Capítulo primero LOS SANTUARIOS SEMÍTICOS
Capítulo I
LOS SANTUARIOS SEMÍTICOS
Puesto que el culto es el homenaje exterior que el fiel tributa a su Dios, el lugar del culto es un sitio donde se estima que este Dios recibe el homenaje y escucha la oración de sus fieles y, por tanto, un sitio donde se supone presente a la divinidad, en cierta manera, por lo menos mientras se desarrolla la acción cultual. Debemos ver cómo se expresó entre los semitas, y en particular entre los cananeos y los israelitas, esta noción común a todas las religiones.
1. El territorio sagrado
Parece ser característico de la religión de los semitas que el lugar santo no es únicamente el sitio concreto donde se celebra el culto, el altar erigido o el santuario construido, sino que comprende también cierto espacio alrededor del templo y del altar. Desde luego, esto no es exclusivamente semítico: los grandes templos griegos están rodeados de un témenos cerrado por un períbolo; es un recinto sagrado. Pero este recinto sagrado parece haber tenido especial importancia entre los semitas.
Ya 3000 años a.C.,'en hafaýeh, Mesopotamia central, un grantemplo precedido de un gran patio se elevaba en un recinto oval de 100 X 70 metros. Es posible que por la misma época existiese un santuario análogo en El-Obeid, en Mesopotamia del norte. En Uqair, el templo ocupa sólo la menor parte de una amplia terraza. Este tipo no subsistió, pero los templos babilónicos importantes están regularmente precedidos de un gran patio, que no se halla en los templos propiamente asirios, cuya construcción revela influencias no semíticas. En las grandes ciudades, los templos, con sus patios, estaban agrupados en un barrio sagrado. En Ur, por los tiempos de la ni dinastía, el ziggurat y edificios cultuales estaban encerrados en un recinto que medía 200 X 200 metros y que fue reparado diversas veces y finalmente ampliado en la época neobabilónica. En Babilonia, el ziggurat del Etemenanki estaba en el interior de un recinto se 400 metros de lado, bordeado de edificios religiosos. En Arabia, en el primer milenio a.C., había en Mareb un santuario del dios lunar llumqah, que la tradición posterior denominó Mahram Bilqis, el «territorio sagrado de Bilqis», nombre árabe de la reina de Sabá: es un óvalo de 100 X 70 metros, flanqueado de una grande entrada peristila.
En Fenicia y en Siria, los ejemplos bien conservados no se remontan más allá de la época helenística, pero seguramente perpetúan un tipo más antiguo. El más impresionante es el santuario de Bel, en Palmira, que se eleva en medio de una explanada de 225 metros de lado. El santuario de Betocece, cerca de Tartús, es un pequeño templo jónico en un patio de 140 X 90 metros. Se podría citar también a Amrit y Umm el-Hamed.
El templo de Salomón en Jerusalén conformaba con esta tradición: estaba rodeado de un atrio. Éste fue ampliado por Herodes. convirtiéndose en una explanada de 300 metros por casi 500. Ya en el culto del desierto, según la descripción de Éx 27:9-19, la tienda estaba en un cercado de 100 X 50 codos, y Ezequiel vio el templo futuro en un cuadrado de 500 codos de lado «para separar lo sagrado de lo profano», Ez 42:20..
