Clemente V (5 junio 1305 - 20 abril 1314)
Un papa angevino. Los cardenales, que se reunieron en Perugia se hallaban dividios en dos sectores perfectamente igualados: los partidarios de Bonifacio, dirigidos por Orsini, Stefaneschi y Pedro Hispano, querían alguien que defendiese su memoria; los otros buscaban una reconciliación a toda costa con el rey de Francia. Once meses se prolongaron los debates hasta que en un extraño cambio de actitud Nicolás Orsini propuso un nombre que podía servir de compromiso: Bertrand de Got, nacido hacia 1260 en Villandraut (Gironde), hermano del cardenal-arzobispo de Lyon, Berard; se trataba de uno de los 39 obispos que, sin atender a las prohibiciones reales, asistieron al sínodo de Roma, en noviembre de 1302. R. Guillemain (La Cour pontificale d’Avignon, 1309-1376. étude d’une société, París, 1962), estudiando las relaciones familiares, ha desvelado con claridad una maniobra tendente, en la opinión del cardenal napolitano, a imponer la influencia angevina sobre la Iglesia y en definitiva sobre Italia. Inteligente, indeciso y débil, Clemente V acabaría cayendo bajo la abrumadora influencia de Felipe IV. Es falsa, sin embargo, la noticia que transmite Villani, de que se hubiera celebrado una entrevista del rey con el nuevo papa antes de la elección. El 5 de junio de 1305, Bertrand de Got obtuvo exactamente los dos tercios de los votos.
Abandona Roma. Deliberadamente escogió Clemente para su consagración la catedral de Lyon. Fue después de la ceremonia cuando por primera vez se entrevistó con Felipe IV. Signos de mal agüero se registraban, pues durante aquélla, el 14 de noviembre, se había derrumbado una pared causando la muerte de varias personas, entre ellas el duque de Bretaña, heridas a otras cuantas, entre las que se contaba Carlos de Valois, y contusiones al propio papa, derribado del caballo. Prometió a Felipe no regresar todavía a Roma e incrementar la influencia francesa en el gobierno de la Iglesia. Inmediatamente creó diez cardenales, todos franceses, menos uno, inglés, asegurando así la mayoría nacional de sus compatriotas: Pedro y Jacobo Colonna se vieron completamente rehabilitados. La decisión de no retornar a Roma suscita debates entre los historiadores; una versión, en cierto modo «oficial», pretende que las condiciones de anarquía reinante se lo impedían. Pero a esto se opone el hecho de que Bonifacio VIII había conseguido establecer disciplina, la cual necesitaba de la presencia física del papa para perdurar.
Cronistas, literatos e historiadores italianos descalificaron esta ausencia de Roma que habría de durar setenta años, llamándola «cautiverio de Babilonia». Sin duda se trata de una versión nacionalista y en parte exagerada; de hecho, hacía mucho tiempo que los papas no residían en la Ciudad Eterna, sino en otros lugares del Patrimonio. G. Mollat (Les Papes d’Avignon, París, 1912, 1920, 1950), en un excelente trabajo, señala cómo fue precisamente durante la estancia en Avignon —dejando aparte al propio Clemente— cuando se efectuó la gran transformación de la curia que convertiría a ésta en arquetipo de organización. Otro error que se comete es considerar Avignon como la ciudad francesa —actualmente lo es—, pues la ciudad era un enclave del condado Venaisin, en poder de los Anjou, siendo éstos vasallos del papa. Constantemente tuvieron conciencia de que no estaban habitando tierra extraña. E. Dupré-Theseider (/ Papi di Avignone e la questiones romana, Florencia, 1939) llama justamente la atención sobre el círculo vicioso: el papa no regresaba a causa del desorden y sólo su presencia podía conjurarlo. Cada año el retorno se tornaba más difícil.
