Espera
El que, creyendo en la promesa de Dios revelada en la Pascua, espera la vuelta del Señor y se esfuerza por vivir en el horizonte de la esperanza que no defrauda, experimenta la alegría de sentirse amado, envuelto y custodiado por la Trinidad santa. Como las vírgenes prudentes de la parábola, espera al Esposo, alimentando el aceite de la esperanza y de la fe con el alimento sólido de la Palabra, del pan de vida y del Espíritu Santo que se nos da en la Palabra y en el pan. Vivir la espiritualidad de la espera significa experimentar la dimensión contemplativa en la profunda conciencia de la absoluta primacía de Dios sobre la vida y sobre la historia. Por eso la actitud espiritual de la vigilancia es un constante remitir, al Señor que viene, nuestra vida y la historia humana, en la luz de la fe que nos hace caminar como peregrinos hacia la patria y nos permite orientar hacia ella todas nuestras acciones. La total orientación del corazón a Dios colma a la persona de la alegría y de la paz propias del que vive las bienaventuranzas. Naturalmente no se experimenta la bienaventuranza del que ya ha llegado, sino aquella otra, humilde y confiada, de quien, en la pobreza y en el sufrimiento, en la mansedumbre y en la sed de justicia, en la custodia del corazón y en la construcción de relaciones de paz, se sabe sostenido por el amor del Señor que ha venido, viene y volverá en el último día. La espiritualidad de la espera exige, por tanto, una pobreza de corazón para estar abiertos a las sorpresas de Dios, la escucha perseverante de su Palabra y de su silencio para dejarnos guiar por él, docilidad y solidaridad con los compañeros de viaje y los testigos de la fe que Dios nos pone al lado en el camino hacia la meta prometida.
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