6. Jueces y tribunales
6. Jueces y tribunales
En la práctica, y en medida progresiva al desarrollo de las instituciones, la mayor parte de las causas iban a jueces distintos del rey. De Moisés se dice que no podía ya dar abasto y que, por consejo del madianita Jetró, su suegro, instituyó jefes que administrasen la justicia, no reservando para sí sino los casos más difíciles, Éx18:13-26; cf. Dt1:9-17. Estamos peor informados sobre los tribunales de Israel que sobre los de Mesopotamia. Hay muchos documentos cuneiformes que esclarecen el modo de composición y de proceder de estos últimos. Hay paralelos interesantes con lo que el Antiguo Testamento nos dice de la administración de la justicia. Como en la antigua Babilonia, también Israel conoció tres jurisdicciones diferentes, cuya competencia es difícil distinguir bien: la jurisdicción comunal de los ancianos, la jurisdicción real y la jurisdicción sacerdotal.
En cada ciudad, las disputas y procesos eran solventados por los ancianos, es decir los jefes de las familias del clan, los notables del lugar.³ Se sentaban a la puerta de la ciudad, donde se discutían todos los negocios de la comunidad, cf. Gén23:10; Job29:7; Prov24:7; Pr31:23. A estos tribunales aluden los profetas cuando reclaman el respeto a la justicia «en la puerta», Am 5:10.Am 5:12.Am 5:15; Zac8:16. La ley deuterocanónica designa a «los ancianos de la puerta de la ciudad», Dt21:19; Dt22:15, o a «los ancianos de la ciudad», Dt19:12;21:3-8; Dt25:7s, como jueces de ciertas causas. Un ejemplo concreto del funcionamiento de estos tribunales nos lo proporciona Rut4:1-12. Booz se sienta a la puerta de la ciudad, detiene al pariente que tiene derecho de rescate sobre el campo de Noemí y escoge diez ancianos. Éstos se sientan a su lado. El caso se expone y se discute entre las dos partes; el hombre renuncia a su derecho, y Booz toma como testigos a los ancianos y a todo el pueblo. Cuando el juicio comporta una pena, son los ancianos los que la imponen, Dt22:18-19. Cuando se trata de una pena capital, la ejecución tiene lugar inmediatamente a cargo de los testigos presentes, Dt21:18-21. Tal uso viene ilustrado por la historia de Nabot: los ancianos y los notables hacen comparecer a Nabot; dos falsos testigos le acusan de haber maldecido a Dios y al rey, crimen que merece la muerte, cf. Éx22:27; Lev24:14. Entonces «se le saca fuera de la ciudad, se le lapida y muere», 1Re21:11-13. A los miembros de estos tribunales populares se dirigen las recomendaciones de Éx23:1-3.Ex23:6-8; cf. Lev19:15.Lv19:35; no deben atestiguar en falso, ni inclinarse hacia la mayoría contra la justicia, ni aceptar regalos; deben absolver al inocente y condenar al culpable. Los ancianos desempeñan también su papel en los tribunales mesopotámicos. Más claramente aún entre los hititas, los ancianos eran los encargados de administrar la justicia presididos por un funcionario real.
Había también en Israel jueces profesionales, instituidos poruna autoridad que no puede ser otra que la del rey. Podían reconocer como antepasados suyos a los hombres designados por Moisés para administrar la justicia, Éx18:13-26. En las colecciones legislativas, el código deuteronómico es el único que habla de ellos. Ordena que se constituyan jueces y comisarios en cada ciudad para que juzguen al pueblo con toda justicia, Dt16:18-20. Según Dt19:16-18, el testigo falso en un proceso religioso debe comparecer ante los sacerdotes y jueces en funciones y éstos realizarán una encuesta minuciosa. Según Dt25:2, el juez mandará azotar en su presencia al acusado que ha reconocido culpable. Dt17:8-13 encarga a los ancianos o al juez local llevar a un tribunal superior las causas más difíciles. Se deberá ir «al lugar que Yahveh, tu Dios, haya elegido», es decir, a Jerusalén, y se someterá el caso a los sacerdotes y al juez en funciones, v.9, al sacerdote (en singular) y al juez, v.12. Su sentencia será sin apelación. Por lo tanto, podemos deducir que en Jerusalén había un tribunal supremo, a la vez religioso y civil. El texto vacila entre uno o varios sacerdotes; en cuanto a juez civil, alude a uno solo. Dentro de este contexto legislativo, no es el rey el que debe ser llamado «juez», como en Miq 4:14, sino un funcionario nombrado por el rey.
