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Hechos 2

La Buena Noticia - Felipe de Fuenterrabía (NT)

1El milagro de Pentecostés. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo local.

2Y se oyó de repente un estruendo, que venía del cielo, como de una ráfaga de viento que sopla con furia; e invadió toda la casa donde estaban reunidos.

3Y aparecieron unas como lenguas de fuego, que se repartieron y posaron sobre cada uno de ellos.

4Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según les hacía expresarse el espíritu.

5Vivían a la sazón en Jerusalén judíos, hombres religiosos, que pertenecían a todas las naciones que hay bajo la capa del cielo;

6y, al producirse este estruendo, acudió un gran gentío; y todos quedaban atónitos al oírlos hablar cada uno en su propia lengua.

7Maravillados y llenos de estupor, exclamaban: Pero, ¿no son galileos todos estos que están hablando?

8Pues, ¿cómo cada cual los estamos oyendo hablar nuestra lengua materna?

9Partos, medos, elamitas, los que vivimos en Mesopotamia, Judea y Capadocia, en el Ponto y en el Asia proconsular,

10en Frigia y Panfilia, en Egipto y tierras de Libia Cirenaica, forasteros romanos,

11tanto judíos de raza como prosélitos, cretenses y árabes; ¡les estamos oyendo hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios!

12Perplejos todos y llenos de estupor, se preguntaban unos a otros: Pero ¿qué es esto?

13Otros se burlaban y decían: Están llenos de mosto.

14Discurso de Pedro. Pedro, acompañado de los once, alzó entonces su voz y les dirigió este discurso: Judíos y moradores todos de Jerusalén, prestad atención a mis palabras y tenedlo bien entendido.

15No están éstos pasados del vino, como vosotros pensáis. Son todavía las nueve de la mañana.

16Discurso de Pedro: Advenimiento de los tiempos mesiánicos. Lo que estáis viendo es el cumplimiento de esta profecía de Joel:

17En los últimos días, dice Dios, derramaré mi espíritu sobre todos los hombres; y hablarán en nombre de Dios vuestros hijos y vuestras hijas. Vuestros jóvenes tendrán de día visiones y vuestros ancianos tendrán de noche sueños.

18Y hasta sobre mis siervos y siervas derramaré en aquellos días mi espíritu, y proferirán palabras divinas.

19Y haré ver portentos arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y columnas de humo.

20El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, antes que amanezca el día del Señor, día grande y señalado.

21Y cuantos invoquen al Señor, se salvarán.

22Discurso de Pedro: Mesianidad de Jesús. Hombres de Israel, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, a este hombre acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales, que por su medio realizó él en vuestra presencia, como bien lo sabéis;

23a este hombre, que fue entregado a la muerte porque así estaba previsto y querido por Dios; a este hombre habéis quitado la vida, clavándole en cruz por mano de los infieles.

24Pero Dios, rompiendo las ataduras de la muerte, lo resucitó, porque era imposible que continuase avasallado por ella.

25Así dice David de él: Tenía yo siempre ante mí al Señor, porque él está a mi derecha para no dejarme vacilar.

26Por eso ha saltado de júbilo mi corazón y se ha regocijado mi lengua; y hasta mi cuerpo reposará en la esperanza

27de que no abandonarás mi alma en la región de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción.

28Me has dado a conocer los caminos que llevan a la vida; me henchirás de gozo con tu presencia.

29Hermanos, permitidme que os hable con libertad y franqueza: el patriarca David murió y fue sepultado; y su sepulcro se conserva todavía hoy entre nosotros.

30Pero, siendo como era profeta, y sabiendo que Dios le había prometido y jurado colocar en su trono un descendiente de su raza,

31con visión profética habló de la resurrección del Mesías: de cómo no ha sido abandonado en la región de los muertos, y de cómo su cuerpo no ha experimentado la corrupción.

32A éste, que no es otro sino Jesús, ha resucitado Dios. Testigos, todos nosotros.

33Discurso de Pedro: Exaltación de Jesús y efusión del Espíritu de Dios. Ahora bien, entronizado como está a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha derramado ahora. Eso es lo que estáis viendo y oyendo.

34Pues no fue David quien subió a los cielos; bien lo dice él mismo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra

35hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.

36Discurso de Pedro: Conclusión. Así pues, que todo el pueblo de Israel lo sepa con absoluta certeza: Dios ha constituido Señor y Mesías a este mismo Jesús, a quien vosotros habéis crucificado.

37Primeras conversiones. Después de escuchar este discurso, sintieron compungirse vivamente sus corazones. Y, dirigiéndose a Pedro y a los demás apóstoles, les dijeron: Hermanos, ¿qué es lo que tenemos que hacer?

38Arrepentíos, les contestó Pedro; y bautizaos en el nombre de Jesús, el Mesías, para alcanzar el perdón de vuestros pecados. Así recibiréis el don del Espíritu Santo.

39Las promesas valen para vosotros y para vuestros hijos, para los que todavía están lejos, para todos cuantos convocare a sí el Señor, Dios nuestro.

40Y con otras muchas razones los exhortaba, diciendo: Salvaos de esta generación perversa.

41Ellos, por su parte, acogieron favorablemente su palabra, y se hicieron bautizar. Y se agregaron aquel día a la comunidad unas tres mil personas.

42Vida y crecimiento de la iglesia. Se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles, para fomentar la unión fraterna, para la fracción del pan y para la oración.

43El temor se apoderó de todos los espíritus a la vista de los muchos prodigios y señales milagrosas que realizaban los apóstoles.

44Y todos los que habían abrazado la fe, vivían unidos y tenían todos los bienes en común;

45vendían sus haciendas y bienes, y repartían entre los demás el producto de la venta, según las necesidades de cada uno.

46Y, cada día, llevados de un mismo afecto, se reunían en el templo; y partiendo el pan en casa, tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón.

47Alababan a Dios y gozaban de la simpatía general del pueblo. Día tras día iba el Señor incorporando a la comunidad a los que se iban a salvar.

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