Capítulo XII ORIGEN DEL RITUAL ISRAELITA
Capítulo XII
ORIGEN DEL RITUAL ISRAELITA
La antigüedad del ritual de los sacrificios en Israel puede confirmarse mediante la comparación con las otras religiones orientales en las que se descubren formas análogas; pero esta correspondencia plantea una nueva cuestión: ¿No tomó Israel sus ritos del ambiente en que vivía? Nuestra encuesta se limitará a los pueblos semíticos que eran sus vecinos, pues son secundarias y accidentales las relaciones con pueblos más alejados por la raza o por el territorio que habitaban.
1. El sacrificio mesopotámico
El nombre corriente del sacrificio en acádico es neqû; la palabra zîbu, equivalente del hebreo zebah, se emplea sólo raras veces y quizá sea un préstamo del semítico del oeste. Neqû designa propiamente la «libación» de agua, de vino, de cerveza... que acompaña al sacrificio. Éste es ante todo una comida ofrecida a la divinidad. El altar es la mesa del dios, sobre la que se disponen todos los manjares de que se alimentan los humanos: carne, sobre todo carnero, pero también buey, gacela, aves, pescados, legumbres, frutas y dulces, sin olvidar la bebida; naturalmente también pan, y en los rituales o en las descripciones de sacrificios recurren a veces las cifras de doce, veinticuatro o treinta y seis panes, en relación con el sistema sexagesimal de numeración de los mesopotamios. La mesa del dios se pone dos veces al día, cuatro veces en el ritual más reciente, y el sacerdote es el organizador del festín. Junto a la mesa altar se coloca un pebetero en el que humean maderas olorosas y aromas. Estos perfumes regocijan a los dioses y los atraen a la mesa. Al final del diluvio, el Noé babilonio, Utnapistim, ofrece un sacrificio: «Yo instalé siete y siete incensarios, esparcí sobre sus soportes caña, madera de cedro, mirto; los dioses aspi-aron el olor, los dioses aspiraron el buen olor, los dioses acudieron como moscas alrededor del sacrificador.»
La sangre desempeña un papel completamente secundario; es incluso dudoso que intervenga en los ritos, pues las libaciones de sangre no están documentadas explícitamente en los sacrificios normales. Existe un oficiante, llamado «portaespada», pero es sencillamente el que degüella el animal destinado a la comida del dios. El rey sacerdote, el clero y el personal del templo reciben su parte de este alimento de los dioses, parte que está determinada en ciertos textos litúrgicos, pero es inexacto hablar a este propósito de comunión, puesto que el oferente no recibe nada: es una deducción para los funcionarios del culto. Estas liturgias no dicen nada de lo que sucedía con los manjares depositados en la mesa del dios, pero Dn14:1-22 explica, de una manera satírica, cómo desaparecían.
Nada de la víctima se quemaba sobre el altar en los sacrificios ordinarios, y las formas esenciales del sacrificio israelita, el holocausto y el sacrificio de comunión, no existen en Mesopotamia. Usos análogos se mencionan solamente en circunstancias particulares: se quemaba un animal o trozos de animales en ciertas ceremonias de purificación, de consagración, de conjuración, que podían incluir también una unción de sangre. Estos dos ritos, ajenos al ritual mesopotamio corriente, pudieron ser tomados de los semitas del oeste, entre los cuales están bien documentados.
Asimismo, no había tampoco sacrificios expiatorios. Lo que más se le aproxima es lo que se ha llamado impropiamente «sacrificio de sustitución». Para esquivar la venganza de los dioses, responsables del mal que sobreviene al hombre, o para conjurar una mala suerte, se tomaba un animal, con frecuencia diferente de los que se ofrecían en la comida de los dioses, o bien se fabricaba una efigie con cañas, arcilla o pasta; este animal o esta efigie era el puhu, «vicario», el dinânu, «sustituto», del oferente; un sacerdote exorcista inmolaba la víctima, destruía o mutilaba la efigie con fórmulas apropiadas, los dioses o los demonios desviaban su cólera contra el «sustituto», el enfermo sanaba, se alejaba el peligro. Un texto dice claramente: «Ha entregado un cordero por su vida, ha entregado una cabeza de cordero por una cabeza de hombre, ha entregado un cuello de cordero por un cuello de hombre, ha entregado un pecho de cordero por un pecho de hombre.» El mismo rito podía tener una acción preventiva. En un tratado asirio se refuerza el pacto con la inmolación de un carnero, acompañada de las palabras siguientes: «Esta cabeza no es una cabeza de carnero, es la cabeza de Mati'ilu, la cabeza de sus hijos, de sus familiares, de las gentes de su país. Si el sobredicho peca contra las cláusulas (de este tratado), así como se arranca esta cabeza... sea arrancada la cabeza del sobredicho. Este muslo no es un muslo de carnero, es el muslo del sobredicho..., etc.»
Hay que mencionar, por fin, la costumbre del rey sustituto o del sustituto real, acerca del cual se han construido teorías atrevidas. Partiendo de textos mal traducidos e indebidamente combinados, se ha imaginado que cada año en la fiesta de año nuevo, se escogía a un hombre que hacía las veces del rey y que era entregado a la muerte: este rito debía aportar un renuevo de vida al rey y prosperidad al país. En realidad, los textos sobriamente interpretados dicen simplemente que en casos de presagios especialmente funestos, en caso de eclipse de luna o de sol, un sustituto ejercía ostensiblemente el poder real para alejar del rey y atraer sobre sí mismo los peligros que anunciaban los presagios. Después del período crítico, cifrado en cien días, el verdadero rey reasumía sus funciones. Generalmente se admite que al sustituto se le daba muerte al finalizar su reinado ficticio, pero esto no se dice explícitamente en los textos: en ellos sólo se habla una vez de la muerte de un sustituto real, y esta muerte pudo muy bien ser una muerte natural.
Sea lo que sea de este último punto, la costumbre rara del sustituto real no prueba la existencia de sacrificios humanos en Mesopotamia. Parece abusivo llamar sacrificios de sustitución a ritos mágicos de traspaso que hemos descrito. No dan el menor lugar al sentimiento religioso de reparación para con la divinidad y no se pueden comparar con los sacrificios expiatorios de Israel.
Ciertos investigadores de la generación anterior habían pensado que el ritual judío reciente, elaborado durante la cautividad, había sido influido por el ritual babilonio. Los progresos de la asiriología les han dado un mentís. Es posible que ciertos términos secundarios, tenûpah y terûmah, fuesen tomados del vocabulario, jurídico pero no cultual, de Babilonia, que el nombre de «mesa» aplicado excepcionalmente al altar, Ez 44:16; Mal 1:7-12 (Is 65:11 se refiere a la mesa de los falsos dioses), y comúnmente a la mesa de los panes de oblación sea un eco del lenguaje cultual babilonio, cf. Dn14:12, Dn14:18; pero los panes de oblación en sí mismos son un uso documentado ya por 1Sa 21:4-7, en una época en que es inverosímil un préstamo del culto mesopotamio. Fuera de estos contactos accesorios e inciertos, el sistema sacrificial de Israel es muy diferente del sistema babilonio y es ciertamente independiente de él.
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