Esperanza
Nos preguntamos: ¿Qué es la esperanza? Empezaremos por decir, ayudados por san Pablo, que lo que vemos no es objeto de esperanza, que eso no es la esperanza. Por ejemplo, no es esperanza el simple optimismo que nos hace decir: «Después de todo, la vida no me va tan mal, más o menos me apaño, consigo salir adelante». Ésta es, en todo caso, la valoración de una situación feliz que el Señor nos ha concedido. Lo que san Pablo considera esperanza es algo que crece en la caducidad, allí donde no hay ningún sentido, donde está el desierto, donde hay un mundo que se sabe condenado a morir. La esperanza no es cerrar los ojos ante un fina! inelu dible, conformándome con lo poco que tengo; no es no querer mirar una historia que se va degradando, pensando que, en el fondo, tampoco estoy tan mal. La esperanza —siempre según las palabras de Pablo— es aguardar la revelación de los hijos de Dios, es decir, la gloria futura. Es, ante todo, dirigir la mirada hacia esa vida que nos viene de Cristo, que está más allá y por encima de todo aquello que nos defrauda y se nos escapa de las manos. En este sentido, la esperanza es un don gratuito de Dios, es aceptación de este don, es mirar hacia el futuro incluso cuando estamos inmersos en la oscuridad; no depende, pues, de condiciones externas más o menos favorables. Depende de saber levantar la mirada hacia lo alto, contemplando la gloria que inunda a Cristo y a nosotros en él. La esperanza es fijar nuestros ojos en Cristo resucitado, que está más allá de toda corrupción y mortalidad. A partir de aquí, la esperanza es también abrir los ojos para ver hasta qué punto esta fuerza —que está por encima de la historia— actúa en ella y la atrae hacia sí. Cuando tenemos esperanza, somos capaces de mirar a nuestro alrededor y ver los signos de Cristo resucitado en medio de nosotros.
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