Capítulo V LA GUERRA SANTA
Capítulo V
LA GUERRA SANTA
En todos los pueblos antiguos, la guerra estaba asociada con actos religiosos: se emprendía por orden de los dioses, o por lo menos con su aprobación significada por los presagios, iba acompañada de sacrificios, se llevaba a cabo con la ayuda de los dioses, que otorgaban la victoria y a los que se daba gracias mediante la ofrenda de una parte del botín. Así, toda guerra antigua es santa, por lo menos en sentido lato. Los griegos llamaron más propiamente «guerras santas»,ίεροί πόλεμοι, a las que la anfictionía de Delfos hizo contra aquellos de sus miembros que habían violado los sagrados derechos de Apolo. Y todavía más estrictamente, la guerra santa del islam, el ýihâd, es el deber que incumbe a todo musulmán, de propagar su fe con las armas.
Esta última concepción de la guerra santa es absolutamente ajena a Israel: es incompatible con la idea de que el yahvismo es la religión particular y el patrimonio propio del pueblo escogido. Pero precisamente por razón de esta relación esencial entre el pueblo y su Dios, todas las instituciones de Israel revestían cierto carácter sacral, tanto la guerra como la realeza y la legislación. Esto, no obstante, no significa que la guerra sea una guerra de religión, aspecto que no aparecerá sino más tarde, bajo los Macabeos; Israel no combate por su fe, sino que combate por su existencia. Esto significa que la guerra es una acción sagrada, con una ideología y con ritos propios que la especifican, a diferencia de las otras guerras antiguas en que el aspecto religioso era algo accesorio. Tal fue la concepción primitiva en Israel, pero —como también sucedió con la realeza— este carácter sacral se esfumó y la guerra se hizo «profana». Sin embargo, durante largo tiempo mantuvo una impronta religiosa, y el ideal antiguo sobrevivió, aunque modificándose, o se renovó en ciertos ambientes y en determinadas épocas. Vamos a tratar de describir esta evolución.
1. La noción y los ritos de la guerra santa
El pueblo en armas es llamado el pueblo de Yahveh o el pueblo de Dios, Jue5:13; Jue20:2; las tropas de Dios, 1Sam17:26; los ejércitos de Yahveh, Éx12:41; cf. Ex7:4. Los combatientes deben hallarse en estado de pureza ritual, «santificados», Jos 3:5; cf. Jer 6:4; Jer22:7; Jl4:9. Están obligados a la continencia, 1Sam 21:6; 2Sam11:11. Esta obligación de pureza se extiende al campamento, que debe permanecer «santo» para que Yahveh pueda vivaquear con sus tropas, Dt 23:10-15.
Las guerras de Israel son, en efecto, las guerras de Yahveh, 1Sam 18:17; 1Sa25:28, y el Libro de las guerras de Yahveh, Núm21:14, que se ha perdido, cantaba la epopeya nacional. Los enemigos son los enemigos de Yahveh, Jue5:31; ISam30:26; cf. Éx17:16. Antes de partir se le ofrece un sacrificio, 1Sam 7:9; 1Sa13:9-12, pero sobre todo se le consulta, Jue20:23.Jue20:28; 1Sam14:37; 1Sa23:2-4, por medio del efod y de las suertes sagradas, 1Sam 23:9s; 1Sa30:7s, y Él es quien decide la guerra. Él mismo marcha a la cabeza del ejército, Jue 4:14; 2Sam 5:24; cf. Dt 20:4.
El signo visible de esta presencia de Yahveh es el arca. En el desierto había, según se dice, seguido los desplazamientos del pueblo, representado como un ejército en marcha, y Núm10:35-36 ha conservado viejos gritos de guerra: cuando el arca se ponía en marcha se decía: «Levántate, Yahveh, y sean dispersados tus enemigos...», y cuando se detenía: «Retorna, Yahveh, a las multitudes de los millares de Israel.» El arca había pasado el Jordán a la cabeza de los israelitas «santificados» para la guerra de conquista, Jos 3:6, y había sido llevada en procesión alrededor de las murallas de Jericó, Jos 6:6s. Todavía en tiempos de David el arca acampa con todo Israel delante de Rabbat Ammón, 2Sam11:11. La historia de la batalla de Afeq es particularmente instructiva, ISam 4. El éxito de los filisteos fue atribuido a la ausencia del arca. Entonces se la trajo de Siló y los filisteos comprendieron que «Dios había vuelto al campo». Sin embargo, esta vez el arca no acarreó a victoria, sino que ella misma cayó en manos del enemigo, sintiéndose tal captura como un desastre inexplicable, más doloroso que la matanza del ejército.