Las disposiciones de Dt16:18-20 y Dt17:8-13 deben ponerse en relación con la reforma de Josafat, tal como nos la narra 2Cr19:4-11. El rey instituyó en «cada ciudad fortificada, en cada ciudad», jueces que debían mostrarse incorruptibles. En Jerusalén, estableció un tribunal de sacerdotes, de levitas y de jefes de familias israelitas para que juzgasen en primera instancia a los habitantes de Jerusalén (según el texto griego) y en segunda instancia las causas procedentes de las otras ciudades. El tribunal estaba presidido por Amaryahu, sumo sacerdote, para todo lo relativo a Yahveh, y Zebadyahu, jefe de la casa de Judá, para todos los asuntos concernientes al monarca. Los levitas hacían de asesores. Es posible que este relato esté influido literariamente por el Deuteronomio y que refleje ciertas preocupaciones de la época del cronista, con todo, no hay motivo para dudar de su fondo. Se debe, pues, admitir que, en el reinado de Josafat, al principio de la monarquía judaica, hubo una reforma judicial que estableció una jurisdicción real al lado de la jurisdicción comunal y que descargó al rey de su función de juez supremo. Es probable que los textos del Deuteronomio, que acaban de ser analizados, se refieran a dicha institución. A las medidas tomadas por Josafat, se puede comparar el edicto del faraón Horemheb en el siglo XIV a.C. Comportaba una reorganización de los tribunales de justicia: los habitantes de cada ciudad debían ser juzgados por los sacerdotes de los templos, los sacerdotes de los dioses y los magistrados designados por el soberano. Se trata de hombres de gran discernimiento y a los que se recomienda que no hagan acepción de personas y que no reciban presentes. El paralelismo es llamativo. Pero, mientras que el rey dios de Egipto «toma únicamente consejo de su corazón» para dictar al escriba sus «disposiciones excelentes», y sus jueces deben limitarse a aplicar las «palabras del palacio y las leyes de la sala del trono», las medidas de Josafat forman parte de su reforma religiosa, 2Cr19:4; cf.2Cr 17:7-9, y sus magistrados «no juzgan en nombre de los hombres, sino en nombre de Yahveh», 2Cr19:6. En la administración de la justicia, como en lo demás, se pone de manifiesto la diferencia entre la ideología real de Israel y la ideología real de Egipto. En las ordenanzas de Josafat,2Cr19:8.2Cr19:11, así como en Dt17:9.Dt17:12; Dt19:17, se menciona a los sacerdotes al lado de los jueces. No hay motivo para negar la existencia de esta jurisdicción sacerdotal, que se encuentra también en Mesopotamia y en Egipto, como acabamos de ver por el edicto de Horemheb. Esto era inevitable en Israel, donde la ley civil no se distinguía de la ley religiosa y donde toda la legislación emanaba de Dios. Moisés llevaba los litigios del pueblo a la presencia de Dios, Éx18:19. No es indiferente el que Samuel haya ejercido sus funciones de juez en tres santuarios, Betel, Guilgal y Mispá, 1Sam 7:16, y que sus hijos lo hayan hecho en Bersabee, otro lugar de culto, 1Sam 8:2. El código de la alianza prevé, en ciertos casos, un procedimiento judicial «delante de Dios», Éx 21:6; Ex22:6-8; la ley de Dt 21:1-9, sobre el homicida desconocido, prescribe un acto ritual. Todo ello supone cierta participación de los sacerdotes en los asuntos judiciales. El problema está en saber cuál era precisamente su competencia. Los sacerdotes emiten tórót, «decisiones» en nombre de Dios, y, según Dt33:10 (debe leerse probablemente en plural), era un privilegio exclusivo suyo. Según Lev 13-Lev14, es el sacerdote quien debe decidir si un hombre, un vestido o una casa han sido alcanzados por la «lepra» o han sido curados de ella. En Hag 2:1s se pide a los sacerdotes una tórah sobre las condiciones en las cuales se comunica la pureza o la impureza. En Zac7:3, se les pregunta si el ayuno commemorativo de la ruina del templo continúa obligando. Parecería, pues, que la función de los sacerdotes sea únicamente distinguir entre lo sagrado y lo profano, entre lo puro y lo impuro, y tal es el encargo que se les asigna en Lev 10:10 y Ez 44:23. Sin embargo, Lev 10:11 extiende su competencia a «no importa qué ley», y Ez44:24 añade: «en las querellas, serán jueces; juzgarán según mi derecho». En Dt 21:5 se lee: «según su decisión ha de resolverse todo litigio y toda vista sobre hechos». La ausencia de ejemplos concretos impide sacar conclusiones seguras. Parece ser que los sacerdotes eran los intérpretes auténticos de la ley, que juzgaban las causas propiamente religiosas, los «negocios de Yahveh», 2Cr19:11, que intervenían en las causas civiles, al menos cuando ponían en juego una ley religiosa o implicaban un proceso religioso. Su competencia pudo ir extendiéndose con el tiempo. Cuando 1Cr 23:4; cf. 1Cr26:29, habla de 6000 levitas que eran jueces y asesores judiciales en tiempo de David, es evidente que se trata de un reflejo multiplicado de una situación posterior, probablemente después del destierro. En la época del Nuevo Testamento, el sanedrín agrupaba sacerdotes, laicos y escribas, estaba presidido por el sumo sacerdote, y actuaba como tribunal supremo de justicia.
Según 2Cr 19:11, el tribunal que instituyó Josafat en Jerusalén emplea a los levitas como sóterím. La raíz str en acadio y en otras muchas lenguas semíticas significa escribir. Esto no obstante, los sóterim no eran simples escribas, de los que se los distingue en 2Cr34:13. Parece que se trata de escribanos del tribunal o más generalmente asesores adjuntos a los jueces, cf. Dt16:18;1Cr23:4;1Cr26:29. «Comisario» traduciría tal vez los otros empleos de la palabra, que designa tanto los funcionarios de la prestación personal, Éx 5:6s, tal vez 2Cr 34:13, como los oficiales de la administración del ejército, Dt 20:5s. Para completar esta revista de agentes de justicia, debemos recordar que había también en el tribunal un personaje que llevaba el título de «hijo del rey» y parece que se trataba de un oficial de policía.⁴
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