Capítulo III LOS ESCLAVOS 1. El hecho de la esclavitud en Israel
Capítulo III
LOS ESCLAVOS
1. El hecho de la esclavitud en Israel
Algunos autores, en particular sabios judíos, han negado que hubiese verdadera esclavitud en Israel o, por lo menos, esclavos israelitas. Esta opinión puede tener una justificación aparente si se piensa en los ejemplos de la antigüedad clásica: ni en Israel ni entre sus vecinos había aquellos enormes rebaños de esclavos que en Grecia y en Roma fueron una causa permanente de inseguridad social; por otra parte, en Israel, como en todo el antiguo oriente en general, la situación del esclavo no fue nunca tan abyecta como en la Roma republicana, donde Varrón no tenía reparo en definir al esclavo instrumenti genus vocale, «una especie de instrumento que habla». Por otra parte la flexibilidad del vocabulario se presta a equívocos: ebed significa propiamente «esclavo», hombre que carece de libertad y que está en poder de otro, pero por razón del carácter absoluto de la potestad real, la palabra significa también los subditos del rey, especialmente sus mercenarios, sus oficiales, sus ministros que, aplicados a su servicio, han roto los otros vínculos sociales. Si se amplía todavía más el significado, la palabra se convierte en término de cortesía. Se puede comparar la evolución de los equivalentes serviteur en francés, servidor en español y servant en inglés, que vienen todos del latín servus. Finalmente, como las relaciones con Dios se conciben por analogía con las que se tienen con el soberano terrestre, 'ebed acaba por significar el devoto de un culto determinado, el que es fiel a tal divinidad. La palabra vino a ser un título de piedad, que se aplica a Abraham, Moisés, Josué o David antes de aplicarse al misterioso siervo de Yahveh.
Ahora bien, si «esclavo» designa un hombre que está privado de libertad, por lo menos durante algún tiempo, que se compra y se vende, que es propiedad de un dueño que lo emplea a su arbitrio, ciertamente hubo esclavos en Israel y hubo israelitas que fueron esclavos. El hecho se demuestra por los textos que los contraponen a los hombres libres, a los asalariados y a los extranjeros residentes, o que hablan de su compra por dinero, como también por las leyes que reglamentan su emancipación.
2. Los esclavos de origen extranjero
En toda la antigüedad fue la guerra una de las principales fuentes de esclavitud: era el estado a que quedaban reducidos los prisioneros. Lo mismo sucedía en Palestina. En la época de los jueces, si el ejército de Sisera hubiese reportado la victoria, se habría repartido el botín: «una muchacha, dos muchachas por guerrero», Jue5:30. Los amalecitas, después del saqueo de Siqlag, se llevan prisioneros a todos los que allí había, 1Sam 30:2-3. Yahveh juzgará a las naciones que «han echado a suerte mi pueblo; han trocado a los jóvenes por prostitutas, han vendido a las muchachas por vino», Jl3:1-3. En la época helenística, comerciantes de esclavos seguían a las tropas de Antíoco Epífanes para comprar a los judíos que cogieran prisioneros, .IMac 3,41; 2Mac 8,10-11 Más tarde, Adriano hizo vender a los prisioneros de la segunda guerra judía.
En todos estos casos se trata de israelitas reducidos a esclavitud por sus enemigos extranjeros. Pero el cronista cuenta que Peqah de Israel, en guerra contra Judá, hizo 200 000 prisioneros, mujeres, muchachos y muchachas, que fueron puestos en libertad debido a las amonestaciones de un profeta, 2Cr 28:8-15. No sabemos qué crédito se haya de dar a esta historia, que no tiene su paralelo en los libros de los Reyes y cuya cifra por lo menos es sospechosa. De todos modos, demuestra que la reducción a esclavitud, de cautivos de guerra, que eran hermanos de raza, no era cosa inaudita, si bien era reprobada por las personas de bien. En cuanto a la presencia en Israel de prisioneros extranjeros hechos esclavos, la suponen dos leyes del Deuteronomio. Dt 21:10-14 contempla el caso de la cautiva a la que su vencedor toma por mujer: puede luego repudiarla, pero no puede venderla. Esto implica que podría venderla como esclava si no la hubiese tomado por esposa. En este sentido se puede recordar el relato de Núm 31:26-47 acerca de la repartición del botín después de la guerra contra Madián: las mujeres vírgenes (todo lo demás fue pasado por las armas en cumplimiento del anatema, cf. Núm31:15-18) se repartieron entre los combatientes y la comunidad.
La ley de Dt20:10-18 se refiere a la conquista de las ciudades. Si la ciudad se halla en el territorio asignado por Dios a Israel, es entregada al anatema y nada vivo debe subsistir en ella. Cuando se ataca una ciudad sita fuera de la Tierra Santa, se le debe proponer la rendición: si acepta, todo el pueblo es sometido al trabajo en forma de prestación personal; si resiste y por fin cae, se da muerte a todos los hombres, y las mujeres y los niños son considerados como botín. En su formulación actual, impregnada del espíritu deuteronomista —cf. el paralelo de Dt7:1-6—, esta ley es irreal: el tiempo de la conquista del país y de las guerras exteriores era ya un pasado remoto. Conserva el recuerdo de los antiguos anatemas, Jos6:17-21; Jos8:26; Jos10:28s, etc.; 1Sam15:3; cf. Dt2:34; Dt3:6, de los fracasos de una conquista total, Jos17:12-13; Jue 1:28.Jue1:30.Jue1:33.Jue1:35, y de las guerras de David, 2Sam8:2; 2Sa12:31, que proporcionaron al Estado sus primeros esclavos públicos
Los esclavos, reducidos a esta condición por la guerra o de alguna otra manera, eran objeto de comercio en todo el antiguo oriente. En Am1:6.9. Gaza y Tiro son condenados por haber practicado la trata de cautivos; según Ez 27:13, Tiro compraba hombres en Asia Menor, y allí mismo vendía judíos, según Jl 3:6. Estos fenicios, que eran los principales negociantes en Israel, debieron de ser también allí proveedores de esclavos. La ley permitía a los israelitas comprar servidores de ambos sexos originarios del extranjero o nacidos de extranjeros residentes en Israel, Lev 25:44-45; cf. Éx 12:44; Lev 22:11; Ecl 2:7.
Los esclavos comprados con dinero se diferenciaban de los nacidos en casa, Gén17:12.Gén17:23.Gén17:27; Lev22:11; cf. Jer 2:14, yelide bayt. Sin embargo, es posible que la expresión no signifique exclusivamente el hecho de haber nacido en la casa, sino también la vinculación a una «casa» a título servil, con ciertos deberes militares. Así se explicaría el hecho de los 318 yelidé bayt de Abraham, Gén 14:14, y el empleo de yalid en un contexto guerrero, Núm 13:28; 2Sam 21:16-18. El amo podía adquirir esclavos casados o casar los que tenía; los hijos pertenecían al amo, cf. Éx21:4, con lo que multiplicaba de modo barato su servidumbre. Educados en la familia, le tenían sin duda mayor efecto y eran mejor tratados, pero no disfrutaban de estatuto social distinto del estatuto de los esclavos comprados.
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