En el culto al aire libre fuera de las ciudades, el espacio sagrado podía estar delimitado por hileras de piedras, análogas a las que hoy día rodean a ciertos welis musulmanes o a las que, en el desierto, señalan un lugar de oración. Instalaciones tan toscas de la antigüedad no se han conservado o no pueden distinguirse de cercados que son mucho más recientes. No obstante, es posible aducir un testimonio de la Biblia. La primera estación de los israelitas después del paso del Jordán fue ha-gilgâl, «el Guilgal». Allí acampan los israelitas, Jos4:19; Jos5:10; Jos9:6; Jos10:6, etc., allí son circuncidados, Jos5:9, allí celebran la pascua, Jos5:10. Bajo Saúl, se ofrecen allí sacrificios «delante de Yahveh», 1Sam10:8; 1Sa11:15; 1Sa13:7s; 1Sa15:21.1Sa15:33. Pero más tarde los profetas condenan los sacrificios de Guilgal, como los de Betel, Os12:12; Am 4:4. Se trata, pues, de un lugar de culto que conservó por mucho tiempo su importancia, pero nunca se habla de un templo construido (el bet-hagilgál de Neh 12:29 designa otro lugar). Ahora bien, la palabra gilgál significa un «círculo» (de piedras) — compárese con galgal, «rueda» —, y Jos 4:20 dice que Josué erigió allí doce piedras sacadas del lecho del Jordán. Es probable que esas piedras delimitasen el recinto sagrado, sea que hubiesen sido colocadas por los israelitas al establecer su primer lugar de culto en la tierra prometida o que señalasen un santuario cananeo anterior y que luego se las haya explicado en función de la historia de Israel.
El «lugar santo» podía comprender una vasta extensión de tierra o toda una montaña. La Meca está rodeada de un territorio sagrado, el harám, que se extiende varias horas de camino y cuyos límites no estaban antiguamente indicados sino vagamente por medio de piedras erguidas, ansab. El monte Hermón todo entero era sagrado, como lo indica su nombre, emparentado con harám. Antes de la gran teofanía del Sinaí, Moisés recibe de Yahveh la orden de delimitar el circuito de la montaña: nadie del pueblo debe escalarla y ni siquiera tocar el pie, Éx 19:12.
2. Carácter sagrado del lugar de culto
El lugar de culto es, en efecto, sagrado, es decir que, según el valor profundo de lo sagrado, está sustraído al uso profano. Los 500 codos que rodean el templo de Ezequiel están destinados «a separar lo sagrado de lo profano», Ez 42:20. Se puede discutir acerca del motivo que dicta esta segregación de un espacio considerado como sagrado: o bien el hombre determina y cercena una porción de su territorio que consagra a Dios —algo así como el diezmo de la tierra cuya satisfacción le permite usar libremente del resto—, o bien el hombre suspende su actividad profana allí donde alcanza la irradiación misteriosa y temible de la divinidad que se manifiesta en su santuario. El segundo motivo se adapta mejor a los textos, a los ritos y a los sentimientos religiosos. Sea de ello lo que fuere, las circunstancias son siempre las mismas: el territorio sagrado está reservado, está marcado con ciertos entredichos, como también con ciertos privilegios. En todo el harám de La Meca está vedado cazar, derribar árboles y cortar hierba, excepto en determinadas circunstancias precisadas por los casuistas. No se puede penetrar en él sin ejecutar ciertos ritos de sacralización, y con vestiduras especiales. Una parte por lo menos de este territorio es lugar de asilo.
Lo mismo sucede en Israel. Ya hemos mencionado el entredicho que afectaba al Sinaí, Éx19:12. Después del sueño de Betel, exclama Jacob: «¡Qué terrible es este lugar!», Gén 28:17. En la zarza ardiente dijo Dios a Moisés: «No te acerques aquí. Quítate las sandalias de los pies, pues el lugar que pisas es tierra santa», Éx 3:5. Los israelitas no deben acercarse a la tienda, Núm 18:22. En el templo de Jerusalén, el santuario estaba protegido por entredichos cada vez más graves: los gentiles debían detenerse ante el atrio de Israel, donde había inscripciones que recordaban la pena de muerte a los transgresores, y la misma liturgia cesaba delante del santo de los santos, donde el sumo sacerdote no penetraba sino una vez al año, él solo, el gran día de las expiaciones, Lev16:15; Heb9:7. Por otra parte, el templo gozaba de derecho de asilo, 1Re1:50-53; 1Re2:28-31. Las seis ciudades de refugio que poseían el derecho de asilo, Jos 20:1-6, habían heredado el privilegio de que gozaban antiguos santuarios
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