A la llegada del arca a Afeq, los israelitas habían lanzado el grito de guerra, teru'ah, 1Sam4:5s, que es la señal del combate pero que forma también parte del ritual del arca, 2Sam 6:15, y que es un grito religioso. Menos seguro es que se deba poner, como se hace con frecuencia, el título de Yahveh Sabaot en relación con el arca y su papel de palladium en las guerras de Israel. En efecto, este título parece haber estado originariamente ligado al santuario de Siló,² pero no precisamente al arca que estaba depositada allí; por otra parte, no se puede afirmar con seguridad que yhwh. Seba'ôt signifique «Yahveh de los ejércitos» (de Israel) ni que este título tenga la menor relación con las instituciones militares y su aspecto religioso.
Los combatientes de la guerra santa parten con la certeza de la victoria, porque «Yahveh ha entregado al enemigo en sus manos», Jos6:2; Jos8:1.Jos8:18; Jue3:28; Jue4:7; Jue7:9, Jue7:15; 1Sam 23:4; 1Sa24:5, etc. La fe es condición esencial: deben creer y no deben temer, Jos 8:1; Jos10:8.Jos10:25. Los que tienen miedo no están en las disposiciones religiosas necesarias y deben ser descartados, Jue7:3; cf. Dt20:8, donde tal despedida se explica por una razón psicológica, que no es primitiva.
En la batalla, Yahveh combate en favor de Israel, Jos 10:14.Jos10:42; Jue20:35. Moviliza los elementos de la naturaleza, Jos10:11; Jos24:7; Jue 5:20; 1Sam 7:10, y siembra la confusión en medio de los enemigos, Jue4:15; Jue7:22; 1Sam7:10; 1Sa14:20, infundiéndoles un «terror divino», ISam 14:15.
Mas la victoria no es el último acto de la guerra santa, como tampoco su punto culminante. Éste es el herem, el anatema ejecutado sobre el enemigo vencido y sobre sus bienes. Según el sentido de la raíz y el empleo del verbo correspondiente, la palabra herem significa el hecho de «separar», de sustraer al uso profano y de reservar para un uso sagrado, o bien designa lo que de esta manera está «separado», vedado al hombre y consagrado a Dios. El término ha pasado al vocabulario general del culto, Núm 18:14; Lev 27:21; Ez 44:29, pero en un principio pertenecía al ritual de la guerra santa: es el abandono, en manos de Dios, de los emolumentos de la victoria. Las modalidades varían según los textos. El herem resulta generalmente de una orden de Yahveh, Dt 7:2; Dt20:17; Jos 8:2; ISam 15:3; excepcionalmente, de un voto hecho por el pueblo, Núm 21:2. Teóricamente es total: en Jericó, todos los seres vivos, hombres y bestias, debían ser pasados a cuchillo, la ciudad y los bienes muebles fueron incendiados, los objetos de metal fueron consagrados a Yahveh, Jos 6:18-24; Akán, que infringió el herem, atrajo la maldición sobre el pueblo, fue castigado y lo que se había apropiado fue destruido, Jos7. En la guerra de Saúl contra los amalecitas, ISa15, el anatema debía ser igualmente total, y Saúl fue condenado por no haberlo ejecutado estrictamente. La destrucción de los objetos cultuales en las ciudades cananeas está prescrito especialmente en Dt7:5.Dt 5:25. El herem debía ser ejecutado con el mayor rigor contra una ciudad israelita que hubiese renegado de Yahveh, Dt13:13-18. En otros casos la extensión del herem es más o menos restringida: afecta a todos los seres humanos, pero el ganado y los bienes muebles son guardados como botín, Dt 2:34-35; Dt3:6-7 y probablemente Dt20:16;Jos8:2.Jos8:27; Jos11:14, y probablemente Jos10:28s; o bien se perdona a las mujeres vírgenes. Núm 31:14-18; Jue 21:11 (en los dos casos se da una razón especial). En la toma de una ciudad extranjera, se da muerte únicamente a la población masculina, Dt20:14, pero la palabra herem no aparece, no tratándose de una guerra santa, como en el caso de una ciudad de la tierra santa, Dt 20:16-17.
Es difícil decir en qué medida fueron realmente aplicadas estas prescripciones. Llama la atención que estén formuladas en el Deuteronomio, editado en una época en que la guerra santa era apenas algo más que un recuerdo, y que los ejemplos concretos se hallen sobre todo en el libro de Josué, cuya redacción final es igualmente tardía; por el contrario, ni la palabra ni la cosa aparecen en las historias de los jueces, si bien éstos emprendieron verdaderas guerras santas. No obstante, la noción y la práctica del herem son ciertamente antiguas. Se encuentran en el viejo relato de la guerra de las tribus contra Benjamín, Jue 21:11, en la tradición profética sobre la guerra de Saúl contra los amalecitas, ISa15. Conocemos, además, un paralelo extrabíblico: Mesá, rey de Moab en el siglo IX a.C., se jacta en su inscripción de haber dado muerte a toda la población israelita de Nebó, a la que había consagrado en anatema (verbo hrm) a su dios Astar-Kemós.
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