII se mantuvo indeciso durante un tiempo, pero el temor de un posible cisma galicano le hizo ceder ante las instancias de Davy du Perron y de Arnaud d’Ossat. Los cardenales reunidos por el papa en el Quirinal también se mostraron favorables a la absolución, siempre que el rey francés aceptara una serie de compromisos: restablecer el catolicismo en el Bearne, promulgar en Francia los decretos del Concilio de Trento y educar en la fe católica al heredero del trono. El 17 de septiembre de 1595 los procuradores de Enrique IV, Du Perron y D’Ossat, pronunciaron una solemne abjuración en nombre del rey, en la basílica de San Pedro, y Clemente VIII proclamó la absolución de Enrique IV. Para sancionar la reconciliación de Francia con la Santa Sede y restablecer las relaciones diplomáticas interrumpidas desde 1588, Clemente VIII envió a Francia en 1596, en calidad de legado a latere, al cardenal de Florencia, con el encargo de conseguir que Enrique IV ratificase lo acordado en la absolución, de reorganizar la Iglesia de Francia y de interponer la mediación pontificia entre Francia y España, que estaban en guerra desde 1595. La absolución de Enrique IV tuvo importantes consecuencias para la Iglesia, tanto en el plano religioso como político, pues la liga terminó por disolverse, se impuso la reforma tridentina, paralizada por la guerra civil, y el papado recuperó la independencia al librarse de la tutela española y poder actuar como arbitro entre los Estados cristianos. La mediación de Clemente VIII entre España y Francia hizo posible el tratado de Vervins (2 mayo 1598) por el que Felipe II reconoció a Enrique IV como rey de Francia y le devolvió las conquistas hechas en la frontera del noroeste francés.
Una vez que Clemente VIII consiguió que hubiera paz entre las potencias católicas, retomó el proyecto perseguido por los papas de organizar una liga contra los turcos que amenazaban los territorios orientales de la cristiandad, pero todo se redujo a enviar dinero al emperador para que sostuviera el esfuerzo militar y a mandar un cuerpo expedicionario pontificio.
La vida de la Iglesia. En un ámbito más estrictamente religioso, Clemente VIII trató de potenciar el catolicismo, tanto en los países cristianos como en las misiones. Clemente VIII no pudo evitar la promulgación del edicto de Nantes (13 abril 1598) en Francia y trató de sacar el mejor partido posible, exigiendo que se pusieran en práctica las cláusulas del edicto que ordenaban la restauración de la religión católica en todas las regiones del reino. En Suecia, tras la muerte de Juan III Vasa (1593), Clemente VIII trató de aprovechar la subida al trono del católico Segismundo III, rey de Polonia, pero éste no estuvo en condiciones de restaurar el catolicismo en su nuevo reino. La muerte de Isabel I de Inglaterra (1603) y la subida al trono de Jacobo I (1603-1625), rey de Escocia e hijo de María Estuardo, hizo concebir a Clemente VIII esperanzas de que mejoraría la situación de los católicos e incluso de su posible conversión, pero pronto quedaron desvanecidas. Entonces Clemente VIII creó en Roma un colegio para la formación de sacerdotes escoceses y confirmó los seminarios para ingleses fundados por Felipe II en Valladolid y Sevilla, concediéndoles importantes privilegios y confiando su dirección a los jesuítas.
Mejores resultados obtuvo en sus esfuerzos por reunir las Iglesias orientales separadas de Roma. En 1592 envió un nuncio al patriarca copto de Alejandría y la Iglesia copta se unió a la romana en 1595, siendo ratificado solemnemente el 25 de junio de 1597. Sin embargo, la unión no sobrevivió a sus protagonistas. En cambio, sí tuvo un carácter definitivo la unión que la Iglesia rutena acordó en el sínodo de Brest-Litovtsk y se proclamó solemnemente en Roma el 23 de diciembre de 1595.
Clemente VIII dio a la Iglesia un importante impulso misionero con la institución en 1599 de la congregación super negotiis sanctae fidei et religionis catholicae o De Propaganda Fide, que será refundada por Gregorio XV en 1622. Se interesó por los progresos de la evangelización en América, con la creación de nuevas diócesis, y en Extremo Oriente, haciendo extensivo a todas las órdenes mendicantes el privilegio de Gregorio XIII que reservaba la evangelización de Japón y de China a los jesuítas.
También se preocupó de que las disposiciones tridentinas se impusieran en todas las iglesias diocesanas y él dio ejemplo en la de Roma, realizando personalmente la visita pastoral en dos ocasiones. Celoso guardián del depósito de la fe, participaba una vez a la semana en los trabajos de la Congregación de la Inquisición, tomó algunas medidas para reforzar los reglamentos vigentes y en 1596 mandó publicar un nuevo Index librorum prohibitorum. De las más de treinta condenas a muerte que se pronunciaron por herejía entre los años 1595 y 1605, la más célebre fue la ejecución del dominico Giordano Bruno (1548-1600). Este monje, oriundo del reino de Nápoles, puso en duda el dogma de la Trinidad y persistió en su opinión, por ello el tribunal de la Inquisición le condenó como hereje impenitente. Giordano murió en la hoguera el año 1600 en el Campo dei Fiori de Roma.
Clemente VIII también intervino en la controversia teológica que dominicos y jesuítas entablaron en torno a la relación de la gracia con el libre albedrío, que sabiamente dejó sin resolver. La polémica surgió en 1588 con la publicación de la obra De concordantia liben arbitrii del jesuita Luis Molina. Ante el cariz que tomaba la polémica, Clemente VIII avocó la causa a Roma, impuso silencio a las dos partes y nombró una comisión de cardenales (la congregación de auxiliis) para encontrar una solución a la controversia. A principios de 1605 la comisión había terminado su trabajo, pero el papa murió sin tomar ninguna decisión, al igual que hicieron sus sucesores hasta el siglo xviii.
El pontificado de Clemente VIII se caracterizó por una importante actividad editorial en el campo bíblico y litúrgico. En 1592 se publicó la primera versión oficial de la Vulgata, en 1596 el Pontifical romano, en 1600 el Ceremonial de los obispos, en 1602 el Breviario romano y en 1604 el Misal romano. También concluyó importantes obras en el Vaticano: el palacio vaticano en 1596, donde le recuerda sobre todo la magnífica sala Clementina, y la decoración de la cúpula de San Pedro, que confió al pintor Cavaliere d’Arpino.
Clemente VIII, celoso defensor del dogma, luchador por la expansión del catolicismo y hombre de profunda piedad, que se confesaba cada día con el cardenal Baronio (autor de los doce volúmenes de los Anuales ecclesiastici, que hasta su época constituyen la colección de fuentes documentales más completa de la historia de la Iglesia), murió en Roma el 5 de marzo de 1605. Su cuerpo recibió provisionalmente sepultura en San Pedro, pero luego Paulo V lo hizo trasladar a la capilla Borghese de la basílica de Santa María la Mayor, donde construyó un magnífico mausoleo de piedra.
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