Hospitalidad
Este símbolo primario de la acogida es antiquísimo en la historia de la salvación: Abrahán, que acoge a los tres ángeles diciendo «quedaos junto a mí, os lo ruego, si he hallado gracia a vuestros ojos», es el símbolo del hombre que supera el instintivo temor del otro, la desconfianza que puede tener hacia el caminante, que podría ser un espía. Y este temor se va derritiendo lentamente hasta convertirse en fraternidad: ven a mi casa, sé mi invitado. Cuando Pablo predica en Filipos, tenemos el episodio de Lidia, que dice: «Si he hallado gracia junto al Señor, venid, os lo ruego, quedaos en mi casa, sed mis invitados». Y la hospitalidad permitía a los discípulos llevar a cabo su ministerio itinerante: es el modo con el que el hombre, convertido en hermano para el hermano, acoge el misterio de Dios. Es, por tanto, uno de los mayores símbolos de la amistad. Sabemos que en Oriente la hospitalidad es uno de los pilares fundamentales de las costumbres, la forma de mostrarse caballerosos, hombres verdaderos: saber acoger a cualquiera, a cualquier hora, en cualquier tiempo, sin irritarse nunca, preparándolo todo enseguida y con alegría (¡aunque luego a lo mejor la esposa se queje un poco!), es una obligación concreta del oriental.
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