Proceso contra Bonifacio. Clemente deambuló por varios lugares, Cluny, Nevers, Burdeos, Poitiers y, durante un corto tiempo, residió en el convento de los dominicos de Avignon. Durante seis años Felipe IV hizo pesar sobre él la amenaza del proceso contra Bonifacio. Nogaret era el principal interesado en la condena. De esto se trató en la conversación de Lyon y en otra posterior, de abril de 1307, en Poitiers. Clemente no se atrevió a oponerse: intentaba ganar tiempo para despejar la tormenta. Existen documentos que permiten conocer cuáles fueron las exigencias francesas: anulación de todas las medidas tomadas contra los responsables del atentado de Anagni; casación de todos los actos de Bonifacio VIII; exhumación de los restos de éste para someterle a juicio de un concilio; e indemnización a los Colonna. El papa nombró una comisión de seis cardenales que se dedicó a perder el tiempo. Pero en 1308 las presiones se hicieron más fuertes y se mezclaron ya con las denuncias contra los templarios: Felipe estaba reclamando que el papa fijara en Francia su residencia por ser éste el reino más importante y cabeza de la cristiandad. Al final, Clemente hizo una concesión: incoaría el proceso si los acusadores presentaban sus testimonios contra Bonifacio en Lyon en la Pascua de aquel año.
Las nieves estorbaron la comunicación y hubo un nuevo plazo hasta la Cuaresma de 1310. Entonces apareció el acusador, que era Guillermo de Nogaret, actuando como defensores Francesco Gaetani y Jacobo Stefaneschi. Duraron los debates entre el 16 de marzo y el 13 de mayo de 1310; los acusadores, aludiendo a los graves delitos de Nogaret que estaba excomulgado —sentencia que Clemente confirmó—, consideraron sus testimonios inaceptables. Se pasó entonces al examen de los documentos escritos, ganándose más tiempo. A pesar de que el 3 de julio de 1310, Felipe IV protestaría de la lentitud de los debates, el ritmo nunca se alteró. Fueron nombradas dos comisiones para interrogar a los testigos, una en Francia, la otra en Roma. Sorprende a los historiadores, hoy, comprobar la facilidad con que se afirmaban cosas absurdas e increíbles. Concluyeron las sesiones de noviembre y diciembre de este año sin que se llegara a resultado alguno.
Enrique VII emperador. Habían surgido entre tanto complicaciones políticas. La rebelión de Flandes, indomada, obligaba a Felipe a moderar sus ímpetus. Sobre todo, según Karl Wenck Clemens V und Heinrich VIL Die Anfange des franzosischen Papsttums, Halle, 1882), fue la aparición de un nuevo emperador la que permitió el cambio. Cuando en 1308 Alberto I de Habsburgo murió asesinado, el papa se negó a patrocinar la candidatura de Carlos de Valois como quería el rey. Fue elegido Enrique de Luxemburgo, amigo de Francia, hermano del arzobispo de Tréveris, muy dispuesto sin embargo a restablecer el prestigio del Imperio. Su viaje a Italia, para recibir la corona, suscitó probablemente el entusiasmo de Dante Alighieri (1265-1321) en su De Monarchia, que reflejaba las esperanzas gibelinas. Fue coronado en Roma por tres cardenales, entre ellos Jacobo Stefaneschi, que tenía un plan para la pacificación de Italia que se apoyaba en el matrimonio de una hija del emperador con Roberto de Nápoles (1309-1353), que recibiría Arles. Durante la ceremonia de la coronación (29 de junio de 1309), tropas napolitanas guardaron el orden en la ciudad. Pero cuando Enrique de Luxemburgo exigió de Roberto que renunciara a sus funciones de vicario porque había sido nombrado por el papa y no por el emperador, las relaciones se rompieron. Reanudada la lucha, Clemente cedió a las presiones francesas, colocándose al lado de Roberto. La prematura muerte de Enrique (24 de agosto 1313) permitiría la publicación de la bula Pastoralis cura en que se sostenía la tesis de que vacante el trono al papa correspondía el nombramiento de los vicarios en Italia. Mediante ella se legitimaban los poderes de Roberto de Anjou.
De todas formas, como señalara G. Lizerand (Clément V et Philippe le Bel, París, 1910), los términos se habían invertido y era ahora el rey quien necesitaba del papa. En abril de 1311, aconsejado por Enguerrando de Marigny, Felipe IV escribió a Clemente una carta, en términos conciliatorios, en que se mostraba dispuesto a renunciar al proceso contra Bonifacio a cambio de importantes compensaciones: convocatoria de un concilio a celebrar en Francia para tratar del problema de los templarios; perdón a Nogaret y los demás responsables de Anagni; reparaciones a los Colonna; canonización de Celestino V. Clemente cedió, imponiendo dos matizaciones: a Nogaret se señaló como penitencia el traslado a Tierra Santa para permanecer allí; y la canonización del papa Angélico se hizo el 5 de mayo de 1311 a título de Pedro del Morrone, confesor de la fe, no mártir como el rey reclamaba. El 27 de abril de 1311 se cerraba definitivamente este aspecto mediante la bula Rex gloriae, en que se alababa el celo exquisito con que procediera el rey.
