Humildad
La humildad es una palabra que no nos cansamos de repetir, pero cuyas implicaciones no siempre es fácil comprender. En general, podríamos decir que la humildad es lo contrario de la soberbia que describe el magníficat: «Dispersa a los soberbios de corazón». Los soberbios son los que creen ser alguien, los que tienen un concepto tan alto de sí mismos que llegan a hacer de él una razón de vida, creen que los demás tienen que ponerse a su servicio, y que ni siquiera hay que darles las gracias porque lo que hacen es su obligación. Es la actitud que Pablo estigmatiza otras veces en sus cartas. Por ejemplo, cuando escribe a los Romanos, dice así: «No seáis altivos, antes bien poneos al nivel de los sencillos. Y no seáis autosuficientes», La actitud humilde es la de aquel que no se hincha ni se engríe. Es importante reflexionar sobre la actitud del «no saber»; siempre es útil, pero en la relación con Dios es indispensable. De hecho, «nosotros no sabemos orar como es debido». Muchas veces no conseguimos orar bien porque empezamos por la presunción de saber orar, en cambio, deberíamos empezar siempre confesando: «Señor, no sé orar; sé que no soy capaz». Ésta es ya una oración porque deja sitio al Espíritu al que tenemos que invocar. La dimensión social de la humildad es ausencia de pretensiones y atención a los demás. «He procurado estar entre vosotros sin pretensiones, sin exigir nada especial para mí, sino preocupándome por cada uno de vosotros», diría Pablo. La humildad es ser sociables sin pretensiones, ser afectuosos, solícitos, llenos de atenciones por los demás. La humildad como virtud social significa también ser distinguidos, correctos, discretos, profundamente educados, tener una delicadeza que conquista el corazón porque se nota que no es ostentación. No hay nada que conmueva más a aquellas personas que saben que no cuentan mucho dentro de la sociedad, que verse tratadas con sumo respeto y sentirse reconocidas.
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