5. Santuarios tardíos fuera de Jerusalén
5. Santuarios tardíos fuera de Jerusalén
La influencia del Deuteronomio fue más duradera que la reforma a que había dado lugar, y sus prescripciones dictaron la actitud religiosa de los deportados a Babilonia. Es notable que éstos no estableciesen ningún santuario en su tierra de exilio y que su pensamiento y sus esperanzas quedasen orientados hacia Jerusalén, Sal137. A veces se ha interpretado el episodio de Esd 8:15-20 como si indicase la existencia de un lugar de culto en Babilonia: la caravana reunida por Esdras comprendía seglares y sacerdotes, pero no levitas: Esdras los pidió a Iddó que habitaba en Kesifyá con sus hermanos, y obtuvo un contingente de levitas. De ahí se concluye que esta localidad poblada por levitas era un lugar de culto. Pero el hecho de que el texto diga que Kesifyâ era un mâqôm no es suficiente para probar que era un «lugar santo»¹⁵ y el gran número de levitas que habitaban allí se explica porque los deportados vivían agrupados según sus lazos de familia y su comunidad de origen. Pero no se dice que de Kesifyá viniesen sacerdotes.
Igualmente la comunidad de Palestina posterior a la cautividad no tuvo otro santuario fuera del de Jerusalén. Por el contrario, por esta época se conocen dos santuarios de Yahveh fuera de Palestina, el templo de Elefantina v el de Leontópolis, y además hubo en Palestina, pero fuera de Judea, el templo de los samaritanos disidentes.
a) El templo de Elefantina. En Elefantina, en la frontera sur de Egipto, había una colonia militar donde mercenarios judíos habían sido instalados en una época incierta, probablemente en el siglo VI a.C. Tenemos noticia de ellos por los papiros que se reparten por todo el siglo v, que nos los presentan hablando arameo, no hebreo, y practicando la religión sincretista que habían condenado los profetas. El único detalle que aquí nos interesa es el de su santuario. Tenían un templo de Yaho (Yahveh), que existía ya antes de la invasión de Cambises en 525 a.C. Su localización precisa en Elefantina no es segura y es muy poco lo que sabemos de su aspecto exterior. Se le designaba con la palabra aramea egorá, tomada del acádico ekurru «templo». En 410 a.C. los sacerdotes egipcios del dios Khnum, el dios carnero, patrono de Elefantina, aprovechando un viaje del sátrapa de Egipto a la corte de Persia, obtuvieron del gobernador local la destrucción del templo de Yaho. Los judíos pidieron a Bagoas, gobernador de Judea, y a Yohanán, sumo sacerdote de Jerusalén, cf. Neh 12:22-23, que .interviniesen en su favor, pero no obtuvieron respuesta. Tres años más tarde volvieron a insistir cerca de Bagoas y escribieron también a dos hijos de Sanbalat, gobernador de Samaría y contemporáneo de Nehemías. Esta vez llegó la respuesta en forma de memorándum confiado a un mensajero que debía obtener del sátrapa de Egipto permiso para reconstruir el templo y presentar en él ofrendas e incienso (pero el documento omite los holocaustos que los judíos habían mencionado en su solicitud). El templo fue efectivamente restaurado y es mencionado en un documento con fecha de 402 a.C. Algunos años más tarde, poco después de terminado el dominio persa en Egipto, fueron dispersados los colonos judíos de Elefantina y el templo desapareció.
Es evidente que estos judíos ignoran o por lo menos no respetan la ley deuteronómica de la unidad del santuario. Diversas explicaciones se han propuesto de este hecho. Se ha dicho que eran procedentes del reino del norte, llegados antes de la reforma de Josías, pero esta- fecha parece demasiado alta desde otros puntos de vista, y la circunstancia no justifica que ellos mismos se llamen judíos, o «judaítas» y que recurran en primer lugar al gobernador de Judea y al sumo sacerdote de Jerusalén. Recientemente se ha supuesto que provenían de un enclave judaíta establecido por Salomón al norte de Siria como posición avanzada de su imperio, precisamente en la región de Yaúdi=senýirli, conocido por las inscripciones coneiformes. No obstante las dificultades históricas, esta hipótesis podría explicar en rigor el nombre de «judaítas», pero no explica el recurso al gobernador de Judea. Todavía se puede suponer que este grupo provenga de Judá y que partiera después que el fracaso de la reforma de Josías hizo caer en el olvido las prescripciones del Deuteronomio, tan recientemente promulgado. Estos judíos practicaban la religión popular que Jeremías y Ezequiel describen y estigmatizan en el momento de la ruina de Jerusalén y que debió permanecer como tal durante el destierro. No tienen noción de los cambios que se produjeron después del retorno de Babilonia y dirigen al sumo sacerdote una solicitud que consideran legítima, pero que el clero de Jerusalén, que aplicaba el Deuteronomio, no podía aprobar.