La víctima: los templarios. Pocas dudas quedan de que en el turbio asunto de los templarios intervino la codicia, la misma que en 1306 había dictado la expulsión de los judíos de Francia impidiéndoles disponer de sus bienes. H. Finke Papsttum und Untergang des Templeordens, 2 vols., Münster, 1907), tras un análisis muy riguroso, llegó a la conclusión de que las acusaciones que se manejaron eran falsas. Debe establecerse alguna relación entre la caída de Acre en 1291 y el proceso contra la orden. En un memorial de Pedro Dubois dirigido a Felipe IV se habla de la cruzada como de un medio para asegurar la hegemonía francesa en Oriente y, por primera vez, se insinuó la confiscación de los bienes de la orden, al tiempo que un impuesto sobre las herencias de los clérigos como un medio de reunir los fondos necesarios. En 1305, Esquiu de Floyran y otro caballero templario presentaron atroces denuncias contra la orden; como Jaime II de Aragón no quiso recibirlas, acudieron con ellas a Felipe IV. El maestre Jacques de Molay (1243-1314) reclamó un juicio en toda regla a fin de que se estableciera la verdad, pero la respuesta fue, bruscamente, su detención y la de todos los caballeros templarios en Francia el 13 de octubre de 1307. Felipe, utilizando a Guillermo Imbert de París, inquisidor general, y a los tribunales de algunas diócesis, sometió a muchos de los presos a tortura, obligándoles a declarar crímenes terribles: hechicería, homosexualidad, injurias al crucifijo, sacrilegio y cuantos horrores puedan imaginarse. Clemente V, informado de cómo se estaba procediendo, trató de detener la iniquidad suspendiendo a los jueces en conjunto de sus funciones e invocando la causa ante la curia. Pero la habilidad del rey consistió en llevar la acusación no contra la orden como un conjunto, sino contra los individuos, uno por uno, que quedaban dentro de la jurisdicción episcopal.
Entre los días 26 de mayo y 20 de julio de 1308, el rey y el papa estuvieron juntos en Poitiers. Guillermo de Plaisians se encargó de presentar el testimonio de 72 templarios que, bajo tortura ciertamente, acusaban a la orden de los crímenes que se la imputaban. Ante esta evidencia, Clemente retrocedió disponiendo que se abriesen dos procesos inquisitoriales: en cada diócesis para los simples caballeros, y en la curia para el maestre y los altos dirigentes de la orden. Esta última, presidida por tres cardenales, se instaló en París, y entre el 9 de agosto y el 26 de noviembre de 1309 procedieron a los interrogatorios.
Pero entonces Jacques de Molay y sus compañeros rechazaron las confesiones,
declarándose inocentes: uno de los caballeros, Ponsard de Gisi, alegó que todo
era producto de una falsificación bajo tortura cuando la víctima ni siquiera sabe 10 que se le atribuye. Entre tanto, en algunas diócesis, como Sens, donde era
obispo Felipe de Marigny, hermano de Enguerrando, comenzaron las ejecucio
nes por muerte en la hoguera.
