Pasión de Cristo
La mirada del creyente sabe reconocer la pasión de Cristo, fruto del pecado, que continúa en toda persona que está siendo rebajada en su dignidad, menoscabada en sus derechos, reprimida en sus ímpetus. Nadie en este mundo tiene una vocación más elevada que el hombre y, sin embargó, a veces, da la impresión de que es precisamente a nuestros semejantes a quienes negamos las cosas más esenciales. Nuestro mundo ha aprendido a lanzar hombres al espacio con la mayor tranquilidad, ha sabido hacer cosas maravillosas para arrancar al ser humano de su secular indigencia y liberarlo de la lucha contra la escasez, pero al mismo tiempo ha dejado que surgieran continuamente nuevas formas de sufrimiento y de pasión, en las que podemos reconocer ese mismo misterio de mal y de pecado que opera en la historia, y del que Cristo ha venido a librarnos. La pasión de Cristo, por tanto, actualmente se manifiesta en los hogares de mucha gente que sufre: de los parados, de los que no tienen futuro. de los secuestrados que están siendo esperados con ansiedad y aflicción, de quienes han sido víctimas de una violencia absurda y despiadada. También está en los hogares de los ancianos, que ya no pueden producir y son dejados a un lado —iy cuántos de ellos se quejan de esta soledad!—: y está en los hogares de quienes esperan justicia sin conseguirla, de quienes, por el motivo que sea, han tenido que abandonar su patria sin lograr encontrar una nueva y sin sentirse acogidos, que a lo mejor ni siquiera tienen una casa, y que pueden estar cerca de nosotros. El misterio de la cruz se renueva en todos aquellos que se sienten excluidos por la sociedad, como los minusválidos o quienes se dejan llevar por caminos de muerte: los drogadictos, los inadaptados, los presos.
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