b) El templo de Leontópolis. Conocemos otro templo de Yahveh en Egipto, de una época más reciente, del que nos informan varios textos de Josefo y un pasaje de la Misná. De las indicaciones a veces contradictorias de Josefo se desprende que después del asesinato del sumo sacerdote Onías III, cf. 2Mac 4:33-34, su hijo Onías se refugió en Egipto y, a la cabeza de una tropa judía, sirvió a la causa de Ptolomeo VI Filométor y de Cleopatra. Mandaba la colonia militar judía instalada en Leontópolis, probablemente tell el-yahudiyeh, y obtuvo de los soberanos permiso para construir en el emplazamiento de un templo egipcio abandonado, un templo para los judíos donde él mismo podría ejercer las funciones de sumo sacerdote que le correspondían por su nacimiento, Josefo, Ant.13-1:2.¹⁶ El templo estaba construido según el modelo del de Jerusalén, pero era más pequeño y menos suntuoso, según Ant.13-3:3, con diferencias en el plano y en el ajuar, según Bell. 7, 10, 3. Estaba servido por un sacerdote legítimo y Onías, para justificar su iniciativa, había invocado la profecía de Is19:19, según la cual habría un altar en medio del país de Egipto, como testigo de Yahveh Sabaot. Esta profecía es posterior al destierro, pero no fue forjada en la época macabea para justificar la iniciativa de Onías. El templo así fundado hacia el 106 a.C. subsistió hasta el 73 d.C. en que los romanos lo destruyeron, porque Leontópolis, que se llama todavía «la región dicha de Onías», se había convertido en cintro de nacionalismo judío, Bell. 7, 10, 2-4.
Este templo era mirado con malos ojos. Josefo acusa a Onías de malas intenciones, y la Misná, Menahót, 13, 10, contesta la validez de los sacrificios ofrecidos y de los votos cumplidos en el templo de Onías. Es, sin embargo, curioso que los rabinos no lo condenaran más severamente en nombre de la ley del santuario único. ¿Los retrajo quizá la legitimidad indiscutible de su sacerdocio, o se dejaron impresionar por el texto de Isaías y por el recuerdo del altar de los transjordanos que, según Jos22:26-28.Jos22:34, había logrado la autorización para subsistir como «testigo» de Yahveh, o, en fin, consideraron que la leyenda del Deuteronomio era menos imperativa fuera de la tierra santa, donde se hallaba el «lugar escogido por Yahveh en una de sus tribus», Dt12:14 (lo que excusaría también a los judíos de Elefantina)? La cosa parece más sencilla: este templo de Leontópolis había debido su existencia únicamente a la vanidad de Onías y a una intención política de Ptolomeo y no había ejercido el menor atractivo, ni siquiera en la diàspora egipcia: se le miraba como cosa despreciable y los rabinos no se planteaban respecto a él sino meras «cuestiones de escuela».
c) El templo del Garizim. En la misma Palestina los samaritanos pretendían poseer este «lugar escogido por Yahveh», que era el monte Garizim, donde ellos elevaron su templo. No es posible puntualizar la fecha de su construcción. Según la tradición samaritana lo habría fundado Josué, habría sido destruido por Nabucodònosor y restaurado por Sanbalat al regreso del destierro; la historia está calcada en la del templo de Jerusalén, si bien Sanbalat es muy posterior al retorno del destierro y es contemporáneo de Nehemías. Josefo cuenta, Ant 11-7:2 hasta Ant 11-8:4, que Sanbalat había dado su hija como esposa a Manasés, hermano del sumo sacerdote de Jerusalén, y que Manasés, para librarse de las censuras de su hermano y de los ancianos de Jerusalén, se refugió cerca de su suegro. Sanbalat prometió construirle un templo en el Garizim con asentimiento del rey Darío. Pero entre tanto Darío fue derrotado por Alejandro Magno y Sanbalat, abandonando la causa de los persas, fue a hacer acto de sumisión a Alejandro que por entonces sitiaba a Tiro. Provisto de la autorización del conquistador, Sanbalat construyó a toda prisa su templo e instaló en él como sacerdote a Manasés. El acontecimiento tendría, pues, una fecha exacta, el año 332 a.C.
A pesar de los esfuerzos de algunos historiadores, nada se puede admitir de esta historia que transfiere a la época de Alejandro, tergiversándolo, lo que Neh13:28 refiere de uno de los hijos de Yoyada, sumo sacerdote, que fue yerno de Sanbalat y fue expulsado por Nehemías. Pero si se desecha el relato de Josefo, es arbitrario admitir, como lo hacen algunos, la fecha de la construcción del templo del Garizim que se supone en este relato. Pudo haber existido antes de Alejandro, o sólo después, y su fundación no está ligada necesariamente con la ruptura definitiva entre samaritanos y judíos, sobre cuya fecha se disputa también. Todo lo que se puede decir es que el templo existía en 167-166 a.C. en que Antioco Epífanes lo dedicó a Zeus Xenios, según 2Mac 6:12, a Zeus Helenio, según Josefo, Ant.12-5:5. Fue destruido por Juan Hircano después de la muerte de Antioco VII Sidetes, el año 129 a.C., también según Josefo, Ant.13-9:1 Ni su reconstrucción, ni siquiera su existencia se mencionan en ningún texto posterior, pero la discusión de la samaritana con Jesús, Jn 4:20-21, supone la permanencia del santuario por lo menos hasta el siglo primero de nuestra era.
