Paz
Con el terna de la paz tocamos la relación entre los hombres, entre los seres humanos y la naturaleza; entramos en el lugar de la aceptación y del rechazo, en el de ¡as pasiones más tuertes que llevamos dentro, las que unifican y las que disgregan. Tocamos la raíz de ¡a conflictividad. Todos estamos de acuerdo en decir que la paz no es objeto de debate sino un bien que hay que pedir, un camino que hay que recorrer, un bien que hay que perseguir poniendo las premisas necesarias para que esto sea posible; o, al menos, para que nos acerquemos a este bien de forma que, si no logramos ser plenamente constructores de ¡a paz, al menos no seamos destructores de la misma. Y es aquí donde empieza el mayor sufrimiento. En efecto, decimos que queremos poner las premisas para la paz: ¿pero estamos seguros de conocerlas realmente en la actualidad, de estar de acuerdo con estas premisas? ¿Estamos seguros, una vez que estuviéramos todos de acuerdo, de estar dispuestos a ponerlas en práctica? Ame estas preguntas, algunos dicen que tal vez podamos poner solamente unos signos, sin lograr afrontar el problema de manera global y satisfactoria. En todo caso, nos asalta el temor de que las premisas de la paz, aclaradas a fondo y acordadas entre todos, sean impracticables en un mundo como el de hoy. Si somos coherentes, nos preguntaremos cómo es posible poner signos de paz en un mundo que ofrece la posibilidad de cambiar sólo en pocas cosas. Nos encontramos, en definitiva, ante unos caminos que parecen inviables, utópicos y, al mismo tiempo, percibimos que la paz es una necesidad inexorable, una cuestión de vida o muerte.
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