Propósito de enmienda es una firme resolución de no volver a pecar
Los Mandamientos
85. Propósito de enmienda es una firme resolución de no volver a pecar
85,1. El propósito brota espontáneamente del dolor.
Si tienes arrepentimiento de verdad, harás el propósito de no volver a pecar. «Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad».
Es absurdo decirse al pecar: «después me arrepentiré». Si después piensas arrepentirte de verdad, ¿para qué haces ahora lo que luego te pesará de haber hecho? Nadie se rompe voluntariamente una pierna diciendo: «después me curaré».
El propósito hay que hacerlo antes de la confesión, y es necesario que perdure (por no haberlo retractado) al recibir la absolución.
El propósito tiene que ser universal, es decir, propósito de no volver a cometer ningún pecado grave.
No basta que se limite a los pecados de la confesión presente.
Y debe ser «para siempre». Sería ridículo que uno que ha ofendido a otro, después de pedirle que le perdonara, le dijera:
- «Siento lo ocurrido, pero me reservo el derecho de hacerlo otra vez, si me da la gana».
Si no hay verdadero propósito de la enmienda, la confesión es inválida y sacrílega.
No creas que tu propósito no es sincero porque preveas que volverás a caer. El propósito es de la voluntad; el prever es de la razón. Basta que tengas ahora una firme determinación, con la ayuda de Dios, de no volver a pecar. «No se trata de la certeza de no volver a cometer pecado, sino de la voluntad de no volver a caer». El temor de que quizás vuelvas después a caer no destruye tu voluntad actual de no querer volver a pecar. Y esto último es lo que se requiere.
Y si caes, confiésate enseguida. Como el ciclista que pincha en la carretera: arregla enseguida el pinchazo; no sigue rodando con la rueda pinchada esperando tener más pinchazos.
Para poder confesarse no hace falta estar ciertos de no volver a caer. Esta seguridad no la tiene nadie. Basta estar ciertos de que ahora no quieres volver a caer. Lo mismo que al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres tropezar. Lo importante, e indispensable, es que tengas deseos de corregirte, y lo intentes.
Dice Juan Pablo II: «Es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa».
Es posible que te asuste el propósito de «nunca más». Pero basta que digas «ahora no». Y decir lo mismo la próxima vez.
«Dios no rechaza a los débiles; sólo rechaza a los soberbios y a los hipócritas» «Tocante a la capacidad del hombre para evitar el pecado mortal, el Concilio de Trento cita a San Agustín cuando dice: “Dios no pide cosas imposibles, sino que te pide que hagas lo que puedas y le pidas lo que no puedas, que Él te ayudará para que puedas”. El Concilio se hacía perfectamente cargo del contexto de esta cita».
85,2. Pero no olvides que para que el propósito sea eficaz es necesario apartarse seriamente de las ocasiones de pecar, porque «quien ama el peligro perecerá en él» y «si te metes en malas ocasiones, serás malo».
Hay batallas que el modo de ganarlas es evitarlas.
Combatir siempre que sea necesario, es de valientes; pero combatir sin necesidad es de estúpidos y fanfarrones.
Si no quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego.
Si no quieres cortarte, no juegues con una navaja de afeitar.
Quien quiere verlo todo, oírlo todo, leerlo todo, es moralmente imposible que guarde pureza. Es necesario frenar los sentidos..., ¡y la concupiscencia!
La concupiscencia es una fiera insaciable. Aunque se le dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más le des, más te pedirá y con más fuerza. La fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre. Si la tienes castigada, te será más fácil dominarla.
En las ocasiones de pecar hay que saber cortar cuanto antes. Si tonteas, vendrá un momento en que la tentación te cegará y llegarás a cosas que después, en frío, te parecerá imposible que tú hayas podido realizar. La experiencia de la vida confirma continuamente esto que te digo.
Si el propósito no se extendiese también a poner todos los medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, no sería eficaz, mostraría una voluntad apegada al pecado, y, por lo tanto, indigna de perdón.
«Nuestra decisión de evitar el pecado no sería seria si no abarcase la voluntad de evitar también todo lo que pudiera ser causa u ocasión próxima de pecado».
Quien, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida y sacrílega.
Ocasión de pecado es toda persona, cosa o circunstancia, exterior a nosotros, que nos induce a pecar, que nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado, que nos atrae hacia él y constituye un peligro de pecar.
Se llama ocasión próxima si lo más probable es que nos haga pecar; pues, ya sea por la propia naturaleza, ya por las circunstancias, en tales ocasiones la mayoría de las veces se peca.
Hay obligación grave de evitar, si se puede, la ocasión próxima de pecar gravemente.
De manera que quien se expusiera voluntaria y libremente a peligro próximo de pecado grave, aunque de hecho no cayese en el pecado, pecaría gravemente por exponerse de esa manera, sin causa que lo justifique.
La ocasión próxima de pecar se diferencia de la ocasión remota en que esta última es poco probable que nos arrastre al pecado.
«El concepto de ocasión d pecado es un concepto relativo. Lo que para algunos es ocasión remota de pecado resulta ser ocasión próxima para otros. Un conjunto de circunstancias o un ambiente se dice ser ocasión remota de pecado si la tentación que de ello se origina es ligera y fácil de superar por la persona en cuestión».
Si la ocasión de pecado es necesaria y no se puede evitar, hay que tomar muy en serio el poner los medios para no caer. Para esto consultar con el confesor.
Éste sería el caso en el que el empleo fuera ocasión de pecado.
Sobre las ocasiones de pecar, merecen especial atención, como dice el célebre moralista Häring, «las ocasiones de pecado contra la fe. La fe de una persona ocupa el puesto más alto en la jerarquía de bienes. Antes que exponer la propia fe debe estar uno dispuesto a sacrificar hasta sus más íntimas amistades. Es un hecho que ciertas amistades entre un católico y un incrédulo o un acatólico hostil a la Iglesia, pueden ser sumamente peligrosas para la fe del católico. (...) Si se trata de la amistad entre un hombre y una mujer, que se puede prever un posible matrimonio en el futuro, la parte católica debe considerar, ante todo, si tal matrimonio constituirá o no un peligro para su fe».
Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir de las ocasiones de pecar. Llega a decir que si tu mano te es ocasión de pecado, te la cortes; y que si tu ojo es ocasión de pecado, te lo arranques; pues más vale entrar en el Reino de los Cielos manco o tuerto, que ser arrojado con las dos manos o con los dos ojos en el fuego del infierno.
Una persona que tiene una pierna gangrenada se la corta para salvar su vida. Vale la pena sacrificar lo menos para salvar lo más.
Evitar un pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Esto es a veces muy difícil. Es mucho más fácil no plantar una bellota que arrancar una encina.
Los actos repetidos crean hábito y pueden esclavizar.
Ya dijo Ovidio: Gutta cavat petram, non semel sed saepe cadendo. La gota de agua, a fuerza de caer, termina por horadar la piedra.
Para apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario rezar y orar: pedirlo mucho al Señor y a la Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.
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