Concilio de Vienne. En tales circunstancias no quedaba otra solución que la de recurrir al concilio, que se inauguró en Vienne el 1 de octubre de 1311. Aunque figura entre los ecuménicos, la convocatoria no fue universal: se redactó una lista de 231 obispos, de los cuales Felipe IV tachó 66 nombres. Al final asistieron alrededor de 170. Paralelamente, el rey de Francia convocó a sus Estados Generales para hacer presión sobre la asamblea. A pesar de estas precauciones, con gran disgusto del monarca, y temor de Clemente y sus cardenales ante posibles represalias francesas, el concilio se inclinó en favor de la tesis de que la orden pudiera defenderse en forma debida. Enguerrando de Marigny propuso entonces la solución jurídica de que la extinción del Temple se hiciera por decisión directa del papa; tal fórmula fue aceptada en la sesión segunda del concilio (3 abril 1312). Allí mismo fue leído el decreto Vox clamantis que el papa firmara el 22 de marzo. El argumento empleado fue que, estando difamada la orden, nadie querría ya ingresar en ella y era preferible su disolución. La bula Ad providarn, de 2 de mayo de 1313, hizo una excepción con España, donde los caballeros no fueron acusados y pasaron a integrarse con sus bienes en otras órdenes, pero dispuso que las propiedades del Temple pasaran a la caballería del Hospital de San Juan de Jerusalén. Esta bula no se cumplió: Felipe IV confiscó los bienes alegando los gastos que había asumido para establecer la verdad. Jacques de Molay y los caballeros que se negaron a reconocer su culpa fueron quemados en la hoguera. En Italia, Alemania, Inglaterra, Portugal y Castilla se mantuvo oficialmente la tesis de la inocencia de la orden.
Sobre el concilio pesaba la abrumadora influencia francesa, pero fuera de él, como hemos visto en las relaciones con el emperador, el papa gozaba de bastante independencia. Clemente V mantuvo muy buenas relaciones con Eduardo I de Inglaterra, apoyándole incluso frente a Roberto de Winchelsea, arzobispo de Canterbury, y obligando a este último a reconciliarse con el rey. También formuló reservas espirituales sobre los rebeldes de Escocia. Hizo la guerra a Venecia hasta obligarla a reconocer los derechos pontificios sobre Ferrara. Por primera vez en 1306 se percibieron anatas sobre los beneficios vacantes en Inglaterra, Escocia e Irlanda, recortando unos ingresos que antes recaían en el Tesoro real. Los ingresos anuales de la Cámara, pese a faltar las rentas del Patrimonio, se incrementaron hasta alcanzar los 190.000 florines de oro. La contabilidad, llevada por medio de un Líber tam de secretis receptis quam expensis, se hizo muy minuciosa. El defecto era que gran parte de los ahorros conseguídos (había un superávit de 25.000 florines al año sólo en los gastos ordinarios) iban a parar a los bolsillos de los parientes.
Otras muchas cuestiones se trataron en el concilio. Los españoles insistieron en que el esfuerzo de cruzada se volcase sobre Granada. Enrique de Lusignan presentó un proyecto de bloqueo sobre Egipto para arruinar su comercio, empleando además su isla de Chipre como base para la conquista de territorios en este país. Nogaret, por su parte, presentó un plan: todos los recursos económicos para el sostenimiento de la cruzada debían ingresar en las arcas del rey de Francia, ya que Felipe IV estaba destinado a ser el jefe de esta cruzada. Por vez primera Ramón Llull consiguió que, en medio de estas fantasías militares, se aprobase un proyecto de creación de cátedras de hebreo, árabe y caldeo en París, Oxford, Bolonia y Salamanca, a fin de disponer de misioneros preparados. Como resultado final de los debates se acordó un diezmo sobre todas las rentas eclesiásticas durante seis años a fin de constituir el fondo preciso: pero esa renta, prolongada por el papa otros cinco años, en el caso de Francia, fue entregada a Felipe IV. Ambos ingresos, bienes del Temple y subsidio de cruzada, significaron un considerable beneficio para el rey.
Pobreza. Aunque se acumularon abundantes materiales en relación con la reforma de la Iglesia, no llegaron a adoptarse disposiciones. El principal problema en este aspecto lo constituían los enfrentamientos en el seno del franciscanismo, elevados al rango de doctrina por Pedro Juan Olivi. Dos constituciones de la misma fecha, 6 de mayo de 1312, la Fidei catholica fundamento y la Exivit de paradiso, trataron de hallar una solución. Se exigía a los franciscanos el mantenimiento estricto de la norma de pobreza, pero mitigando ésta de tal forma que les fuese permitida la posesión de bienes y no la propiedad. Se evitó pronunciar censura sobre Olivi, pero se afirmaron algunos puntos de doctrina que éste discutía: el costado de Cristo no fue abierto hasta que se produjo su muerte; la sustancia racional del alma es la verdadera forma del cuerpo humano; los efectos del bautismo son iguales en los adultos y en los niños. El papa dispuso que los decretos conciliares y sus propias disposiciones se incorporaran a las Decretales con el nombre de clementinas.
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