6. Origen de las sinagogas
Cuando el judaismo quedó finalmente constituido,en todas las comunidades judías de Palestina y de la diàspora, incluso al lado del templo, había edificios en que no se celebraba culto sacrificial, pero en los que se reunía la comunidad para orar y para la lectura y enseñanza de la ley. Nos referimos a las sinagogas. El único detalle que nos interesa en esta obra es el origen de esta institución, que es una cuestión bastante oscura. La opinión predominante es que la institución comenzó en Babilonia durante el destierro como sustitutivo del servicio del templo y que fue introducida en Palestina por Esdras. Otros opinan que nació en Palestina después de Esdras y de Nehemías, o sólo después de terminada la época persa. Algunos eruditos creen que se trata de una creación palestinense, aunque anterior a la ruina del templo; según ellos sería una consecuencia de la reforma de Josías: los fieles del campo, privados de santuario y de sacrificios, excepto en las grandes fiestas en que podían acudir a Jerusalén, adoptaron la costumbre de reunirse ciertos días para celebrar un culto sin sacrificios.
La variedad de estas hipótesis se explica por la ausencia de textos antiguos que sean bastante explícitos. La existencia de sinagogas en Egipto, de «lugares de oración», ποο⁽ε⁾χή está documentada por inscripciones y papiros a partir de mediados del siglo III a.C. Josefo, Bell. 7, 3, 3, dice que había una sinagoga en Antioquía bajo los sucesores de Antioco Epífanes. La sinagoga descubierta en las excavaciones de Délos data de fines del s.II o principios del I a.C. Éstos son los testimonios más antiguos. Ninguno de los textos bíblicos que se han invocado, en particular Ez11:16 y Esd 8:15-20, prueba la existencia en Babilonia de locales comunes de oración durante el destierro, y el Sal137 parece excluirla. En cuanto a Palestina, se puede invocar el libro apócrifo de Henoc, que habla de «casas de asambleas» de fieles, 46:8, pero esto se aplicaría a lo sumo al tiempo de los Macabeos. Queda, por fin, el Sal 74:7-8: «Han entregado tu santuario a las llamas..., han incendiado en el país todo lugar de asamblea de Dios.» Este salmo ha sido atribuido por muchos críticos a la época macabea, pero esta fecha parece demasiado tardía y este pasaje particular se podría entender mejor de la destrucción del templo por Nabucodònosor; los otros lugares de asamblea podrían ser los antepasados de las sinagogas. Pero queda siempre la dificultad de relacionar su institución con la reforma de Josías, que, como se ha visto, sólo había cerrado los santuarios locales durante un breve período. Estos «lugares de asamblea de Dios», ¿no serían estos mismos santuarios que estarían de nuevo en actividad a la sazón de la toma de Jerusalén? El carácter parenético de ciertos pasajes del libro de Jeremías no requiere que hubiesen sido para leerse en las sinagogas.
No hay, pues, nada que permita determinar cuándo comenzaron a existir las sinagogas. Por lo demás, es verosímil que la institución se fuese formando poco a poco, bajo la presión de dos factores del judaismo postexílico: la ley de unidad del santuario se había impuesto, por lo cual parecería no sólo legítimo, sino necesario, poseer lugares de oración (sin culto sacrificial) fuera de Jerusalén; sobre todo, la importancia que se daba a la ley exigía quizá que fuese leída y enseñada en las comunidades; ahora bien, las sinagogas eran centros de enseñanza tanto o más que de oración. Estos factores intervenían tanto en Palestina como en la diàspora, y al azar de los descubrimientos se debe el que conozcamos en Egipto la primera sinagoga documentada con seguridad. A propósito del reinado de Josafat, 2Cr 17:7-9 refiere la misión confiada a seglares, a levitas y sacerdotes, que debían ir con el libro de la ley a instruir al pueblo en todas las ciudades de Judá. Este informe, que parece calcado en la reforma judiciaria del mismo rey, 2Cr19:4-7, seguramente no se aplica al reinado de Josafat, pero puede reflejar una práctica del tiempo del cronista; ahora bien, hacían falta locales donde se pudiese dar tal instrucción. Adondequiera que nos volvamos, no salimos del terreno de las hipótesis y las sinagogas no nos aparecen con plena claridad hasta comienzos de nuestra era: pero estas sinagogas no pertenecen ya a las instituciones del Antiguo Testamento.
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