Pedir
Es desagradable insistir, así corno es desagradable seguir pidiéndole al Señor. Cuando nuestra plegaria gueda aparentemente sin respuesta, nos imaginamos que Dios está un poco sordo y vivimos en la incertidumbre del que se queda fuera, esperando que el otro reaccione y le abra la puerta. Conforme pasa el tiempo, vamos perdiendo la confianza en Dios. Sin embargo, Jesús nos repite: sigue pidiendo, porque el pedir ya es una gracia, el pedir te convierte en hijo, en la petición está la concesión; si no descuidas esta plegaria, aunque pueda parecer material, pobre y repetitiva, te convertirás misteriosamente en hijo y recibirás incluso el pan para alimentar a otros, aunque tú estés cansado, aunque seas árido y pobre. No se trata de una oración fácil, tranquila, gozosa, provechosa, sino de una oración sufrida. Sin embargo, es a través de ella como Dios nos concede el verdadero pan, es decir, la conciencia de nuestra condición filial, el don de vivir abandonados al Padre, seguros de que él nunca nos dejará solos. En seguida surge la pregunta: ¿cómo es que Dios necesita nuestra insistencia? ¿Acaso no sabe, antes que nosotros, aquello que necesitamos? En realidad somos nosotros quienes, al pedir con insistencia, nos purificamos y, pasando por la humildad de reconocer que no sabemos orar, nos convertimos en hijos.
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